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A 20 años de la muerte de Stella Díaz Varín
–Razón de mi ser: genealogía, violencia y escritura en Stella Díaz Varín–

Por Ernesto González Barnert

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A dos décadas de su muerte, la obra de Stella Díaz Varín sigue siendo más invocada que leída. Por esa razón, vuelvo a Razón de mi ser, poema inicial que da nombre al libro. Lo leo no solo como quien revisa un texto, sino como quien regresa a una escena fundante: allí donde su escritura se instala —corporal, conflictiva— y se resiste a los mitos que han intentado domesticarla, dando el pie a lo que será toda su obra y su vida.

Hay ironías que, con el tiempo, dejan de ser anécdotas y se vuelven núcleos simbólicos. La joven Stella leyendo un poema en un acto encabezado por Gabriel González Videla en su ciudad natal, La Serena —gesto que facilita su llegada a Santiago gracias a los contactos del propio mandatario—, pertenece a esa zona incómoda de la historia chilena donde el cinismo y el olvido se superponen. Pocos años después, junto a Enrique Lihn y Enrique Lafourcade, sellaría —tatuaje mediante— un pacto de muerte simbólica contra ese mismo presidente: el traidor de la Ley de Defensa de la Democracia; si lo ven, deben darle muerte. No es color local: es una clave. En Stella, vida y escritura no se separan; se rozan, se tensan.

Esa trama sigue visible incluso al final del recorrido: su tumba en el Parque del Recuerdo, en Santiago, a pocos pasos de la de Lihn, aunque, extraoficialmente, el poeta Marcelo Nicolás Carrasco me corrige, señalando que sus cenizas están con la familia. A Enrique Lafourcade —“conde de la Fourchette”, como le decía Jorge Teillier— Stella lo golpearía años después por criticarla mal en El Mercurio. Lo de Lihn no es un dato menor: él prologó Los dones previsibles (1992). Ya había hecho el trabajo antes, cuando el libro obtuvo el Premio Pedro de Oña. Los dones previsibles es el libro de retorno tras más de 30 años de silencio editorial. Muchos de los poemas que hoy circulan de la autora provienen de ahí; incluso ahora, su presencia en redes sigue siendo escasa, aunque algo puede encontrarse. En ese prólogo, Lihn subraya algo decisivo: la fidelidad de Stella a una voz propia en un campo donde muchos aún pensaban la poesía como canto antes que como escritura, como escena de encarnación de mitologías mayores (Huidobro, De Rokha, Neruda).

Stella no solo encuentra una voz: la empuja hasta un punto de fricción. Esa intensidad —que desborda programas estéticos— fue muchas veces mal leída o simplificada en etiquetas: “poeta punk”, “Bukowski chilena”, “poeta boxeadora”. Antes, femme fatale, “Ava Gardner de la generación del 50”. Incluso tengo la intuición de que “La víbora”, de Parra, le habla de cerca. Son atajos críticos: es más fácil fijar un mote que sostener una lectura; más cómodo repetir una imagen que entrar en una escritura.

El problema no es solo de recepción; es también de formación. En ciertos circuitos “letrados”, la relación con la poesía —y con la tradición chilena— revela grietas. Basta raspar un poco para advertir que, bajo la retórica cultural, persiste un déficit crítico elemental. Como decía ella: “en este país no hay respeto por la gente que crea”. En ese terreno, Stella sigue siendo más invocada que leída.

En fin, con ese ruido de fondo, regreso al poema Razón de mi ser, con el que da el puntapié inicial a la obra homónima en 1949. Un poema que hoy leo como un manifiesto inaugural, aunque naciera sin título y lo adoptara después, siguiendo el índice, en la edición de Cuarto Propio de las obras completas (2011). Es pertinente también recordar que este fue su primer libro, publicado a los 23 años, tras ser despedida por un artículo en el diario La Hora contra la tala de árboles en la Alameda por el alcalde de turno. Fue un volumen con tiraje de mil ejemplares, que se agotó a los tres meses; sin embargo, no se reeditó en vida de la autora.


[RAZÓN DE MI SER]

De la mujer que desparramó las larvas milenarias
de sus pechos en el dintel del tiempo;
de la mujer que se envolvió a sí misma
dentro de una madrépora en su mundo de algas
y desanduvo todos los caminos para encontrar sus ansias
y lanzó su agonía decisiva junto con las estrellas…

De la mujer que amaba las palomas en éxtasis de virgen,
y amamantaba lirios por la noche con su pezón dormido;
de la mujer que supo antes que Dios del clavo y del silicio.

