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Gabriela Mistral


Por José Santos González Vera
Revista Babel, Volumen VII, Nº31, 1946.


Lucila de María Godoy Alcayaga nació a las cuatro de la mañana, el 6 de Abril de 1889, en la ciudad de Vicuña.

Su padre había renunciado en Enero al cargo de preceptor en la escuela de Unión, pero el Gobernador no dio curso a la renuncia y la retuvo hasta el mes de Abril y obligó al señor Godoy a cobrar los cuatro meses de sueldo. Esto habría sido mérito exclusivo del Gobernador si no media el hecho de que la familia estaba terminando de rezar una novena a la Virgen del Perpetuo Socorro.

Don Jerónimo Godoy, a poco de nacer su hija, le escribió unos versos. Vivían en una casa de dos habitaciones. Hizo una fuentecilla para que sirviera a Lucila de baño. La rodeó de plantas y árboles. La niña nació robusta y como su madre, doña Petronila Alcayaga, no pudo amamantarla sino pocos meses, fue criada con mamadera. Apenas pudo gatear se la dejó ir y venir por el jardín que había sido creado para su recreo.

Su padre, dos años después del nacimiento de Lucila, fuese de preceptor a Cerrillos, en Ovalle. Desde allí envió recursos durante algunos meses y dejó de saberse de él. Pertenecía al tipo de chileno errante. Se supo después que dirigía un colegio católico en Santiago. El lo era. Su madre lo era más aún pues hizo que profesaran sus dos hijas. A él lo educó en el Seminario de La Serena - en donde aprendió latín, francés, dibujo y, tal vez, escribió sus primeros versos -, con la intención no disimulada de hacerlo seguir la carrera eclesiástica; pero él resistió. Deseaba vivir en el mundo y sospechaba que más allá de las parroquias la vida también era apetecible. Este pensamiento lo llevó, en 1882, a Unión, caserío próximo a Vicuña. Allí ejerció el magisterio para ganarse el pan.

Cuando Lucila cumplió tres años la familia se fué a Monte Grande. Su hermanastra Emelina se empleó de preceptora y corrió con el sustento de todas.

La educación de Lucila comenzó con relatos de la historia sagrada. Fueron tan de su agrado que era menester recontárselos cada cierto tiempo. A los cinco años entró a la Escuela de Monte Grande y aprendió el silabario en quince días. Era una criatura tranquila y reconcentrada.

El padre regresó siete años después de su partida. Permaneció breve tiempo y volvió a partir, esta vez definitivamente, hacia el valle del Huasco. Allí estuvo hasta la hora de su muerte que fue en 1915.

Lucila se sintió impresionada. Lo recordaba con frecuencia. ¡Lo había visto tan poco! Un día, hurgando en cajones vedados, descubre manuscritos de él. Los lee. Dos poemas están consagrados a ella misma: "Piadosos los cielos te hicieron nacer, quizás te prepare a tí, hija mía, el bien que a tus padres no quiso ceder". Lee y relee todos los papeles. La figura de su padre crece y pensamientos ambiciosos inician su germinación.

Es posible que los chicos de la vecindad no le merecieran confianza. En vez de hablar esculpe en panes de tiza, con un cortaplumas, figuras de rasgos finísimos. Pero esto no calma su sed de expresión. Su hermana Emelina la sorprende, más de una vez, espetando a un público de almendros, en el huerto de su casa, discursos sostenidos.

Sobresale en composición. Suele desarrollar el tema en verso. Sus condiscípulas creen que las tareas se las hace su hermana. Ella se indigna y en clase hace un retrato exacto y minucioso de una compañera. Así la duda es aventada.

A los nueve años recibe la comunión y escribe los primeros versos inspirados en su sentir. Eran dos estrofas. Está terminando el cuarto año escolar.

Observa que el río Coquimbo deposita en sus riberas cierta materia arcillosa. Con ella hace cabezas de personas, de perros, de caballos y diversas figuras.

Dormía en el mismo cuarto de su hermana. Apenas despertaba asía una historia o geografía e interrogaba a Emelina: ¿dónde está tal país, dónde tal ciudad, dónde tal río? Si su hermana no podía responder, le decía: "La pillé hermanita, la pillé."

