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Poesía y Técnica:
a propósito del destino del poema en la Modernidad


Por Felipe Ruiz Valencia

Existe un equilibrio curioso entre crítica y poesía. Mientras la crítica expresa el saber, la poesía es expresión del ser. Sobre lo primero nos advierte, de cierto modo, Hegel en las célebres Lecciones de estética. En la medida en que el arte ya ha desplegado en la historia del espíritu sus contradicciones parciales se resuelve su historia particular: su verdad. El saber sobre esa historia es tarea de la filosofía del arte, es decir, de la estética. La estética como voluntad de juicio, la estética como voluntad de saber: “El pensamiento y la reflexión han rebasado al arte. Estamos más allá del poder venerar al arte como si fuera algo divino; la impresión que nos producen es de tipo reflexivo, y lo que suscita en nosotros requiere una superior piedra de toque y una acreditación de otro tipo”.

Hegel apuesta por un concepto clave en el idealismo alemán, que es el de la escisión. La superación de la escisión es la curación de la herida de la cual la poesía, como arte ejemplar, es su testimonio. Hegel, sin embargo, ausculta esa herida como buen dialéctico, es decir, señalando el principio de contradicción bajo cual la herida no cierra del todo, supura como prima incandescente del origen. La poesía es la afección de la pérdida que el saber, según Hegel, busca borrar.

En el momento de superación, sin embargo, Hegel hace imposible la coexistencia entre saber y poesía. El momento del saber es superación de la poesía. En esto Hegel coincide con Holderlin, y, guardando futuros resguardos, con el Heidegger de El origen de la obra de arte. Los tres, afirman una intimidad inherente entre arte y poesía, que en la tradición de la metafísica ha dado lugar a una relación teleológica: la poesía es la finalidad del arte o el momento mayor de la Idea.

Hegel y Holderlin coinciden, además, en que la escisión, la herida, se da en el singular a través de la experiencia del inmemorial. Poesía como acontecimiento y experiencia, acontecimiento de la escisión, experiencia de lo inmemorial. El saber no puede dar cuenta de la experiencia, sino sólo del acontecimiento. El acontecimiento instaura, así, el lugar de lo nuevo, y da, en ese sentido, lugar a la pérdida. La poesía es la afección de la pérdida que el saber busca borrar: la memoria como dimensión del inconsciente de la modernidad. Eso que la tradición alemana denomina Undenken. La noción de “lugar del poema” en Heidegger es la culminación lógica, sin embargo, del giro hegeliano. Es el momento en que acontecimiento y experiencia se singularizan en un momento único y a la vez fundante. Volveremos sobre esto más adelante.

El saber hegeliano – la estética – busca borrar la memoria, la experiencia inmemorial, dejando sólo la escisión a condición de que aquella exprese el acontecimiento. De allí que el arte, según Hegel, no pueda dar cuenta de la nueva relación del saber y del espíritu, del cual antaño busco un principio de administración. Es el juicio, el concepto, el llamado a administrar el mundo, el llamado a dar cuenta de los nuevos aconteceres. Hay, sin embargo, una profunda operación lógica que en este pensamiento nos lleva a pensar que el saber no es, finalmente, sino otro eslabón más en una cadena que continúa a modo ejemplar con la técnica. Si Hegel se pone a sí mismo, su saber, en medio del desarrollo del espíritu es porque se considera en su culminación. El sujeto Hegel encarna esa figura que Richard Rorty denomina el “profeta ascético” y que no vendría a encarnar otra cosa que una nueva figura de la experiencia del inmemorial. En efecto, si es el Espíritu el que engendra en Hegel el saber del espíritu, es porque el pensamiento hegeliano y el sujeto Hegel difieren también, como un pensamiento poético que busca sustraer lo poético para dejar florecer el concepto puro.

En uno de los epílogos de Arte y Poesía nos advierte Heidegger que cualquier intento de esbozar una filosofía sobre el arte poshegeliano debe enfrentarse a la tesis del propio Hegel acerca de la muerte del arte. Pablo Oyarzún señala que dicho epílogo es reiterado por Heidegger en multitud de otros momentos, y encuentran quizás una resolución efectiva a partir de la noción de “lugar del poema” a la que nos referiremos ahora para esbozar cómo, a partir de Hegel, como momento de clausura y apertura, es posible esbozar el desarrollo de la metafísica como momentos sucesivos de acercamientos a la técnica, al engendramiento de la técnica en el discursos así denominado posmoderno.

