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Dos poetas de "Orfeo"

"Para saber y cantar", de Floridor Pérez y "Poemas de las cosas olvidadas" de Jaime Quezada.

Por Hernán del Solar
Publicado en El Mercurio, 11 de septiembre de 1965

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El verso es numeroso en Chile. Nunca ha escaseado. A veces, ágiles prestidigitadores lo hacen pasar por poesía. Pero se les descubre pronto la treta.

Dar una mirada alrededor de las publicaciones en verso араrecidas en algunos de estos años es ver, repetidamente, al mismo versista con distintos nombres. Todos están tratando de distinguirse y cada vez se asemejan más entre sí, tanto que se diría que no hay sino uno, innumerablemente repartido hacia los cuatro vientos.

La actitud que sostienen es idéntica, sin cambio de un versista a otro. Son pequeños hechiceros de tribu que han entrado en frenético delirio. Qué dicen. Nadie lo sabrá nunca. Y como se asegura —con cierta exactitud— que la poesía no se explica, ellos —muy dichosos— están en lo suyo haciendo una poesía inexplicable.

Lo lastimoso de este hecho, que cualquier lector más o menos atento ha podido observar, es que —tal vez por la fuerza del número— toda aquella gente hace tanto ruido que el verdadero poeta, cuando de tarde en tarde asoma, apenas se oye. Entonces el lector se desorienta.

El versificador le insinúa a este lector desorientado una superchería que no se rechaza. "La poesía va conmigo —le dice—. No trates de entenderla. Y admírala". El lector siente que no hay comunicación posible entre él y el fabricante de poesía. Va y viene en torno a los versos. Trata de entrar en el ámbito cerrado. Nada consigue y se marcha asegurando que la poesía no se ha hecho para él. De aquí que el versificador esté cada día más solo. El poeta, en cambio, no lo está nunca.

La soledad del versificador se traduce en pequeños aullidos rítmicos rodeados de imágenes contrahechas. No falta quien los alabe, y para que nadie se atreva a discutir la alabanza se suele manifestar: "Silencio, ¡Abajo el sombrero! Esta es poesía metafísica”.

El vértigo engañoso que ha dejado a la poesía durante no poco tiempo de casi todos los sitios en que se la aguarda, comienza a desvanecerse. Poetas jóvenes —auténticos, llenos de vitalidad y de alegría creadoras— están llegando a nuestra literatura poética, donde otros poetas les acogen con cordialidad sobradamente merecida.

Jorge Teillier es uno de estos poetas acogedores. Dueño de esa sutil sabiduría de vivir que impone la poesía —en el poema— a quienes van con ella humildes y dichosos, Teillier hace ya buen tiempo que encontró en la sencillez y la claridad la guiadora estrella del canto. Es de esos poetas que no sólo escriben hermosos versos sino que se interesan por recibirlos ampliamente, cualesquiera sean los tiempos y lugares de donde los tiempos y lugares vengan. Lo ha demostrado en su revista "Orfeo", destinada únicamente a la poesía.

En compañía de Jorge Vélez, estuvo publicando la revista. Ahora pasan de ella, sin abandonarla, sin embargo, a la Colección Orfeo, que se preocupa de presentar a poetas jóvenes que escasamente han publicado algo en revistas y tienen suficiente talento para exigirnos detenida atención. Han aparecido dos breves obras, en la "Serie inéditos". El primero se titula "Para saber y cantar", y lo firma Floridor Pérez. El segundo es de Jaime Quezada: "Poemas de las cosas olvidadas".

Ambos poetas, a diferencia de una mayoría gesticulante, hermética, vertiginosa de cerebro y vocabulario, no se hallan escondidos en una nebulosa por descubrir. Son hombres. Viven en la tierra, la nuestra, y no odian la vida ni a sus semejantes. Creen que la poesía es una actividad. Ejercerla lo mejor posible es noble y bello. ¿Cómo se la ejerce dignamente? Sin recurrir, desde luego, al engaño. La poesía se hace con palabras y a éstas hay que amarlas, conocerlas, dirigirlas, darles la posibilidad de que engrandezcan acarreando verdad y vida al poema. Las palabras mejores son las naturales, las que acuden espontáneamente, aquéllas que todos usan. El poeta verdadero conoce el secreto de emplearlas con tal destreza que parecen nuevas, recién brotadas, tan henchidas de significación que en el poema adquieren la virtud de revelar, sin esfuerzo, la realidad más honda, esa invisible realidad que envuelve a los seres y las cosas, y que el poeta es el llamado a descubrirnos.

Floridor Pérez y Jaime Quezada no buscan grandes temas, no se atormentan imponiéndola al verso la tarea de fabricar enigmas. Para ellos, la vida es bellamente misteriosa y, buenos poetas, se entregan al quehacer de ir esclareciendo sus misterios. De este modo, las grandes cosas, lo mismo que las pequeñas, son gratas a la poesía, la transfiguradora por excelencia y la única que sabe explicar, desde luego, el secreto de la poesía. Como estos dos jóvenes poetas están en un determinado lugar del mundo, lo que hacen es mirar a su alrededor y recoger las enseñanzas de la mirada y los demás sentidos. Ateniéndose a sus lecciones, la realidad sensible se torna en raíz del canto.

"Vengan a cantar, pájaros amigos del huerto", pide Floridor Pérez. Y los pájaros se ponen a cantar en sus poemas, dándole toda una conmovida visión del mundo, que empieza su formación en la infancia.

"Estoy abriendo surcos con el ala desnuda de un gorrión muerto
para sembrar semillas de olivos y palomas"

—le oímos decir a Jaime Quezada, que de su siembra poética recoge el corazón florecido de nostalgias y frágiles, perdurables conocimientos.

Es una gozosa obligación la de señalar a dos poetas que vienen a afirmarnos, con imágenes sencillas y luminosas, que la vida vale la pena de vivirse.


 


 

 



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Por Hernán del Solar
Publicado en El Mercurio, 11 de septiembre de 1965