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UN COMUNICADO RADIAL

Por Georges Aguayo

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Me despierto con la impresión de haber dormido poco, el reloj despertador indica que fueron ocho horas, pero mi cuerpo reacciona como si todavía tuviera mucho sueño. Mientras   me levanto me hago algunas preguntas en la mente, desde hace unos días todo está patas para arriba, el ambiente está enrarecido, las cosas ya no están en el sitio donde deberían estar. No me gusta el programa que la radio local transmite a esta hora, un primer reflejo sería prender el aparato que tengo encima del velador, pero no lo hago. Prefiero seguir cavilando… En esta casa no hay ducha, lleno un lavatorio con agua, después que termino de lavarme y de vestirme tomo un desayuno bien frugal, porque no dispongo de mucha plata para hacer compras. Hace unos días con mi prima Grimilda, Fernando, su hijo ya mayor, y Luis, su marido boliviano, fuimos a un restaurante especializado en parrilladas, no recuerdo el nombre de este local, mi cerebro necesita, cuando tiene muchas cosas que procesar, olvidar los detalles menos importantes. Lucho pidió una botella de vino tinto, yo tenía una gaseosa, pero igual me tome un vaso, como nunca bebo alcohol, termine un poco mareado …. Durante esta noche, Lucho dijo que debíamos disfrutar de este momento, porque, seguramente, esta era  la última vez que estamos todos juntos; unas palabras parecidas a las que pronuncio Jesús durante la Última Cena  - Luis había  logrado ingresar  en el  país  disfrazado de cura,  con mi prima Grimilda  fuimos a esperarlo a la estación, cuando llego  a esta ciudad  estaba  agotado,   el viaje lo había  en   segunda clase  desde la Paz,   no había podido  dormir  mucho, su  vagón   estaba repleto de   mujeres  aymaras, de sombrero y faldas multicolores, que a cambio de un buen  cocaví  le pedían  consejos  espirituales, por suerte el falso  cura había estudiado en colegios católicos y pudo improvisar  algunas frases, con el tono  que  convenia  a la situación, este papel  de cura lo encarnaba tan bien; que en Ollague sus documentos falsos no despertaron sospechas y paso colado. Dado su indumentaria el reencuentro con mi prima Grimilda fue muy formal, ningún contacto físico, solo un saludo verbal, las efusiones sentimentales vendrían más tarde, primero debía deshacerse de la sotana - mi prima Grimilda le regaño diciéndole que se estaba poniendo demasiado lúgubre. Después que terminamos de cenar, Fernando se volvió de inmediato a su casa, hacía unos días había sido padre, por primera vez, no podía quedarse mucho rato más, mi prima   Grimilda, Lucho y yo pasamos a otro boliche donde ellos pidieron aguardiente a mí también me hubiera gustado tomarme una copa, pero visto mi cara adolescente tuve que contentarme con otra gaseosa…Cuando llegamos a casa, en lugar de irse a dormir, Lucho se preparó una taza de café. Con el aparato, que ahora está encima del velador, durante un buen rato estuvo oyendo emisoras bolivianas; oriundo de Santa Cruz, una urbe situada en la Amazonia, me parece, pienso que no podía escuchar programas de su ciudad natal, pero si   las emisoras de la Paz. …Por suerte antes que nos perdiéramos de vista mi prima Grimilda tuvo tiempo de entregarme una copia de las llaves y puedo entrar en esta casa. Como solo puedo conversar con los muros, cuando vengo las horas se me hacen largas, a veces veo un poco la televisión, pero la apago luego, la imagen no es buena. Este barrio no es muy tranquilo, a pocos metros de esta casa, la calle Eduardo Abaroa(*) termina en una punta de diamante, donde hay una bencinera, el tránsito de vehículos es permanente, cuando pasa un camión las ventanas tiemblan. Ya son las siete y media, me pongo la chaqueta del uniforme y me voy, respetando las instrucciones de mi prima Grimilda cierro la puerta con doble llave. En el paradero del bus me encuentro con dos tipos de unos cuarenta años, parecen demasiado bien vestidos para el lugar, mientras uno parece vigilar la llegada del bus, el otro lee el diario de la mañana.  Estos tipos no se suben, cuando el bus se detiene en el paradero. En cuanto   a mí, yo me apuro en ocupar el único banco que venía desocupado. Dejando a otras personas de pie…. Miro por la ventana como desfilan las calles, con disgusto, esta ciudad nunca me agradara, prefiero el ambiente que hay en el campamento, donde, si las informaciones de mis familiares son exactas, hay algunos que les encanta contar historias falsas, nació el autor de mis días.  En el paradero de  la última manzana de la ciudad, yendo en dirección del campamento, se sube un compañero del liceo. Los dos no somos    muy amigos, apenas si nos saludamos con un gesto de la mano.  En lugar de conversar con él   observo el paisaje   árido, el bus avanza dando algunos tumbos, a causa de los baches de la huella.  Inclino un poco la cabeza para ver la imagen del campamento incrustado en los cerros. Una imagen que permanece solamente segundos en mi retina. Nos acercamos a nuestra destinación.  