Escribo desde el hastío, como lector, pero también desde una lucidez que ya no concede inocencia a nadie. Porque lo del Diario La Tercera —y en particular su suplemento Culto— dejó hace rato de ser crítica cultural: es, más bien, una pedagogía de la sospecha dirigida, una maquinaria programática que, cada cierto tiempo, necesita volver sobre Pablo Neruda como quien regresa por la espalda a hundir otra vez el cuchillo en el poeta.
Yo ya sé cómo funciona el libreto. Lo he visto repetirse con una disciplina que roza lo doctrinario. Pueden googlear ustedes mismos todo lo que La Tercera publica sobre Neruda, para que no crean que exagero. Un titular insinuante —“las sombras”, “las polémicas”, “el lado incómodo”—, un par de citas descontextualizadas, la reiteración de un episodio leído sin espesor histórico, y listo: Neruda nuevamente reducido, encapsulado, ofrecido como objeto de corrección moral para un lector que ya no lee —que no tiene marco histórico ni poético—, sino que simplemente reacciona.
Pero no es Neruda lo que les incomoda. Es lo que Neruda significa.
Porque hay algo que este país —y, sobre todo, su escasa y pobre derecha cultural, esa que nunca dejó de escribir desde la comodidad de sus salones incluso en dictadura— no ha logrado perdonarle: que haya sido un poeta del pueblo sin pedir permiso; que haya sido leído en todo el mundo sin pasar por sus filtros; que haya sido comunista sin pedir disculpas; que haya entendido la poesía no como ornamento, sino como una fuerza histórica.
Entonces lo desgastan. Lo erosionan. Lo administran.
No es casual. Desde la dictadura en adelante —y habría que decirlo con todas sus letras: incluso antes— existe una línea persistente de anticomunismo cultural que necesita desmontar a Neruda no solo como figura política, sino como símbolo afectivo. Una operación en la que también operaron intereses internacionales que hicieron lo posible por enlodarlo y retrasar su reconocimiento. Porque mientras Neruda siga siendo querido, leído, apropiado por la gente, hay algo que no logran domesticar: la memoria.
Y esa memoria incluye cosas que Culto rara vez pone en primer plano. Neruda no es solo el Nobel —que lo es, y con justicia—, ni solo el autor de Veinte poemas de amor, convertido en mercancía adolescente para luego ser despreciado por esa misma masificación. Neruda es también el hombre que fletó el Winnipeg, que organizó una de las mayores gestas humanitarias de la historia chilena, trayendo refugiados españoles cuando Europa se desangraba y Chile miraba a distancia: más de dos mil vidas rescatadas de un golpe. Neruda es también una voz que empujó discusiones sobre trabajo, dignidad, mujeres, cultura, lo mapuche, la naturaleza. Neruda es también parte de esa corriente histórica que desembocó, entre otras cosas, en la nacionalización del cobre: ese gesto político que todavía hoy sostiene buena parte del país que estos mismos medios administran simbólicamente.
Pero de eso se habla poco. O se habla lo justo, como quien cumple con una nota al pie antes de volver al ataque.
Y ahora, además, esta nueva chapucería: oponer a Parra contra Neruda como si fueran boxeadores en una cartelera tardía. Qué pobreza. Qué manera de degradar la inteligencia del lector. Parra no necesita ser usado contra nadie, y Neruda tampoco necesita ser defendido desde esa lógica binaria. Fueron dos gigantes, dos formas de lenguaje que tensaron el siglo, no caricaturas para el consumo editorial de fin de semana.
Lo que me irrita —y lo digo sin rodeos— no es la crítica. La crítica es necesaria. Lo que me irrita es la mala fe, la insistencia, la operación programática que el medio despliega escondido bajo el rótulo de “cultura”. Esa forma de instalar, por saturación, una lectura única y empobrecida, donde ya no hay búsqueda ni duda, sino pura confirmación.
Porque, al final, lo que está en juego no es un poeta muerto.
Es la idea misma de cultura.
Si la cultura va a ser esto —una sucesión de titulares que simplifican, enfrentan, reducen y erosionan—, entonces no estamos ante cultura, sino ante una industria del resentimiento ilustrado: una que necesita bajar estatuas no para comprenderlas, sino para ocupar su lugar con nada.
Yo, por mi parte, sigo leyendo a Neruda. No al Neruda higienizado ni al Neruda condenado, sino al Neruda real: contradictorio, excesivo, histórico; generoso y profundo, pero también juguetón y valiente. El que escribió desde la materia y desde el amor, desde América y sus heridas; el que habló en la tribuna política como embajador y senador; el que se atrevió incluso a rozar la presidencia sin dejar de ser poeta. Ese Neruda múltiple, amigo de medio mundo, irreductible. El único que vale la pena. El único que todavía incomoda. El único que, por lo mismo, sigue vivo.