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RETORNO A SAINT CYR

Georges Aguayo

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Hace varios minutos, lo que para mí es una eternidad,  que entramos en este túnel, el día está cálido, pero además de una opresión en el pecho siento frío, me miro en el espejo del auto, ese que está a la derecha del volante, el color de mi rostro ha mutado  de moreno pálido a amarillo canario, conozco estos síntomas y  me quedo callado, no sirve de nada que me queje, mi familia afirma que mi caso no  tiene remedio, que  siempre viviré en función de mis manías, la única manera que tengo de asentar mis pies en este planeta tierra. Esta verdad fundamental, Janine me la gritaba siempre cuando se peleaba conmigo. Casarse con un neurótico fue el peor error de su vida, me repetía con rabia. Pero como en esta vida, salvo la muerte, hay muchos errores que se pueden corregir, un día, no recuerdo bien la fecha exacta, me informo que nuestro matrimonio se terminaba para siempre. Durante años había tratado de comprenderme, de ayudarme a superar mis problemas, esta tarea, sin ninguna compensación a la vista, y peor aún, sin límites en el tiempo, era demasiado dura para ella, por consiguiente, se declaraba vencida. Una demanda de divorcio estaba en curso en Pontoise, pronto debería recibir una notificación del tribunal. Después del garrote la zanahoria: veinte años es mucho tiempo, juntos habíamos construido algunas cosas, ella guardara siempre un cierto afecto por mí. Unas palabras bien en el aire, los tramites del divorcio fueron la mar de lentos, durante unos meses, que a mí me parecieron larguísimos, pudimos destriparnos a gusto el día entero. No obstante que nuestras hijas ya eran mayores de edad, y no teníamos que repartirnos ningún bien material, nuestra separación fue extremadamente pasional. Mucha agua ha pasado bajo el puente desde entonces. Dentro de unos veinte minutos, pienso, vere de nuevo a Janine en casa de su hermana. Esta visita no me deja indiferente, me emociona, hace décadas que no pongo los pies en esa casa, recuerdo que Cristine era  una morena muy bonita y que tenía una sonrisa simpática.  ¿Su sonrisa seguirá siendo la misma? ¿Habrá envejecido mucho?  Pronto tendré la respuesta, pero antes tenemos que salir de este túnel… En tiempos pretéritos con Janine no acostumbramos circular por esta autopista, preferíamos utilizar las rutas departamentales. Como nunca nos aprendimos el camino de memoria, el GPS todavía no existía, yo me encargaba de leer los letreros y de encontrarlo.  Mi responsabilidad se limitaba a eso, Janine se encargaba de manejar. Hasta que tuvo un accidente en la carretera, aunque este no fue muy grave y salió indemne nunca más tomó el volante de un vehículo. Su carnet de conducir fue a parar a un cofre donde guardaba los recuerdos. Su nueva condición de peatón me complicó bastante la existencia, yo soy un poco alérgico a los transportes en común. A propósito de eso, y de otras cosas más, Janine me decía que yo tengo gustos de lujo. Unas palabras muy simpáticas, sobre todo viniendo de la boca de una chica cuyos padres vivían en un departamento, con vista panorámica sobre el bulevar Suchet, en el distrito décimo sexto de París… En casa de Cristine se bebía bastante, un asunto bien viril, debo precisar, las dos hermanas tomaban agua mineral, los encargados de empinar el codo eran Patrice y yo.  En mi antigua familia política, Patrice también pasaba por ser un original, con algo más de distinción que yo, sin embargo… Por razones que Rabelais hubiera comprendido fácilmente, los dos nos entendíamos muy bien. En su casa nunca faltaba el chuletón de una rubia de Aquitania, o una paletilla de cordero al horno, sus conocimientos en materia de vinos eran dignos de un sommelier, las botellas que ponía en la mesa siempre eran excelentes, después que terminábamos el queso, y también el postre, pasábamos al coñac y a los Davidoffs. Cuando el día estaba con sol nos quedábamos en el jardín toda la tarde ¿De qué hablábamos? De las actitudes de nuestros suegros, por cierto. Criticar a los   suegros es un deber ineludible para cualquier yerno que se respete. Esa casa tenía un diseño bien extraño, el salón estaba en el segundo piso y no había comedor, en invierno preferíamos quedarnos en la cocina jugando a las cartas. Con otras personas, que yo no conocía, Patrice jugaba al tarot o al bridge, conmigo, haciendo   un esfuerzo para ponerse a mi nivel, jugaba a la canasta, un juego de origen uruguayo. Siempre quería acumular un máximo de puntos, pero mala suerte para él, yo, apenas se me presentaba una oportunidad bajaba mis cartas. Esta estrategia de juego me permitía sumar algunas decenas de puntos en positivo, él acumulaba muchos más, pero en negativo.  Con mirada torva me decía que yo jugaba como un almacenero de barrio. Refractario a cualquier tipo de autoridad, Patrice nunca tuvo un patrón, prefería ganarse la vida vendiendo seguros, aunque nunca discutimos de política, yo sospechaba que era un anarquista de derecha.  Aunque ya teníamos la mitad de un pie en el siglo XXI, Patrice se vestía como un rebelde de los años 60. Blue-jeans desteñidos, chaqueta de cuero negro, camisas a cuadros, botas tejanas. El hábito no hace al monje. Esta indumentaria no le impedía ser un fanático de las antigüedades, su casa desbordaba de muebles de diferentes estilos y épocas, lámparas, esculturas, cuadros, estampas japonesas, libros impresos hacia siglos, tapices del medio oriente. Cuando estábamos de visita en su casa debíamos tener cuidado, para no romper nada… Patrice murió durante la pandemia, a causa del confinamiento no pude asistir a sus funerales. Mas de cinco años han pasado desde entonces. Ahora que todos somos más viejos, y probablemente algo más sensatos, con mi antigua familia política vamos a sellar nuestra reconciliación con un almuerzo vegano, sin tabaco y sin una gota de alcohol. Patrice si resucitara, y viera todas estas delicatessen sobre la mesa, seguramente se moriría de nuevo.   




 

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