A partir de la posición de Benjamín en Poesía y Capitalismo es posible sostener que, en el Paris del Segundo Imperio, experimenta el poema una mudanza, un cambio de lugar. La modernidad, y en esto podemos concederle a Hegel una temprana lucidez, instaura el acontecimiento de una muerte, aunque sea una muerte que se viva. El lugar del poema es siempre el propio poema, no el de la poesía. El lugar que inscribe o instala el poema para sí es, a su vez, el punto de retiro de la poesía. Y es el saber quien fuerza ese retiro, es el propio movimiento del cambio de lugar el que instaura el retiro de la poesía en el seno de la modernidad.

En Benjamín el nuevo lugar se expresa en la emergencia de la ciudad. La ciudad es el escenario en el cual el poeta se somete a un nuevo juego y a nuevas reglas. Se trata siempre del “flaneur”, sujeto que liquida la figura bucólica del poeta del lar, donde el territorio es vivido como espacio de vivienda, no como paisaje. El flaneur instala, para Benjamín, una figura donde el lugar es experiencia sobre todo visual, y el poeta es testigo sobre todo ocular de la ciudad: “el escritor, una vez que ha puesto el pie en el mercado, mira el panorama en derredor. Un nuevo género literario ha abierto sus primeras intentonas de orientación. Es una literatura panorámica”.

La ciudad inscribe a su vez la pérdida como experiencia y herida. Ya no más será la poesía un espacio donde el lenguaje sea el reiterado rito del origen. Ahora, el poema es llamado a ritualizar el duelo. Se produce la escisión así como el acontecimiento, y es la herida su marca, su cicatriz.

El poeta encuentra en la bohemia el nuevo lar. La bohemia de fines del siglo XIX es el lugar ideal para que el poeta y el conspirador – centro del análisis marxiano del Paris del Segundo Imperio – se encuentren. La bohemia, de hecho, no es otra cosa que el encuentro. Se trata, de momento, de la situación por la que el poeta da testimonio de la escisión a partir de su acontecimiento, es decir, del nacimiento de la clase proletaria. La clase proletaria, señala Benjamín, inscribe en su sino el origen de la pérdida. Benjamín anota de Flaubert: “digo ¡viva la revolución!, igual que diría ¡viva la destrucción!, ¡viva la penitencia!, ¡viva el castigo!, ¡viva la muerte!”

La poesía de Baudelaire es simbólica en el sentido mismo que inscribe al mal en el territorio de la pérdida. Sin ese simbólico no es posible hablar de poema. Y escaparía a nuestro juicio cualquier noción de cambio de lugar. En este sentido, se podría decir que sólo bajo la noción de lugar es posible hablar de acontecimiento, de circunstancia, y he allí la paradoja: siendo que “lugar” define siempre una noción topológica del acontecer (del acontecer del Espíritu, en última instancia), la escisión obliga a someter ese lugar al orden del tiempo y la situación. Lo simbólico inscribe la muerte en el horizonte del mundo, y da lugar al poema y a la vez a su crítica.

En Heidegger la noción de lugar es el acontecimiento mismo. Ese lugar se inscribe como un lugar dejado o como un dejar lugar, en la medida en que se convierte en un todo inasible en el acontecer disperso. El acontecimiento es así, a su vez, el momento de la experiencia, siendo el lugar un único sublime de totalización del ser. El lugar en Heidegger es así un concepto que busca superar la escisión, borrar la herida abierta en la tradición de la metafísica. Es una respuesta a Hegel. La noción de “lugar del poema” difiere así considerablemente de lo que podríamos pensar al modo hegeliano en la misma medida en que el poema debe regirse ya bajo reglas que instan a pensar la superación de la escisión, el florecer del acontecimiento puro. Y lo que esto conlleva es que la noción misma de poema muta: cuando Heidegger analiza el “poema de Trakl” no se está refiriendo a un texto particular dentro de la producción de un sujeto, sino como al acontecimiento total del cual y al cual cada poema se refiere. Heidegger se refiere a este acontecimiento de manera bastante hiperbólica, del siguiente modo: a) cada gran poeta poetiza a partir de un único poema b) el poema de un poeta permanece inexpreso y c) Del lugar del poema mana la onda que mantiene al poeta en su decir poético.

