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"Valdivia". Poesía de Galo Ghigliotto. Mantra Editorial – Colección Bajo el arcoíris de fuego
(Santiago, Chile). 2006.

VALDIVIA: FUNDACIÓN MÍTICA DE UN TERREMOTO

Por Fernando Vargas Valencia.
Diario Momento, Puebla, México. 19 de Junio 2008


“La ciudad está en mí como un poema
que no he logrado detener en palabras”.

JORGE LUIS BORGES (Vanilocuencia).

“ahora somos la leyenda
nos hemos ido junto con el río
las ciudades que conocíamos las inventamos en sueños”

GALO GHIGLIOTTO (Valdivia).

Roberto Bolaño en el diario del poeta García Madero (primera parte de “Los Detectives Salvajes”), afirmó que “la poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito”. Galo Ghigliotto (Valdivia, 1977), poeta chileno, co-editor de la revista literaria Los Poetas del Cinco, en su poemario Valdivia, ofrece un terremoto de signos circulares, de espirales necios y testarudos, que se convierten en la metáfora de la memoria clandestina, aquella que erige los signos del sueño en axiomas y que presiente que alguna vez fuimos una fundación mítica de otro espacio defragmentado, de otra concepción del tiempo donde las geometrías torpes se dejan difuminar por el repujado de un niño que sabe de rumiantes en el armario, de visitantes nocturnos que surgen desde lo más hondo de la muerte.

Aquel niño es el único espectador de una calle que es a su vez un río y un silencio, de suerte que si dejara de verla, esa calle-río, río-silencio moriría. Crecer entonces, es la anticipación consciente de un asesinato que trasciende a la dignidad del terremoto. Matar el pasado es a su vez anular los conceptos lineales de las geografías por las que la mente se desliza como una serpiente, como un gusano, como una rata (animales especialmente aptos para presentir los terremotos). El río no es sólo el tiempo, es también la calle duplicada, un espejo desde el cual los visitantes nocturnos sonríen desde los territorios de la salvedad. El niño debe descansar de los fantasmas invocándolos. Debe masticar el miedo para que éste lo proteja:

“yo sé que hay una vaca encerrada en el armario
aunque nadie me crea
yo sé que está ahí
esperando que me duerma para salir a comer
veo el destello de su ojo

pero el miedo me cuida”

Aquella geografía estropeada por factrales, agujereada por el espejo resquebrajado (por el río calle calle roto por el incendio de las casas de una Valdivia fundada míticamente desde el cinematógrafo de Galo Ghigliotto), por suspiros nocturnos que suenan a tambores lejanos, despedaza los vasos comunicantes desde una suerte de silogismo entimemático construido a partir del sueño. Sueño químico de la madre-fantasma que respira agitada ante la presencia de un padre que a su paso tiñe de naranja pálido las paredes de la ciudad genealógica, donde hay tambores marciales y pasos de marcha que anticipan una verdad mítica irrenunciable: “nuestros cuerpos son la ilusión/ de seres que sólo existimos bajo el río”.

La ilusión está entonces del lado de la vigilia. Aquella que usa compresas 3M para contener cuerpos roídos por la ausencia, para aliviar el dolor de las superficies pero no el desgarramiento del fantasma que las contiene; aquella que juega con el niño el círculo maldito de los opuestos binarios (allí “mickey & minnie/ tom & jerry,/ con las garras afiladas y las caras abominables/ con cinturones en las manos sucias de sangre”). El pasado es ilusorio y Valdivia (“grito de mujer cruzando la noche”) se deja fundar en el golpe fulminante del sueño que al aniquilar construye, que al fragmentar y disgregar las imágenes, como en una película de carretera, ofrece breves instantes de esa sensación de viajantes que hacen un lugar en el tiempo, que encuentran la permanencia, ese agujero ciego donde enraizarse. Pero ese instante es nostalgia y dura lo que recorren las imágenes su círculo, es un segundo que puede ser la eternidad en fuga. Salir de la ciudad atravesada por el plomo es adentrarse en esa forma de la libertad que se deja nombrar por lo siniestro, por lo prohibido, lo nocturno, por lo otro:

“Una noche fui a hablar
con el guionista que escribía mis sueños
le pedí que me matara mientras dormía
y me dejara encerrado en las imágenes de girasoles
frotándose a la orilla del río con el brillo de cielo
en el susurro de nuestros verdaderos nombres
por boca del viento
le ofrecí a mi dios en sacrificio
le prometí venerarlo en el mundo en que me dejara
le dije que tal como el creador del cielo y la tierra
yo era un niño perdido en el universo
que necesitaba inventarse a sus propios padres
le dije que ya no quería que el nombre de mi genealogía
fuera Valdivia

La rabiosa ternura del que quiere liberarse de la predestinación se confronta con la fatalidad de recorrer la vida que otro ha escrito con remiendos y zurcidos. Pero ese otro es el que quiere liberarse, es la duplicación del río-metáfora que atraviesa la ciudad atormentada. El guionista de los sueños propios es uno mismo: es el profeta del propio nacimiento y el hacedor de la propia revolución. Dos seres se enfrentan en la misma ciudad. Esa ciudad es una genealogía que ya estaba diseñada cuando se llega al mundo. El desgarramiento es el punto de contacto entre la conciencia real y la conciencia posible: el terremoto aniquila pero también crea. El incendio es a un tiempo evocación y desaparición. Orgasmo y despedida. El sueño no es sólo el conjunto de pesadillas que se dejan infiltrar por la cotidianeidad ilusoria. Es también la llegada del guionista lúcido, la realización de señales libertarias donde ser otro, fundar otras ciudades sobre las ruinas, se expresa como victoria inaudita:

“porque así son los sueños
historias cojas y decapitadas
túneles revueltos donde la gravedad no existe
cada sueño es un agujero negro
y la constelación donde existo se llama Valdivia
no tiene estrellas ni luna
sólo ríos negros que son agujeros
que son sueños
que son lenguas de coldhot pack 3M
lenguas que son ríos
y ríos que cubren las ciudades fantasmas
anteriores a esta”

La fundación mítica de la ciudad es el golpe lúcido que corroe el simulacro de ciudad en la que el olvido está universalizado por decreto. Valdivia de Ghigliotto, es violencia lúcida de la imagen, ternura del que pretende ser fantasma. Del que habla con los muertos para dar explicación a esa masa multiforme y roída que los otros llaman Vida, con mayúscula y con sangre. El poeta presiente el terremoto desde lo más profundo de su pecho. Como el revolucionario, como todo insurrecto, es poseso del tiempo y del espacio. La imagen de Valdivia con sus ríos atravesando la conciencia de que otra vida es posible, es la de todos los pueblos olvidados de sí mismos. El poeta es el saqueador de caminos, detective salvaje que aniquila en los otros todo lo que es ceniza, lo que sigue creyendo en el juego de los simulacros. Un videotape se funda en Valdivia que es a su vez fundada por la épica clandestina de Ghigliotto: radical indecidibilidad del que ve en la carretera lineal el guión de una geometría de un espiral que es la memoria y es el devenir, futuro fantasmal que se estremece desde siempre, ajeno a las decapitaciones de la simulación del presente y de las tretas del pasado:

“cuando grande quiero ser fantasma
lo pienso al escucharlos jugar a las escondidas
o cuando me llevan a la iglesia
y los veo tomando sol en las plazas

cuando grande quiero ser fantasma
y penar en las bibliotecas
no pasar hambre ni sed ni sueño
no perder el tiempo en cama
ni entablando conversaciones estúpidas
todos los fantasmas son inteligentes

podría soplar las ideas que se me ocurran
escribir sueños
y leerlos
cuando los vivos estén durmiendo”

 

 

 


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