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“El que camina”, poemas de Ernesto Langer Moreno,
una aproximación a su poesía.

Por José Miguel Ruiz

 

Este breve libro de poesía, se compone de seis poemas en que la voz lírica se identifica con la del poeta y, a su vez, con la del ser humano que camina entre los avatares de la existencia, dejando su testimonio a través de la palabra que proviene de una experiencia poética de expresar la vida y lo que ocurre. Es el romero y el poeta. El ser en movimiento, en definitiva, es el canto del “que camina”.

 

 

Citamos: “Un alma fragmentada/ es el espejo/ del lobo feroz/ que habita en su interior,/ aullando al vacío,/ esperando/ que se llene su copa […] Náufrago/ en un océano de palabras,/ sobrevive gracias a lo que no se nombra […] Pero un alma fragmentada/ quizás sane/ cuando, al final del viaje,/ encuentre/ la casa de su padre” (Umbral, “Un alma fragmentada”). La fragmentación del alma, el lobo que nos (o puede) habita; el naufragio en el mar de las palabras; el alma en fragmentos en el viaje y que solo al término de este, quizás sane, si se encuentra la casa de la figura arquetípica del padre. El poeta, o alguien en esa misma clave, afín en la dimensión poética, busca la “casa del padre”, su Ítaca en este periplo.

En “El que camina”, poema que da título al libro, leemos: “Yo, el más cuerdo entre los locos/ o el más loco entre los cuerdos,/ me arrojo desnudo entre las estrellas/ sobre los Andes”. Es el poeta que se asocia él mismo a la locura (en el entendido, de la pasión poética, de vivir en esa dimensión, siendo loco o el más cuerdo), despliega su alma, su espíritu, o su sensibilidad al cosmos, sobre la cordillera andina. “Muerdo el silencio./ Pero la palabra ya corre salvaje”, la palabra que es savia o sangre del poeta, liberada.

En el poema “Ciudad de nadie”, escribe: “Perdí el nombre en el olvido./ Vago por Santiago/ alimentando palomas,/ subiendo micros sin destino,/ pasando el frío de los que viven a la intemperie./ Pido limosnas./ Cuido la barba./ Perros./ Sin quejas ni sueños./ He aprendido a ser nadie/ en medio de todos./ Disfruto la indiferencia./ Aunque no sé quién soy,/ sé que respiro”.

El caminante en la odisea de la vida, va señalando lo que encuentra, preguntándose: “¿Dónde van los abrazos no dados?/ ¿Las palabras calladas?”, expresando quién es: “Vive con una esperanza tenue:/ luz lejana/ que apenas se ve/ y no se apaga.// La cuida en silencio./ Sin ella no escribiría”, es el poeta, el hombre en búsqueda, el “romero” de León Felipe (“Ser en la vida romero, romero…, solo romero”); “Mientras haya camino,/ mientras quede una palabra,/ mientras alguien levante los ojos,/ seguiremos.// Porque vivir/ tal vez sea eso:/ avanzar sin saber,/perder el nombre,/ encontrarse/ y seguir preguntando” (“Hijo del hombre”).

“El canto que no cesa” es un bello poema que me lleva a aquella pregunta de Rilke en su Elegía primera: “¿Quién, si yo gritase, me oiría desde los coros de los ángeles…?”, aunque aquí las preguntas retóricas son al universo y al corazón: “¿Me escuchará el universo/ esta voz temblorosa,/ subiendo de mis labios/ como humo funerario?// ¿Escuchará mi corazón/ queriendo abrazarlo/ dejando sus latidos a sus pies/ como ofrenda? […] Mi voz se agota/ de tanto decir/ y no escuchar nada.// Solo el silencio/ lo cubre todo/ con su manto invisible/ y mudo.// Y ni siquiera sé/ si mi canto/ llega a sus oídos”. El poeta, o el hombre en búsqueda, el que camina hacia la Ítaca que llama, se pregunta, su voz se agota, silencio, ni siquiera sabe si su voz es escuchada. Melancolía, soledad, “tristeza suma”…, parte del camino, de la odisea propia.

Finaliza el libro con el poema “El camino”; glosarlo no resulta, hay que recibirlo en su totalidad: al final del viaje, no sabe si alguien lo espera, o su padre quizás, o no; “la mesa puesta, una silla vacía, la luz encendida”, no importa qué, todo eso tenía la fuerza de la gran llamada, para ponerse en movimiento. La pequeña Ítaca propia.

Ernesto Langer, en un lenguaje claro, directo, en versos breves, coloquiales, va expresando el viaje del poeta y más, con sus avatares. Sin rebuscamientos retóricos, va expresando el yo que abarca a otros en la experiencia del camino de la vida, en su dimensión poética. El canto que surge “de profundis” del ser inquieto y atento que camina. Con él caminan muchos, aun yendo por la senda del solitario.








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