De ella, la tentadora de la muerte durante ocho siglos,
la que en sus manos tiene dos trigales y en sus sienes de niña
una rama florecida de lágrimas,
de ella, la novia que tendió sus velos por sobre los abismos,
de ella, la vencedora, la cercana,
de esa mujer soy hija.


El gesto es nítido en este poema: no se presenta, se inscribe. No dice “yo” en el vacío; dice “soy hija de”. Ese desplazamiento —del yo a la estirpe— es decisivo. Hay filiación femenina, pero también poética: un campo de fuerzas donde resuenan, sobre todo, Pablo Neruda, Teófilo Cid, Humberto Díaz Casanueva, Mahfúd Massís, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Jorge Teillier, Enrique Lihn, La Mandrágora, Huidobro, Mistral o los De Rokha, entre otros. No como influencias dóciles, sino como tensiones frente a las cuales su voz se mide.

Aunque los estudiosos han entroncado su obra con un romanticismo renovado o tardío (Cristián Gómez Olivares), con la poesía órfica (Alcayaga) o con una dimensión metafísica o existencial (Andrés Morales), como bien se recoge en el prólogo a la obra reunida, todo ello podría compendiarse en ese “artefacto” que Gonzalo Rojas llamó “surreachilismo”. Y, sin dejar de tener presente lo que resume Lihn —atendiendo a toda su época—, Stella es de las pocas con una voz verdaderamente propia.

A propósito de estas filias escriturales con la poesía chilena, conviene traer a colación una hermosa semblanza de Aristóteles España:

“Solía recitar de memoria versos de Rimbaud; ‘Los motivos del lobo’, de Rubén Darío; fragmentos de Las flores del mal, con un acento baudeleriano inconfundible, según el Chico Molina. Mallarmé y Dylan Thomas también contaban entre sus lecturas predilectas…”.

La originalidad de esta autora radica en haber sabido incorporar lecturas de los clásicos franceses y alemanes en pequeñas dosis de locura y frenesí, desde las cuales medita e indaga en la razón de la existencia en un mundo como el nuestro, saturado de copias, de “maderas de Dios”, como escribe en uno de sus textos. A ese linaje cabría agregar también, entre otros, a Nietzsche, quien abre su libro Tiempo, medida imaginaria. Y claro, Rilke, Tagore, Kierkegaard y Marx.

El poema levanta una figura femenina desbordada, arcaica, casi cósmica: “la mujer que desparramó las larvas milenarias de sus pechos en el dintel del tiempo”. No hay psicología doméstica, sino una entidad anterior al orden, incluso a Dios: “la mujer que supo antes que Dios del clavo y del silicio”. Es una contra-teología: el origen no es trascendente ni masculino en clave cristiana; es cuerpo, materia, femineidad.

Las imágenes son ásperas y fértiles: larvas, algas, madrépora, trigo, lágrimas. Todo prolifera. La mujer no se contempla: produce, incluso en la agonía. Ahí el poema se vuelve radical: la identidad no nace de la pureza ni de la redención, sino de la intemperie, del desgaste, de la cercanía con la muerte. “La tentadora de la muerte durante ocho siglos”. No la víctima: la tentadora.

Leído en perspectiva, ese inicio se expande. Sinfonía del hombre fósil (1953) intensifica la relación entre materia y tiempo, como si la subjetividad se excavara; Tiempo, medida imaginaria (1959) afina una percepción inestable de lo real. Décadas más tarde, Los dones previsibles (1992) y La Arenera (1993) condensan una voz más áspera, atravesada por la historia y la pérdida, sin abandonar la matriz: cuerpo, lenguaje y mundo en fricción. Incluso la prosa —De cuerpo presente (1999), no publicada en vida, como también corrige Marcelo Nicolás Carrasco— prolonga ese impulso: no hay frontera clara entre vida y escritura, sino una insistencia en el lenguaje como espacio de confrontación, de crítica poética —como militante de izquierda desde su juventud— del patriarcado y del capitalismo como vaciadores de lo humano.

La antología cubana de 1994 deja ver otra arista: por momentos, el reconocimiento exterior fue más consistente que su circulación en Chile. De hecho, la única vez que salió del país fue para presentar ese trabajo, invitada por escritores cubanos. Y, aun así, Stella sabía poner la medida: “muchas derrotas y pocos logros”.

