Kavafis en su poema La ciudad, plantea que un viajero siempre llevará su ciudad en su imaginario y se encontrará una y otra vez como una suerte de espejismo en el lugar de origen, sea esta una ciudad amistosa u hostil. Las ciudades son complicadas, tienen su grisácea sensación de querer huir o la rutilante forma de quererlas, pese a todo. Al leer el poemario de Ernesto Langer “Mi ciudad”, sentí esa misma paradoja del poeta Neo Helénico, ese escindirse porque, pese a todo yo defiendo y amo mi territorio como un lobo en la estepa.
El poeta desde un lenguaje coloquial, nos sorprende con las ambivalencias de una ciudad que lleva en su ADN y una ciudad, adversa y llena de sin sentidos como ícónicas imágenes de la Coca-Cola o Benetton, pero a la vez las maravillosas flores y pastos de un parque que en un segundo se convertirá en un campo de batallas. las ciudades son accidentes que no prevalecerán a los árboles, escribió Jorge teillier, sin embargo, pese a esta sentencia del poeta lárico, la ciudad, su ciudad, la de Ernesto langer se salva por elementos nimios, instantáneas, cosas íntimas que están ahí puesta para defender las virtudes y los secretos de esta ciudad que pareciera inventada y sea el sueño de otra ciudad.
El lenguaje del poeta es claro, al igual que su mensaje, celebra y crítica; como se sorprende en el entusiasmo vívido de sentir la pertenencia a un lugar, y desde ahí pintar las murallas como un graffitero con poemas prístinos que salen de la lógica de experimentaciones y el artificio, su palabra es prístina y lega a donde mucha poesía, no se ancla, porque Langer le habla al ciudadano como él, su hermano.


