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Desde Colombia


Felipe Escudero Gómez


UN NUEVO CAMINO

En mi patria se dice que las cosas buenas duran poco y que las demasiado bueno sólo se alcanzan a saborear. Para mi esto tiene mucha veracidad, en cuanto al mundo de las letras se trata. Ese fastuoso mundo de los libros nos permite darnos cuenta de caminos desconocidos, de senderos por donde trasciende el ingenio y la sagacidad; de rumbos que se forjan a través del arduo trabajo del guerrero de letras.

No hace mucho comencé a transitar por un camino sorpresivo, por un sendero enigmático, en el cual he ido encontrando descansos, descensos y largas pendientes, que me hacen sacar fuerza para escalar y ver que hay más allá de la montaña. Así uno a uno los caminos se van recorriendo; ojalá el viaje se hiciera indefinido y cada vez más intransitable, pero no; sólo se degusta, porque es hay en donde esta el secreto de este maravilloso viaje; en la velocidad con que llega y te revoluciona, y vuelve y se va, para atrapar a otro caminante.

Hace poco escuche que la muerte no es el último camino del hombre, no, decía que la muerte es otro de los tantos caminos que deben ser transitados. En este nuevo camino se encuentra un hombre al que no conocí, pero que por medio de sus escritos he aprendido a visualizarlo frente a su maquina o computadora debatiéndose en una lucha acérrima con la palabra correcta para una de sus frases. Lo he visualizado mirando por un balcón pensando como el tiempo-espacio trasciende mientras sus ideas perpetúan la legitimidad de su obra, pero en mi mente se mantiene como Roberto Bolaños el personaje que leí en un periódico de mi país y el cual tuve que buscar como el medicamento de salvación para saborear un poco de su escrita amistad.


PALABRAS MÁS, PALABRAS MENOS

La palabra es un signo de desesperación y desdicha, una metódica herramienta de posibilidad, ó en otras “palabras” una pragmática ilusión de convencimiento. La palabra ha formado y fortalecido imperios. Los majestosos imperios de antaño se mantuvieron estables gracias a su palabra; más específicamente a su retórica. La palabra agrupa y encamina masas.

La palabra se ha convertido en el utensilio infaltable a la hora de devorar los manjares inadecuados de la humanidad. La palabra va unida al convencimiento, sin esto las palabras y mucho menos las frases tendría importancia.

Son millones las palabras y frases que escuchamos a diario, todas ellas con la ferviente posición de convencimiento; ésta cadena cíclica se ha convertido en un grave problema. En realidad todos tenemos algo que decir, nunca falta algo que aportar (con algunas mínimas excepciones), pero todos ó la inmensa mayoría lo hacemos como simples transmisores, no como verdaderos pensadores y por ende emisores. La inmaculada tarea de mantener la boca abierta y no dejar escapar el momento oportuno para hacer un aporte nos mantiene en vilo, expectantes de una aceptación indebida. Cuando se comienza una conversación empezamos a sentir en el ambiente la transformación que va teniendo; desde un principio se comienza a ver los altibajos; todo esto depende del tema de la conversación, y por supuesto de sus integrantes, la diversidad de temas conlleva a que la charla sea amena, revolucionaria, vacía, cómica, académica, sentimental, laboral etc.

Los diálogos tienen sus lideres y súbditos y es aquí en donde empieza la carrera de hombres come hombres.

Ahí estábamos de nuevo con nuestros rostros fatigados, nuestros cuerpos agotados y nuestros espíritus vencidos, todos expectantes a una palabra que abriera nuestra conversación. El cabaret de la calle 30 se había convertido en el santuario de nuestra camaradería por más de 7 años, y ahora que lo pienso no puedo recordar completamente una sola charla que hayamos tenido.