El bus pasa por debajo el arco de la entrada del campamento: “Bienvenidos a …” Dice ese arco de piedra, siempre en subida, el bus pasa cerca uno de los teatros del campamento, un horrible edificio color ladrillo, termina su recorrido en la plaza central. Son apenas las ocho de la mañana, la presencia de mi condiscípulo me molesta, para libarme de ella hago un rodeo por la feria comercial. El recinto está cerrado , cuando los kioscos están abiertos, el ambiente es muy animado,   la gente   viene a comprar   los artículos que no encuentran en las pulperías: juguetes para los niños, utensilios de cocina, ropa de un diseño más original …Mi prima Grimilda tiene la concesión de uno de esos kioscos.; después  que  Lucho  llegó de Bolivia , y Fernando encontró  un empleo de técnico en computación, en   este kiosco comenzamos  a vender libros, o a intentarlo por lo menos, recuerdo haber pasado tardes enteras sin vender ni  siquiera uno, casi nadie se interesaba en los novelistas soviéticos o en  las sutilidades teóricas del materialismo histórico…. Sigo caminando por la avenida que conduce al americano, cuando llego a mi liceo, los hijos de los supervisores ya están delante con sus autos, en el país vemos demasiadas series americanas, en este rincón provinciano, estos alumnos, indeseables en otros colegios de la región, pueden vivir la ilusión de estudiar en un campus made in Usa. El único inspector del liceo, un tipo la mar de pesado, abre el portal, comienzan a entrar los alumnos. Yo espero a que llegue Virginia para hacerlo, no somos pololos, pero a menudo andamos juntos. La mañana transcurre como de costumbre, después del   recreo de las diez tengo curso con Rosa Carbonell, ese día anda vestida con falda, finge no darse cuenta de que la miro con insistencia, imparte su curso como si nada, salvo yo, todos los alumnos de mi curso toman apuntes. Rosa Carbonell se va de la sala en cuanto suena la campana. Un alumno intenta retenerla, para reclamarle por una nota, pero ella lo deja con la hoja en la mano…. Al término de la jornada, en lugar de volver de inmediato a casa, me voy a dar una vuelta por el   Refugio. Cuando paso delante del cine Variedades me fijo que están dando de nuevo Soplo al corazón, una película francesa que meses atrás había visto con mi prima Grimilda, y una amiga de ella con su hija; imposible olvidarme de esta ocasión, aprovechando la oscuridad de la sala, y que los adultos tenían puestos los ojos en la pantalla, con la chica vimos la película, apretándonos bien las manos…. En el Refugio (un semi sótano, atmosfera Underground a causa de unos afiches de Jimmy Hendrix y Janis Joplin) almuerzo un sándwich de mortadela con queso, más una bebida.  Mientras como, oigo las conversaciones de mis compañeros, el liceo es chico, es un hervidero de chismes…... Al cabo de una hora, más o menos, todo este mundo se va para su casa.  En el terminal tengo que esperar más de   media hora antes de poder tomar un bus, en general parten cada diez minutos, pero todo es extraño ahora. Esa tarde no retomo la novela que estaba leyendo, tengo los nervios muy alterados, no puedo concentrarme en la lectura, en lugar de eso duermo la siesta, me despierto cuando ya es hora de tomar once, en la despensa encuentro un paquete de fideos cabellos de ángel, pongo a hervir un poco de agua en la tetera y hago como una vez vi hacerlo a Lucho, los cocino como el arroz. La cantidad que preparo es bastante copiosa, mi estómago reacciona con agrado con este arribo masivo de comida, desde hace unos días ha tenido que pasar por algunos momentos de escasez … después que termino de cenar, y de lavar todo lo que venía de ensuciar, salgo un rato. Desde un almacén llamo por teléfono a una hermana de mi prima Grimilda, me quedo unos diez minutos esperando, pero no me responde nadie, pese a que es temprano por las calles no circulan muchos transeúntes, me voy caminando hasta la plaza, sentado en un banco, observo la vegetación, como en muchas otras plazas, pese al frío que hace en invierno, en esta también hay palmeras. Vuelvo a casa cuando comienza a oscurecer. Una vez tirado en un sillón, no intentó ver la televisión, la imagen es demasiado mala, cuando los tiempos lo permitan, alguien tendrá que subir al techo para reparar la antena.  Voy a buscar la radio al dormitorio y la pongo encima de la mesa. Durante un rato trato de captar emisoras en onda corta, pero, como el sonido es malo y me cuesta entender lo que dicen, termino sintonizando la radio local.  Mientras oigo música pienso en mi lejana familia nuclear, no los echo demasiado de menos, los odio y me siento mucho mejor sin ellos. La noche avanza el locutor de la radio anuncia “Antofagasta dormida”, una canción que dedica a todos los nortinos, a los nacidos en la región y por supuesto también a los de corazón… No alcanzo a oír una nota de este tema musical, el programa es interrumpido, para dar paso a un comunicado militar. El contenido es claro y lacónico. Por razones de seguridad nacional un grupo de extremistas acababa de ser fusilado en la ciudad. En la lista de ejecutados figura también el ciudadano boliviano Luis Buchs Morales.

 

 

Luis  Busch Morales
  Ejecutado por el ejercito de Chile el 6 de octubre de 1973 en Calama.

 

          

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(*) Eduardo Abaroa (13 octubre 1838- 23 marzo 1879) héroe nacional de Bolivia

 

 

 

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