Hay algo saludable —incluso urgente— en que, en un lapso breve, aparezcan libros que restituyan al centro del debate la relación entre imagen, lenguaje y poder. No es casual que estas operaciones provengan desde el sur —históricamente codificado como periferia—: allí donde la sospecha frente al discurso hegemónico no es pose, sino condición de lectura. En ese marco, que la televisión —la supuesta “cajita tonta” de Enrique Lihn— reaparezca como objeto privilegiado resulta menos una nostalgia que una reactivación crítica: la comprensión de que sigue siendo una de las matrices más eficaces de producción simbólica.

Si Lihn ya había desactivado la ingenuidad del medio al reconocer su potencia ideológica, Zapping de Carlos Aguilar Islas no solo prolonga esa intuición, sino que la radicaliza en el plano formal. Aquí no hay una crítica externa al dispositivo televisivo, sino una apropiación de su lógica interna: fragmentación, discontinuidad, simultaneidad, ruido. El zapping deja de ser un gesto banal para convertirse en principio constructivo de su crítica. No es tema: es método. Y en esa decisión se juega lo más interesante del libro: una mirada que no se enuncia desde fuera del sistema de imágenes, sino que lo parasita, lo reproduce y lo distorsiona desde adentro, desestabilizando así el campo simbólico —patrio, íntimo, estético— que ese mismo sistema organiza.
En diálogo con otras escrituras recientes, este gesto no solo confirma una zona particularmente lúcida de la poesía chilena contemporánea, sino que también redefine sus herramientas: ya no se trata únicamente de decir contra el poder, sino de intervenir en sus modos de circulación, en sus gramáticas y en sus dispositivos de percepción, incluso artísticos. Ahí, precisamente, radica la potencia de Zapping.
En paralelo a otros proyectos recientes como Teve de Felipe Seguel, este libro confirma que la poesía chilena —quizás la única zona donde aún se permite una fricción real con el lenguaje y el poder— sigue siendo un espacio de resistencia frente al embrutecimiento mediático. No se trata de una nostalgia ilustrada ni de una superioridad moral del lector frente al espectador, sino de una disputa por la atención, por la forma en que se organiza la experiencia, se decodifica la experiencia.
Desde su cita inicial —“Dios es extranjero / Somos extranjeros en su Reyno” de No Vásquez—, el libro instala una extranjería radical: no solo respecto de lo divino, sino del propio territorio simbólico que habitamos. Esa distancia habilita una voz que oscila entre el delirio y la lucidez, un discurso fragmentario que imita y subvierte la lógica del flujo televisivo y artístico. Aquí la performance, el happening y el montaje no son ornamento vanguardista, sino modos de supervivencia del sentido.
Lo que emerge es un paisaje de la grieta en el sur como “deep south for export” para nuestro imaginario no pensante, donde se cruzan racismo, clase, religiosidad evangélica y precariedad cultural. Pero lejos de un realismo documental, un pie de página a una instalación de arte, de los que se sirve el escritor y poeta, Aguilar construye una imaginería de la intemperie: escenas que parecen zappear entre sí, donde lo marginal no es excepción sino condición estructural. En ese montaje, el pensamiento mismo aparece como “segundón”, mediado, contaminado por imágenes que lo preceden y difuminan en el cotidiano decir.
Así, Zapping no ofrece una salida ni una redención. Su gesto es más incómodo: nos devuelve la imagen de nuestra propia pasividad, de nuestra complicidad en ese flujo que criticamos. Y sin embargo, en ese gesto hay una apuesta: que la poesía, al apropiarse de las formas del enemigo, pueda todavía interrumpirlas, abrir fisuras, obligarnos a mirar de nuevo, a sentirnos extraños.
En tiempos donde todo tiende a la homogeneización —del gusto, del lenguaje, del pensamiento—, libros como este insisten en algo elemental: la conciencia no es un estado, sino una práctica. Y la poesía, cuando no se limita a ilustrar, sigue siendo una zona de fricción: una escaramuza persistente, una refriega oblicua, delirante, sagaz, con aquello que no termina de encajar, incluso cuando se filtra —de refilón, mediado— por las artes visuales.
Vamos ahora con el autor, busquemos leer entre sus líneas, un poco más de este interesante libro venido del sur de Chile.
—Zapping parece operar no solo como un libro de poesía, sino como un dispositivo crítico, un gesto artístico: ¿en qué momento decidiste que el poema debía asumir esa función de desmontaje del flujo de imágenes y discursos del presente?