La primera vez que entre en mi casita, nombre del cabaret, me sentí transportado a otro planeta; las luces, el olor, el ambiente, la gente y más que nada la barra me parecían sacados de un cuento de ciencia ficción ó traído desde saturno para ponerlo en la calle 30 y convertirlo en el santuario de asalariados y desempleados. Aquel viernes mi casita estaba sin un solo cuarto desocupada, hasta el baño estaba lleno. La primera impresión me entro de golpe, en una mesa junto a la puerta, estaba mi cuñado Miguel Gómez con dos lindas rubios a ambos lados, yo no lo podía ni lo quería creer; en un primer momento me frote los ojos para cerciorarme de que estaba viendo lo que estaba viendo, después de esto la imagen no cambiaba y lo único que pude pensar fue que el ambiente del cabaret me estaba afectando. No sabía que hacer, si saludarlo y guiñarle el ojo, en sentido de aprobación y lealtad ó salir como quien no vio nada, y luego en una de las fiestas familiares entre tragos decirle como amigo que lo había visto en mi casita con dos machotas. Mientras pensaba en esto, Miguel se levantó y caminó hasta llegar a mí, en ese momento ya estaba acorralado, ya no tenía nada que hacer, sólo calmarme y esperar.

Llegó hasta mí, con esa mirada amigable que le sale a los borrachos cuando están contentos, me golpeó el hombro, me organizó la camisa y me dijo:
- ¡quien ve a mi cuñado Leonidas!, como me salió de pillo, dizque en mi casita y a estas horas.

Las palabras me cayeron como un baldado de agua fría, como sí me despertaran de una bofetada. En los segundos que pasaron, no articule palabra, solo pensaba en que bella era mi suerte; salir del trabajo cansado, apurado por llegar a casa, no coger un bus rápido y lo peor, darme unas ganas impresionantes de orinar, y lo más triste aún es que el único lugar donde podía orinar era en mi casita. La historia de mi casita es particular. Cada mañana que llegaba al trabajo me preguntaba que vida llevaban aquellos hombres que a las 8:30 de la mañana salían del cabaret, sin un peso en el bolsillo y borrachos hasta la medula. Nunca pero nunca me interesó acercarme a aquel lugar. Siempre evitaba cualquier contacto con mi casita, más aún una mañana de sábado, cuando me encontraba comiendo el refrigerio en el segundo piso de la fábrica y observe salir un hombre de mediana estatura, con cabello largo, camisa desabotonada hasta el pecho, unas botas tejanas y media botella de ron en su mano derecha. Me entusiasmé con el desenlace de aquella escena, el hombre caminaba tambaleándose, con los cabellos al viento y una gran sonrisa en su rostro. Yo no lo podía creer, estaba viendo a un hombre con todos los sentidos alterados pasar por en medio de los automóviles sin sufrir ninguna lesión, los esquivaba con maestría y hasta con agrado. Pero mi diversión se acabo de pronto, no porque tuviera que regresar al trabajo, si no porque al valiente personaje se le acabo la suerte. Llevaba atravesada media avenida, cuando un taxi lo elevó hasta el otro sardinel, no podía creer lo que estaba viendo. El borracho se quedó tendido unos segundos; el conductor del taxi se bajó rápidamente, la multitud se agolpó alrededor, en un círculo asfixiante.
Afortunadamente la fábrica esta ubicada en los pisos superiores del edificio Balkares y esto me permitió ver el cómico desenlace.

Se dan cuenta señores, la palabra es posesiva, uno se la da a cualquiera y este la convierte en toda una historia; hasta ahora va una conversación cómica y simple, sin nada de riesgos, ni peligros, y ni mucho menos agresiva, pero es en estas charlas donde comienzan los grandes debates y escándalos; y en el peor de los casos derramamiento de sangre. La palabra, ¡hay por dios si es conflictiva! O mejor dicho, ¡hay del que la tenga!; el que la tenga, que la sepa utilizar, por que se puede hacer daño.

El corrillo de gente crecía cada vez más, de mi casita salían hombres, mujeres y machotes al encuentro del desafortunado borracho, pero antes de que estos lograran llegar a auxiliarlo, se levantó de un brincó y comenzó a gritarle al taxista por la botella quebrada:
-¡me la paagas maalpaarido, voz tuvisteee la culpa, yoo llevaba el carril!

Después de ese día mi casita se convirtió como en el infierno para dios, no debía, ni podía entrar; el solo hecho de pensarlo me erizaba la piel.

Palabras más, palabra menos, hay estaba yo, al asecho de la próxima camada de palabras que me soltara mi cuñado. Sólo pensaba en mi esposa y mis hijos, si se dieran cuenta donde estaba y con quién estaba. Yo que días atrás les había hablado atrocidades de mi casita, yo que les había jurado que primero muerto entraría aquí. En ese momento pensé que aún me quedaba una oportunidad, yo, Leonidas Quintana estaba aquí por una necesidad fisiológica y no por ningún deseo pecaminoso.

