En una época en que las pantallas han colonizado casi todos los rincones de la vida cotidiana, la
poesía pareciera verse obligada a replantear sus modos de mirar y de nombrar el mundo. El libro
"TeVe" del poeta chileno Felipe Seguel Yáñez se instala precisamente en ese territorio ambiguo
donde la cultura televisiva —esa mezcla de espectáculo, memoria colectiva y ruido visual— se
convierte en materia poética.
Nacido en Santiago de Chile en 1987, Seguel Yáñez pertenece a una generación que creció frente
al televisor, cuando la televisión abierta todavía organizaba el imaginario doméstico y el ritmo de
las conversaciones familiares. En "TeVe", esa experiencia no aparece simplemente como nostalgia
cultural, sino como una forma de pensamiento: la televisión funciona aquí como archivo
emocional, flujo de imágenes y también como un dispositivo crítico desde el cual observar la
realidad contemporánea, canalizando a la vez fragmentos de la historia personal y colectiva de los
chilenos.

El poeta trabaja diariamente con esas imágenes —los despojos del sentido, la filosofía degradada
en lugar común, el prejuicio convertido en hábito perceptivo— para ir dislocando nuestra extraña
interioridad y la maquinaria de nuestro pensamiento, interpretando signos que no siempre
resultan evidentes. Algo de esa mirada clínica —atenta, minuciosa, casi detectivesca— parece
trasladarse a su escritura. Sus poemas operan como estampas de la experiencia mediática:
examinan los fragmentos del espectáculo televisivo, el zapping mental de nuestra época y las
pequeñas epifanías que todavía pueden surgir en medio del flujo constante de imágenes y de
nuestras ideas más o menos convencionales sobre el mundo. En ese sentido, su poética se inscribe
en una línea que en Chile encuentra un antecedente decisivo en Nicanor Parra, particularmente en
ese gesto de enmascarar y desenmascarar la cotidianidad, revelando —bajo la apariencia trivial de
lo cotidiano— las tensiones, ironías y paradojas que organizan nuestra experiencia
contemporánea.
Antes de "TeVe", el autor ya había sido reconocido en certámenes literarios del país. En 2017 obtuvo
el primer lugar del III Concurso Literario de Poesía Fondo Editorial Municipal Stella Díaz Varín con
"Memoria Fotográfica", y en 2020 recibió el segundo lugar del XVII Concurso Literario Nacional
Premio Stella Corvalán con "Principia Mathematica". Distinciones que anticipaban una escritura
particularmente atenta a los cruces entre imagen, memoria y pensamiento. En esa línea, la obra
de Seguel Yáñez comienza a insinuar una voz capaz de inscribirse en una tradición crítica de la
poesía chilena, incorporando con naturalidad elementos de la cultura pop y del imaginario mass
media, como si su escritura buscara devolver densidad reflexiva a una época que, sin ser
necesariamente extraña, suele revelarse —en su superficie mediática— profundamente banal.
Pero es en "TeVe" donde esa exploración alcanza una forma particularmente singular: el poeta se
declara, ante todo, “un gran televidente”. Desde esa posición aparentemente modesta —la del
espectador frente a la pantalla— emerge una poesía que interroga nuestra relación con las
imágenes, con la cultura popular y con la forma en que los relatos mediáticos terminan
modelando, casi imperceptiblemente, nuestra percepción del mundo. En tiempos en que la
atención se fragmenta y la velocidad de las imágenes parece imponer su propia ley, el gesto de
Seguel Yáñez adquiere un relieve particular: mirar la televisión con la paciencia —o incluso con la
impaciencia— del poeta, suspender por un instante el flujo hipnótico de la pantalla para descubrir
en él una nueva materia verbal. Desde allí, su escritura comienza a tirar de los hilos de ese vasto
simulacro que llamamos vida o realidad, desmontando lentamente las ficciones cotidianas con que
el espectáculo mediático recubre nuestras experiencias. Así, entre el zapping y la contemplación
crítica, los poemas de "TeVe" revelan cómo las narrativas del entretenimiento erosionan, casi sin
que lo advirtamos, nuestras ideas de libertad, de comunidad y de humanidad, desplazando lo
colectivo hacia una individualidad cada vez más aislada, más espectadora que protagonista de su
propio tiempo.