Su madre era un ser apacible. Solia cantar, en guitarra, con hermosa voz de soprano. Hacía los quehaceres de casa y cosía. La parte disciplinaria se la había abandonado a su hija mayor. Esta debía guiar a Lucila y cargarle la mano cuando fallara el verbo. Como su oculto destino era vivir para éste no fue castigada más de dos veces.

Los primeros versos que le enseñara su profesora y hermana, y que ella recitó en la escuela, fueron los de éste villancico: "¡Ay, Manolito / qué triste estas! / entre pajuelas /y en un portal."

"Ay que tirita / quiere llorar / qué pucherito / tan celestial."

"Angeles bellos / cantad, cantad / gloria al Excelso / y al hombre, paz."

Para que Lucila inicie su sexto año su madre la matricula en la Escuela Superior de Vicuña. Allí se aburre. Salvo las nociones de astronomía, que le interesaron, advierte que en los demás ramos repiten lo ya aprendido en Monte Grande. La directora, con esa seguridad de los bienaventurados, llama a su madre y le informa que Lucila adolece de "falta de inteligencia y desamor al estudio". Le aconseja que la dedique a los quehaceres de casa.

La madre se va con ella a Serena y termina el sexto en la escuela anexa a la Normal. Viven con las costuras que aquella hace y con una mesada de veinte pesos que les envía Emelina , cuyo sueldo era de treinta.

En 1903 Emelina contrae matrimonio con don José de la Cruz Barraza Rojas y se van a radicar a El Molle. El adquiere una casa y abre un almacén. Entonces Lucila es una muchacha alta, silenciosa, que pasea sola. Conoce ahí a un joven empleado de ferrocarriles de quien se enamora.

La pobreza y la vocación la inducen a tomar un cargo de profesora en Compañía Baja, villorrio inmediato a La Serena. Se va con su madre. De día hace clases a los niños y de noche instruye a los trabajadores en lectura, escritura y rudimentos de aritmética.

Se echa al cuerpo cuanto impreso queda a su alcance. ¡Hay tan pocos libros en los pueblos! Tal vez se procura algunos en la ciudad, que cuenta con buenas bibliotecas particulares traídas por mineros ricos en sus viajes a Europa. Fuera de los versos paternos y los que aprendiera en la escuela, caen en sus manos poemarios quejumbrosos y (¡qué no es viable en este mundo!) varias obras de Vargas Vila.

Su espíritu está lleno de ímpetus, pero la rodean esos muros negros de la adolescencia. Su fuerza no encuentra cómo expandirse. El febriciente colombiano, que representa cuanto es previo al pensamiento, logra enrolarla a su palabrería sonante. Bueno es recordar que era popularísimo. Los anarquistas lo devoraban y no había joven que lo desconociera. Sus libros están llenos de negaciones y luces de Bengala.

Una composición de Lucila Godoy, titulada "La muerte del poeta", aparece en El Coquimbo de Serena, el 30 de Agosto de 1904. Es su primera contribución a la literatura nacional. Sus ideas se expresan en palabras como dolor, desgracia, muerte, etcétera.

Ya porque los relatos bíblicos de Emelina están latentes en su espíritu, o por secreta predilección, en sus escritos iniciales sus personajes se llaman Ruth o Ezequiel. Sus propias ideas, a veces, parecen trasunto del Eclesiástés.

El 25 de Octubre, en el mismo periódico, publícanse sus primeros versos: "En la siesta de Graciela".

La joven escritora "era una niña alta y muy delgada, ligeramente rubia y de ojos verdes. Fumaba bastante, lo que en ese tiempo debe haber sido un pecado muy grave". La juventud de Serena habla de ella con admiración.

Siéntese maestra y quiere hacer estudios regulares en la Escuela Normal de Serena, pero el capellán don Manuel Ignacio Munizaga, se opone "porque sus ideas eran socialistas y un tanto paganas". Es el concepto que le han merecido las colaboraciones de Lucila. La supone incrédula y teme que propague este error entre sus compañeras.

La amargura de este rechazo, que le cierra el camino al magisterio, se aminora porque los miembros de la junta de vigilancia del Liceo de Niñas consiguen que éste la acepte como inspectora y secretaria.