-No cuñado, yo solo vengo para el baño, pero mire como esta de lleno.
-Hay Leonidas, no se preocupe, conmigo no tiene que disimular, así llegamos todos aquí, con la excusa del baño, ahora mejor venga y tómese un traguito, mientras le presento unas amiguitas.

Amiguitas, más amiguitas eran los coteros de la galería, estos eran machotas metidos en vestidos de niña de diez años, con el maquillaje de una vieja de sesenta y con la voz de un niño de cinco. Las piernas me temblaban, el corazón me palpitaba señalándome la salida y las ganas de orinar se esfumaron con la invitación a donde la “amiguitas”; no sabía que hacer o que decir; de pronto se me ocurrió la fantástica idea de apelar cansancio, pero cual cansancio, estaba frente a un viejo zorro del cabaret el cual no me dejaría huir fácilmente.

-Por eso estamos aquí, por que estamos cansados y queremos un poco de diversión y cuando de diversión se trata, mi casita es la primera. Además venga y me cuenta de mi hermana Miriam y de los niños.

La palabra, líbrame señor de juntarla con el licor; que mezcla tan provocadora. A pesar de que las tenemos juntas muy a menudo, siempre lo celebraremos como si llevaran años sin verse. En la mayoría del mundo la palabra y el licor son como siameses, que si se separan se mueren. Es así de sencillo, sucumbimos ante la tentación de ser escuchados, ante el innegable deseo de ser dueños y señores de la palabra por unos minutos. La diferenciación entre quienes son más parlanchines, si las mujeres o los hombres, son trivialidades sin importancia, porque al igual, las unas como los otros siempre tendremos algo que contar. La especie humana busca la manera de recrear su limitado mundo, y no se trata del mundo físico, no, se trata del mundo mental. Estamos prestos a contar hiperanécdotas; sin importar quien las escuche, sin tener en cuenta que con una exageración en la palabra podemos crucificar a alguien ó como mínimo ponerlo en graves problemas; en verdad esto importa poco, nosotros sólo buscamos mantener la lengua en movimiento, pero ¿Por qué necesitamos ejercitar tanto la lengua? Por una sencilla razón: en nuestro limitado mundo mental no encontramos nada para hacer, no vemos que más nos pueda generar emociones, no tenemos el ímpetu para realizar cambios y ejercitar nuestro cuerpo. La palabra se ha convertido en la matrona de todas nuestras actividades, sencillamente porque perdimos la capacidad de recrear. Nuestras vidas trascienden en un letargo cegador, en una especie de trance espasmódico, y es aquí donde se desata la cháchara sin control. Si dentro de nuestras vidas pasara algo realmente digno de contar, no lo contaríamos, porque es una experiencia tan revolucionaria que la mantendríamos en constante movimiento dentro de nuestro cerebro, recreándola, vivenciándola, imaginándola y ante todo guardándola, porque es tan nuestra que sería un sacrilegio contarla. Pero llegar a revolucionar nuestro cercado mundo mental es tarea de maestros, es una labor complicada que no se nos esta permitido cumplir. Por lo pronto debemos continuar hablando hasta que la lengua se canse.

¿Los niños?, ¿Miriam?, ¿mi trabajo?, ¿mi salud?, ¿mi empleo?, ¿la fábrica?, ¿el colegio de los niños?, ¿qué en que año están?, ¿qué cuantos años tiene el mayor y cuantos el menor?, ¿qué cuanto pago de arriendo?, ¿qué cuanto me llega de sueldo?, ¿qué si me alcanza la plata?
¿Acaso quién era Miguel, dios ó mi conciencia, ó por el contrario mi agenda personal? Ahí estaba yo, Leonidas Quintana, rumbo a una mesa con mi cuñado que en menos de cinco pasos me había preguntado de todo un poco, y lo peor sin darme tiempo de responder. Las machotas, estaban frente a mí, a la expectativa de una reverencia para saludarlas, pero me encontraba pensando en la fábrica, en que mañana sábado tenía que entrar temprano a terminar un trabajo para el lunes. Anhelaba que se abriera la tierra y me tragara, pero no.
Con toda la delicadeza de una dama refinada, pero con el cuerpo de un caballo pura sangre se levanto una machota.

-¡Hola papito!, como estas. Ven y siéntate con nosotras.