—Pienso que eso responde a su tiempo de imaginación. Un primer manuscrito aparece en un 2019 pre revuelta, que luego durante y a posterior a ella tiene como destino el cajón de los pendientes. Una acumulación de saturaciones mediáticas invita a pensar el texto como un reporte entrecortado, como ejercicio más que como otra cosa: la escritura como un juego. Posterior a la revuelta es cuando ocurre el proceso de refacción a ese primer montaje, donde ya están algunas de las claves a modo de obra gruesa (columnas de palabras, un primer ordenamiento de poemas).
De cualquier forma, mi respuesta es una cronología nada más. Los movimientos del libro me parecen aún dotados de opacidad: asumir una función clara asociada al poema sería también asumir una plena conciencia de su empleo. Los esquinazos insospechados, la pátina, el error afortunado o desafortunado son experiencias de la escritura poética que me interesan mucho, esa suerte de búsqueda permanente.
—Cierras —o más bien abres— Zapping con un epígrafe de No Vásquez que instala de inmediato una ontología del desarraigo: “Dios es extranjero / Somos extranjeros en su reyno”. Ahí pareciera jugarse algo más que una imagen: una condición de existencia donde lo divino ya no funda comunidad sino extrañamiento, y donde el lenguaje mismo aparece como territorio ajeno. En ese marco, ¿cómo lees esa extranjería radical: como una caída —una marca de la bestia que nos condena a habitar una realidad mediada, fragmentaria, siempre fuera de sí— o como una posible vía de fuga, una forma de salvación precisamente en la intemperie, en no pertenecer del todo al dispositivo que organiza y captura la experiencia?
—Resistir la asimilación me parece un movimiento de salud más que de cualquier otra cosa.
El epígrafe puede ser leído como una llave a las intervenciones y su despojo, pero desde donde también podemos reconocer sus mutaciones: los fenómenos que se instalan en el habla cotidiana, la moldura en-serie de imaginarios, el fomento a determinada forma de deseo.
La utopía del momento parece ser un espacio real entre medio y experiencia, una utopía que sin duda es política.
—El libro insiste en el zapping como gesto: cambiar, cortar, fragmentar. ¿Es ese procedimiento una metáfora de la conciencia contemporánea o una forma deliberada de sabotearla?
—Me interesa como gesto asociado a una memoria que persiste a pesar del ruido. Su efecto, de cualquier forma, es una conclusión que corresponde a quien lea.
—Hay una relación explícita —aunque no lineal— con la fractura histórica de 1973. ¿Cómo dialoga Zapping con esa grieta: como memoria, como trauma persistente o como tecnología de control que aún organiza la percepción?
—La dimensión tecnológica del libro es una dimensión estética, una excusa. El habla rota, su deficiencia discursiva, sostiene un diálogo con la incapacidad traumática de organización, como sucede en cuerpos reales después de un arrasamiento. Es la memoria la que pudiera habilitar cierta fuga, aquello que de una u otra forma evita una mera reproducción de lo que se nos presenta como verdadero.
En fin, no soy quién para decir quién debe hacer qué, pero pienso importante hacer memoria situada desde nuestros respectivos roles vitales o de época. En ese sentido una de las lecturas clave a este libro fue, por ejemplo, Maquinaria Chile del ex poeta José Ángel Cuevas. Con él surge la idea de hacer memoria no desde un falso testigo ocular, sino más bien a modo de una arqueología de la sospecha por medio de trazas legadas, retazos reorganizados de una otrora versión fija. Allí surge la televisión como trama.
—La televisión aparece como una máquina de producción de realidad. En tu libro, ¿es solo un medio o es ya una estructura de poder que modela subjetividades, especialmente en territorios periféricos como el sur de Chile?
—Sobre el último énfasis, para mí el sur es lo que otros llaman centro, no una periferia.
En el libro la televisión funciona como marco rotundo, una caja que pretende contener todas las palabras y las cosas. Ese dictado como martillo y cincel de realidades me parece más que instalado en relación a ese modelado subjetivo en el sur, pero también en cualquier parte: basta sacar la cabeza por la ventana (o en su defecto levantarla de la pantalla hacia el entorno) y juzgar, casos más, casos menos.
A riesgo de satanizar, me parece un monopolio lamentable de los imaginarios, uno de que nadie parece poder escapar. La idea tampoco es ser nihilista: en reconocer el campo también radica cierta posibilidad de movimiento.
—Escribes: “Es fácil sentirse sin motivación / en el reyno de los camiones y aviones”. Ese “reyno” reaparece como imaginario insistente. ¿Qué tipo de épica —o antiépica— estás construyendo ahí?
—La capitanía general tiene una épica fundacional, el relato aprendido en las salas de clase. Un historiador de derecha sostiene que su historia puede ser referida desde la épica, desde la tragedia y desde la comedia. Un primer manuscrito contemplaba un mismo grupo de poemas sometido a esas tres ópticas, aunque finalmente acaban por integrarse.