Por "hacer las notas con sus propias palabras" -y no con el gélido vocabulario administrativo-, y por aceptar de alumna a una niña de clase inferior a la que el Liceo admitía, es amonestada duramente. Lucila renuncia y abandona el empleo. Es inútil cuanto hace la directora por retenerla. La muchachita no ha nacido para tolerar ni olvidar injurias. Se va de preceptora a la escuela de La Cantera.

La necesidad de asegurar su profesión la lleva a fines de 1909, a Santiago. Mientras rinde sus exámenes de competencia en la Escuela Normal número uno, en el norte el joven ferroviario se da un tiro y muere. Lucila presenta al examen de botánica una prueba en verso. Es aprobada en todos los ramos. A continuación ¿lo solicitó ella? se la nombra profesora en Barrancas. A los pocos meses es destinada al Liceo de Traiguén como profesora de higiene.

Gana más dinero. Destina a libros cuanto puede. Una gran felicidad la invade cuando adquiere la primera Biblia. Será por siempre su libro de cabecera. Descubre a los rusos y a los escandinavos. De Traiguén es mandada al Liceo de Antofagasta para que enseñe historia. Conoce gente, se vincula a las personas de mayor cultura. Sigue leyendo como si se lo prescribiera el médico.

A fines de 1912 viene al Liceo de Los Andes, que acaba de fundarse, en calidad de profesora de castellano e historia. Emelina también es nombrada para que enseñe castellano y religión a la preparatoria superior. Gabriela se va a vivir a las cercanías, al pueblo de Coquimbito. Es un atavismo campesino. Dondequiera se establezca busca un lugar de aspecto campestre para vivir. Tal vez el pueblecito le evoca, por su nombre, la región en que viviera sus primeros años.

En Los Andes causa espectación. Viste con gran sencillez, casi con austeridad. Peina sus cabellos hacia atrás y anda erguida lo que, por su altura, le da una figura singular. Tiene el aspecto de una joven matrona. Entre las alumnas provoca sentimientos encontrados. Unas la admiran en el acto y otras se resisten a admitir su desaliño, su carencia de coquetería que altera un firme concepto femenino. Sin embargo, la mayoría escribe luego con su letra grande y redonda, que parece no caber en ninguna página, se despreocupa de la vestimenta y procura hablar con su voz. Las clases de castellano las hace con un brío y un interés que deja huella. Parece que la historia le gusta menos porque enseñándola su verbo se enfría.

Las alumnas más apegadas a su persona advierten que usa cuadernos y libretas para anotar cualquier idea hermosa que halle en sus lecturas. En otro cuaderno fija sus propios pensamientos y aquellas observaciones que le ofrece el ambiente.

En Coquimbito escribe y lee cada día. Guyau, Guerra Junqueiro, Amado Nervo, Goethe, D’Annunzzio son algunos de sus autores de entonces. Allí escribe sus Sonetos de la Muerte. En ellos evoca al joven ferroviario suicida. Están impregnados de un gran aliento bíblico y de una fuerza patética que es suya propia. Procura hablar cristianamente, pero en seguida la asalta el recuerdo de una veleidad que él tuviera, y dice: "porque a este hondor recóndito la mano de ninguna / bajará a disputarme tu puñado de huesos." Le reprocha luego: "tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir." Y pronto su voz se torna en alarido: "¡No le puedo gritar, no le puedo seguir! Su barca empuja un negro viento de tempestad..."

Ordena al Señor como lo hacían antes los profetas: ¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales / o le hundes en el largo sueño que sabes dar!" O "recoge mi cabeza mendiga, si en esta noche muero." "¡Di el perdón, dilo al fin!"

Trata a Dios como a un igual y a las vírgenes les enrostra su indiferencia. Así, a la de la Colina, con todas sus letras, le echa en cara: "¡Y qué esquiva para tus bienes / y qué amarga hasta cuando amé!"

Su Dios no es esa suma de perfecciones y bondad elaborado por el catolicismo. Es el Dios humano, implacable, iracundo que quema ciudades en Judea. Ella lo sabe y le advierte: ¡No tengas ojo torvo si te pido por éste!"

Empero, aunque define a Dios: "creo en mi corazón, el reclinado / en el pecho del Dios terrible y fuerte", suele zozobrar en su fe: "Y pienso que tal vez Aquel tremendo y fuerte -Señor, al que cantara de su fuerza embriagada,- no existe, y que mi Padre que las mañanas vierte / tiene la mano laxa, la mejilla cansada."