¿Papito? Esa palabra solo estaba permitida para mi niña Valeria, el primer regalito de mi dios. Como se atrevía este armatoste de carne y silicona llamarme así, era que acaso en la escuela no le habían enseñado a respetar a los machos de verdad. Estaba indignado, esta fue la gota que rebaso mi paciencia. Lo había decidido, me iba sin importar mi cuñado, ni su necia invitación, y mucho menos sus machotas.

-Que pena con usted Miguel, pero en verdad mañana tengo que madrugar a trabajar y además estoy muy cansado. Gracias por la invitación, pero en otra oportunidad será.

Había herido la dignidad de borracho de Miguel, había jugado con sus sentimientos de amistad de copas, había infringido una de las leyes de los cabaret; invitación hecha, invitación aceptada. Yo, Leonidas Quintana, hice lo que muy pocos hacen, despreciar unas copas y una amena charla. Si yo, Leonidas, lo había hecho y lo volvería hacer, porque sobre cualquier cosa estaba mi moralidad.

-Bueno cuñado, no lo puedo obligar, al fin y al cabo cada uno hace lo que quiere. Espero que esto quede entre los dos; pero antes de irse cuénteme ¿como va el equipo de la empresa, en que puesto van en el torneo de la B?

No lo podía creer, me había dado la palabra, me había pedido que le contara del equipo, de mí amado equipo, del poderosos equipo de CONTRANSOL. Esta era la primera vez que un familiar me pedía que le hablara de mi pasión, de mi sueño, de mi deporte favorito y lo mejor de todo, me lo había pedido con la sinceridad de los amigos. Ahora estaba tranquilo y relajado, el timón de la conversación lo tomaría yo. Yo prolongaría la conversación hasta donde quisiera, yo decidiría quien habla y quien no.
Solo bastó con una palabra de mi cuñado y unas cuantas copas para que comenzara a ver a las machotas como esbeltas rubias, como mujeres de verdad.

Hoy son ya más de siete años desde aquella tarde de viernes en donde entendí el poder de la palabra; hoy por hoy son sagradas las reuniones para tomarnos unos rones y hablar de todo un poco, charlar acerca de la actualidad, acerca del fútbol mundial y nacional, de las elecciones, de quien será el próximo presidente, de mujeres, de los niños, la familia, del trabajo, de todo un poco. Aunque pensándolo bien nunca llegamos a nada, siempre le damos vueltas a los mismos asuntos por semanas enteras, luego los desechamos y comenzamos con otro. Pero sí tenemos una constante intachable; la de siempre repetir los temas en diferentes épocas del año, sin importar cuantas palabras nos gastemos para decir lo mismo. El viernes de la semana pasada me encontré en el periódico un articulo de un escritor chileno, no recuerdo su nombre, pero si recuerdo claramente el titulo y el tema del articulo; conversaciones amenas, era un análisis acerca de las implicaciones que tienen las charlas entre amigos y de cuales son las agradables y las menos conflictivas. El escritor argumenta que los hombres hablan de tres cosas principalmente; la primera de mujeres, la segunda de deportes y la tercera de la actualidad y que las mujeres hablan de hombres, de la vida en general y de sus cambios físicos. Lo que más me agradó fue cuando habló de las conversaciones menos conflictivas. Para él la menos conflictiva es la charla acerca de la música, su argumento se basaba en que casi nadie sabe de música y por lo tanto cada uno inventa algo sin sentirse superior al otro, todo esto por el miedo a ser descubierto y puesto en ridículo, entonces la conversación transcurre en un ambiente de calma y tranquilidad. Eso lo decía el articulo y hoy quiero ponerlo en practica, pues seré quien diga la primera palabra, pero no se quien diga la ultima.


VIOLACIÓN RACIAL

Todos los días la misma historia, mi padre golpeando la puerta de mi habitación anunciando la hora para ir a la escuela. Levantarme, buscar las viejas pantuflas que nunca encontraba y me llenaban de indignación.

Luego dirigirme al baño, ducharme y estar listo para el desayuno; los mismos dos huevos revueltos rebosantes de sal, el café con leche frío que siempre me causaba problemas estomacales, la arepa quemada en su superficie con profundos poros (obra del cuchillo) por donde se deslizaban las gotas de margarina hasta mi chaleco escolar, a continuación mi padre gritando en mi oído. Cuan torpe y ciego era –mis gafas siempre fueron una frustración para él-. El desayuno era el escalón perfecto para comenzar un mal día.

