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Memorias de Ernesto Sabato:
Notas sobre "Antes del fin"


Por Lorenzo Peirano
Artes y Letras de El Mercurio, Domingo 7 de agosto de 2005

Novelista, ensayista, hombre de ciencias, metafísico, enamorado, enemigo de Borges, niño sonámbulo, pensador consecuente, escritor fundamental de nuestros tiempos. Ernesto Sabato, el hombre de las mil dimensiones, ofrece su vida en estas conmovedoras páginas, sazonadas con nostalgia y brutal honestidad.

A los ochenta y seis años Ernesto Sabato escribió "una especie de testamento" que tituló Antes del fin. En sus páginas conmovedoras nos aclara que sus verdades más atroces únicamente las hallaremos en sus ficciones; ya había expresado en 1963 que "una autobiografía es inevitablemente mentirosa". Comprobamos entonces la coherencia de su pensamiento: una manera de explorar la condición humana. Antes del fin es el libro de un hombre viejo (más viejo que nosotros). Allí encontramos fragmentos de sus semisueños, un recuento emocional. Podemos vislumbrar también su espacio físico, lo íntimo: la casa donde transcurrió la infancia de sus hijos; donde con su mujer, Matilde, compartieron las pobrezas y también los grandes momentos.

Pero Antes del fin ha sido juzgado fuera de contexto. Sabato no pretendió en sus páginas agregar nada a su obra; se trata del libro de un ser herido, de alguien que soporta "el periodo más triste de su vida". La muerte de uno de sus hijos, Jorge Federico, es la senda que recorre Ernesto Sabato, "desnudez y desgarro". Aunque, inevitablemente, la sencillez de un escritor anciano que se levanta antes del alba, tratando de no hacer ruido, nos devuelve a las profundidades que han habitado sus personajes.

Cambios radicales

Nacido en 1911, en el pueblo pampeano de Rojas, provincia de Buenos Aires, Ernesto Sabato es el penúltimo hijo de una familia compuesta por once hermanos. Como tantos argentinos, Sabato desciende de inmigrantes (padre italiano, madre albanesa).

A causa de llevar el nombre de un hermano muerto y de soportar una "convivencia espartana, regida por su padre", durante algún tiempo sufrió de sonambulismo. Ese padre estricto, que "llegó a tener un pequeño molino harinero", luego se encarnaría en el agonizante Marco Bassán, uno de los momentos notables de su novela Abaddón, el exterminador. "Era una bolsa de huesos y carne podrida, pero su espíritu resistía y se refugiaba en el corazón", escribió.

Egresado de bachiller, en 1929 Sabato ingresa a la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad de La Plata. En 1931 se afilia al Partido Comunista; al sostener que el materialismo dialéctico era una contradicción, se hace sospechoso, y esto provoca su alejamiento.

En 1937 se doctora en Física en la misma Universidad de La Plata. Al año siguiente se le concede una beca para trabajar en el Laboratorio Curie de París: "El período del laboratorio -nos dice en Antes del fin- coincidió con esa mitad del camino de la vida en que, según ciertos ocultistas, se suele invertir el sentido de la existencia".

Mientras deambula por su casa de Santos Lugares, Sabato anota: "Aunque es terrible comprenderlo, la vida se hace en borrador, y no nos es dado corregir sus páginas". Se detiene frente al retrato de su hijo muerto; su lenguaje se simplifica. En esta casa también murió su esposa. La música de Schumann cubre las paredes de amor, pérdida y desdicha.

Los hechos de su vida vuelven. Abandonó la ciencia en 1943. El profesor Bernardo Houssay, Premio Nobel de Medicina (quien le había concedido la beca en el Laboratorio Curie), le quita el saludo. "De mi tumulto interior nació mi primer libro, Uno y el universo (ensayos, 1945) -recuerda Sabato-, documento de un largo cuestionamiento sobre aquella angustiosa decisión, y también de la nostálgica despedida de un universo purísimo".