El reyno viene a ser en ese sentido una traza de esa épica. Capitanía, reyno o colonia parcelada todavía. Eso involucra Latinoamérica completa si somos rigurosos, a propósito de periferias.
—En Zapping hay dioramas, relatos fragmentarios, restos de narración: ¿te interesa construir una unidad desde la dispersión o más bien evidenciar que toda unidad hoy es una ficción precaria?
—Me cuesta ver el estado sólido de un simulacro identitario, narrativo, nacional.
Puede ser muy posmoderno de mi parte, pero atender los calces y las fisuras me parece mucho más nutritivo, e incluso de una honestidad mayor: atender esa precariedad es no sólo reconocerla, sino también quizás poder subvertirla, pensarla de manera diferente, qué se yo. Sea esto último desde la molestia, el humor o la ironía: poder apropiarse de esa derrota y elaborar rudimentos de una ética.
No es casualidad que muchas y muchos poetas actualmente aborden la experiencia de escribir poesía desde esa esquina.
—La postverdad suele entenderse como manipulación informativa, pero en tu libro parece más profunda: casi una condición perceptiva. ¿Estamos frente a sujetos que ya no distinguen entre experiencia e imagen?
—La figura de la repetición indigesta es una forma quizás injusta de dibujar un retrato. El vasallaje o las explotaciones claramente no se inventaron ahora.
A momentos me produce cierto desconcierto algunas de las maneras en las que nos expresamos—por supuesto que me incluyo: no hay un afuera--, justamente al hablar de artificialidades discursivas, propagandísticas, tecno-lógicas. La imagen parece ser, sino otro territorio más de usurpación, el signo de que la mentira puede ser verdad y la verdad mentira.
La potencia de esa peligrosidad parece requerir de nosotros la capacidad de afinar el ojo a contrarreloj; de poder captar un espacio entre relato y relatado que permita el pensamiento divergente.
—¿Qué significa escribir poesía desde Puerto Montt hoy? ¿Hay una relación específica entre territorio, clima, aislamiento relativo y la forma en que se construye tu mirada crítica?
—Podría ser, aunque también la globalización y la hiperconectividad hacen lo propio: en los territorios más insospechados la vida se vive como si ocurriera en otra parte. Piglia ya decía que se puede ser vanguardia en cualquier lugar, solo bastaría una conexión decente a la red. Quisiera evitar caer en esencialismos, aunque evidenciar de una u otra forma esa vida otra que se despliega en escenarios tan curiosos como los de la región en la que vivo y desde la que escribo, sin duda opera como un juego de contrastes.
—Como lector y coordinador de talleres, ¿qué autores o lecturas recomendarías para pensar —desde la literatura, especialmente la poesía— esta relación entre imagen, poder y realidad que Zapping pone en crisis?
—Sin duda la obra de Rosabetty Muñoz para mí traza una hoja de ruta para tensar ese imaginario por entero lárico o bucólico que tradicionalmente se endosa a la provincia desde los centros percibidos. Su poesía es Canto para una oveja del rebaño pero también Ratada, En nombre de ninguna o Técnicas para cegar a los peces. Una voz fundamental no sólo para entender el empeño descentralizador de la poesía, sino además el afán de integrar esa territorialidad junto a las borras mediáticas e industriales, para retratar un panorama material y humano en relación al poder y los despojos.
La escritura de Maha Vial me parece un punto de concentración importante a la hora de abordar una poética de la ebullición y el exceso pero también la fragilidad; el juego con el lenguaje, la fuerza de sus apropiaciones. Una búsqueda como eje que por suerte Ricardo Mendoza logra editar en el proyecto Obras Completas de Ediciones Kultrún.
De igual forma los Para-textos en la obra de Jorge Torres y los trabajos de Yanko González, –tanto en texto como artefactos– me parecen diálogos poéticos cargados de inteligencia e ironía frente a una transición a la realidad actual.
Finalmente vuelvo al arco de bienvenida del libro recomendado la obra de No Vásquez. Tanto L&vertad como Revo&lusión me parecen textos plumíferos de una voz singularísima y privada de la debida atención, asociándose generalmente a la obra de Juan Luis Martínez, más como referencia anecdótica que como dos poéticas dialogantes. Sus textos son difíciles de encontrar y por lo tanto poco leídos, pero es posible acceder a algunos a través de la red, sea por unas pocas revistas o gracias al repositorio sostenido por Luis Martínez Solorza.
Te pido perdón desde ya Ernesto. No es mi intención pecar de chovinista en el centralismo de mis recomendaciones. Quizás son meros vicios propios del oficio, sepa Moya.