Hay poemas que no se leen: se ponen sobre la mesa. “Jureles”, de Juan Cameron, es uno de ellos. No pide interpretación ni ceremonia: pide cuchillo, aceite, manos, lengua. Pide cuerpo. En ese gesto doméstico —tres peces humildes traídos para adornar una mesa— Cameron cifra toda su poética: la del poeta que nunca confundió la literatura con el adorno ni la historia con el discurso correcto.

Juan Cameron
“Traigo tres jureles para adornar tu mesa”. El verso entra como entra el poeta a una casa: sin retórica, sin pedir permiso, con algo que todavía brilla y todavía huele a mar. El jurel no es símbolo de lujo ni de prestigio: es el pez del pueblo, del puerto, del canasto, del precio dicho en voz alta. Cameron no sublima la realidad: la trabaja. La filetea. La ofrece. Como ha hecho siempre con el lenguaje.
En esos ojos “tan tristes al canasto” está todo Valparaíso, toda la derrota sin épica, todo el exilio sin monumento, toda la ternura sin consigna. Cameron sabe —porque lo ha vivido— que la poesía no necesita gritar para ser política ni necesita ensuciarse de consigna para ser ética. Basta con mirar bien. Basta con no mentir. Basta con no hacerse el leso.
“Jureles” es un poema de amor, sí, pero no del amor edulcorado ni del amor declamatorio. Es el amor que se cocina, el que se prepara para otro, el que mancha las manos, el que deja el aceite negro “en su guarida”. Amor sin metáfora inflada: amor como gesto. Amor como acción concreta. Amor como alimento compartido. En Cameron, el erotismo nunca se separa del mundo: las piernas amadas conviven con el cuchillo, la crema, las velas. El cuerpo no es abstracción: es materia viva.
He escuchado varias veces a Juan Cameron leer este poema. No lo sobreactúa. No lo explica. Lo deja caer como quien deja el pescado sobre la mesa. Y ahí ocurre algo raro: el poema se vuelve inevitable. No hay escapatoria estética. O entras o te quedas fuera. Cameron no escribe para agradar: escribe para permanecer.
“En tu lengua condúcelos al cielo de los peces”. Ese cierre no es místico: es exacto. El cielo, para Cameron, no está arriba: está en la boca, en la lengua, en el acto de compartir. La trascendencia no es abstracta: es corporal. Como su poesía. Como su vida.
No es casual que “Jureles” conviva en su obra con poemas como “Cachorro”, “Fe de ratas” o “Asignaciones forzosas”. Todos hablan desde el mismo lugar: el del poeta que no se vendió, que no se domesticó, que no se volvió funcionario del lenguaje, es decir, adornando el jurel al llamarlo tipo salmón. Cameron es de los que entendieron —como Nicanor Parra, Jorge Teillier, Enrique Lihn, Gonzalo Millán, Elvira Hernández o Germán Carrasco o Yanko González— que el poema no es un lugar de confort sino de fricción.
Por eso incomoda. Por eso no es celebrado como debería. Por eso sigue siendo, paradójicamente, uno de los poetas más vivos de este país que se empeña en premiar la corrección antes que la verdad. Cameron no escribe desde la academia ni para la academia. Escribe desde la calle, desde el puerto, desde la memoria, desde el exilio, desde el humor negro, desde la autocrítica feroz. Escribe como quien sabe que el poema es lo único que queda cuando todo lo demás falla.
“Jureles” podría leerse como un poema menor, doméstico, casi anecdótico. Pero ahí está su fuerza: Cameron nunca necesitó el gran tema para decir lo esencial. Le basta con tres peces. Le basta con una mesa. Le basta con alguien a quien ofrecer. En tiempos de poesía inflada de retórica, de discursos morales por los que tienen tejado de vidrio, de victimismos administrados para conseguir becas y beneficios en papel oficial y prestigios de cartón piedra, Cameron sigue apostando por lo más difícil: la sencillez con filo.
Cada vez que vuelvo a Jureles confirmo algo esencial: Juan Cameron escribe como vive —sin impostura— y vive como escribe —sin pedir disculpas—. El poema no es solo una escena doméstica o amorosa: es una declaración ética, una forma de estar en el mundo que se opone a ese Chile jurel tipo salmón. No como chiste ni eslogan, sino como diagnóstico. La expresión, nacida para volver vendible un pescado despreciado, terminó nombrando una psicología colectiva: la de un país que no se atreve a decir su propio nombre y necesita presentarse como otro, más caro, más aceptado, más exportable.
El jurel nunca fue el problema. Abundante, popular, sostuvo mesas y generaciones enteras. El problema fue la vergüenza: la incapacidad de asumir el propio sabor sin pedir perdón. De ahí surgieron instituciones, relatos y modernizaciones tipo salmón: simulacros de éxito que prefieren parecer antes que ser. Por eso Jureles es una operación ética. Cameron no maquilla ni rebautiza: nombra. Tres peces bastan para el rito mínimo del amor y del hambre compartidos. En esa fidelidad a lo concreto aparece la verdadera trascendencia. El poema incomoda porque dice lo que este país evita: que no necesitamos parecernos a otro para valer. Que el problema nunca fue ser jurel, sino negarlo.
Tres jureles. Nada más. Nada menos. Con eso basta para recordarnos de qué es capaz la poesía cuando no se rinde.
Jureles
Traigo tres jureles para adornar tu mesa
jureles como escamas de amor desperdigado
jureles con sus ojos tan tristes al canasto
con sus ojos de ausente o vendedor de dulces
a diez pesos jureles para adornar tu mesa
Traigo tres jureles para tu cuchillo
para que salga toda tu sonrisa a la cara
& se haga la crema en tus manos de carne
& se prendan las velas & se amen tus piernas
& se quede el aceite muy negro en su guarida
Traigo tres jureles para adornar tu mesa
En tu lengua condúcelos al cielo de los peces.
* Ernesto González Barnert (Temuco, Chile, 1978) es poeta, gestor cultural y cineasta documentalista. Autor de Venado tuerto, Playlist, Coto de caza, Trabajos de luz sobre el agua, entre más de una docena de títulos, su obra ha sido reconocida con importantes distinciones, entre ellas el Premio Pablo Neruda (2018), el Premio Nacional a la Mejor Obra Literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2014), el Premio Nacional Eduardo Anguita (2009), el Premio de Honor Pablo Neruda de la Universidad de Valparaíso (2007) y el Premio Nacional de Poesía Infantil de las Bibliotecas de Providencia (2023).
Asimismo, ha recibido menciones de honor en el Concurso Internacional de Poesía de Nueva York Poetry Press (2020), en el Concurso Nacional de Poesía Joven Armando Rubio y en los Juegos Literarios Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago (2005), entre otros reconocimientos.
Es Licenciado en Cine Documental por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y Diplomado en Estética del Cine por la Escuela de Cine de Chile. Ha trabajado como creador y productor ejecutivo de las series de televisión Obturaciones (2011) y Letras Migrantes (2024).
Actualmente se desempeña como gestor cultural en la Fundación Pablo Neruda y desarrolla una activa labor en torno a la poesía a través de medios de comunicación, entrevistas, ensayos, talleres, encuentros, presentaciones y edición de libros. Ha sido invitado a festivales literarios en todo Chile y en diversos países de América —México, Uruguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Argentina y Colombia—. Sus libros han sido publicados en Chile, Estados Unidos, Perú y Argentina.