Ya lo domina "la obsesión por el hombre concreto". En 1948 publica El túnel, y leemos en sus memorias que para lograrlo debió sufrir amargas humillaciones. Todas las editoriales rechazaron el libro. Incluso, Victoria Ocampo se excusó. "Finalmente el préstamo de un generoso amigo, Alfredo Weiss, hizo posible su publicación". Esta fue la única novela que el escritor argentino quiso ver impresa. Obra dostoievskiana de soledad, de ansias de comunicación, de ironías terroríficas, iniciadora de la trilogía seguida por Sobre héroes y tumbas y Abaddón, el exterminador.

Si bien en algunos lectores puede predominar la imagen de un Ernesto Sabato novelista (nadie podría olvidar a Alejandra, por ejemplo, un personaje del que hasta su mismo autor se podría haber enamorado), existe, paralelamente, un Sabato ensayista, cuya metafísica argentina se proyecta creando una atmósfera única dentro de los países latinoamericanos. El tango, presente en casi toda la obra sabatiana, y Antes del fin, indudablemente, demuestran la unidad en el sentir de este escritor fundamental de nuestros tiempos: "Y al caminar por este terrible leviatán, por las costas que por primera vez divisaron aquellos inmigrantes, creo oír el melancólico quejido del bandoneón de Troilo".

El alma porteña

Ensayos como Hombres y engranajes, Heterodoxia y El escritor y sus fantasmas indagan cómo y para qué se escriben ficciones, la fantasía de la originalidad, escribir por juego o desgarradamente. Ernesto Sabato alguna vez propuso que la filosofía es incapaz de realizar la síntesis del hombre disgregado, y que la verdadera síntesis proviene de la novela. Se ha dicho que Sabato es un "escritor-pensador" (¿qué escritor verdadero no lo es?). En 1997, cuando redactaba herido por la pérdida sus memorias o fragmentos de su vida, proponía una "actitud anarcocristiana", un no al comunismo, un no al neoliberalismo, porque "hemos llegado a la ignorancia a través de la razón".

Se ha indicado que Sabato pertenece a la generación intermedia: Bioy Casares, Cortázar, Mujica Láinez...; extenderse sobre el tema resulta complicado. Optamos por la definición de Volodia Teitelboim: "Borges, Sabato y Cortázar se aproximan por los juegos de la escritura, por la relación con la paradoja, las especulaciones sobre el tiempo, el destino, la presencia del doble".

El "amanuense" de Jorge Luis Borges, Roberto Alifano (cuya labor justifica su existencia), ha publicado que Borges ironizaba con respecto al exhibicionismo de Sabato: "Si invitan a fotógrafos". Pobres resultan las intenciones de Alifano.

En Antes del fin, Sabato nos cuenta que, "lamentablemente, en 1956 los separaron ásperas discrepancias políticas (ambos fueron antiperonistas) -¡cuánta pena que esto sucediera!- ...en ocasiones los seres humanos llegan a separarse por lo mismo que aman". En Uno y el universo ya había escrito: "A usted, Borges, lo veo ante todo como un gran poeta". Y en El escritor y sus fantasmas: "En esta confesión final está el Borges que queremos rescatar y que de verdad es rescatable: el poeta que alguna vez cantó cosas humildes y fugaces, pero simplemente humanas: un crepúsculo de Buenos Aires, un patio de infancia, una calle de suburbio. Este es (me atrevo a profetizar) el Jorge Luis Borges que quedará".

Dios y sociedad

Ernesto Sabato también ha sabido reconocer los "modestos mensajes de la Divinidad", a pesar de que "no puede responder de un modo unívoco, sino que a través de esos personajes contradictorios que aparecen en sus novelas". Después de la muerte de su mujer y de su hijo, comulgó por primera vez; sin embargo, con desgarro, ha escrito en Antes del fin: "La tarde desaparece imperceptiblemente, y me veo rodeado por la oscuridad que acaba por agravar las dudas, los desalientos, el descreimiento en un Dios que justifique tanto dolor".

