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Poemas con el corazón roto.
Comentario al poemario: La muerte de la televisión no será televisada, de Emersson Pérez.

Por Héctor Monsalve


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Se prende el televisor, se prende sólo y su pantalla ilumina a medias una pieza del pasado, en cualquier casa del Santiago de los años 80. Y en la mesa de centro una revista con frases de McLuhan que no tienen sentido en ese Chile atrasado: “Somos lo que vemos”, “El medio es el mensaje”. Y desde ahí todo es demasiado real, demasiado duro, pero cierto. El lector aceptando que las cosas son así y que todo en el texto lo confirma. O quizá un poco más leve pero triste, como la escena final y lenta de una película en blanco y negro. Es que esa tele de antes, que nos revive estos poemas, nos obliga al recuerdo de una época dura, de una adolescencia en donde todo estaba perdido de antemano y eso que aún no comenzábamos a vivir. Un padre ausente, el país hecho trizas, una idea fracasada de futuro. Todo aliviado un poco por el televisor a la hora de la once y un fuerte olor a pan tostado o a cera o parafina en invierno. Y esa tv, sin cable, casi impuesta, es un recuerdo que habla de la imposibilidad de los sueños, de los ideales de una generación que entró a la cancha después del desastre de la sociedad chilena, con la terrible certeza y única de un futuro sucio de sangre y sin posibilidad de perdón. En esa ausencia de futuro, sin hablar o discutir, casi mudo, la televisión era droga, era excusa para olvidar el presente o para reírse un poco una tarde de sábado junto a la abuela o los hermanos, antes de salir a la calle a no hacer nada. O la calle o la televisión. Sin peak de sintonía. “Siempre desconfié de la televisión y ella desconfió de mí”, dice Emersson.

Por eso la tristeza ilumina estos poemas, sus certezas, sus imágenes. Un tipo extraño de tristeza. Quizá es eso lo que permite que algunos poemas brillen por su belleza. Pero al mismo tiempo siento que en el fondo este libro justamente trata de negar cualquier tipo de belleza. Es difícil. (“La belleza es difícil, Yeats”, dice Aubrey Beardsley, en medio de los cantos de Erza Pound. Pero creo que Yeats lo sabía desde antes, muchos antes, cuando insiste en su poema Easter 1916: “Ha nacido una terrible belleza”). Y es que aquí no se trata de esa belleza en dónde algo de pronto se salva del paso del tiempo, y hay reconocimiento y hay reencuentro. Hay ese algo que parece continuar alumbrando en silencio. La “lenta flecha de la belleza”, decía Nietzsche. Tampoco está, y digo: en el fondo, ese tipo de belleza que definía Heidegger, en donde nos sorprende “el acontecimiento de la verdad resplandeciendo”. Se trata sí de una belleza que coquetea con la decepción o la amargura. Y encuentro su definición precisa en el ensayo La salvación de lo bello, del coreano Byung-Chul Han, en donde se apoya en la visión de Theodor Adorno para definirla: “Inherente a lo bello es una debilidad, una fragilidad, un quebrantamiento. Es a esta negatividad a lo que lo bello tiene que agradecerle su fuerza de seducción. Lo sano, por el contrario, no seduce”… “La belleza tiene el corazón roto”, concluye. Y entonces entiendo. Estos poemas tienen el corazón roto. Corte, tanda musical.

Ahora, en el presente, el futuro está aquí vestido de un neoliberalismo rudo, sin escapes a su impecable lógica de mercado. “Donde antes estuvo la estatua de “un guerrillero” / ahora hay un televisor gigante”. apunta Emersson. Una realidad terrible que sin embargo brilla, en más de un poema y por ejemplo, en este, de un modo exquisito: “Cliché // Todo el mundo sabe / que la escena esta pasada de moda / pero seguimos pegados a la pantalla / algún día la chica de vestido rojo / dejará de correr por el callejón oscuro / se dará la vuelta y te abrazará / dirá que todo el mundo lo sabe / que los finales felices si existen / el sonido de la lluvia y los zapatos, / un gato negro maúlla / la nena se olvidará por un momento / de que mañana trabaja como nana / para abrazarte en la oscuridad / la gota roja caerá al suelo y se irá silbando / con tu sombrero de ala negra / el brillo del cuchillo donde se refleja la luna / la boca abierta pensando en el futuro / la imagen alcanza su fulgor y la escena muere.”


Abril de 2018

 

 

Durante la presentación



 

 

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Comentario al poemario: La muerte de la televisión no será televisada, de Emersson Pérez.
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