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Ernesto González Barnert | Autores |











Los Kurdos y Dios

Sobre un poema de Hussein Habasch*
[Traducción del poema al español de Zinar Ala]

Por Ernesto González Barnert**


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LOS KURDOS Y DIOS

Los kurdos viven en las montañas
No por algo
Solo quieren estar cerca de Dios.

*

Dios quiere a las llanuras
No por algo
Sino porque no quiere ver el sufrimiento de los
Kurdos.

 

1. Marco autoral y geopolítico

Nacido en Afrin (1970) y residente en Alemania, Hussein Habasch pertenece a la generación de escritores kurdos atravesados por la experiencia del desplazamiento y la fragmentación territorial. El pueblo kurdo —disperso entre Turquía, Irak, Irán y Siria— constituye una de las naciones sin Estado más significativas de los siglos XX y XXI. En ese contexto, la montaña no es un simple motivo paisajístico: es una categoría histórica, un espacio de refugio, resistencia y memoria.

La obra de Habasch —traducida a múltiples lenguas— articula exilio, memoria y resistencia mediante una escritura concisa, irónica y simbólicamente densa. El poema “Los kurdos y Dios” condensa esa poética en una estructura mínima de notable eficacia.

Al mismo tiempo, su escritura se inscribe en una tradición donde la poesía no cumple una función ornamental, sino estructural. En una cultura marcada por la dispersión territorial, la prohibición lingüística y la represión política, el poema ha operado como archivo de memoria y como continuidad identitaria. Para un pueblo repartido entre fronteras que no eligió y tantas veces perseguido en su lengua, el exilio no es solo desplazamiento físico: es fractura verbal. De ahí que la poesía se vuelva territorio portátil, una forma de soberanía mínima. Cuando no hay Estado, hay canto; cuando el mapa se quiebra, la metáfora recompone; y cuando la historia se vuelve violencia, la poesía —como la montaña— permanece.


2. Estructura y economía retórica

El texto se organiza en dos movimientos paralelos, articulados por la repetición anafórica de “No por algo”. La fórmula instala una causalidad en apariencia explicativa que, en rigor, funciona como dispositivo de desplazamiento irónico: cada enunciado parece justificar, pero en verdad desestabiliza. Sin embargo, esa ironía no erosiona la gravedad del poema ni lo reduce a un gesto satírico. Por el contrario, opera en un registro que confirma la observación de Rainer Maria Rilke en Cartas a un joven poeta: “Busca la profundidad de las cosas; hasta allí nunca logra descender la ironía”.

En Habasch, la ironía no trivializa el dolor histórico; lo protege de la grandilocuencia. Funciona como un mecanismo de contención que permite sostener la acusación sin declamarla. En la primera sección, la vida en las montañas se presenta como un movimiento ascensional hacia Dios; en la segunda, el eje se invierte y la divinidad desciende a las llanuras para no contemplar el sufrimiento kurdo. La estructura especular no cancela la profundidad ética del poema: la intensifica.

El poema opera así mediante una estructura especular y una inversión semántica. La altura —tradicionalmente asociada a lo sagrado— se convierte en espacio humano de búsqueda; la llanura —símbolo de apertura y fertilidad— deviene espacio de evasión divina. La ironía no se formula de modo explícito; se construye en el hiato entre ambas estrofas.

La economía verbal es decisiva: no hay adjetivación superflua ni contextualización histórica explícita. El poema confía en la competencia del lector para completar el trasfondo político. Esa contención no debilita el efecto ético; lo intensifica.

Conviene, además, considerar el sustrato oral que sostiene esta tradición. Durante décadas, el kurdo fue prohibido en el espacio público —especialmente en Turquía—, de modo que escribir en la propia lengua era ya un gesto político. Muchos poetas han debido hacerlo desde el exilio europeo. En esas condiciones, la poesía se transforma en territorio simbólico cuando el territorio material se pierde. La lengua deviene mapa: en ella reaparecen la montaña como refugio y dignidad, el exilio como fractura, la memoria del martirio, el amor inseparable de la patria y la identidad fragmentada.

Por eso, claridad conceptual, sobriedad formal y altura ética no son aquí elecciones estéticas menores, sino condiciones de posibilidad del diálogo colectivo. La poesía kurda, aun nacida de una experiencia íntima, se inscribe inevitablemente en una esfera pública: mantiene vivas las redes de memoria y pertenencia allí donde la historia ha intentado interrumpirlas.


3. Teología negativa y acusación implícita

Más que una impugnación dogmática, el poema propone una teología negativa de carácter ético. Dios no aparece como figura activa sino como ausencia estratégica. El desplazamiento divino hacia la llanura sugiere una retirada ante el sufrimiento histórico.