La conversación que sigue busca adentrarse en ese territorio donde poesía y cultura audiovisual se
cruzan, interrogando el lugar que aún puede ocupar la escritura en la era de las pantallas.
—En "TeVe" aparece la televisión como un dispositivo casi ontológico, una máquina que organiza la
percepción del mundo. ¿La televisión en tu poesía funciona como archivo de memoria personal o
como un espejo crítico de la cultura contemporánea?
—Recuerdo cuando niño haber visto un reportaje sobre el “incidente OVNI” de Vorónezh en 1989,
en la ex Unión Soviética, en que varios testigos relataban el aterrizaje de una nave espacial
tripulada por gigantes. Según los testimonios, la nave habría descendido en un parque de la ciudad
y habrían bajado seres con cabezas enormes y tres ojos. Incluso se hablaba de un objeto metálico
que los acompañaba, como si un pequeño “robot” les orbitara. La historia tuvo una repercusión
mundial considerable, en parte porque fue difundida por la agencia oficial soviética TASS, lo que le
dio una apariencia de veracidad inusual a este tipo de relatos y la convirtió en el festín de los
noticieros. Tiempo después me enteré de que la historia había sido una especie de cortina de
humo para distraer a la población de los graves problemas que enfrentaba la URSS. Mi padre me
dijo que cada vez que aparecen extraterrestres en las noticias es porque “está la escoba” en el
país. Y razón tiene: la Unión Soviética cayó poco tiempo después de semejante avistamiento.
Esa anécdota ilustra bien cómo funciona la televisión: como un archivo de memoria colectiva, pero
también como una forma de organizar, o incluso distorsionar la percepción de la realidad.
—Te defines “ante todo, un gran televidente”. ¿Cómo dialoga esa condición —tan cotidiana y
popular— con la tradición de la poesía, que históricamente ha tendido a mirar con sospecha a la
cultura televisiva?
—Personalmente crecí viendo Dragon Ball Z, así que personajes como Goku forman parte de mi
bagaje cultural. En ese sentido, creo que los héroes de la cultura pop cumplen una función
parecida a la de personajes clásicos como Don Quijote o Ulises: son figuras que moldean el
imaginario colectivo. Esta dimensión imaginativa me parece material legítimo para la poesía.
—En muchos poetas contemporáneos la televisión aparece como ruido o saturación. En "TeVe", en
cambio, pareciera haber también fascinación. ¿Tu libro busca reconciliar la poesía con ese
imaginario audiovisual o como Lihn solo te instalas en la sospecha sagaz de la cajita tonta?
—Hay fascinación, sin duda. Siempre estoy atento a una invasión alienígena o a que la Casa Blanca
desclasifique información sobre el Área 51. Me interesa esa ambigüedad: la del televisor como
aparato que entretiene, pero también como un dispositivo que organiza nuestra percepción del
mundo.
—El título mismo, "TeVe", tiene algo de abreviatura tecnológica pero también de imperativo: “te
ve”. ¿Hay en esa ambigüedad una reflexión sobre la mirada, sobre quién observa realmente en la
era de las pantallas?
—Efectivamente, el título tiene esa doble lectura. Hoy vivimos rodeados de dispositivos que
registran nuestra atención, nuestros gustos y movimientos: somos parte del algoritmo.
—Si la televisión fue durante décadas el gran narrador colectivo de nuestras sociedades, ¿qué
lugar puede ocupar la poesía dentro de ese mismo paisaje de imágenes?
—La televisión siempre ha sido más eficaz contando historias colectivas que la literatura: guerras,
elecciones, catástrofes, extraterrestres… todo pasa primero por la pantalla. Quizás los superhéroes
que desafían la gravedad y sobrevuelan las ciudades nos parezcan absurdos, pero tienen algo que
la poesía muchas veces pierde: la capacidad de fascinar inmediatamente.
En ese sentido, la poesía no compite con ese espectáculo; llega después. El poeta es más bien una
especie de arqueólogo de esas imágenes: toma lo que vimos mil veces en la pantalla y rebobina.
Ese ejercicio nos permite descubrir algo que, de otro modo, hubiera pasado desapercibido en
medio del ruido.
