Proyecto Patrimonio - 2004 | index | Elvira Hernández | Autores |



Elvira Hernández



Santiago Waria

Editorial Cuarto Propio, 1992



La noción de un territorio señalado como fin de toda búsqueda. La misión del viaje como fuente de conocimientos. Las visiones de señales premonitorias del propio destino. Tópicos que no son ajenos a la poesía de Elvira Hernández. Porque, para entender su obra, debemos cuestionar la identidad, el patrimonio histórico y cultural de una lengua apta para la versificación. Hija del descontento, tal como muchos habitantes de la Gran Urbe, escribe desde el desamparo, la soledad y la marginación.

Elvira Hernández ha publicado: “¡Arre! Hailey ¡Arre!” (1986), “Carta de viaje” (1989), “La bandera de Chile” (1991) y su reciente “Santiago Waria” (Editorial Cuarto Propio, 1992). Este último, resume y comenta los anteriores, a partir de algunas claves personales que necesariamente nos dejan fuera de contexto. Pero, debemos señalar en su descargo, la total coherencia de estilo y tono en tan diversos registros. ¿Pues, qué tienen de común, el símbolo patrio, un fenómeno meteorológico, los viajes literarios, con la presencia/ ausencia de la hablante en todos ellos? ...

La respuesta habría que deducirla de esa búsqueda imperiosa de una expresión propia. Cuando dice: “No se cumple la ley con la Bandera de Chile/ No tiene tierra para su pie/ Tan sólo altura” (La bandera de Chile, pág. 23), allí está señalando una falta por reparar. Luego, al situarse en su propio oficio poético: “La página no es pasamano ni pasatiempo/ Ni baranda para niños/ La página del vacío aparente viene escrita/ Sólo hay que tactar.” (Carta de viaje, pág. 13). Poemas para desandar todos los argumentos de la frágil memoria y sus nefastas consecuencias colectivas.

“Santiago Waria” (1992) amplifica los mecanismos verbales antes utilizados por Elvira Hernández, al sensibilizarse por lo cotidiano, o bien, destilar ironía despiadada ante lo vernacular falsario. Así la propia biografía aparece surcada de paradojas y desacato lingüístico. Indicándonos el mestizaje entre dos mundos -bajo la tutela de Pessoa y Pezoa Véliz- recorridos con la lucidez más descarnada y más privada, de que es capaz.

“... Los buldozer madrugan/ la ciudad se levanta y se derrumba se levanta y/ se derrumba se levanta y se derrumba se levanta y/ se derrumba, parece mar/ tierra embaldosada, hueso roído por hormigas/ container funerario parece/ una gran maternidad de basura”. (Santiago Waria pág. 36). En este libro, la autora no pierde conexión con el pasado (remoto y exacto), ni con el futuro (próximo e imposible), al reflexionar sobre el propio discurrir autorreflexivo de quien se sabe autor y lector de su(s) propia(s) historia(s).

Elvira Hernández ha llegado a puerto, preparada para zarpar en cualquier momento. No la engañan las falsas seguridades de la tierra firme. La hospitalidad acomodaticia de los que lo han perdido todo la impulsa a nuevas travesias. Náufraga en su propia tierra de nadie, la poetisa no va a dejar de cantar, porque su raíz viajera está unida a las palabras. De su estadía en los infiernos cotidianos de la marginalidad y la redención inalcanzable, nos obsequia un vocabulario babélico para internarnos por sus ciudades más odiadas


Marcelo Novoa
El Mercurio de Valparaíso
25 de Noviembre de 1992

 

* * * *** * * *



RADIOGRAFÍA DE LA CIUDAD

Editorial Cuarto Propio lanzó segunda edición de “Santiago Waria”

Editorial Cuarto Propio presentó en el Goethe Institut la segunda edición del libro “Santiago Waria” de la poetisa Elvira Hernández. La escritora Guadalupe Santa Cruz y la poetisa cubana Damaris Calderón presentaron la obra.

Radiografiar la ciudad aparece como un imperativo para interrogar la conciencia urbana, la subjetividad que ello implica es el lugar donde se configura la conciencia del hablante de “Santiago Waria”.

