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Cuenta Carlos Droguet:

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Los estudiantes muertos en la matanza del Seguro Obrero no eran unos desconocidos para mí. Uno de los hermanos Thenet, el menor, era mi compañero en el primer año de leyes de la Universidad de Chile. También César Parada, el suficiente, el insolente, el seguro de sí y de su destino. También Humberto Yuric, el rubio y pobre Yuric, el primer asesinado. Conmovido la noche siguiente a la matanza en la corrección de pruebas de la calle Agustinas no me cansaba de mirar esas fotos, las primeras, las primeras tomadas en la morgue o en el largo edificio tubular frontero al palacio de La Moneda, que había sido el sitio del sangriento episodio. Tenía miedo, con toda seguridad que tenía miedo, pero era un miedo especial, como si esos muertos, como si todos esos muertos, conocidos y desconocidos, sembrados en los escalones blancos que aun goteaban, o abarrotados como mercadería de embarque en las bodegas de la morgue, me estuvieran diciendo algo con su silencio empecinado y activo. Porque a veces se necesita mucho coraje para tener un ataque de miedo. (Años después, Francisco Coloane me contaba que al concurrir aquella mañana del imborrable setiembre a los funerales de Pablo Neruda, rodeado el poco público de carabineros, de aviadores, de marineros, de milicos, olvidados rabiosamente de que eran pueblo y que tenían ahora al alcance de la mano la venganza de la maldición de serlo, la seguridad y la invulnerabilidad de que podían asesinar a cualquiera y a todos, porque el crimen, el crimen desatado y generalizado se había instalado en La Moneda fusilada e incendiada iluminando con saña el cadáver de Salvador Allende, me contaba Pancho que cuando se disponían los sepultureros a descender el ataúd a la tierra que tanto había caminado y cantado el poeta, sintió un largo escalofrío, tuvo miedo, un miedo pánico, —del dios Pan—, de morir, de morir policialmente en el cementerio, que apretó el brazo de su acompañante y que de repente saltó sobre su miedo y empezó a hablar, sin importarle ya nada, como si hubiera, sin darse cuenta, salvado la raya de la carne que vive y no quiere morir y fuera caminando al lado del inmenso poeta asesinado por el doble cáncer, uno visceral, el otro marcial. No me importó nada, Carlos, no me acordé de nada ni de nadie, sabía que alguien estaba elogiando al gran poeta y creía distinguir y recordar el timbre de esa voz.

Era, agregaba sonriendo, como si el contacto tan evidente y probable de la muerte tuviera algo de vicioso y embriagador y cuando estás borracho bien borracho nada te importa un pucho, sensación tan repentina y repetida en su vida bohemia, de la cual yo había sido, ciertas noches, testigo presencial y actuarial). Sí, en mi caso y ocasión debió ocurrirme algo parecido.


 

Extracto de Diálogos con Alberto Romero, por Carlos Droguett
Publicado en LITERATURA CHILENA, creación y crítica, N°30, otoño de 1984.



Fotografía de Evandro Teixeira.




 




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La matanza del Seguro Obrero, Coloane y el funeral de Neruda...
Extracto de Diálogos con Alberto Romero.
Publicado en LITERATURA CHILENA, creación y crítica, N°30, otoño de 1984.