Este es un libro interesante no tanto por la información que reúne o por la excepcionalidad de las experiencias que cuenta —una vida que, en mayor o menor medida, muchos podríamos reconocer como propia—, sino por la voz y el temple con que Carolina Reyes Torres decide mirar esa zona aparentemente menor de la existencia: la vida privada que es también, inevitablemente, vida pública.
Hay aquí una generación reconocible: quienes nacieron durante la Dictadura, crecieron en la transición y llegaron a la adultez en los años noventa y dos mil, atravesando un Chile que se transformaba mientras intentaba convencerse de que ya había cambiado “con una democracia en la medida de lo posible”. Pero el libro no parece interesado en convertir esa experiencia en epopeya generacional ni en ajustar cuentas con ella. Su apuesta es más sutil: registrar cómo una época se deposita en los hábitos, los objetos, los trabajos, las relaciones, los pequeños rituales, la cultura pop y las formas de sobrevivir a la normalidad y los propios tics.

Quizás por eso resulta tan singular el tono de Reyes Torres. Hay una claridad conceptual poco frecuente para hablar de aquello que, por demasiado cercano, suele volverse invisible. Una voz femenina, ilustrada sin snobismo, culta sin solemnidad, capaz de observar sus días sin la necesidad de revestirlos de trascendencia. Su materia es lo cotidiano, pero su mirada no lo es. En esa tensión reside buena parte de la literatura de estas crónicas.
El dibujo del Casio F-91 que acompaña el libro funciona, en ese sentido, como una pequeña poética. El reloj no pretende ser una joya ni una pieza de diseño: cumple su función, resiste, mide el tiempo y permanece. Su estética nace precisamente de esa falta de pretensión. Algo semejante ocurre con estas páginas. El volumen no viene a inaugurar una verdad ni a clausurar una época; tampoco busca instalarse en las grandes cumbres o en los grandes abismos desde donde tantas veces se ha contado Chile.
Su territorio está más abajo y, por eso mismo, quizá más cerca de nosotros: ese país cotidiano que existe entre los extremos con que solemos representarlo —los cuicos y los flaites, las élites y los márgenes, el éxito y el fracaso—; un país que nuestra literatura ha tendido a mirar desde sus deformaciones, sus monstruos y sus catástrofes. Está, por ejemplo, el Chile llevado hasta la pesadilla social en El obsceno pájaro de la noche de José Donoso; el Chile vuelto extrañamiento, máscara y delirio en el cine de Raúl Ruiz; y, en otro registro, el Chile que durante décadas ha buscado en el golpe militar, la Dictadura y sus consecuencias el gran acontecimiento capaz de explicar nuestra historia reciente y total. Horario continuado parece situarse deliberadamente fuera de esas grandes operaciones de representación. No busca el monstruo, el esperpento ni el acontecimiento fundacional, sino aquello que ocurre mientras la historia parece no ocurrir: la vida ordinaria, ese espacio intermedio donde un país efectivamente se reproduce y persiste. El país de quienes trabajan, estudian, aman, se separan, compran, viajan, se equivocan, crían hijos, pagan cuentas, conversan, leen, piensan y, contra todo pronóstico, mantienen la vida funcionando. Y acaso allí radique una de las apuestas más interesantes del libro: comprender que también en esa aparente normalidad —en sus rutinas, contradicciones, deseos y pequeñas derrotas— se juega una parte esencial de lo que somos.
Hay una política de la mirada en esa elección. Porque contar la normalidad también significa disputar qué merece ser narrado. Frente a una tradición literaria y ensayística inclinada hacia el acontecimiento, el trauma, la épica o la catástrofe, estas crónicas encuentran su potencia en aquello que sucede mientras aparentemente no sucede nada. Y en un país como Chile, donde bajo cada piedra del Valle Central parece esconderse algún monstruo de nuestra historia, atender a la superficie cotidiana no significa desconocer el abismo: significa mostrar cómo aprendemos a vivir sobre él.