Mi padre nunca se preocupó por preguntarme si me gustaban los huevos, si el café con leche estaba en su punto o si quería ir a estudiar cada mañana a ver simples monigotes, títeres de la sociedad. No, nunca se atrevió a escucharme.

Mientras mi madre me limpiaba el chaleco con un trapo más sucio aún, yo leía el último capítulo de Razas perdidas de América, un libro bastante voluminoso. En cada capítulo se encontraba una comunidad perdida de un país diferente. Estaba concentrado en el capítulo perteneciente a Perú y la comunidad que estaba leyendo era la más interesante de todo el libro, su nombre era: Los Candámo. Ellos tenían una ley bastante rigurosa, pero necesaria. Cualquier miembro de la tribu que se topara con un extranjero en medio de la selva, debía suicidarse; no debía volver a tener contacto con nadie perteneciente a la comunidad, pero lo extraño era que quien hizo el reportaje, nunca reveló su identidad; y al final del escrito aparecía una frase del editor: “Jamás morirás, iwo hanis inbe espebka nowhate solae yuulopa gellexo”.

Estas palabras giraban en mi cabeza buscando algún significado; en ninguno de los libros anteriores había encontrado nada igual. Mi madre me sacó de aquel trance con una caricia en el rostro, me miró directo a los ojos y me dijo:

-La gran mayoría de lo escrito en ese libro son estupideces y mentiras. Ese libro lo leyó tu padre cuando trabajaba en el ejército y lo único que le escuche decir cuando lo terminó, fue una palabra: ¡Basura!. Así que dámelo. Y toma, ponte el chaleco y vete a estudiar que ya se te hizo tarde.

Entre las miles y miles de personas pertenecientes al planeta tierra, Dios me había dado como padres a los dos seres más resignados y compatibles de todos
–Dios, tal vez te equivocaste al echar los dados conmigo, pero no importa, esta partida va de ida y vuelta-.
No podía dejar de pensar en aquel libro y principalmente en la última frase del editor ¿Qué diablos podrían significar ese montón de palabras extrañas, será que mientras voy rumbo a la escuela habrá algún Candámo suicidándose?.

Cuando salí a la calle mi padre se encontraba en el coche esperándome. Se podía ver aquella inclinación de las cejas, que sólo era una de sus tantas maneras de demostrar su enfado. Me preparé para otra arremetida. Subí al vehículo con tranquilidad, pues ya nada podía perturbarme más. Justo en el momento de cerrar la puerta, mi padre comenzó:

-Acaso usted piensa que yo no debo trabajar para alimentarlo y pagar su estudio. ¿O es que acaso el señorcito cree que de dónde sale el dinero para comprar todos esos aparatos estúpidos que tiene en su habitación, acaso cree que los obsequian por ser hijo mío?, No señor, está muy equivocado, todo esto sale de mi trabajo, de estar 10 horas diarias parado recibiendo clientes en un maldito almacén que ni siquiera he terminado de pagar.

Yo continuaba pensando en las extensas selvas del Perú, en todos los animales exóticos que allí viven, en los caudalosos ríos, en las miles de plantas alucinógenas y en general todo ese hermoso paraíso, destruido por hombres imbéciles como mi padre.

Se indignó aún más cuando se percató que no lo estaba mirando. Me tomó del hombro y me hizo mirarle los ojos. Yo simulé mirarlo, pero en realidad de aquella belleza natural no podía regresar.

-Mire niñito, la próxima vez que le coja la tarde, lo mando a pie para la escuela, para ver si de una vez por todas se empieza a hacer hombrecito como yo, así tenga que discutir con su mamá.

Me amarró el cinturón, se abrochó el suyo, tomó el volante, encendió el carro y dio marcha a nuestro corto recorrido.

Justo en la puerta del garaje la figura de una diminuta mujer hizo detener el auto. Delgada, de apariencia triste; el color de su cabello contrastaba con su ropa negra y andrajosa, sus pies iban al descubierto mostrando a simple vista pequeños hilos de sangre descender por entre sus dedos. Llevaba una bolsa tejida de colores en su pecho y de ella asomaban los brazos y pies de un bebé. Se acercó un poco al vehículo por el costado derecho y la pude observar de cerca.