Desde Kierkegaard, "contra la razón, afirma la existencia"; con Dostoievski "es suspicaz y quisquilloso como un jorobado o un enano". Conoce los sueños de Kafka; él mismo, en su última novela, se transforma en murciélago. Del surrealismo con el que se relacionó durante su periodo del Laboratorio Curie toma fuerzas El informe sobre ciegos. Sainte-Beuve será el prototipo de los errores en literatura; con Proust "oirá el silbar de los trenes en la lejanía".

En Antes del fin afirma que "el escritor debe ser un testigo insobornable de su época, con coraje para decir la verdad, y levantarse contra todo oficialismo que, enceguecido por sus intereses, pierde de vista la sacralidad de la persona humana".

Y así como condenó la invasión de los tanques soviéticos a Checoslovaquia, también condenó el abismo que se abrió durante la dictadura militar de su país. Por eso su participación en la Conadep: "El informe -nos cuenta el autor- era transcripto por dactilógrafas que debían ser reemplazadas cuando, entre llantos, nos decían que les era imposible continuar su labor". Inevitable resulta entonces no recordar el martirio de uno de sus personajes del Informe, el joven Marcelo Carranza, quien, mientras agonizaba, era arrojado al agua con grandes trozos de plomo atados a sus pies.

Leído por los jóvenes

"Hasta hay pasiones extremas entre algunos personajes y yo", ha dicho Ernesto Sabato. Incluso, un desencuentro lamentable con uno de sus entes de ficción -Sabato como personaje de su misma novela- nos remece en un vórtice de sinceridad: un adolescente atormentado le echará en cara su aparición en cierta revista frívola. Por otro lado, personajes como el tímido Martín, que nunca pudo olvidar su amor por aquella muchacha de pelo renegrido con reflejos rojizos (la hija de un hombre obsesionado por la Secta Sagrada de los Ciegos), nos indica un grado de acercamiento entre los lectores jóvenes y Ernesto Sabato.

No obstante, lo más decidor se encuentra en su Querido y remoto muchacho, a la par, según nuestro juicio, con Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke. En este mensaje o "botella al mar", Sabato subraya la condición que debe asumir un creador: "La verdadera justicia sólo la recibirás de seres excepcionales, dotados de modestia y sensibilidad, de lucidez y generosa comprensión". Recalca el escritor argentino "que para admirar se necesita grandeza", y recomienda "una combinación de modestia ante los gigantes y de arrogancia ante los imbéciles".

Se pregunta en sus memorias Ernesto Sabato, un hombre depresivo que ha quemado muchas de sus obras, si merece realmente la confianza de la gente joven.

La respuesta es clara: por Natalicio Barragán y sus visiones apocalípticas, por la locura de Juan Pablo Castel, por la ternura de Humberto J. D'Arcángelo con su anciano padre italiano ("La notte de Natale/e una festa principale"), por aquellos trozos de historia argentina interpolados en un Buenos Aires que imaginamos, por El Café de Chichín, por el drama de Nacho y Agustina, por el camionero Busic... -¡qué largo sería continuar!-, Sabato, creemos, merece esa confianza.

"Y al caminar por este terrible leviatán, por las costas que por primera vez divisaron aquellos inmigrantes, creo oír el melancólico quejido del bandoneón de Troilo", escribe Ernesto Sabato en su autobiográfico Antes del fin.

 

 

Antes del fin. Memorias
Buenos Aires: Seix Barral, 1998

Ernesto Sabato
(Fragmentos)



A medida que nos acercamos a la muerte, también nos inclinamos hacia la tierra. Pero no a la tierra en general sino a aquel pedazo, a aquel ínfimo pero tan querido, tan añorado pedazo de tierra en que transcurrió nuestra infancia. Y porque allí dio comienzo el duro aprendizaje, permanece amparado en la memoria. Melancólicamente rememoro ese universo remoto y lejano, ahora condensado en un rostro, en una humilde plaza, en una calle.