En estos días, una voz así se agradece. No porque ofrezca respuestas definitivas, sino porque permite reconocernos sin caricatura. Hay algo profundamente literario en esa operación: hacer visible una experiencia compartida sin convertirla en consigna, y encontrar una forma para aquello que todos conocemos pero pocas veces sabemos nombrar.
Quizás por eso el Casio F-91 sea una imagen tan justa para este libro. Como el viejo Volkswagen Escarabajo, pertenece a una cultura de objetos que no necesitan alardear para ocupar un lugar. Son clásicos no por su lujo, sino por su persistencia y funcionalidad. Se desempeñan, tienen todo lo que se necesita. Acompañan. Resisten. Y, con una inteligencia discreta, terminan diciendo más de una época que muchos de sus símbolos oficiales.
Así también estas crónicas: sin estridencias, sin impostar profundidad, pero con una mirada culta, lúcida, llana y natural. Una literatura de la vida en funcionamiento. Y acaso allí, en esa modesta relojería de los días, esté su verdadera ambición: recordarnos que también en lo ordinario —y quizá especialmente allí— se encuentra la forma secreta de una época.
Por último, creo que es precisamente desde aquí que “Horario continuado” puede leerse dentro de aquello que en Chile se ha llamado la “literatura de los hijos”. Si una parte importante de esa escritura volvió sobre la Dictadura y la transición desde la memoria heredada —desde aquello que los padres vivieron, callaron, ocultaron o transmitieron—, Carolina Reyes Torres, nacida en 1983 y formada intelectualmente en esa democracia todavía atravesada por los restos del régimen anterior, desplaza el foco hacia otro territorio: no ya el acontecimiento traumático en sí, sino la vida que se construyó después de él. Su operación resulta significativa porque muestra que la herencia histórica no desaparece cuando dejamos de nombrarla: permanece en los objetos, en las costumbres, en las relaciones familiares, en el trabajo, en las expectativas, en las maneras de hablar y hasta en nuestra forma de administrar las horas o disfrutar la kermesse escolar o viña cada año.
En ese sentido, resulta iluminador pensar “Horario continuado” junto a I Remember, el libro de Joe Brainard que convirtió la memoria en un particular dispositivo literario: una sucesión de recuerdos convocados por la reiteración de una misma fórmula, donde lo aparentemente insignificante —una imagen, un objeto, una escena doméstica— termina componiendo, por acumulación, el retrato secreto de una vida y de una época. Algo de ese procedimiento resuena aquí. Reyes Torres va recorriendo distintos momentos de su existencia mediante una memoria que no pretende reconstruir un pasado ordenado, sino buscarlo: vuelve sobre episodios, objetos, personas y situaciones para descubrir qué significan ahora, desde el presente. Y en ese movimiento, la crónica deja de ser únicamente registro para convertirse también en pensamiento: la autora recuerda, pero mientras recuerda observa, interpreta, ensaya ideas y pone en cuestión la propia experiencia femenina, contemporánea de los asuntos de la mujer, sin caer en la teoría huera o el eslogan fácil.
La crónica se vuelve así una de las formas más naturales para esa segunda estación de la literatura de los hijos: una escritura que no necesita regresar permanentemente al pasado para hablar de sus consecuencias, porque encuentra la historia incorporada en el presente. La Dictadura ya no aparece necesariamente como acontecimiento narrado, sino como una especie de sedimento que continúa actuando sobre las vidas de quienes crecieron después, estamos hoy. En esa capacidad de hacer de lo cotidiano un registro generacional, de la memoria un instrumento de búsqueda y de la experiencia privada una forma de lectura del país, “Horario continuado” encuentra uno de sus mayores méritos. Y Carolina Reyes Torres, una voz propia, sutil y reconocible dentro del mapa vivo de la literatura chilena contemporánea que sale más que aireosa de su primer escarceo.