“Santiago Waria” reordena la letra que grafica en la cadena alfabética el desorden ciudadano que data la historia (1541 hasta nuestros días). El texto refunda la ciudad en la dualidad de fechas, nombres, lenguajes que prescriben su destino cultural, mostrando el origen de su l historia mestiza, impura-como el nombre y la historia de la propia hablante que ha construido su autoría en esta dualidad. La escritura propone el alfabeto para renombrarse en el recinto cercado por su origen de conquista.

El sujeto de “Santiago Waria” se explicita así como el hablante desprotegido de orígenes perdidos, sin padre; abrumada por una referencialidad espacial, idiomática, genealógica que no le sirve porque en su condensada red de influencias, no le otorga ninguna identidad.

Es así como los espacios mencionados en el texto van estrechando el cerco, el acoso a esta viajera que busca conocer los laberintos urbanos para encontrarse con ellos, en ellos, en sí misma.

Éstos la determinan como hablante ensimismada, que busca su ubicación en la multiplicidad de los espacios de la escritura. He aquí que el texto no sólo ha querido cartografiar la urbe enajenada y exiliada, sino además simbolizar en la escritura de una hablante mestiza su propia conciencia escindida como habitante rezagada de una ciudad que ha sido impropia, “corral ajeno”: el del
conquistador, del blanco, del varón; Waria -poblado-, guarida de aquellos que han construido una historia que siempre ocultó otra.

 

en Las Ultimas Noticias
martes 8 de octubre de 1996

 

* * * *** * * *

 

OTRA CARTA DE ELVIRA HERNANDEZ

(presentación a la primera edición de Santiago Waria)

Jorge Guzmán

Elvira Hernández ha publicado un nuevo libro. Es el tercero en cuatro años. Pero podría decirse que el conjunto forma un todo, una suerte de diario de lírica irritada. Un diario de viaje que se llama Carta de viaje. Un diario de reflexiones poéticas sobre Chile y sus emblemas, titulado La bandera de Chile. Y éste que nos junta hoy día, Santiago Waria.

En todos, prevalece un aire de naufragio que aún se llora, o de terremoto entre cuyas demoliciones camina la hablante, tratando de hacerse cargo de la nueva configuración álgida de las cosas. El modo de hacerse cargo es la ironía violenta o un cierto cinismo o el enjuiciamiento directo y condenatorio. La hablante de los textos se mueve por el mundo o por los sentidos de las cosas chilenas o por la ciudad de Santiago con el pequeño tesoro doloroso de sus recuerdos de un tiempo mejor. El perfil de este tiempo mejor jamás aparece. La lectura lo tiene como telón de fondo de los textos. Antes del ahora en que la voz nos dice su dolorosa habitación nueva, tuvo unas esperanzas, un acomodo en el mundo, una orientación, que en el presente, en la "ciudad/ Robótica y Mendicante", son una pura ausencia.

Santiago Waria está dicho por una voz de mujer. Sin embargo, los predicados habituales de la palabra "mujer" no se le aplican a la hablante. No hay ternura en los poemas. Carece de casi todo lo que constituye el texto "mujer" en la cultura burguesa. Ni siquiera la soledad está dicha en el habitual código femenino. Este despojamiento de todos los auxilios y límites que significa a las mujeres en general su voluntaria o forzada adscripción al texto "mujer", es quizá lo más lírico de los poemas. Hay una desolación pudorosa y emocionante en ese reconocerse como mujer, pero sin recurso a las ayudas que ellas tienen para vivir su femineidad en el mundo de recuerdos de lo derruido y de construcciones nuevas y repulsivas que recorre la hablante. Ni siquiera el feminismo le queda a esta solitaria.

El poemario consta de 29 poemas, correspondientes a las letras del alfabeto. Esta elección, la de escribir un texto que empiece por cada una de las letras castellanas, es significativa. Tiene que ver con la extrañeza de la hablante frente al mundo traspasado de violencia y sinsentido por donde deambula sin aferrarse a nada, casi sin tener una habitación. Es como un avanzar al puro tacto, un movimiento propiamente literario, una búsqueda que encuentra un orden para sus tanteos en la materia misma con que se construye la literatura, en las letras. Es una elección arbitraria, ciertamente, pero al mismo tiempo, bastante orgullosa: nada menos que las letras del alfabeto están a disposición de la autora para su tarea de enjuiciamiento y observación.