Sea por coincidencia, sea porque la Biblia fué su libro de niña y de mujer, hay en ella una tremenda pasión ética. Si no existiera Dios querría hacer de nuevo a los hombres o someterlos a espantosas pruebas de perfección. Se acerca a Cristo, a quien ama, no para rogar por alguien sino para susurrarle: "estas pobres gentes del siglo están muertas / de una laxitud, de un miedo, de un frío! -¡Ni el amor ni el odio les arrancan gritos!- Tienen ojo opaco de infecunda yesca /tienen una boca de suelto botón / mojada en lascivia.../ ¡Retóñalos desde las entrañas, Cristo! -Si ya es imposible, si tú bien los has visto / si son paja de era.../ ¡desciende a aventar!"

En sus conversaciones con Dios, fuera de reclamar su auxilio como algo a que tiene derecho, está siempre defendiendo lo suyo con gran entereza. Nunca hay poquedad ni quebranto en su ánimo, salvo cuando pide a Amado Nervo que diga al Señor: "que somos huérfanos, que vamos solos, que tú nos viste."

Hay en su obra poética una constante, que compete a su vida de mujer: la evocación del joven ferroviario, que aunque puso su voluntad en morir no lo consigue del todo, porque ella lo está desenterrando constantemente, según sea mayor o menor la intensidad del agobio que le causa; otra es su pasión por el niño cuya huella late en muchos versos perdurables. Hay también en su obra el afán irrefrenable de dar a la vida un fin ético, afán que la mantiene en lucha contra el modo de acaecer de las cosas.

Envía sus sonetos a unos juegos florales. El 12 de Diciembre de 1914, desde la galería del teatro en donde se proclama el resultado oye, anónimamente, que ha sido agraciada con el premio mayor. Víctor Domingo Silva con su cálida voz lee para los auditores los sonetos.

Desde ese instante su seudónimo de Gabriela Mistral -elegido como tributo a d’Annunzio y al viento de Provenza- vuela por América. Todos los periódicos literarios reproducen sus versos, los aprenden los maestros, los recitan los niños, entran en las antologías, pasan de una lengua a otra; los compositores buscan en ellos inspiración. La Universidad de Chile, de ordinario meticulosa, le da sencillamente el título de profesora de estado.

Cada vez que puede viene a pasar unos días en Santiago. Jerónimo Lagos Lisboa la visita en una pensión ubicada cerca de la Plazuela de Santa Ana. La conversación dura cinco horas. Ella dice que ha nacido para creer, y busca a Dios.

Con Jorge Hübner Bezanilla y Adolfo Allende Sarón va a una sesión de teósofos.

La conocí en la oficina de Selva Lirica en 1915. Es alta. Del cabello al pie todo en ella es sencillo y como austero. Tiene grandes ojos verdes y límpidos; nariz aguileña, como la del pueblo que ama; su boca se deprime en las comisuras. Al hablar suele mover sus manos blancas, de hermosos y largos dedos. Anda, acaso por cierta debilidad de los tobillos, con un paso lento y señoril. Pero todo esto es nada cuando sonríe.

Vaya a donde vaya la siguen literatos y maestras. No la dejan durante el dia y la abandonan en la noche, ya tarde, con un poco de tristeza, sólo porque comprenden que también necesita dormir.

En casa de Panchito Aguilera se hospedó en varias venidas. La concurrencia, de poetas, escritores hasta en número de veinte personas, se reunía en su cuarto desde medio día. Si ella no tenía que hacer alguna diligencia allí se quedaban todos y tomaban onces, comían y más tarde bebían un poco de te, fuera de que en los intervalos les daba dulces y pasteles que adquiría por mayor. Suelo pensar que Gabriela Mistral en esa época debió sufrir las más atroces estrechuras.

