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«Para subir al cielo», de Enrique Lafourcade
Zig-Zag, 1958


Por Ricardo A. Latcham
Publicado en La Nación, 18 de enero de 1959



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Nuestros escritores se están poniendo a tono con lo que se produce en el mundo. Descontento creador creciente, abandono del realismo exageradamente descriptivo, disconformismo crítico, ahondamiento en la psicología del hombre moderno, pueden ser signos visibles de la generación de novelistas revelada alrededor de 1950. Pero, además, se percibe que no existe un todo compacto y solidario, sino una variedad de situaciones en que lo opuesto y contradictorio surgen como muestras de un cambio de mentalidad y técnica literarias.

Entre los que cultivan la novela nutrida de sensaciones y vivencias desconocidas en la generación anterior se halla Enrique Lafourcade, autor de Para Subir al Cielo, su quinto volumen. Es un individuo laborioso y trabajador que ha progresado visiblemente desde El Libro de Kareen hasta su reciente producción. Hay una doble personalidad en Lafourcade: una externa, de tipo jocoso y gozador, y otra interior, de buen observador, nutrido por una inteligencia avizora y disciplinada. No posee el desenfreno propio de la juventud, y mantiene una postura constante de autocrítica y vigilancia, que a menudo hace falta en otros autores.

En Para Subir al Cielo emerge desde el primer capítulo el interés narrativo, con una acción situada en un plano doble y con tipos sacados de las diversas capas sociales. Lafourcade se mueve con talento y destreza en ese mundo ambivalente, y por medio de situaciones claras explota un mito eterno enclavado en el argumento complejo y bien sostenido. Decía el crítico francés Albéres, al encarar lo que denomina la literatura prometeica de esta época, que sus dos notas fundamentales son: la sátira de una sociedad farisaica y el sentido metafísico del hombre en el mundo. Ambos elementos se perciben pronto en Para Subir al Cielo cuando el lector conoce el capítulo titulado La Escalera, que describe la experiencia de Lucanor en la taberna “El Niño Perdido”. Se mantiene la densidad psicológica del análisis del principal protagonista, cuya vagabunda vida nunca se desprende totalmente del misterio que la envuelve. Lucanor es un marino que se queda abandonado en Valparaíso y se refugia en Las Latas, la taberna-prostíbulo de Doña Amalia, donde se enreda con una mujer llamada Isolda.

Paralelamente a la sordidez del ambiente en que actúa Lucanor, cuyo refinamiento se revela más tarde, brota en el capítulo segundo la evocación del mundo elegante y aristocrático de la familia Eguirreizaga, cuyo origen se pierde en las profundidades del pasado. Lafourcade se detiene con minucia y sentido irónico del detalle en el análisis de los diversos caracteres de esa poderosa dinastía social: doña Isidora, y sus tres hijos: Angela, Antinous y Pedro. Doña Isidora es un tipo muy chileno, y pronto se le encuentra su parecido con gentes que se han frecuentado en Viña del Mar. Angela es un temperamento bien pintado, con modalidades sentimentales o pasionales que se van calibrando a medida que se enamora de Lucanor. Antinous es un disconforme, un diletante que emprende múltiples tareas, sin concluir ninguna. Es sucesivamente dibujante, músico, escritor, deportista, aviador y místico a través de su ambigua amistad con el sacerdote don Ezequiel, uno de los pintorescos personajes creados por Lafourcade.

Descontando la riqueza analítica de algunos capítulos y el valor descriptivo de otros, en esta novela se ahonda en la angustia humana, se traza un itinerario de contrastes vitales de gran vigor y desusada novedad en nuestra novelística. Lafourcade, a pesar de ciertas situaciones desmesuradas y de otras grotescas, en que abusa de los detalles crudos o esperpénticos, ha ganado enormemente en experiencia narrativa. Por ejemplo, la vivacidad y el movimiento libre y espontáneo del capítulo sexto, titulado El Sacrificio, que narra una novillada en un cerro de Valparaíso, con un colorido singular y sobrio a la vez. También es valioso por su dramatismo erótico y su emoción tan coherentemente fundida al paisaje campestre el capítulo duodécimo, denominado La Lucha con el Ángel, que es decisivo para descifrar la clave mítica del libro. Lafourcade penetra, a veces, en el misterio del ser y mantiene una nota de pureza que es también expresión de su rebeldía de escritor. Se rebela contra un medio hipócrita y dominado por convencionalismos farisaicos. Es la parte del argumento que desnuda la intimidad de un medio en que Angela es la pureza, en contraste con su hermano. Al final Lucanor renuncia a Angela, y ésta abandona a su amante sin entregársele. Lucanor permanece incontaminado en un ambiente de abyección, de borracheras y de jaranas populares. Mantiene su alma intacta y surge como símbolo de la soledad individualista y del renunciamiento a un mundo sórdido y caótico.

