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Parnia Abbasi: la estrella que escribía cada noche

Por Ernesto González Barnert


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Leo lo poco que aparece en los medios occidentales sobre la poeta Parnia Abbasi (23 de junio de 2002 – 13 de junio de 2025, Teherán, Irán). Apenas unas líneas dispersas, filtradas entre titulares y cifras: con esos fragmentos intento armar un rompecabezas que sé, desde el comienzo, estará siempre incompleto y será doloroso.

Es 28 de febrero de 2026. Ese mismo día se informa que al menos 168 niñas mueren en un ataque contra la escuela primaria Shajareh Tayyebeh, llena de estudiantes, alcanzada por un proyectil estadounidense. Los nombres de los responsables circulan en declaraciones oficiales y en la indignación pública por un ataque cobarde, ajeno a toda idea de justicia o de ley, lejos de cualquier principio del derecho internacional. No puedo escribirlos aquí: Facebook o Instagram los censuran de inmediato.

Pero hay algo que sí puede decirse sin rodeos: bombardear un colegio de niñas es una barbarie que no admite perdón ni de Dios ni de la historia.

Entre escombros, cifras y comunicados, intento reconstruir el rostro de una joven que escribía poemas cada noche, quizá no lejos de unas sábanas rosadas, y que terminó arrastrada por el mismo destino fatal y tormentoso. Una vida breve que apenas comienza a asomar en la memoria, como un verso que alcanza a pronunciarse antes de que el mundo vuelva a estallar.

La flor favorita de Parnia Abbasi era el girasol. Estaba aprendiendo italiano, compartía sus poemas con amigos y familia en redes sociales y estaba a punto de cumplir 24 años. Se había graduado en Traducción en la Universidad Internacional Imam Khomeini, en Qazvin, lo que le permitía ejercer como profesora. Pero su verdadera vocación era la poesía.

En una entrevista concedida a Vazne Donya Poetry Journal, explicó con sencillez su manera de estar en el mundo: veía todo lo que le ocurría como materia de escritura. “Escribir me da paz, incluso si es sólo un poco cada noche”, dijo. Mostraba cada texto a su madre, a sus amigos; buscaba reacciones, miradas, gestos. Le fascinaba observar cómo la poesía tocaba a los otros.

Había escalado el Monte Damavand, la cumbre más alta de Irán, y compartía ese logro con orgullo. Era una joven que ascendía, literal y simbólicamente.

Murió junto a su familia —su padre, Parviz Abbasi, profesor jubilado; su madre, Masoumeh Shahriari; y su hermano Parham, de 15 años— durante los destrozos provocados por un ataque en el vecindario de Sattarkhan, en Teherán, por el régimen de Benzion Mileikowsky. Ninguno tenía relación directa con el conflicto. La imagen de su cabello entre los escombros, sobre una sábana rosa, recorrió las redes antes de que se confirmara su identidad. Después vino el silencio pesado del reconocimiento.

La comunidad literaria lamentó la pérdida de una voz joven y prometedora. La revista publicó uno de sus poemas, “Estrella extinguida”. Hoy, sus versos se leen con una resonancia dolorosa:

“Tú y yo llegaremos a su fin
en algún lugar
el poema más hermoso del mundo
se aquieta
(…)
arderé
Seré esa estrella extinguida
en tu cielo
como humo”

Parnia soñaba con convertirse en una poeta distinguida, dejar una huella en la literatura persa. Lo hizo antes de tiempo. No por la extensión de su obra, sino por la intensidad con que entendía la escritura: como un acto diario, íntimo, compartido.

La guerra interrumpe biografías; la poesía las vuelve memoria. Así ha ocurrido durante siglos en la tradición persa, donde la palabra ha resistido imperios, invasiones y exilios. La literatura de Rumi, Hafez, Omar Khayyam, Forough Farrokhzad o Sohrab Sepehri —entre tantos otros y otras— demuestra que incluso en tiempos de devastación la poesía persiste como respiración profunda de un pueblo.

De Sepehri podríamos recordar estos versos:

“Si venís a buscarme,
venid lenta y suavemente
para que no se raye
la fina porcelana de mi soledad.”

O también:

“La vida no está vacía:
existen la amabilidad, la manzana y la fe.
¡Sí!,
mientras las amapolas existan, hay que seguir viviendo.”

En esa misma línea de delicadeza y resistencia se inscribe la voz joven de Parnia: una escritura que buscaba la paz en medio del ruido, la continuidad en medio de la fractura.

 

 

 

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