Su rostro tenía rasgos muy femeninos, sus ojos mostraban todo el sufrimiento de un pueblo y su boca callaba lo que sus ojos gritaban al unísono. –Tal vez no fue buena idea verla de tan cerca-. Pero me entristecí aún más cuando vi su mano izquierda sobre la ventanilla del carro; una mano ampollada con forúnculos rojos a punto de estallar.

Mi padre se apresuró, descendió del carro, lo bordeó y se paró frente a la desgraciada empujándola para sacarla del garaje, el bebé comenzó a llorar.

Ninguno de los vecinos vino a curiosear. Mi padre alzaba la voz cada vez más, ella lo miraba extrañada sin poder entender lo que le decía. Yo bajé la ventanilla lo más rápido posible intentando escuchar la recriminación, pero cuando la ventanilla estuvo completamente abajo, ella ya caminaba rumbo a la calle. Antes de cruzar la esquina, volteó y me miró con lágrimas en sus ojos, en ese momento recordé la foto del libro…Era ella en persona, la perteneciente a la comunidad perdida.

Mi padre se subió al carro, masculló algunas sandeces, lo encendió y partimos.
El camino a mi escuela era realmente corto, no más de 3 ó 4 Km.; llegamos justo a las 7:05 de la mañana y el Director Juárez estaba a punto de cerrar la puerta. Mi padre bajó del carro, abrió mi puerta, desabrochó mi cinturón y me puso en el piso. Corrimos hasta la entrada, el señor Juárez nos escrutó sagazmente, saludo a papá de mano y a mí me pellizcó un cachete, luego de esto dijo:
-Esta es la tercera vez que Miguel llega tarde en menos de un mes señor Sánchez. Espero que no vuelva a ocurrir.

Sánchez tomó aire, respiró hondo, se pasó la mano por la frente secándose unas gotas de sudor que comenzaban a bajarle por el rostro. Arregló su camisa y contestó:
No se preocupe señor Juárez, la verdad hoy tuvimos un pequeño inconveniente, pero le aseguro que no volverá a suceder.

Desde el auto me guiño el ojo, sacó su rostro por la ventanilla y gritó:
- Nos vemos en casa hijo, que tengas suerte hoy.

…Y se marchó.

Apariencias, siempre apariencias. Intentando por todos los medios posibles demostrar algo que no se es, pero lo más ridículo es que aquellos a quienes se les quiere demostrar, saben las condiciones de cada uno. Los humanos están prestos a preocuparse por los asuntos de otros, saben que sus propios asuntos son tan confusos que les da pánico mirarlos.

- ¡Dios, sabes que es de ida y vuelta!-

El día en la escuela transcurrió como todos los anteriores; niños y niñas repitiendo la lección durante toda la jornada. –No logro entender cómo nos creemos la raza superior-.
La hora de descanso es la mejor del día para mí. Todos los chiquinbéciles salen al patio a gritar y a golpearse como salvajes, corren durante 30 min. seguidos, unos detrás de otros a la espera no se de qué. Por lo pronto me quedo en el salón, tocando mi quena, escuchándome y pensando si todos los niños del mundo serán iguales, o si por el contrario fui cazado por error.

Caminé rumbo a la casa, pero antes me detuve en el parque central a observar las palomas y a darles un poco de maíz. Me parece bastante relajante observar el vuelo sincronizado de estos animales, se rozan levemente pero nunca se estrellan, para mí es un movimiento parabólico constante en caída libre. Comí mi emparedado de queso con mermelada, antes me hubiera sido imposible comerlo, aún tenía el sabor de la sal en mi boca y los huevos flotando en mi estómago.
Pasando por el garaje recordé el incidente de la mañana. De nuevo vino a mi mente el recuerdo de aquella nativa; tan sencilla, tan especial, tan tranquila, tan pasiva, tan inocente, pero a la vez tan inteligente, tan llena de vida, pero tan desgraciada. Caminé hasta la puerta trasera y subí los escalones.

En la entrada comencé a escuchar ruidos extraños, provenientes de la cocina. Descargue mi maleta con sigilo, saqué la escuadra de madera, caminé en la punta de los pies hasta la puerta de la cocina. Los ruidos eran cada vez más fuertes. Abrí la puerta con mucho cuidado, dándome el beneficio de la sorpresa.