El poema inexpreso es lo único que puede mantenerse a resguardo de toda tecné, dando lugar así al acontecimiento puro, modo por el cual Heidegger busca apartarse de la tradición metafísica y de sus posibles consecuencias no buscadas. En la tradición hegeliana y poshegeliana cualquier tipo de “movimiento” debe habérselas con el acontecimiento y la experiencia consideradas en su escisión. Sólo en la escisión es posible considerar, como hemos visto, al poema como una unidad autónoma y circunscrita a una situación. Sólo en la escisión, además, compadece la crítica como momento efectivo de lectura del acontecimiento. El intento heideggeriano de superación de la escisión está profundamente relacionado con su idea del “olvido del ser” en la época de la cosmovisión. Como en ella señala, la cosmovisión no es meramente una imagen del mundo sino el mundo entendido como imagen. La remisión del poema a un lugar ideal, la remisión del poeta a un poema, confiere al mundo una relectura ideal de su constitución. Se trata de un pensamiento en que el lugar obligue a toda atención, lugar como reunión que trae todo así.

El lugar confiere a la totalidad un momento de superación de la dialéctica. En su análisis de Trakl, Heidegger señala que el destino histórico de occidente es también el destino del linaje humano, la superación de la escisión salvaje y conflictiva de los sexos. Esta escisión corrompe y traiciona al hombre, por lo que Heidegger llama a una superación en una duplicidad simple. El lugar del poema es la experiencia del acontecimiento histórico esencial, desde el que la historia misma es nuevamente posible. Y no hay que descuidar el echo de que esta sea “nuevamente posible” pues el lugar siempre es y solo es nada más que una posibilidad. Y dentro de esta posibilidad no sólo cabe la feliz resolución sino también la pérdida, de nuevo, de la identidad primera. Hay fuertes razones que nos llevan a pensar que en la noción de lugar estaría dejándose de lado la situación del sujeto mismo, quien termina siendo nada más que un escombro dentro del movimiento de re- torno. La persona termina siendo un trazo en el desarrollo de la experiencia, cuestión que abre la aventura fascista en toda su magnitud. En el análisis heideggeriano de Trakl se olvida la condición de este como existente, transformándose el análisis en pura experiencia de lo inmemorial. Se pierde así el acontecimiento, o este, en vez de transformarse en superación, termina siendo diezmado por la experiencia. Ello nos lleva a pensar qué pasa cuando una visión “esencialista” tiene lugar, como acontecimiento, en un mundo donde una técnica a alcanzado un grado de autoconciencia y desarrollo tal que le permite vivirse a sí como experiencia. O en otras palabras, ¿no existiría, acaso, una comunión entre técnica y superación de la escisión, un empalme que nos permite hablar de que antes que la superación es necesaria la violencia generalizada de los signos, su intercambio brutal por medio de la técnica?

Para Heidegger, es el habla la que habla a través de nosotros. Habría una recíproca destinación entre humanidad y lenguaje. Es allí donde la noción de lugar engarza en la idea de reunión. Pues tanto como existe en lo humano una extrañeza del mundo, existe en el mundo una extrañeza del hombre, del cual el lenguaje guardaría un residuo inasible. Habría una extraña paradoja, entonces, en decir que habría una concomitancia secreta entre técnica y esencialismo, pues mientras en el romanticismo heideggeriano la reunión es el destino, pareciera como si la realidad técnica diversificara los puntos nodales, abriendo así la posibilidad a pensar el mundo como fundado en la escisión. Así, al menos, hemos quedado claro conserva la huella moderna de la poesía en Baudelaire un índice notable en este sentido. Si el destino es la escisión el destino es la diferencia, y de alguna manera, paradójicamente, siempre, el poema de la escisión en la escisión genera un movimiento reversible. El destino, así, sea reunión o escisión, determina que la técnica sea considerada como liberación (proletariado) o como dominación. En Heidegger, finalmente, al ser el lugar el acontecimiento, termina siendo el mismo lugar experiencia en la dominación técnica, experiencia de la técnica. Es lo que el autor alemán denomina como Gestle: donde la técnica nunca es técnica, sino el destello del ser.

 
 

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Poesía y Técnica: a propósito del destino del poema en la Modernidad.
Por Felipe Ruiz Valencia.
Agosto de 2005.