Es un sujeto perteneciente a la historia de Chile la "autora" de los textos. Empieza a serlo desde que el lector se encuentra con el título del poemario, que da dos fechas, la de la fundación de Santiago y la del año de los textos (1541-1991), y luego lo refrendan, al pie de la misma página, cuatro líneas:

así como Atenas fue astu para los
griegos y Roma urbs para los romanos
Santiago fue waria para los mapuches
como cualquier otro poblado

Dos efectos producen estas líneas. Uno es extender el tiempo de los textos hasta hacerlo coincidir con toda la historia de Chile, y no sólo el presente de la ciudad. Otro efecto es introducir en la lectura, expresamente, un elemento que estaría apenas presente si no fuera por eso: el indio. Y con ello, el libro obliga a sus lectores a hacerse cargo de lo que pone en los textos esa palabra mapuche que los titula (waria). Los obliga a hacerse cargo de una violencia de 450 años. Violencia del conquistador sobre el conquistado; y violencia que en el caso de una mujer, es violación. En uno de los poemas, la hablante sufre precisamente un asalto sexual. Está en uno de los mejores poemas del libro; en "Hueviche súmmum". "Hueviche" tiene resonancias múltiples para el ojo y el oído chilenos. Se parece a "seviche", y por ahí, alude a la palabra "sevicia", que designa el grado máximo de la crueldad. Pero el comienzo de la palabra, evoca "huevo" y mayormente el aumentativo insultante "huevón". Leamos el texto completo:

Cero claridad. Durmiendo el día y despertando de noche. La ampolleta apagó la luz en la mitad de la escalera. Cayó sobre mí una montaña ardiendo, una ruma de piedras caldeadas o me tragué un pan muy picante. Crucificada en los escalones yo sólo hubiera querido echar lava por la boca. Después estaba en cueros, sucia, goteando, como salida de un terremoto pero intacta, y mi corazón parado de un solo campanazo.

Cero claridad. Ya he contado el veintiocho, el treinta y cinco, el cincuenta y seis y el setenta y cinco sin ver sangre. Sin ver el sol, sin ver nada. Sólo los perejiles que me pongo, y creo que alguien las verá verde.

El texto está lleno de marcas lingüísticas. La hablante es una prisionera. Lo dice la frase "sin ver el sol", pues "estar a la sombra" es un eufemismo popular por "estar en una cárcel". Además, la hablante es una mujer muy pobre: se pone "perejiles", lo que en el lenguaje popular de hace unos años equivalía a "estar harapiento"; o lo está por pobre o porque le han roto la ropa; en ambos casos, la vestidura apunta a lo mismo: una situación de pobreza. Pero este "perejil" va más allá. Hay otro predicado pobre y popular para esta palabra: el perejil es un abortivo. Este poema confirma la lectura del título que proponíamos: la hablante representada en este poema ocupa en la historia de Chile el lugar de los indios, de los pobres (que entre nosotros, como en el resto de América Latina son mayormente no blancos) y es paciente de la misma violencia con que el invasor europeo afligió a la mujer mapuche.

Hay un juego con los componentes textuales que tiene que ver con lo que venimos diciendo sobre la historicidad de los poemas. El primero, el que corresponde a la A, termina con el siguiente verso:

Anda Sola Teresa vieja...

Estos libros de Elvira Hernández tienen algo de anónimo. Ellos han fabricado a su autora, a esa escritora que no ha querido cambiarse el nombre, ponerse uno más llamativo, más sonoro. Podría haber escogido llamarse, por ejemplo, Teresa Adriasola, y parece que en este primer poema, Elvira Hernández empieza a firmar con un nombre que se aproxima a ése, a Teresa Adriasola, mucho más atractivo y prestante que el suyo propio, tan deslavado, tan parecido al de un hombre que se llamara, por ejemplo, Juan Pérez. Parece que Elvira empieza en este libro a pensar en crear a esa otra autora, a Teresa Adriasola. Y en verdad, la frase "Anda Sola Teresa", tiene mayúsculas, como buen nombre propio, y el lector, que sabe lo que sabe, entiende que le están hablando de una soledad que se llama Teresa y lleva adelante su apellido "Anda Sola".