Siempre he añorado los ritos de mi niñez con sus Reyes Magos que ya no existen más. Ahora, hasta en los países tropicales, los reemplazan con esos pobres diablos disfrazados de Santa Claus, con pieles polares, sus barbas largas y blancas, como la nieve de donde simulan que vienen. No, estoy hablando de los Reyes Magos que en mi infancia, en mi pueblo de campo' venían misteriosamente cuando ya todos los chiquitos estábamos dormidos, para dejarnos en nuestros zapatos algo muy deseado; también en las familias pobres, en que apenas dejaban un juguete de lata, o unos pocos caramelos, o alguna tijerita de juguete para que una nena pudiera imitar a su madre costurera, cortando vestiditos para una muñeca de trapo.

Hoy a esos Reyes Magos les pediría sólo una cosa: que me volvieran a ese tiempo en que creía en ellos, a esa remota infancia, hace mil años, cuando me dormía anhelando su llegada en los milagrosos camellos, capaces de atravesar muros y hasta de pasar por las hendiduras de las puertas —porque así nos explicaba mamá que podían hacerlo—, silenciosos y llenos de amor. Esos seres que ansiábamos ver, tardándonos en dormir, hasta que el invencible sueño de todos los chiquitos podía más que nuestra ansiedad. Sí, querría que me devolvieran aquella espera, aquel candor. Sé que es mucho pedir, un imposible sueño, la irrecuperable magia de mi niñez con sus navidades y cumpleaños infantiles, el rumor de las chicharras en las siestas de verano. Al caer la tarde, mamá me enviaba a la casa de Misia Escolástica, la Señorita Mayor; momentos del rito de las golosinas y las galletitas Lola, a cambio del recado de siempre: «Manda decir mamá que cómo está y muchos recuerdos». Cosas así, no grandes, sino pequeñas y modestísimas cosas.

Sí, querría que me devolvieran a esa época cuando los cuentos comenzaban «Había una vez...» y, con la fe absoluta de los niños, uno era inmediatamente elevado a una misteriosa realidad. O aquel conmovedor ritual, cuando llegaba la visita de los grandes circos que ocupaban la Plaza España y con silencio contemplábamos los actos de magia, y el número del domador que se encerraba con su león en una jaula ubicada a lo largo del picadero. Y el clown, Scarpini y Bertoldito, que gustaba de los papeles trágicos, hasta que una noche, cuando interpretaba Espectros, se envenenó en escena mientras el público inocentemente aplaudía. Al levantar el telón lo encontraron muerto, y su mujer, Angelita Alarcón, gran acróbata, lloraba abrazando desconsoladamente su cuerpo.

Lo rememoro siempre que contemplo los payasos que pintó Rouault: esos pobres bufones que, al terminar su parte, en la soledad del carromato se quitan las lentejuelas y regresan a la opacidad de lo cotidiano, donde los ancianos sabemos que la vida es imperfecta, que las historias infantiles con Buenos y Malvados, Justicia e Injusticia, Verdad y Mentira, son finalmente nada más que eso: inocentes sueños. La dura realidad es una desoladora confusión de hermosos ideales y torpes realizaciones, pero siempre habrá algunos empecinados, héroes, santos y artistas, que en sus vidas y en sus obras alcanzan pedazos del Absoluto, que nos ayudan a soportar las repugnantes relatividades.

En la soledad de mi estudio contemplo el reloj que perteneció a mi padre, la vieja máquina de coser New Home de mamá, una jarrita de plata y el Colt que tenía papá siempre en su cajón, y que luego fue pasado como herencia al hermano mayor, hasta llegar a mis manos. Me siento entonces un triste testigo de la inevitable transmutación de las cosas que se revisten de una eternidad ajena a los hombres que las usaron. Cuando los sobreviven, vuelven a su inútil condición de objetos y toda la magia, todo el candor, sobrevuela como una fantasmagoría incierta ante la gravedad de lo vivido. Restos de una ilusión, sólo fragmentos de un sueño soñado.

