Por primera vez me siento verdaderamente indignada.
Indignada por la indiferencia.
La violencia de este genocidio, la manera en la que ha entrado en nuestra vida cotidiana
y ser consciente de que a algunos no les ha afectado en absoluto
mientras que otros han quedado devastados.
Pensar que me encuentro de nuevo ante funcionarios
de países que —todos juntos, y algunos más que otros— podrían
detener todo esto.
Bastaría un simple gesto.
Me siento indignada y decepcionada,
como a menudo me sucede en esta sala,
al ver que muchos de ustedes siguen repitiendo el mismo discurso.
Por supuesto que condenamos el ataque de Hamás,
por supuesto que expresamos nuestra solidaridad con las víctimas israelíes.
Por supuesto que pedimos la liberación de los rehenes.
Pero ¿es posible que tras la matanza
de cuarenta y dos mil personas en Gaza
todavía haya alguien que no sea capaz de empatizar con los
palestinos?
Pues bien, aquel de ustedes que hoy no ha dicho ni una sola palabra
sobre lo que está sucediendo en Gaza
pone en evidencia que la empatía ha desaparecido de esta sala.
La empatía es el pegamento que nos une como humanidad.
Y no es una cuestión de caridad hacia los palestinos.
Es una cuestión que tiene que ver con el respeto a sus funciones,
y eso implica también la obligación de sus Estados
de garantizar con firmeza la aplicación de la Convención sobre el
genocidio para prevenir este crimen.
Así pues, si es cierto que hoy estamos aquí con la intención
de honrar el derecho internacional,
no queda otra opción que imponer sanciones a Israel,
revisando los vínculos diplomáticos, económicos,
políticos, militares y estratégicos
que mantenemos con este Estado.
Y que este sea el último genocidio en la historia de la humanidad.