Unos escolares me paran en la calle para preguntarme si la viejita que se sacó el Premio Nacional de Literatura es la María Luisa Bombal, a la que han tenido que leerle todos sus libros por imposición de los profesores.
Yo, periodista bien informado, les digo que no es viejita, sino viejito, y que se llama Eduardo Garrido o algo así. Los cabros, insolentes como están con sus mayores, me discuten: "Es viejita, yo la vi en la televisión. Tiene cara de vieja y voz de vieja. A mí no me engañan a menos que lo vea haciendo pipí". Les explico que lo que pasa es que nació el siglo pasado y que después de los 80 años es muy difícil distinguir. No se quedan muy conformes.
—¿Qué escribió? —me pregunta otro.
—"El Chaleco" —le respondo con seguridad.
—¿No habrá escrito "Las Polainas"?
La verdad es que este Premio Nacional de Literatura está resultando un clavo. Hay que
estar al aguaite para agarrar algún dato suyo, que alguien que lo conozca diga algo sobre él para poder ir formándose una idea sobre las razones que tuvo el Jurado para ubicarlo entre las glorias de las letras nacionales. Leyendo y leyendo, buscando por aquí y por allá, me he venido a enterar que no se llama Eduardo, sino Edgardo, y que no escribió El Chaleco, sino El Chalaco y unos pocos datos más.
—¿Por qué no le dieron el premio a Fernando Alegría? —me pregunta otra persona.
—¿Por qué no se lo dieron a Braulio Arenas? —me pregunta otra.
Les respondo:
¡La culpa la tienen los comunistas! Esta es una maquiavélica movida de Orlando Millas, que muñequeó en el Jurado para desplazar a esos dos y colocar al viejito Merino. Ocurre que ahora hay que pagarles ocho vitales a los premios nacionales, como pensión vitalicia, de manera que la juventud de Alegría y Arenas no es conveniente para las arcas fiscales.
—¡Que no se le vaya ni una!
Carlos Ossa, que reaparece en la página del frente y a quien aprovecho de dar la bienvenida, me cuenta que los libreros amigos suyos están furiosos con el premio. Hasta ahora, todos los años, se hacían la América sacando a la vitrina los libros de los premiados, pero ahora han puesto patas arriba las bodegas y no han encontrado ningún libro de Edgardo Merino. ¿Dónde lo habrán leído los jurados? ¿Y cómo se acuerdan?
Lo único positivo es que los profesores de Literatura van a tener que estudiar de nuevo para poder hablar del Premio Nacional de Literatura 1972 y que los estudiantes van a tener que revolver cielo y tierra cuando les den de tarea a Edgardo Garrido Merino y no les va a quedar tiempo ni ganas para salir a tirar piedras. Y de todas maneras se van a sacar un uno.