Adolescente sin luz, tu grave pena llorás, tus sueños no volverán, corazón, tu infancia ya terminó.

La tierra de tu niñez quedó para siempre atrás sólo podés recordar, con dolor, los años de su esplendor. Polvo cubre tu cuerpo, nadie escucha tu oración, tus sueños no volverán, corazón, tu infancia ya terminó.

* * *

La gravedad de la crisis nos afecta social y económicamente. Y es mucho más: los cielos y la tierra se han enfermado. La naturaleza, ese arquetipo de toda belleza, se trastornó.

Nuestro planeta se encuentra en estado desolador, y si no se toman medidas urgentes va en camino de ser inhabitable en poco más de tres o cuatro décadas. El oxígeno disminuye de modo irreversible por el ácido carbónico de autos y fábricas, y por la devastación de los bosques. El hombre necesita de los árboles para vivir. Parecen no saberlo o no importarles a quienes están talando las selvas del Amazonas y las grandes reservas del mundo. Los países desarrollados producen cuatrocientos millones de toneladas por año de residuos tóxicos: arsénico, cianuro, mercurio y derivados del cloro, que desembocan en las aguas de los ríos y los mares, afectando no sólo a los peces, sino también a quienes se alimentan de ellos. Sólo unos pocos gramos de intoxicación son mortales para el ser humano.

Corremos el riesgo de consumir vegetales rociados con plaguicidas que dañan al hígado y a los riñones y producen desórdenes sanguíneos, leucemia, tiroidismo; afectan también al sistema nervioso central y a los ojos. Entre esos plaguicidas se encuentra el terrible veneno llamado «agente naranja».

Los científicos aún no nos han explicado de qué manera vamos a sobrevivir a la radiactividad expandida por el efecto de los reactores nucleares. Ocho millones de seres humanos todavía sufren las consecuencias de la tragedia atómica de Chernobil.

Durante su visita a la Argentina, conversé largamente sobre estos temas con el presidente de la ex Unión Soviética, Mijail Gorvachoy, ya que los científicos de su país arrojaron los «corazones» de una gran cantidad de reactores al mar Báltico, ¿acaso pensaban apagarlos? Entre estos desechos se encuentran productos temibles como el plutonio, siniestra referencia a Plutón, dios griego del infierno. Desconocemos lo que en verdad han hecho, por su parte, los países más desarrollados, pero es alarmante la indiferencia con que han respondido a los reclamos de destacados organismos ecologistas, como Greenpeace. Parece no contar que estamos al borde de la destrucción física del planeta, tal es el individualismo y la codicia.

A pesar del alto riesgo que significan los productos radiactivos, su almacenamiento sigue constituyendo un inestimable agente de control. Los países más desvalidos, como la India, o se proclaman orgullosamente como nueva potencia nuclear, o corren el riesgo de ser vendidos como basureros atómicos. Algo que en reiteradas oportunidades estuvo a punto de sucederle a nuestro país.

Otro peligro para tener en cuenta es el agujero de ozono, ¡agujero que ya tiene el tamaño del continente africano! Además del recalentamiento del planeta, consecuencia de la emisión de gases industriales y del efecto «invernadero», está en peligro el futuro de los países insulares debido al crecimiento del nivel de los ríos y mares. Sin olvidar las especies en extinción: se calcula que setenta especies desaparecen por día.

En la antigüedad, según Berdiaev, el proyecto del universo humano era también tarea de fuerzas divinas. Desacralizada la existencia y aplastados los grandes principios éticos y religiosos de todos los tiempos, la ciencia pretende convertir los laboratorios en vientres artificiales. ¿Se puede pensar algo más infernal que la clonación? ¿Podemos seguir día a día cumpliendo con tareas de tiempos de paz, cuando a nuestras espaldas se está fabricando la vida artificialmente?

