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Alejandra Coz Rosenfeld. "La lava". Ediciones Sangría, 2021

Por Eugenia Prado Bassi
Pontificia Universidad Católica de Chile

Publicado en CATEDRAL TOMADA, N°18, 2022


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Un homenaje a fuego para honrar a una madre monumental

Entre el desierto de Atacama y Florencia, La lava (2021) avanza fundiendo en una misma amalgama el universo de mujeres que componen los ingredientes de esta novela. “A mi madre, la sacerdotisa”, un texto sensorial y sensitivo, que migra y se desplaza por olores, sabores y saberes, en un intercambio de especias que recuerdan los desplazamientos y traspasos entre el viejo y el nuevo continente.

 

 

Una novela como ofrenda de amor y lealtad a Lotty Rosenfeld, artista chilena de reconocida trayectoria, integrante del colectivo CADA y su irrevocable cruce con la dictadura militar en Chile y toda una generación de mujeres potentes, deseosas de cambios que migran, buscando, urdiendo, tramando estos cruces:

Vives en un diminuto pueblo italiano en medio de la nada, en medio de la nada y en medio de todo. […] Escribes, pintas y paseas por el jardín. […] Escribes, pintas con los dedos y recoges las hojas secas entre las hortensias azules, que te recuerdan a algún lugar del sur de Chile. (14)

De regreso al valor de la memoria en el ojo de una narradora que se ubica desde otras aristas para cultivar el mundo de la sensibilidad y también el amor por la naturaleza y las otras especies. La energía femenina se desenvuelve en una convivencia plena con los sentidos, el cuerpo, lo uterino y mental.

La lava avanza dibujando lo que se recuerda, se hace, se toma o se deja de hacer, una cartografía de pequeñas ventanas por donde se cuelan las historias. De pronto saltamos a la primera persona qué nos conecta al tiempo de las ancestras. "Mi abuela teje un chaleco, uno muy muy grande y me cubre con él. […] Luego me explicará el punto que tendré que tejer de ahora en adelante” (19). Pienso en las mujeres mapuche que sueñan los motivos de sus telares para expresar significados fundamentales para su pueblo. Pienso en las historias que habitamos y sus cruces de infinitos pliegues.

Alejandra Coz proyecta un nosotras en viaje construyendo una sujeta de sí que nos conduce de regreso a Londres. Caminamos por angostos pasillos de piedra siguiendo la música del oboe y sin más nos vamos sumergiendo en un tiempo de nomadismos entre continentes porque La lava es una novela de viajes reales, creativos, psicoanalíticos; viajes al corazón del miedo porque la vida continúa y hay que aprender a vivir los duelos y porque todos los viajes sirven para encontrarse en el espacio de la letra.

Así, placer y goce se funden en esta novela que pulsa su deseo por la conservación de las fuentes primigenias, porque la vida es limitada y las personas que amamos tienen sus ciclos, algún día viajan o se pierden en otros universos.

A través de un desplazamiento de tiempos y sujetos la autora compone una trama que sigue las líneas de la memoria, manteniendo activas sus capas, en unión y complicidad con las energías femeninas que fluyen y se transmiten por generaciones como una experiencia estética que recoge los sabores y olores del mundo: “sentarse a ver pasar a la gente y aprender, el gusto de sensibilizar el ojo, de educarlo, de mirar cada detalle y si es posible tocar las texturas” (29).

De pronto, un salto y estamos entre galerías, recorriendo paisajes sofisticados de una ciudad vibrante: “Caminamos por el centro de la ciudad. Paseamos sobre el Río Seco y vemos los preparativos de la gala del festival, los afiches que anuncian las distintas películas. Encontramos el de la película de mi madre” (101). Son instantes muy vívidos que conectan con la historia de las madres, las abuelas y más atrás, sus secretos y enseñanzas… porque: “tejer ayuda a calmar la mente a focalizar a meditar a sanar y aprender a esperar” (20), porque ellas tejían y cultivaban, y a través de la lectura de esta novela podemos sentirlas en sus sapiencias sobre cómo resolver, autoabastecerse, cuidar las cosechas y la tierra. Imaginarlas así, en sus aprendizajes, entre los objetos, texturas en la corriente de la vida y un tiempo tan distante y distinto del mundo neoliberal:

Dedicas tiempo a estudiar. Me hablas de plantas y flores medicinales, de la posición de los planetas y cómo influyen en la psique humana y en el cultivo; de que cuando pintas se te pasan las horas volando, de que cada tanto te da por la espátula por su gesto, aseguras, moviendo las manos pintadas de colores. (17)

Alejandra Coz escribe como si pintara, con observaciones y noticias frescas va construyendo sus escenarios de instantes nítidos, cargados de sofisticadas producciones y de simbolismos alucinantes, inclusivos de esos desplazamientos. El personaje se desdobla. La imaginación atraviesa este viaje y sus paisajes para entrar o salir de la realidad. De alguna forma, siempre conectada al golpe militar y la violencia patriarcal, eternizado en algún lugar de nuestros miedos: “Nos escapamos otra vez y arrastro a mi amiga, pero ahora ella se ha convertido en una carpeta. Doblo cada pliegue suyo mientras le digo que todo estará bien. Sus huesos suenan como el espanta espíritu que colgaba afuera de la ventana en el desierto” (91).

Escritura y vida se funden con asombrosa fluidez arrasando con géneros y estructuras fijas mientras la narradora se desplaza por tiempos y sujetos verbales produciendo una amalgama de mundos posibles, donde se funden espacios en presente, recuerdos y añoranzas, entre el arte y la poesía; recetas de cocina, la astrología y los conocimientos transpersonales.

La Lava es una novela en construcción, un espacio material que reúne varios planos, para sembrar una memoria de viajes, el movimiento del cielo y de los astros y las prácticas ancestrales. La hija reconoce su admiración por la madre y con ello se multiplican mundos posibles desde el arte y la escritura para hacer converger paisajes, materialidades y matices de una memoria que busca preservar y honrar los conocimientos y zonas más arcaicas.

Con la fuerza de la emocionalidad, desde una imaginación plena de sucesos, encuentros extremos y desbordados, La Lava recorre iluminando escenas de tiempos remotos o ficticios, para elaborar un poderoso registro del tránsito por la vida, la enfermedad, la pérdida, el duelo. En estos desplazamientos del mundo sensorial, coexisten equilibrada y equitativamente, lo sensitivo de los afectos, las prácticas cotidianas que derivan en obras como lugares de enunciación y espacios predilectos para permanecer o quedarse provista de los implementos para atizar el fuego para mantener la hoguera de la memoria encendida.

Luego de leer La Lava me hace sentido aquello de “devolver la potencia metafórica a las palabras” que propone Silvia Rivera Cusicanqui, como una invitación a pensarnos en bilingüe y reconocernos parte de una geografía mixturada, compleja y rica en diferencias y saberes, inclusiva de los múltiples lenguajes presentes en nuestra cultura pero además, apelando a las formas emancipatorias de la letra, lejos de las categorías fijas, homogéneas como una posibilidad de ser y habitar distintos mundos al mismo tiempo y sin complejos, librándonos de la tentación de negar las zonas oscuras para ir recogiendo los hilos de las antiguas historias que habitan nuestra sangre y volver a aprender de ellas.

 

 



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