En términos discursivos, el poema desplaza la pregunta clásica por la teodicea — ¿cómo puede Dios permitir el mal? — hacia una formulación poética más incisiva: ¿dónde se sitúa Dios cuando un pueblo sufre? La respuesta no es doctrinal sino espacial. El espacio funciona como metáfora moral.

Esta espacialización del conflicto teológico convierte la geografía kurda en una auténtica alegoría del abandono. La montaña deja de ser mero accidente topográfico o bastión defensivo para devenir instancia ética: es el lugar donde el sufrimiento adquiere visibilidad y, por tanto, donde la historia no puede disimularse. Desde esa altura no solo se resiste; se atestigua.

En este punto, la dimensión simbólica del poema dialoga con un proverbio kurdo de elocuencia austera: “Si no puedes edificar una casa, construye un corazón”. La sentencia condensa una experiencia colectiva marcada por la destrucción forzada, el desplazamiento y la diáspora. Allí donde la arquitectura material es arrasada, se impone la arquitectura interior. La montaña, entonces, no representa únicamente refugio frente a la violencia, sino también el espacio donde la identidad se reconstruye como memoria afectiva y resistencia cultural ante el éxodo sistemático de un pueblo y su tradición.

4. Montaña, exilio y memoria

En la tradición kurda, la montaña ha sido históricamente sinónimo de resistencia. Habasch recoge ese imaginario y lo resignifica. La altura no es heroísmo; es necesidad. La cercanía con Dios no es mística sino desesperada.

La escritura desde el exilio refuerza esta lectura. El poeta, instalado en Alemania, produce una poética de distancia que no diluye la memoria territorial. Por el contrario, la intensifica mediante la condensación simbólica. La brevedad del poema no atenúa su alcance; lo radicaliza.

El geógrafo francés Élisée Reclus (1830–1905), militante anarquista que conoció la cárcel y el exilio, asumió los postulados evolucionistas para pensar la unidad entre lo físico y lo humano. Desde esa perspectiva escribió: “¿No nos ofrecen las montañas en un espacio pequeño un resumen de todas las bellezas de la Tierra? […] En nuestros días ya no se adora a las montañas, pero al menos aquellos que las conocen las aman con un amor profundo.” En Reclus, la montaña es síntesis; en Habasch, es refugio y necesidad. En ambos casos, sin embargo, el relieve no es mero paisaje: es experiencia histórica y afectiva.

5. Conclusión

“Los kurdos y Dios” es un texto mínimo de alta densidad semántica. A través de una inversión irónica y una estructura binaria, Habasch articula una crítica implícita a la indiferencia —divina y, por extensión, histórica— frente al sufrimiento de un pueblo.

El poema no proclama; sugiere. No denuncia de forma directa; reconfigura el espacio simbólico para que la acusación emerja por contraste. En esa contención reside su fuerza: la montaña permanece como lugar de resistencia y memoria, mientras la llanura se vuelve metáfora de la distancia moral.

En última instancia, el texto instala una pregunta que excede el caso kurdo: cuando la historia se vuelve violencia, ¿quién ocupa la altura y quién elige no mirar?

Claro, Susan Sontag sostuvo que la mirada moderna se ha habituado al fragmento. Pero estoy más cerca de Chuck Palahniuk, quien en El club de la lucha (pdf) advierte: “Si sabes dónde mirar, hallarás por todas partes cuerpos enterrados”. Esa intuición adquiere espesor político en los ensayos de Christopher Hitchens, donde defendió que Reino Unido y Estados Unidos respaldaran la causa kurda frente al régimen de Saddam Hussein. Para Hitchens, las matanzas y la persecución constituían una razón moral suficiente, sin necesidad del pretexto —a la postre mendaz— de las armas de destrucción masiva. Con todo, la intervención terminó en desastre: promoverla fue un error, como también lo fue su cercanía al entorno neoconservador y al gobierno de George W. Bush.

Por desgracia, el drama humano del pueblo palestino —marcado en estos últimos años por una violencia devastadora— ha concentrado la atención moral y mediática del mundo. En ese foco excluyente, el sufrimiento histórico del pueblo kurdo vuelve a quedar en penumbra, como si la geopolítica administrara también la visibilidad del dolor.

A propósito del dolor, Hussein Habasch, me respondía hace un tiempo en una entrevista que le hice: “Estoy en deuda con el dolor kurdo, que nunca termina” y luego: “Como es bien sabido, soy hijo de un pueblo que ha sido y sigue siendo sometido a todo tipo de persecución, tortura, opresión, prisiones, centros de detención, abusos, desplazamientos y genocidio… Se han utilizado contra él todo tipo de armas, desde las más pequeñas hasta armas químicas prohibidas internacionalmente. Desafortunadamente, la situación no ha cambiado mucho y sigue ocurriendo hasta el día de hoy.