Nada queda por ser respetado.

A pesar de las atrocidades ya a la vista, el hombre avanza perforando los últimos intersticios donde se genera la vida. Con grandes titulares se nos informa que la clonación es ya un éxito. Y nosotros, todos los hombres del planeta que no queremos esta profanación última de la naturaleza, ¿qué podemos hacer frente a la inmoralidad de quienes nos someten?

La humanidad ha recibido una naturaleza donde cada elemento es único y diferente. únicas y diferentes son todas las nubes que hemos contemplado en la vida, las manos de los hombres y la forma y el tamaño de las hojas, los ríos, los vientos y los animales. Ningún animal fue idéntico a otro. Todo hombre fue misteriosa y sagradamente único.

Ahora, el hombre está al borde de convertirse en un clon por encargo: ojos celestes, simpático, emprendedor, insensible al dolor o trágicamente, preparado para esclavo. Engranajes de una máquina, factores de un sistema, ¡qué lejos, Hölderlin, de cuando los hombres se sentían hijos de los Dioses!

Los jóvenes lo sufren: ya no quieren tener hijos. No cabe escepticismo mayor.

Así como los animales en cautiverio, nuestras jóvenes generaciones no se arriesgan a ser padres. Tal es el estado del mundo que les estamos entregando.

La anorexia, la bulimia, la drogadicción y la violencia son otros de los signos de este tiempo de angustia ante el desprecio por la vida de quienes nos mandan.

¿Cómo podríamos explicarles a nuestros abuelos que hemos llevado la vida a tal situación que muchos de los jóvenes se dejan morir porque no comen o vomitan los alimentos? Por falta de ganas de vivir o por cumplir con el mandato que nos inculca la televisión: la flacura histérica.

Cientos de miles de jóvenes son drogadictos. Andan como bandas por las plazas del mundo.

Todo hace pensar que la Tierra va en camino de transformarse en un desierto superpoblado. No es casual que en una de las últimas Cumbres Ecológicas se hayan previsto guerras, en un futuro no muy lejano, para la obtención de agua potable.

Este paisaje fúnebre y desafortunado es obra de esa clase de gente que se ha reído de los pobres diablos que desde hace tantos años lo veníamos advirtiendo, aduciendo que eran fábulas típicas de escritores, de poetas fantasiosos.

Según esa inversión semántica que traen las lenguas, el epíteto de realistas señala a individuos que se caracterizan por destruir todo género de realidad, desde la más candorosa naturaleza, hasta el alma de hombres y de niños.

Si bien los optimistas impertérritos arguyen que la humanidad ha sabido siempre sobreponerse a los bárbaros acontecimientos, de ninguna manera estamos en condiciones de poder confiar en esta clase de sofismas. En primer lugar, porque hay civilizaciones enteras que jamás se recuperaron, y en segundo, porque atravesamos una crisis total y planetaria.

Ya hace unos años, la capacidad destructiva del mundo era cinco mil veces superior a la que había en la época de la Segunda Guerra Mundial, el poder de las bombas atómicas en reserva superaba un millón de veces a la bomba que destrozó Hiroshima.

Un chiquito muere de hambre cada dos segundos. Lo criminal es que con el medio por ciento del gasto de armamentos se podría resolver el problema alimentario de todo el mundo. Nada hace pensar que estas cifras estén variando para mejor. Son tiempos en que el hombre y su poder sólo parecen capaces de reincidir en el mal. Hemos puesto en funcionamiento potencias destructoras de tal magnitud que su paso, como señaló Burckhardt, puede llegar a impedir el crecimiento de la hierba para siempre.

 
 

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Memorias de Ernesto Sabato.
Por Lorenzo Peirano.
Fuente: Artes y Letras de El Mercurio.
Domingo 7 de agosto de 2005.