En la mañana la visitaban de preferencia pastores protestantes, militares retirados, teósofos, profesoras, vendedores, inventores, funcionarios y tipos muy extraños que vistos en la calle hasta podían infundir miedo. Nunca supe cómo empezaba el contacto ni lo que decían estas personas. Al parecer ellos tampoco sabían qué los movía a visitarla. Llegaban como dormidos y se sentaban. Ella sonreía. ínmediatamente se iluminaban y parecían flotar en una atmósfera sedante. Gabriela Mistral inclinaba la cabeza y decía unas cuantas palabras. Su voz tiene un tono algo monótono que agrada desde el comienzo. Es una voz que gotea. Ella sigue con su voz de lluvia lenta. Habla del campo, la política, la enseñanza, la poesía y de mil cosas más. Cualquiera que sea el tema ocurre lo mismo. Cada uno de los oyentes se siente ennoblecido; los sentimientos más enaltecedores se adueñan de ellos y las pequeñas congojas de la vida rutinaria se esfuman. Cuando es inevitable irse, lo que sucede lo más tarde posible, muchos sienten alguna contrariedad. Querrían quedarse allí para siempre. Se van sólo porque adivinan que otros sujetos con el alma en pena esperan el turno de la tarde.

Esta emanación cordial, que escapa a todo examen, que no reside en sus palabras ni en su voz, pero que de manera segura anima y transporta a preocupaciones superiores a quienes la reciben, es una virtud extraña. En grado menor la tenía don Pedro Godoy. La tiene Pedro Prado.

La última vez que estuvo en Chile, Gabriela Mistral se hospedó en una mansión que dispone de dos salones amplios. Manuel Rojas me contó que estos se llenaban desde temprano con damas y tipos inclasificables que esperaban resignados, como en las antesalas de los médicos. Cuando ella aparecía los más audaces se avalanzaban para rodearla y oirla y los demás aguardaban su paso a lo largo de los salones para recibir lo suyo: una frase, una sonrisa, un gesto de sus manos.

De Los Andes es elevada a Directora del Liceo de Niñas de Punta Arenas. Allí editó una revista y se conquistó a todos los habitantes. Pero el clima le dejó penosos recuerdos.

El Mercurio solicitó su colaboración y le fijó un sueldo que le pagaba aunque no escribiera.

En Agosto de 1920 la encontré de directora del Liceo de Niñas de Temuco.

Fuí a esa ciudad para evitarme un ligero carcelazo. El juez Astorquiza estaba haciendo apresar a todos los anarquistas que habían pertenecido al Centro de Estudios Sociales "Francisco Ferrer", donde se hablaba cada domingo. La medida era absurda pero se estaba cumpliendo.

Entre sus profesoras estaba la escultora Laura Rodig, la pintora Luisa Fernández y una alumna suya de Los Andes: Estela Gutiérrez. Creo que había otros rostros amigos.

Disfruté de su hospitalidad casi a diario. Iba en las tardes o en la noche. La oía hablar y después poníamos discos. Le gustaba el Kol Nidre ese canto judío que seca la alegría, y tenía debilidad por el cante hondo. Una noche me hizo oir al Niño de Medina: "niño desnudo-desnudo y descarzo- yo tampoco tengo mare", que se canta con sollozos y anonada el ánimo. Se me grabó tan fuertemente que su endemoniada entonación no me dió tregua a través de muchos años. Casi a pesar mío intenté cantarlo, sin acertar nunca en esas escalas de jipíos que lo constituyen.

Cuando viví con los Gandulfo, en la calle Vicuña Mackenna, procuraba ensayar mientras me rasuraba. Un día una anciana española, que habitaba a la izquierda, llamó a Juan para que viera a su marido que estaba enfermo. La ancianita, después de la consulta, le preguntó al doctor:

-¿Quién es ese que canta como un sarvaje?

Desde entonces me conformo con recordar sus versos y buscar en mi memoria su temblorosa melodía.

A veces iba Pablo Neruda que era tan serio como delgado. Si Gabriela no estaba o no lo podía recibir en el acto aguardaba en silencio media hora o más. Pero cuando estaba a solas con ella sacaba de un bolsillo secreto su último poema en el cual, invariablemente, renegaba de la lluvia de Temuco, del barro de sus calles, reconociéndole, eso sí, a la húmeda ciudad, la virtud de albergar a la joven que inspiraba sus versos.

Un caballero de Santiago, que después se consagró por entero a los negocios -y que no escribió sino cartas breves y urgentes-, tuvo la debilidad de opinar sobre la poesía moderna. De sus artículos la palabra que no era error, era injuria. No se equivocaba jamás. Gabriela Mistral fué salpicada con su cháchara. Luego de desprestigiarse por escrito quiso probar suerte con el verbo. Presentóse de candidato a senador por Cautín. Era la época de un radicalismo ardiente, que los hermanos Picasso dramatizaban con sus disparos apenas cerraban el almacén.