Llamar feminista al poema Razón de mi ser, en toda su ley, exige precisión. No hay programa ni consigna: hay una reconfiguración del origen. Stella no pide lugar: lo funda. No reclama reconocimiento: lo impone en la lengua. Su gesto no es reivindicativo; es constituyente. Y, sin embargo, esa potencia convivió con la precariedad de circulación, la mala crítica y la dictadura como telón de fondo, en los años en que debió producirse su consagración.

Durante largo tiempo, Stella fue más mito que lectura. “La Colorina” circuló en la oralidad: anécdotas, excesos, escenas. Sus libros, en cambio, eran difíciles de encontrar. Ni el Premio Pedro de Oña (1988) ni el reconocimiento del Consejo Nacional del Libro (1993) corrigieron ese déficit, agravado por la hostilidad del régimen durante su durísimo exilio interior, donde incluso fue declarada “indigente”, lo que le permitió atenderse en la salud pública.

Que su Obra reunida aparezca recién en 2011 —cinco años después de su muerte— dice mucho. Las reediciones recientes (Tiempo, medida imaginaria, 2023; Sinfonía del hombre fósil, 2024) llegan, pero tarde respecto de una crítica que debió incorporarla antes.

En paralelo, el documental La Colorina (2008) operó para muchos como sustituto de lectura. No por falla del film, sino por la ausencia prolongada de los libros. La imagen —necesaria— reemplazó al texto y consolidó una coartada: conocer a Stella sin leerla. Ella lo había dicho con crudeza: “en este país sobra la estupidez… hay un desarraigo completo de la consciencia… de toda estética y ética primordiales”.

Volver a este poema no es arqueología; es crítica. Razón de mi ser no solo inicia: organiza. Ahí están las tensiones —cuerpo/lenguaje, violencia/belleza, mito/experiencia— y una posición en el campo: excéntrica, incómoda, irreductible.

“De esa mujer soy hija”. La frase no cierra: abre. Stella no se define; se proyecta. Entra en una línea que la atraviesa y no termina en ella. Esa proyección es la que la recepción crítica no ha sabido —o no ha querido— seguir.

El problema no es solo de reconocimiento; es de lectura. No basta con nombrarla ni exigir su lugar en el canon. Leerla implica aceptar una lengua indócil, una imaginación sin concesiones, una escritura que incomoda incluso a sus admiradores.

Stella Díaz Varín, de signo Leo, no es un mito a preservar: es una obra a leer. A veinte años de su muerte, este 13 de junio, queda ese trabajo pendiente para todos los que escribimos o trabajamos con la literatura. Porque, con costos reales, sostuvo una ética de la escritura leal a sí misma, en medio de una escena literaria donde cualquiera, de pronto, se nombra artista. Y quizá por eso persiste: porque nunca dejó de ser “esa recogedora… esa basurera de las maravillas”.

Haría falta más de eso hoy, cuando buena parte de la escritura se ha vuelto —en general— insípida, temerosa, saturada de clichés sociológicos y académicos, empeñada en ocupar el lugar adecuado y en ser respetable, a costa de no decir nada fuera de tiesto. Frente a ese paisaje, volver a Stella no es un gesto nostálgico, sino un ejercicio de higiene crítica: recordar que la escritura, cuando es tal, incomoda, arriesga y se juega en una intemperie real, no en la administración del prestigio.

En esa línea, La palabra escondida: conversaciones con Stella Díaz Varín (Ediciones UDP), de Claudia Donoso, funciona como una puerta de entrada necesaria y, a la vez, como un correctivo. No es un libro de anécdotas ni de mitificación tardía: es una biografía hablada, sostenida en una voz que piensa, duda, embiste. Ahí Stella aparece sin el filtro de la caricatura —ni la bohemia espectacularizada ni la “Colorina” domesticada—, sino como una conciencia en tensión permanente con el lenguaje, con la vida y con la brutalidad de su tiempo. Ante las críticas por su violencia, solía decir: “Hubo escritoras admirables, como María Luisa Bombal y María Carolina Geel: ellas se agarraban a balazos, mientras que yo apenas me agarro a puñetes…”.

Leer ese libro después de sus poemas permite algo que la crítica local ha hecho poco: escucharla. Y escucharla no para confirmar el mito, sino para desmontarlo. En esa fricción —entre la obra y la voz que la sostiene— se vuelve evidente lo que este ensayo ha intentado seguir: que en Stella Díaz Varín no hay personaje que sustituya la escritura, sino una ética que la empuja hasta el límite.

Por eso, más que recomendarla, habría que insistir en leerla de verdad: salir del nombre, entrar en los textos, sostener la incomodidad. Lo demás —el homenaje, la cita, la efeméride— es apenas superficie.

 

 

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