Don Ezequiel, por su parte, es un sacerdote que hace el bien, pero que ama las sensualidades exteriores de la existencia. Desenvolviendo su ministerio apostólico entre prostitutas y borrachos, preserva lo más delicado de su espíritu y se convierte en un personaje simpático. El argumento de Para Subir al Cielo puede escandalizar a muchos por sus alusiones y referencias a una sociedad que sentimos palpitar en sus páginas. Lafourcade es de los pocos que pintan a la clase alta sin caer en la afectación o en la cursilería. Se mueve con libertad, con algo de ese desparpajo que lo distingue en el mundo literario donde, a veces, presuntas ideas avanzadas ocultan bastante mojigatería mental. También hay que decir algo del barroco literario de Lafourcade. Es un escritor que domina el contraste y sabe sacar partido de lo que otros deterioran por lo alusivo. Se detiene a tiempo, con gracia y prestancia. No elude situaciones peligrosas o los momentos saturados de tensión erótica, pero los atenúa con su gracia estilística y su tacto. También consigue dominar ideas, manejar conceptos, manipular abstracciones e introducirlas en diálogos y escenas de relieve.

Respecto al barroquismo de Lafourcade hay que añadir algo más. Posee su significación especial, su individualidad propia. Salta a la vista su escasa artificiosidad pero también su tendencia visible a explotar lo grotesco y a extremar los ingredientes de su arte en la composición de cuadros y en los arduos momentos en que enmascara la realidad. Este enmascaramiento es una modalidad barroca moderna. No refleja siempre el mundo visible, y su representación surge en un plano elíptico que es conquista laboriosa de la técnica. En semejante detalle estriba el distanciamiento del realismo en la generación actual y, también, su positivo desplazamiento del criollismo.

Sin embargo, Para Subir al Cíelo es una novela de gran veracidad, en que la vida de Valparaíso, de Viña del Mar y Reñaca surgen con detalles novedosos y ángulos de gran rigor artístico. El defecto de Lafourcade es su complacencia con lo truculento, su desvío no habitual, pero presente, que lo conduce a trazar escenas recargadas, como la final, que transcurre en la casa del párroco Ezequiel.

Es importante destacar que Lafourcade ha progresado notablemente en su prosa desde Pena de muerte, su discutido y escabroso repertorio de anormalidades sexuales. El artista se queda ahora más bien situado sobre el mundo de sus creaturas, del lado de éstas, que sobre el elaborado universo del creador. El escritor parece un personaje más que vivifica la acción y desde adentro del argumento mira hacia afuera. Lo arbitrario es tan natural en Lafourcade como su manera de moverse en los mentideros literarios y en las reuniones de escritores. Es una segunda naturaleza de su carácter que enriquece sus novelas y las identifica en una sociedad que respeta escasamente la fantasía.

Me ha parecido que Para Subir al Cielo abre una etapa atrevida de nuestra ficción y merece una amplia atención del público. Interesa y entretiene, porque sus héroes están vestidos por su autor de aventura y desventura, con normas que se escapan de nuestra realidad vecina, pero que, a la vez, poseen veracidad, porque habitan un mundo hecho a propósito. Muchos discutirán si es posible que en Valparaíso y Viña del Mar exista una galería humana como la que presenta Lafourcade. Pero lo indudable es que ha sabido revelarnos algo que contiene un humor tierno y una gran poesía de los hechos. Sin dicha poesía los personajes de Lafourcade serían fantoches o se desmoronarían como productos de un esperpento mal concebido. El descubrimiento de este vivero de cosas es la partida de bautismo de Lafourcade, su razón de ser en la novela chilena. Puede considerársele como un producto de nuestra época, con su nueva manera de concebir las formas, de interpretar la realidad, de adecuarla a situaciones dramáticas o grotescas que revela el conocimiento filosófico. También palpita en Lafourcade, a través de los soliloquios de Lucanor, del diletantismo de Antinous, de la soledad de Angela o del vitalismo de don Ezequiel, un sentido metafísico de la presencia del hombre, que muchos reconocen como una de las grandes aportaciones de la novela actual. Este contenido metafísico horada la ruda corteza de la realidad y la modela hasta colocarla en un plano de trascendencia indiscutible. Antes de la generación de 1950 el aluvión social arrasaba con todo y era la medida incontenible de los planteamientos narrativos. El bastidor de hoy, como lo han observado muchos críticos, en lugar de ser un cuerpo duro e impenetrable, se ha convertido en un elemento líquido y escurridizo. Ante tal carencia de fronteras, de límites discriminatorios, de sumergimiento en la subjetividad, la metafísica se nos escapa absurdamente, de la misma manera que se escapa el agua del cesto que con ella queremos llenar. Todos estos problemas se hacen presentes en Para Subir al Cielo, que completa y perfecciona el panorama abierto con Coronación, de José Donoso, en nuestro relato contemporáneo.

 




 



 

 

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Zig-Zag, 1958
Por Ricardo A. Latcham
Publicado en La Nación, 18 de enero de 1959