—En tu libro se percibe una tensión entre cultura popular, historia reciente de Chile, filosofía y
reflexión intelectual a propósito de esta democracia en la medida de lo posible. ¿Te interesa
borrar esa frontera, mostrar que la experiencia televisiva también puede ser materia de poesía y
ser cercana a lectores que no son propiamente expertos en literatura o poesía?
—Así como Nicanor Parra demostró que en poesía no existen “palabras sagradas”, también creo que
no existen “temas sagrados”. La poesía puede trabajar con cualquier material: cultura popular,
filosofía, los dramas de la señora Juanita o incluso los personajes de la televisión. Un poema sobre
Pikachu me parece perfectamente plausible. En ese sentido, me interesa difuminar la frontera
entre lo que se considera “alto” o “bajo” culturalmente.
—¿Qué tipo de televisión habita tu memoria: la televisión de la infancia, la del zapping
adolescente o la de la sobreabundancia digital actual?
—La estructura del “canal de televisión”, como andamiaje conceptual de mi libro, me permitió
trabajar literalmente las tres formas. Es más, tenía a mano una guía de los canales de televisión
satelital, como si de un mapa se tratara, para que no faltaran secciones clásicas como los
noticieros, el deporte o el cine. Pero obviamente no dejé de lado a los próceres de mi infancia,
como El Chavo del 8 o algún enmascarado de la lucha libre que habrá saltado desde mi
adolescencia.
—El gesto del televidente suele ser pasivo: mirar, absorber imágenes. En cambio, el poeta
reescribe el mundo. ¿Dirías que "TeVe" transforma esa pasividad en un acto creativo? ¿Y cómo
enfrenta el poeta los algoritmos, las rutas que las redes sociales delimitan?
—El gesto del televidente parece pasivo, pero en realidad implica una acumulación constante de
imágenes, fragmentos y voces. En mi caso, el proceso de escritura de "TeVe" consistió en practicar
“zapping literario”. Así como uno cambia de canal y va encontrando escenas inconexas: en un
noticiero puedes ver cómo las potencias mundiales se amenazan con bombas nucleares y, en otro
canal, a la misma hora, Goku está luchando por salvar el mundo. El libro intenta moverse entre
registros distintos y reorganizar ese flujo de imágenes dentro del poema.
Más que transformar la pasividad en creatividad, se trata de descubrir ese gesto cotidiano. "TeVe"
intenta convertir el zapping en una forma de escritura.
—Tu generación creció en una transición tecnológica: de la televisión abierta al streaming y las
pantallas múltiples. ¿Crees que esa mutación del dispositivo también cambia la forma en que
escribimos poesía?
—Es verdad, mi generación vivió esa transición: de la televisión abierta al streaming y a las pantallas
múltiples. Creo que muchos escribimos con esa conciencia fragmentaria. La forma en que hoy
consumimos imágenes y relatos —saltando de una pantalla a otra— también influye en la manera
en que organizamos el lenguaje y la estructura de los textos. Ya usamos más emoticones que
palabras; puede que nuestro lenguaje tienda nuevamente a los jeroglíficos.
—¿Qué es la poesía chilena, la literatura chilena para ti?
—Chile es una potencia literaria, del mismo modo que Brasil o Argentina lo son en fútbol.
—Después de escribir "TeVe", ¿mirar televisión volvió a ser lo mismo para ti o la poesía terminó
por alterar definitivamente esa experiencia?
—Diría que no: mi fascinación por los extraterrestres se mantiene intacta.
—¿Qué libro odias o no pudiste terminar de leer?
—Ulises, de James Joyce. No porque lo odie, todo lo contrario: es una obra cumbre. Pero creo que
mi devoción por las pantallas puede estar afectando mi comprensión lectora. He saltado del
capítulo final a otros que me gustan. Supongo que lo leeré cuando me jubile.
—¿Una canción que hoy tienes en la cabeza?
—«T.N.T.» de AC/DC
—¿Qué le dirías a un poeta que recién comienza en la poesía?
—Que no lo haga. Si insiste, que desarrolle dos o tres habilidades paralelas. Hasta ahora, los únicos
que buscan activamente vida extraterrestre son los científicos.
—¿A qué le temes?
—A los extraterrestres.