La literatura sobre las dictaduras abunda en Latinoamérica: está la que se escribió en ese
momento, desde sus respectivos países o desde el exilio; la que se escribió en los años
posteriores, que investigaba y denunciaba los crímenes atroces de esos regímenes, y la que
se escribe todavía, ahora desde el punto de vista de los hijos de militantes o víctimas de las
dictaduras. Además, los géneros desde los que se explora ese periodo son variados y van
desde la literatura testimonial hasta el terror sobrenatural. El tema puede denunciarse de
manera explícita o aparecer como telón de fondo. Las posibilidades son muchas. Sin
embargo, a pesar de ser abundante en países como Argentina y Chile, la producción
literaria que se ocupa de la dictadura en Bolivia es escasa.

Pero hay que ser justos: se destacan un par de novelas de Juan de Recacoechea y de
Jesús Urzagasti, algunos cuentos de César Verduguez, Ramón Rocha Monroy y René
Poppe, así como un libro póstumo de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Quizás hay más, pero
no mucho más.
Lavarse la sangre, de Gabriel Entwistle, viene a llenar ese (casi) vacío, a saldar una
deuda con la literatura de corte histórico. Publicada más de cuarenta años después de que la
represión y la dictadura de Luis García Meza llegaran a su fin, es una novela que se ocupa
de ese oscuro periodo de la historia boliviana. Una novela que se suma a los pocos libros
que, desde la ficción, exploraron esos años de violencia militar y paramilitar. Una novela
que se inscribe en una tradición latinoamericana marcada por heridas que todavía no
cicatrizan. Y esto es importante, pero no es su único mérito.
Es una novela que no tiene miedo de instalarse en el incómodo punto de vista de
quienes ejercen la violencia. Por un lado, está el protagonista, Qasim Hadid, también
conocido como el Turco, un hombre que se ve empujado por su padre hacia una vida como
paramilitar, policía de medio pelo e incluso recluta de la DEA; un hombre al que las
circunstancias tornan violento. Y está Pierluigi Pagliai, una figura histórica real y terrible,
un neofascista contratado para entrenar y liderar a grupos militares y paramilitares en
Latinoamérica. Un tipo involucrado en masacres y torturas, al que parece no molestarle la
sangre en las manos. ¿Lavarse la sangre?, parece preguntarse, ¿para qué? Si va a
manchárselas de nuevo.
Pero esta novela también les da voz a algunas de las víctimas, como Carolina Rojas,
más conocida como la Japonesa en el mundo de la prostitución, al que se ve empujada por
la falta de oportunidades de su familia, un mundo de dinero que parece fácil, pero que es
frecuentado por hombres peligrosos como Pagliai y hombres violentos como Hadid.
Así, estas tres vidas irán trenzándose en una espiral cada vez más apretada y
peligrosa. Una espiral que arrastrará a otras personas a su paso. Una espiral en la que se
verán involucrados paramilitares extranjeros y nacionales, prostitutas, narcos y dictatura,
moviéndose en una trama compleja, cargada de traiciones y de muerte.
Sin embargo, su tratamiento de la historia boliviana no es el único mérito de
Lavarse la sangre. Este es —lo sabemos quienes lo hemos leído— el mejor libro de
Entwistle. Su prosa es ágil y cambiante. Puede ser dura y directa, retratando casi con
frialdad la crueldad que ejercen sus personajes. Pero también apuesta por jugar con la
forma y con los narradores, se permite encontrar un tono poético que contrasta con la
violencia. Su estructura está compuesta de saltos en el tiempo y entre personajes,
incluyendo algunas digresiones que, al final, profundizan en la historia (tanto la de Bolivia
como la relatada en la novela). Este libro es osado no solo en lo que cuenta, sino en cómo lo
cuenta.
En su anterior novela, El tejido adiposo (publicada en 2021 por la editorial 3600), el
protagonista Primo Oehler —el alter ego literario de Gabriel Entwistle— recibe el consejo
de un escritor argentino: «Escribí sobre las dictaturas […] o sobre algún lugar de Bolivia
que nadie conozca, uno de esos lugares perdidos en el campo, a los que no llegan ni las
oenegés, y narrá cómo lo destazan, matan a los hijos frente a los padres, de diferentes
formas, los ahorcan, los revolean por el aire, tomados de los pies […]. Ah, y al texto ponele
sexo. Seguí por más de doscientas páginas y ya está. Ahí tenés la novela». El consejo que
recibe Oehler/Entwistle es más extenso y no carece de razón. Y, en ese sentido, Lavarse la
sangre no solo está saldando una deuda literaria, sino también metaliteraria: se trata de la
novela que ese escritor argentino le recomendó escribir a Oehler.
Un ejemplo: «Ese es. Dale ahora, le dijo Colque al Turco, a quien le habían
asignado la operación. Llevaba un tiempo trabajando en el grupo de tareas. Lo habían
estado siguiendo por unos veinte minutos. Se bajó del auto. Apuró la marcha. Le
transpiraban las palmas. Llevaba la mano derecha dentro de la chaqueta. Se deslizó sin
hacer ruido. […]. Compañero Claros, le dijo, en un susurro grueso, llamándolo por su
nombre clave. En cuanto se dio la vuelta, el Turco le disparó en la cara. La bala atravesó el
arco superciliar. Cuando el cuerpo cayó, sintió una corriente de adrenalina. Por dos
segundos miró los restos en el piso y la sangre acumularse contra el cemento. Se aseguró
que no se moviera. Dejó la escena».
Lavarse la sangre es una novela que nos recuerda que, como escribió William
Faulkner: «The past is never dead. It's not even past» (El pasado nunca muere. Ni siquiera
es pasado). Una novela que mete los dedos en una herida histórica que todavía sangra. Y no
es posible lavarse la sangre.