El caballero, fiel a la tradición de los ricos, se hizo acompañar por matones empedernidos, ignorando que el clima local no era propicio debido a la balacera que empezaba con las primeras sombras y que solía sonar a pleno sol. Los matones fueron sitiados en el hotel y cuando uno intentaba asomarse, sólo por casualidad no le entraba una bala al cuerpo.

La policía hízolos salir de la ciudad y los escoltó, formando un anillo en torno de ellos, hasta la ferrovía, pues no fué posible conducirlos por los caminos públicos, porque muchos voluntarios no encontraban qué hacer con sus revólveres. Por la ferrovía fueron llevados al pueblo inmediato para que tomaran el tren. Esto dió gran trabajo debido a que innumerables temuquinos, hombres tenaces y emprendedores, seguían por ambos lados de la vía, deseosos de aprovechar cualquier abertura de los guardianes para disparar al cuerpo de la canalla que iba al centro.

A pesar de la conducta heroica de los temuquinos, el caballero fué elegido. Era muy platudo y comenzó pagando cien pesos por voto. Entonces era una suma. Los miserables que vendían su voto se excusaban diciendo:

-¡Hay que sacarle algo a los ricos!

El triunfador, antes de venirse a Santiago, quiso conocer a Gabriela y se hizo acompañar por el intendente. Esta paseaba por el patio con un amigo y estaban frente al portón cuando los visitantes dieron el aldabonazo. Ella siguió andando y dijo a la hermana portera que avisara a los caballeros que habia salido.

Cuando ella sentía confianza con una persona derivaba fácilmente hacia la crítica. Su familiaridad con la Biblia y su tremenda pasión ética la han hecho una inconformista permanente. Vale la pena oirla en esos raptos. Sin embargo, también tiene el sentido del elogio. Por sus recados desfilan hacia el paraiso los varones más puros que ha formado el país.

No se aviene del todo con los individuos de lenta reacción, con los indiferentes y con los impasibles. Sin que dependa de mi voluntad doy la impresión de formar entre los últimos, tal vez por el poquito de sangre india que mi familia recibió al avecindarse en Chile. Más de una vez me amonestó por esa apariencia. Lo hacía con vigor notable y no podía menos que oirla desdoblado. Terminaba por gratificarme, cuando decía la última palabra, con esa sonrisa suya tan benéfica. Además traía un poco de miel y hacía que en la victrola sonara el Kol Nidre.

Cuando un individuo le causaba una primera buena impresión, que luego desmentía con sus malos hechos, solía decir:

-¡Qué petipieza de hombre!

Recapacitaba en silencio sobre el sujeto y repetía dos o más veces la misma frase que equivalía a algo peor que el diluvio.

Fuera de hacer clases y escribir, por fortuna no necesitaba ocuparse de más. El Altísimo le había arrimado un pequeño grupo de jóvenes que eran felices sirviéndola. La proveían de ropa, la ayudaban a vestirse y le hacían ligeras las pequeñas rutinas cuotídianas. Conociéndola es comprensible el deseo de servirla. De no tener que ganarme la vida en lo que cayera, me le habría ofrecido de mozo sin ninguna reserva.

Como llegué a Temuco huyendo de Astorquiza, se me enquistó en el espíritu una sensación de inseguridad. Sí un prójimo me miraba con insistencia, en el acto me parecía agente. Fué tan mortificante esta obsesión que hube de irme a Puerto Saavedra donde, por mediar un gran río y haber policía comunal, creí que me sentiría mejor. Gabriela me dió una carta para el poeta Augusto Winter, viejecito encantador que era tesorero comunal, bibliotecario, y fabricante de pajaritos en conserva. El mismo vigilaba el fondo en que se cocían ayudado por su madre, sus hermanas y un par de sobrinas. Estuve allí ocho días y la vergüenza me trajo de nuevo a Temuco. Muy luego fuí llamado por un diario de Valdivía. Es decir, un muchacho que no conocía, Ernesto Silva Román, hizo lo necesario para conseguirme el empleo. La humanidad, que guía nuestros pasos por el mundo, se valió de su generoso impulso para protegerme.

