Enrique Gómez-Correa ( 1915) es, junto a Braulio Arenas, Teófilo Cid, Eduardo Anguita o Jorge Cáceres, no sólo uno de los fundadores del Movimiento Surrealista en Chile, y uno de los poetas con más producción lírica, sino que es, principalmente, uno de esos hombres que jamás han abandonado su credo surrealista ni han hecho con su poesía concesiones a las facilidades de oportunidad y conveniencia. La obra del poeta Gómez-Correa es ejemplo de devoción a su propio espíritu, a la conciencia que la sostiene. Su ensayo, titulado "Sociología de la locura" (1942) es, (aun en su inencontrable presencia), uno de los libros más importantes escritos por algún escritor de esta generación. El poeta no sólo es el ejecutor de su arte sino que lo ama, lo estudia y lo profundiza. Su poética es, pues, esa visión interna de ella misma y de su autor, poética sostenida a través de más de 15 títulos, entre los cuales —si no a todos— hay que señalar los llamados "Las hijas de la memoria", 1940; "Cataclismo en los ojos", 1942; "El espectro de René Magritte", 1948; "En pleno día", 1949; "Poesía Explosiva", 1973, que contiene la obra escrita entre 1935 y 1973 y "El calor animal", 1973, su última entrega.
Pero a pesar de la apariencia algo fría de la poética de Enrique Gómez-Correa, brota, como desde un mundo vivísimo, la pasión del hombre. Porque hay que leerlo detenidamente. Y ver cómo tras esa cerrazón expresiva que muchas veces ofrece la práctica poética surrealista, la poesía de su obra "El calor animal" mana cayendo en esa vehemencia que se ocultó algún día en la inteligencia lírica del bardo:
"... Y la hoja de acanto en alta voz / pronunciada/ Oscila en el pórtico de su corazón/ A un dedo de su quebrantado espíritu/. O tal vez a ras de los cristales/ de su infame pensamiento..."
Profundizando, pues, la visión de su propio ser; rotunda, a veces, o cercenando la cabeza multitudinaria de la, mediocridad avanza la poesía de Gómez-Correa. El delirio le pertenece, a menudo; y sin embargo la voz poética no lo desmiente nunca:
"... Así eran sus manos./ Y el fulgor adherido al instante sagrado./ Al insomnio y a las pesadillas a pleno sol./ Compartiendo la flor del tabaco./ El granito de arroz de sus ojos....
Más allá, pues, de la vestimenta; más allá incluso de la palabra sola, la poesía de Enrique Gómez-Correa nos guarda ese calor animal que hace que, por sobre todo, el hombre cante y su canto sea esa verdad indesmentible que se encuentra, a cada momento, en esta poética leal consigo misma y honradisima siempre.


