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Floridor Pérez, un hijo de la tierra

Por Ignacio Valente
Publicado en Revista de Libros de El Mercurio, 29 de Septiembre de 2019



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Muy pocos poetas nuestros pueden ser llamados así, hijos de la tierra, con tanta propiedad como Floridor Pérez. No hablo en sentido geográfico, sino —con perdón— antropológico, el de las raíces profundas de la identidad personal.

Hacia fines de los años sesenta comenzó a aparecer por Santiago ese joven poeta, más Floridor que Pérez (costaba decirle Pérez, porque su personalidad estaba en el nombre de pila). Venía de un lugar casi mítico llamado Mortandad (Los Ángeles), donde había trabajado como profesor rural durante quince años. Llegó a la capital envuelto en un aura casi legendaria, debido a su mistraliano oficio y al lugar donde lo había desempeñado, y debido también a su temple inconfundible de sencillez y sinceridad. No llegó detrás de ninguna máscara: él era así. No hay en Chile muchos poetas de personalidad modesta, y por esa cualidad moral, entre muchas otras, se singularizó este sureño de tomo y lomo.

La calidad más evidente de su poesía es el ingenio: el aire juguetón del que se divierte escribiendo, y que parece no tomarse nada en serio. A poco andar, sin embargo, descubre el lector que esa gracia ligera es su propia manera de afrontar los desafíos de la vida, incluso los más dramáticos, como la relegación y la prisión, despojándolos de toda solemnidad.

A ese ingenio suyo se suman, en su obra poética, la brevedad y la concisión, un humor benévolo y sin sarcasmo, y la calidez afectiva de su palabra, que en lo verbal se concentraba allí donde se concentraba también su propia vida: en el amor de su mujer, Natacha, que por eso mismo llegó a participar de aquel aire legendario suyo. Pues tampoco habrá en Chile muchas mujeres cuyos maridos poetas las hayan querido tanto. Los poemas de amor en clave anecdótica y simpática se cuentan entre los mejores que escribió.

Léase, por ejemplo, este singular texto, un intercambio epistolar con Natacha, donde él parte diciendo: "No puedo vivir sin ti, cariño". A lo que ella responde: "¿Y por qué vas a vivir sin mí, carajo?/ Me tienes y te tengo/ y es lo único que tengo/ No se lo pedí a Frei/ No me lo dio Allende/ No me lo quitará la Junta Militar". Se notará el fuerte contrapunto entre los dos vocativos, el "cariño" de él y el "carajo" de ella, trabajados de tal modo que el contexto confiere a "carajo" una carga amorosa mucho más intensa que el convencional "cariño" del comienzo. Estamos ante un buen ejemplar de ese tipo de poema que entrelaza la dimensión política y la amatoria de una biografía, potenciando esta última precisamente a partir de lo precario de la primera.

La poesía de Pérez (perdón, de Floridor) se mueve en el horizonte de Parra, en un sentido bastante genérico, casi de época: es poesía de situación y de anécdota, escrita en el habla coloquial, pero carente de parodia y de ironía, salvo cuando esta última es incapaz de herir. El otro punto de referencia sería Ernesto Cardenal, sobre todo en el caso de la poesía política: los poemas de Cartas de prisionero y otros sobre el gobierno de Pinochet recogen ecos de la poesía del nicaragüense contra la tiranía de Somoza, pero en una tonalidad más delgada y a veces humorística.

Con frecuencia se escriben hoy en Chile poemas breves y ligeros, de ambición mínima, escasos de imagen, de relato, de idea, de fonética, que apenas han empezado a decir algo, a sugerir algo, cuando ya se están cerrando con un toque... mínimo. No debe confundirse ese inexpresivo minimismo con el tono menor casi programático de Pérez, que por lo general tiene fuerza significativa y emocional.

Citaré, por ejemplo, el breve y ocurrente "Cierto que tardé", cuyo timbre sumamente original se funda en el poder expresivo del número al servicio del sentido amoroso: "Cierto que tardé mucho en encontrarte/ pero eran cuatro millones doscientas/ cuarenta y ocho mil quinientas treinta/ las chilenas, cuando salía buscarte!". En este hermoso poema de amor se revela, de manera implícita por cuantitativa y casi demográfica, pero mejor que si fuera explícita, el carácter único del amor y de la mujer amada, la única e intransferible entre las 4.248.530 posibles.

Estos cuatro versos me recuerdan el mismo problema que plantea Sándor Márai en La mujer única, solo que el húngaro lo resuelve en forma más bien negativa —no hay tal mujer—, si la comparamos con el liviano pero poderoso optimismo del amante chileno. Y todavía, se aprecia bien aquí la justeza con que amor y número cobran forma en este cuarteto de versos endecasílabos con rima consonante (en -arte) y asonante (en e-a) de tipo a-b-b-a. Porque el poeta se maneja bastante bien en el verso métrico y en el verso libre.

Sin Floridor Pérez le faltará algo a nuestra poesía y a nuestro ambiente literario. Se echarán de menos su sencillez y bonhomía personal, su sentido del humor y la fina levedad de sus poemas.



 

 

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Floridor Pérez, un hijo de la tierra
Por Ignacio Valente
Publicado en Revista de Libros de El Mercurio, 29 de Septiembre de 2019