A mediados de 1921 volví a encontrar a Gabriela. Era directora del Liceo de Niñas Nº6 de Santiago. Allí estaba con Laura Rodig, Luchita Fernández, Mireya Lafuente y esa mujer admirable que fué Celmira Zúñiga. Su fama creciente no le permitía aislarse. Debía ir de una parte a otra. Sólo recuerdo un acto de fin de año de su liceo. Estaba sentada en el patio muy seriecita y callada. Las aIumnas hacían ciertas pruebas gimnásticas. Es posible que de vez en cuando equivocaran los movimientos, porque ella lanzaba una o dos palabras que electrizaban a las muchachas y corregían de inmediato el trastorno. Antes no me habría figurado que tuviese tanta autoridad y tan de adentro.

Su nombre y la resonancia de su obra habían polarizado en México, donde servía el ministerio de educación don José Vasconcelos. En 1922 éste la llamó para que ayudara en la organización de la enseñanza rural. Fué recibida en Veracruz y Jalapa por el pueblo y las autoridades. Su equipaje era conducido a mano por sus desconocidos admiradores y doquiera fuese recibia atenciones que antes sólo se acordaban a los príncipes. Visitó casi todas las aldeas y ciudades de esa nación; escribió un libro de lectura para mujeres, que se imprimió en número de veinte mil ejemplares, nuevos poemas y una cadena de recados sobre personas y cosas de México. Su influencia sobre los maestros fué enorme.

Como acto de despedida el Gobierno le dió su nombre a una escuela modelo en la que se esculpió una estatua que la representa sentada. Además le dió los medios para que fuese a Estados Unidos y Europa (años más tarde, cuando Vasconcelos fué candidato a la presidencia - bueno es advertir que los militares no le gustaban ni fritos en aceite- dijo que si era elegido nombraría ministro de guerra a Gabriela Mistral. Quería sentar así su pacifismo).

Antes de partir a México, aunque era notoria su religiosidad, oscilaba entre el protestantismo y la tesosofía, si mi parecer no me engaña. Durante su estancia en tierra mexicana, como reacción contra las persecuciones que sufría la iglesia -error que asegura a los mexicanos un siglo más de influencia teocrática -, Gabriela se entregó de lleno al catolicismo.

A su regreso había en su vestimenta un elemento nuevo: tocaba su cabeza con un turbante. Quería conservar algo de su devoción por Oriente.

Casi al mismo tiempo de su llegada a México los profesores de español de Estados Unidos insinuaron al Instituto de las Españas que editara sus versos. Así nació Desolación. La edición príncipe se hizo en Nueva York.

Se despide de los mexicanos y parte a Estados Unidos y luego a Italia, Suiza, España, Francia. Cuando vuelve a Chile obtiene su jubilación y se retira a su pueblo, pero muy pronto es llamada a Europa para trabajar en el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual.

Tras una larga permanencia en Europa, cuyo pormenor va quedando en sus recados, vuelve a Norte América. Su fama es inmensa. En Puerto Rico se la declara hija predilecta. A donde llegue la recibe un gentío considerable con los presidentes, los ministros y los grandes funcionarios al frente. Donde faltan estos van los alcaldes y concejales. Ella es una especie de rey de América.

En todas partes la rodean los maestros y caen en sus manos la orquídea de oro, la flor del espíritu santo, el prendedor simbólico de los cuatro pétalos, la pulsera de oro, las flores esmaltadas y mil embelecos más que idean para demostrarle su admiración.

Tanto en Chile como en los demás pueblos se van creando escuelas, academias, ateneos, centros, sociedades, coros e institutos Gabriela Mistral. Cada persona o grupo quiere honrarla. Todos sus versos para niños tienen música. Los escultores modelan cabezas y bustos. Poetas americanos ensayan panegíricos y loas. La prensa lleva y trae su nombre. Ya no se pertenece, ya no nos pertenece.

Para descansar de las fatigas que le impone la fama, se va de Cónsul a Italia. En 1933, con el mismo rango, pasa a España. Finalmente el Gobierno, con la venia del Congreso, la nombra cónsul vitalicio. Puede ejercer su cargo en el país que ella elija. Esta gracia le ha permitido continuar su peregrinación por el orbe. No hay, y tal vez no ha habido, un chileno cuyo nombre se conozca más en el mundo.


 

 


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