Dans la salle du bar-tabac de la Rue des Martyrs
On peut tout acheter tout vendre, le meilleur et le pire
Une vieille clocharde la gueule défoncée
Rentre avec sa poussette et se met à gueuler
«A boire» François Hadji-Lazaro
Mientras tomo desayuno escucho la radio, a esta hora temprana, salvo durante el noticiario, mi emisora preferida trasmite solo mensajes optimistas, los adultos van a sus trabajos, la juventud parte a sus establecimientos educacionales, las amas de casas programan sus actividades cotidianas, los que no tienen nada preciso que hacer en esta vida, en los que me cuento yo, piensan cómo van a matar el tiempo. Mi primera comida del día respeta el régimen que me dio el nutricionista, dos rebanadas de pan con poca mantequilla, yogurt blanco y té sin azúcar. Comparado a un desayuno turco (té o café, pan, huevos revueltos, queso feta, aceitunas, fruta …), mi desayuno favorito, el aspecto de mi mesa es de una tristeza mortal. De repente escucho una canción del grupo Pigalle, lo que me extraña bastante, debe ser un error del programador seguramente, esa canción es demasiado sombría. Me viene a la mente la imagen del autor de la letra, un gordo imponente, profesor de enseñanza básica a inicios de su vida profesional, que a partir de la nada ha logrado imponerse en la escena del punk rock, Dans la salle du bar tabac de rue des Martyrs pinta un escenario impregnado de miseria, tráficos, consumo de drogas y alcohol, pero sobre todo la desesperanza más negra. —Prefiero de lejos un tema que canta con Olivia Ruiz: la historia de dos vecinos que se espían mutuamente …— En el Hexágono los bar tabac donde se puede apostar dinero, no gozan de muy buena reputación. Antes que me mudara de barrio algunas veces entre a tomarme un café a uno que está ubicado en la plaza Racine, siempre me topaba en la vereda con una mujer, mal vestida y con el pelo en desorden, que insultaba a un contrincante invisible, en Argenteuil el porcentaje de esquizofrénicos es alto al parecer —una vez uno de ellos me agredió verbalmente, mi acento le hacía pensar que yo era un ex colono repatriado de Argelia—. Nunca me quedaba mucho rato en ese bar tabac, la sala rectangular era muy oscura, además de comprar su droga, los fumadores de hachís liaban sus porros a vista y paciencia de todo el mundo, yo fingía no darme cuenta de nada. Si he logrado sobrevivir en este mundo es porque en circunstancias algo reñidas con la ley, yo no veo, no escucho y no digo nada… Probablemente hartos de ser testigos obligados de esta drogadicción, los dueños de ese bar tabac cambiaron las lámparas del techo. Como me cambie de barrio pienso que nunca más voy a entrar a tomarme un café en ese bar tabac. Ahora voy a un bar tabac que está a unos cinco minutos a pie de mi edificio. Cuando llegué por estos lares no estaba abierto, años atrás, durante un reventón social había sido incendiado. Pese a los problemas que he evocado antes un bar tabac es un lugar que facilita los contactos sociales, con unos amigos franceses nos preguntábamos cuando abriría de nuevo. Hasta que un día por fin abrió, yo me demoré un poco en entrar, todavía recordaba el ambiente siniestro que había en el bar tabac de la plaza Racine. Finalmente, entre porque los muros laterales son de vidrio, la claridad dificulta los tráficos ilegales. Voy después de hacer mis compras en el mercado. Por la mañana el ambiente es muy tranquilo: abuelas francesas que conversan mientras se toman una taza de chocolate caliente, mujeres inmigrantes que también conversan, algún jubilado que bebe su taza de café expreso en silencio, sumido en mis dudas existenciales, yo también bebo mi taza de café expreso en silencio. Síntoma evidente de una crisis económica que no se termina nunca, el flujo de clientes del Pari Mutuel Urbain (las apuestas) no cesa nunca. A medida que la mañana avanza comienzan a llegar los piliers de bistrot, este tipo de clientes solo bebe vino o cerveza, a medida que pasan las horas sus voces aguardentosas aumentan en volumen, algunas veces se pelean entre ellos. Entre estos piliers también hay mujeres, todas tienen entre cuarenta y cincuenta años de edad. Una tarde, que estaba tomándome un zumo, una de ellas me dirigió la palabra: Vous m’observez, me dijo, sonriéndome desde la barra. Pese a que el alcohol no había ocasionado todavía demasiados estragos en su rostro, mi negativa fue instantánea. Los dos muros de vidrio tienen puertas, dando prueba de mucha valentía enseguida me escapé por la del lado derecho.
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Georges Aguayo