Por ello, estoy sumergido en el dolor y las penas de mi pueblo hasta lo más profundo. Mi imaginación, mi poesía y mi escritura están arraigadas en la tierra de mi patria ocupada y desgarrada, Kurdistán. Cuando escribo sobre el sufrimiento y el dolor de mi pueblo, cuando escribo sobre mi patria, estoy sanando una herida y deteniendo una hemorragia dentro de mí.

Con y a través de la poesía, acaricio el hombro de mi nostalgia hasta que se calme, se serene y descanse un poco.

Con y a través de la poesía, intento abrir los ojos del mundo a la poesía, la literatura, la cultura y la lengua kurdas, que han sido casi olvidadas en la memoria del mundo.

Con y a través de la poesía, intento dar a conocer al mundo la situación excepcional que atraviesa Kurdistán y las catástrofes humanas e inhumanas a las que está sometido, insoportables para la razón y la lógica.

Con y a través de la poesía, intento mostrar al mundo las heridas abiertas de los kurdos y la situación inhumana en la que han vivido durante décadas.

Con y a través de la poesía, intento dar a conocer al mundo la valiente resistencia kurda, la resistencia de las maravillosas mujeres kurdas… Intento, intento e intento…

Siempre digo que estamos perdiendo, pero nunca dejaremos de intentarlo, nunca nos rendiremos…”

 

 

 

 

* Hussein Habasch (Afrin, Kurdistán, 1970) es un poeta kurdo residente en Alemania cuya obra refleja la memoria, el exilio y la lucha de su pueblo. Su poesía aborda la guerra, la identidad, la resistencia y la naturaleza, combinando nostalgia y esperanza en un discurso de profunda densidad ética y política. La montaña, el exilio y la lengua prohibida atraviesan sus versos como símbolos de refugio, memoria y soberanía simbólica.

Ha publicado numerosos libros, traducidos a más de 30 lenguas, incluyendo español, inglés, alemán, francés, chino, árabe y kurdo, entre otros. Entre sus títulos destacan Ahogarse en rosas (2002), Huir a través del río Evros (2004), Ángel volador (2013), No pasarán (2016), Tiempos de guerra (2017), Flor de espinillo (2020) y La manada de ciervos se muere de sed (2024).

Su obra ha sido incluida en antologías internacionales y presentada en festivales de poesía en más de 20 países, desde Colombia y México hasta China, India y Alemania. Ha recibido múltiples reconocimientos, como el Premio Internacional al Mejor Poeta (China, 2016), el Premio Gran Poeta Kurdo Hamid Badirkhan, y distinciones en Bosnia, Bangladesh y Marruecos.

Quien lo ha escuchado leer sabe que su poesía fluye con naturalidad y fuerza ética, articulando su experiencia personal con el drama colectivo del pueblo kurdo, un exilio y una lucha que, como él mismo transmite, permanecen vivos en cada verso.

 

** Ernesto González Barnert (Temuco, Chile, 1978) es poeta, gestor cultural y cineasta documentalista. Autor de Venado tuerto, Playlist, Coto de caza, Trabajos de luz sobre el agua, Cul de sac, entre más de una docena de títulos, su obra ha sido reconocida con importantes distinciones, entre ellas el Premio Pablo Neruda (2018), el Premio Nacional a la Mejor Obra Literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2014), el Premio Nacional Eduardo Anguita (2009), el Premio de Honor Pablo Neruda de la Universidad de Valparaíso (2007) y el Premio Nacional de Poesía Infantil de las Bibliotecas de Providencia (2023).

Asimismo, ha recibido menciones de honor en el Concurso Internacional de Poesía de Nueva York Poetry Press (2020), en el Concurso Nacional de Poesía Joven Armando Rubio y en los Juegos Literarios Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago (2005), entre otros reconocimientos.

Es Licenciado en Cine Documental por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y Diplomado en Estética del Cine por la Escuela de Cine de Chile. Ha trabajado como creador y productor ejecutivo de las series de televisión Obturaciones (2011) y Letras Migrantes (2024).

Actualmente se desempeña como gestor cultural en la Fundación Pablo Neruda y desarrolla una activa labor en torno a la poesía a través de medios de comunicación, entrevistas, ensayos, talleres, encuentros, presentaciones y edición de libros. Ha sido invitado a festivales literarios en todo Chile y en diversos países de América —México, Uruguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Argentina y Colombia—. Sus libros han sido publicados en Chile, Estados Unidos, Perú y Argentina.

 

 

 

 

Entrevista a Hussein Habasch.
“Estoy en deuda con el dolor kurdo, que nunca termina".
Por Ernesto González Barnert.

http://www.letras.mysite.com/egba110425.html



 

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Sobre un poema de Hussein Habasch
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