El 24 de junio de 1994 falleció en Santiago el escritor Gonzalo Drago. Había nacido en San Fernando en 1907. La biografía de Drago tiene un sello laborioso y esforzado.
Por situaciones muy ajenas a su voluntad, Drago acompañó a sus padres a diferentes puntos de Chile. Acaso por ello no pudo finalizar los estudios formales y se convirtió en un autodidacto que siempre deseaba aprender. Trabajó desde los quince años; fue empleado de la Aduana de Arica, del Ferrocarril Central Trasandino; de una firma comercial y de la Braden Cooper. De ahí proviene su famoso cuento “Mister Jara". En medio de sus afanes para sobrevivir, se cultivó intelectualmente leyendo y escribiendo. Como periodista se dio a conocer en "La Tribuna" de Rancagua y como glosador de la actualidad cultural y escritor, en las revistas "Hoy", "Atenea" y algunas publicaciones extranjeras.

Gonzalo Drago
(Biblioteca Nacional)
En San Fernando, su ciudad natal nunca olvidada, Drago dirigió "Faro" e integró el grupo de intelectuales "Los inútiles", denominación paradójica en la vecindad de Rancagua, la activa ciudad minera. En el curso de su carrera administrativa, Gonzalo Drago llegó a desempeñarse como tesorero provincial de Santiago hasta el 11 de septiembre de 1973, cuando encontró a cargo de su escritorio a un olímpico recién llegado.
Desde 1943 hasta 1988 recibió varios premios, pero no el Premio Nacional de Literatura, hecho que constituye una flagrante omisión. Su novela "El purgatorio", basada en su experiencia del servicio militar, mereció el Premio de la Sociedad de Escritores de Chile en 1951. Esta novela a cuya distinción contribuimos, la dimos a leer a modestos uniformados que disfrutaron con su autenticidad y con el mensaje pacifista y fraternal que contiene. "El purgatorio" y "Mister Jara" son obras ejemplares en la producción literaria de Drago. El cuento señalado se convirtió en símbolo del arribismo de algunos yanaconas que por servir a sus patrones extranjeros olvidan su propio idioma.
La novela "El purgatorio" es un "yo acuso" a la crueldad impune, a la expiación de una culpa inasible que significaba el servicio militar obligatorio, experiencia vivida por Gonzalo Drago hace unos 69 años, entre 1926 y 1927. En esos años gobierna Chile don Emiliano Figueroa Larraín; en 1925 ha sido arrojado del poder por los militares don Arturo Alessandri Palma. De 1927 a 1931 gobierna el general don Carlos Ibáñez que es derrocado por el civilismo. Y después de una breve transición a cargo del jurista don Juan Esteban Montero, retorna al sillón de O'Higgins, don Arturo Alessandri Palma. Somos en verdad un país conservador con sus personajes.
El ejército que retrata Drago desde una sección de ametralladoras de un regimiento de infantería de Valparaíso, aparece en plena decadencia y dificultad económica, obediente a un poder civil temeroso. La valiente prosa de Drago no tiene más parangón en nuestra literatura que "Mirando al océano" de Guillermo Labarca, novela publicada en 1911 y cuyo autor vivió entre 1878 y 1954. También ha leído seguramente Drago "Sin novedad en el frente" del escritor alemán Erich María Remarque quien vivió entre 1898 y 1970 y debió nacionalizarse norteamericano víctima de la persecución nazi, "Sin novedad en el frente" se publica en 1929 y en esos años su lectura en recintos militares chilenos traía consecuencias. Además la novela de Remarque se sustenta en la guerra, un combatir estancado en las trincheras cuyos hombres ya no se odian y hasta salen a ras de tierra a jugar fútbol. El protagonista muere por asomarse confiado a coger una mariposa, en una día apacible cuando no había "novedad en el frente".
El fondo de la obra de Drago es el desamparo del pueblo, la pobreza. El autor hace sentir que en general cumplen con la ley del servicio militar los más desamparados; que la gente relacionada y con dinero exime de alguna manera a sus vástagos y que los más pobres, aquellos que prefieren quedarse en el cuartel, por la comida y la ropa, en vez de la miseria sin respiro de la vida civil, inspiran desconfianza.