Esto altera la relación habitual entre los autores históricos y los textos que firman. Normalmente, se puede decir que el origen histórico de los textos va indicado por la firma. Al punto que algunos autores cambian su nombre y dejan de llamarse, por ejemplo, Lucila Godoy o Neftalí Reyes (designaciones tan grises como Elvira Hernández) y pasan a nombrarse Gabriela Mistral o Pablo Neruda, incluso ante la oficina real del Registro Civil. Para presidir sus textos, y adornarlos con un origen especial, estos autores escogen llamarse ellos mismos, en su realidad civil, con nombres tales que ilustren los textos que producen mediante la sonoridad de la nueva designación. Aquí, el juego de las nominaciones (jamás inocente o poco importante) es una evanescencia, una indeterminación. Se diría que con esto, al no poder decidir quién es quién, ha aparecido en los textos un grado adicional de desrealización, un incremento de lo ficticio que siempre se les ha atribuido a los textos llamados literarios. Pero ocurre a la inversa. Estas dos instancias textuales, Elvira Hernández y Teresa Adriasola, en su mutua indeterminación, hacen a los poemas mucho más relativos a la realidad.

¿Elvira Hernández ha puesto a su alter ego el nombre "Anda Sola Teresa"? ¿o a la inversa? De no poder decidirlo, el lector tiene que atender a un componente nuevo en estos poemas. Señalan su origen, lo subrayan, pero sin decidirlo. Eso le da una poderosa situación al sujeto de los poemas. Pertenece más a lo real, está más lleno de historicidad que los autores corrientes con nombres decidibles. Es un grado más de anonimidad del que tienen los autores (algún poeta, algún filósofo) que según lo que escriban cambian de firma. Aquí no hay la firmante como origen, pero eso la hace más de lo real que otros juegos nominales. Más de lo real justamente porque se trata de un puro juego textual. En ese juego y por ese mismo juego, entra todo el texto de la vida histórica de la escritora. Y con ella, la de su comunidad, representada en este poemario por esa ciudad textual, Santiago Waria.

Con esto, queremos señalar otra característica que apreciamos mucho en estos poemas. De tal modo pertenecen a la estructura del Tercer Mundo, y de tal modo lo asumen, que acogen al indio como parte de la lectura, y hacen a la autora y a la hablante representada indistinguibles del texto mismo. Pero a la vez, al llamar la atención sobre su origen, sobre la que escribió, van contra toda esa posmodernidad postiza que estamos importando porque a algunos les interesa que seamos indistinguibles de los escritores y pensadores del desarrollo, desde donde algunos otros pregonan que se acabó la historia, que ya no hay utopías que seguir, ergo, tampoco hay estructuras sociales que cambiar ni discursos contestatarios que tengan ninguna importancia.

No he querido entrar en consideraciones sobre las virtudes propiamente poéticas de los textos de Santiago Waria. Me he quedado con uno solo de los componentes del conjunto: su relación con lo real de la ciudad que deploran. Pienso que lo otro, la presentación de la calidad poética, es innecesario. Se presentarán solos. Los poemas de Carta de Viaje y La bandera de Chile eran promisores, hasta algunos de ellos producían sorpresas poéticas muy gratas. Los de Santiago Waria, son claras muestras de una evolución sorprendente; ha aparecido en ellos un manejo del lenguaje que tiene valor por sí mismo. "Con palabras se escribe" dijo, lo mismo que otros, Vallejo. Elvira Hernández o Anda Sola Teresa, ostenta en este libro que ha empezado a trabajar seriamente el lenguaje. La poesía, a diferencia de otros ajetreos lingüísticos, no es más que eso.

 

 

Proyecto Patrimonio— Año 2003 
A Página Principal
| A Archivo Elvira Hernández | A Archivo de Autores |

www.letras.s5.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez S.
e-mail: oso301@hotmail.com
Elvira Hernández: Santiago Waria.
Presentación y artículos periodísticos.