El silencio no se equivoca, aun cuando las palabras vacilen, ensayen, mientras buscan y esperan la alborada. El silencio no se equivoca porque contiene el alfabeto de las preguntas, mantiene alerta y anhelante la inquietud que, para quien vive despierto, es compañía permanente.
De ese silencio desasosegado nace el clamor poético. Viene desde más allá de comprobaciones y rutinas. Lo propiamente suyo es movimiento del espíritu. Mientras contempla en sí y en el entorno ve escenas, presencias; escucha rumores que el viento esparce. Sobre todo, percibe el hervor de la vida. Entonces, sobrevienen palabras con las que el mundo podría calzar su forma.
Ernesto Langer se interroga; escarba en la clave de vivir. Su inquietud coincide con el sacudimiento agustiniano de interpelar lo existente en pos de una respuesta completa. En ese viaje, la expresión brota sencilla, urgente, esencial. Nadie puede exigir que, de la poesía, advenga la satisfacción absoluta del ser humano. Convengamos que aquella es un preludio, un abismarse, el estrujamiento del silencio donde se aloja el misterio de vivir y su honda razón de ser.
La poesía es una forma elevada de escuchar, porque del alfabeto de vivir brota el desafío de conocer el sentido que poseen el origen, el camino y su finalidad.