Sin embargo, la tensión en "El purgatorio" de Drago, decrece inevitablemente junto con el paso de la dura instrucción individual a la vida de campaña, muy agotadora, pero en cierto modo adosada en el paisaje, en la libación a solas, en el furioso encuentro erótico. A pesar de ello no se debilita el sentido fraternal del protagonista que habla en primera persona y que cuando se le obliga a observar en detalle una ametralladora, piensa que con ese mismo acero pudo haberse fabricado un magnífico arado para roturar los campos de Chile, los campos de su tierra colchagüina donde ha visto a los campesinos y sus arados de madera, arrastrados por la mansedumbre de los bueyes. En seguida, el autor rescata a los instructores benignos, al cabo enfermo que afronta un diario sacrificio y anota la agudísima observación de que el sargento más duro se convierte en alegre y bromista ser humano, por el hecho de meterse desnudo al mar. La novela termina con la marcha acezante que finaliza la campaña y la muerte trágica de un compañero. La ficción de la guerra se ha mezclado trágicamente con la realidad.
Al escribir estas ligeras páginas, pensamos que constituyen una pequeña señal, una referencia muy sentida acerca de la generosa personalidad de Gonzalo Drago que pueden servir de ayuda-memoria a los estudiosos del presente o del imprevisible futuro.
Gonzalo Drago pertenece a la Generación de 1938, más conocida por sus narradores que por sus poetas aparte de quienes han ejercido simultáneamente esos dos oficios.
El sello de la Generación de 1938 podría fijarse en su sentido social, ajeno a todo esnobismo retórico. La generación nace en 1936 cuando se produce la sublevación militar de Franco y la consecuente guerra civil española que ubica a la mayoría de los escritores chilenos con la República profanada y sus héroes. Los integrantes de la Generación de 1938, pueden situarse entre los nacidos en 1906 a 1920 y quienes publican sus libros iniciales entre 1934 y 1940. Se identifican con la Generación de 1938: Fernando Alegría, Caballo de copas; Maité Allamand, Cosas de campo; Daniel Belmar, Roble huacho; María Luisa Bombal, La última niebla; Carlos Droguett, 60 muertos en la escalera; Juan Donoso, Leyendas del hombre; Baltazar Castro, Sewell; Francisco Coloane, El último grumete de la Baquedano; Gonzalo Drago, Cobre; Juan Godoy, Angurrientos; Luis González Zenteno, Caliche; Leoncio Guerrero, Pichamán; Manuel Guerrero, Tierra fugitiva; Nicomedes Guzmán, La sangre y la esperanza, Reinaldo Lomboy, Ranquil; Luis Oyarzún, La infancia; Juan Negro, Botella al mar, Edmundo de la Parra, Consejas del gran río; Vicente Parrini, Había una vez: Andrés Sabella, Norte grande; Miguel Serrano, La época más oscura; Mauricio Sescovich, Humilde rebeldía; Efraín Szmulewicz, Un niño nació judío; Nicasio Tangol, Huipampa, tierra de sonámbulos; Guillermo Atías, El tiempo banal; Volodia Teitelboim, Hijos del salitre.
Poetas más reconocidos por su obra lírica, como Oscar Castro, Antonio de Undurraga y Braulio Arenas, agregan a la prosa nacional, novelas que les han diferenciado más allá de nuestras fronteras. Pensamos en La vida simplemente de Oscar Castro; Cambio de guardia en el Infierno de Antonio de Undurraga y Adiós a la familia de Braulio Arenas.
Además de El purgatorio, Gonzalo Drago es autor de los cuentos mineros, Cobre y de las novelas La esperanza no se extingue, Los muros perforados y de un libro de poemas del cual pocos se acuerdan, Flauta de caña (1943). Y más allá de su oficio apasionado de escritor, capaz de aislarse en su trabajo, sin prisa por comer o dormir, había en Drago un ser humano generoso, divulgador infatigable y benigno de sus compañeros de oficio.