Sobre el comedor de la cocina se encontraba la nativa gritando y resoplando; encima de ella se encontraba papá introduciéndole su polla hasta el fondo. El bebé no estaba por ningún lado.
Ella fue la primera en percatarse de mi presencia y al verme abrió sus grandes ojos, lloró, se levantó y repitió tres veces:

“iwo hanis inbe espebka nowhate solae yuulopa gellexo”.

Salí…

 



ESCLAVITUD

El delicado movimiento de las cucarachas en las paredes de papel, causaba un insoportable sonido. Lewis sentía cada paso como un desgarrador robo de su intranquilo pero necesario sueño. Cada noche los bichos se reunían a ambos costados de su cabeza, alimentándose de los residuos de sudor, polvo, caspa y delicioso gel. Todos los días era la misma desagradable historia, despertarse en medio de la noche con animales en su pelo produciéndole horribles sensaciones, que lo hacían levantarse de un solo salto para ir en busca del fregadero. Los problemas no solo estaban en tener que dormir rodeado de bichos, sino la exactitud temporal con la que llegaban. Siempre estaban presentes entre las 12:30 p.m. y la 1:15 a.m. No tenía durante todo el día ni un solo momento de tranquilidad, siempre se encontraba rodeado de innecesarias personas que lo único que hacían era perturbarle su confundida existencia. Bichos, mujeres, hombres, perros, gatos, jefes, secretarias, recepcionistas y otras desagradables compañías se presentaban a diario para repetir el maquinal juego de las horas.
A las 12:39 de la noche una cucaracha vino a posarse en su oreja derecha, causando un ensordecedor sonido de repiqueteos y una sensación de terror. Lewis con un movimiento ágil saltó de la cama, se dirigió al baño y abrió el fregadero en espera de un poco de agua caliente, e introdujo la cabeza enjuagándose la oreja. Mientras las gotas caían, iba pensando en los años perdidos en una vieja escuela, donde la enseñanza no pasaba de unas cuantas palabras y unas insignificantes sumas y restas. Sus pensamientos se mezclaban con recuerdos de su infancia que le producían rabia por todo el tiempo perdido, buscando un sueño que en ningún momento fue suyo, sino fabricado, elaborado y supervisado por sus padres, amigos y familiares.

Desde el día de su nacimiento hasta hoy su vida se desdibujaba lentamente, esperando la hora de la muerte.

Las apariencias de llegar a convertirse en un hombre responsable, honesto, sano y moralmente necesario para la sociedad, lo arrastraron a vivir 30 años de su vida a la sombra del mundo; opacado en un trabajo esclavizador, en un apartamento viejo y en un barrio inculto para su alcurnia; llevando una vida tranquila y normal para muchos, pero desesperante y ficticia para los que la padecen.

Las trivialidades, los pormenores y los pequeños problemas nos hacen esclavos de buscar problemas aún mayores. Amarrarse los zapatos a diario, introducir delgadas tiras de hilo en los vestidos de antaño, y observar como se caen una por una las cerdas del desvalido cepillo de dientes, a la espera de un nuevo cambio.

Miles, millones de inconvenientes que dejamos pasar por miedo a la desazón pública, a una revolución de pensamiento, a vivir realmente.

Terminó de lavarse la cara, se secó con la manga de la pijama y se contempló en el espejo por unos segundos, pensando en lo desagradable de tener que volver a su cama con esos bichos al acecho.
Pensó en realizar un cambio, en no retornar, en quedarse el resto de la noche durmiendo sobre el escusado, protegiéndose del frío con la toalla. Levantó su rostro en señal de desafío y triunfo, un triunfo ganado con esmero, decisión y pericia.

En el instante en que volteó para mirar el escusado, sintió desagrado. Dormir en aquel escusado, con millones de gérmenes, donde se producen miles de olores, y además si llegara alguien y lo encontrara durmiendo en el baño, lo tildaría de loco, de maniaco, de esquizofrénico, y otras cosas más.

Con este último pensamiento contrajo su pecho, quitó su mirada desafiante y triunfadora, regresando a su estado normal, sombrío y maquinal.

Así, volvió a la cama donde lo esperaban cadenas, ataduras, tabúes, trivialidades, sofismas, mentiras, engaños y por supuesto cucarachas.





Mi nombre es Felipe Escudero Gómez tengo 21 años y soy de Manizales, Colombia.
mi dirección electrónica: escudero_31@hotmail.com


 

 

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