En 2020, durante el confinamiento, recibí una invitación del poeta Carlos Hernández para sumarme a su proyecto «Nivel tr3s», que se transmitía por radio Crecer F.M. y por la plataforma de iVoox. Un espacio cultural, artístico y literario realizado en el Valle del Aconcagua. Mi participación consistió en breves «cápsulas literarias» de carácter informativo, grabadas con mi propia voz e intercaladas entre las demás secciones del programa. La invitación permitía elegir un tema de mi agrado y decidí enfocar las cinco cápsulas de esa temporada en algunos libros publicados en Antofagasta durante los 90, principalmente, además de un breve contexto sobre autores destacados. Yo estudiaba ingeniería en esa ciudad y, gracias a mi amistad con el poeta Ricardo Tapia Taborga —estudiante de Derecho en esa época— comencé a frecuentar y luego a participar en un movimiento literario donde los jóvenes poetas y escritores asumían un rol destacado. De mis «cápsulas literarias» se desprende que aquello no fue espontáneo, sino el resultado de un trabajo colectivo, entre poetas y narradores de generaciones anteriores, quienes compartían sus experiencias en talleres literarios, círculos de artes y agrupaciones integradas principalmente por estudiantes universitarios. Poetas como Eduardo Díaz Espinosa, Miguel Morales Fuentes, Paulina Cors Cruzat y Héctor Cordero Vitaglic —entre otros—, mantenían activo el panorama de lecturas, presentaciones de libros y eventos artísticos, sin obviar las necesarias e inevitables diferencias de perspectivas que de algún modo enriquecieron el debate y la producción literaria. Eso, sumado a la relevancia del concurso de cuentos organizado por la Universidad Católica del Norte, con Olga Valdés de la Torre y Sergio Gaytán entre sus organizadores, mantenía activos a los narradores de las cuatro (hoy cinco) regiones nortinas. Y, por supuesto, el explosivo éxito de Hernán Rivera Letelier con su primera novela generaba una alta expectativa entre los antofagastinos, lo que evidenciábamos en las exitosas ferias del libro realizadas a mediados de los 90 en el barrio histórico, en las que era inapelablemente la figura principal. Destaco, además, a doña Germana Fernández, una persona tremendamente culta que apoyaba actividades literarias y también las organizaba. A veces pasábamos por la librería universitaria a solicitarle opiniones sobre tal o cual libro y ella nos instruía amablemente. Fue académica en la extinta universidad Santos Ossa, donde, si bien recuerdo, estudió y luego ejerció la docencia un joven Patricio Jara.
Los textos que aquí comparto de las cinco cápsulas señaladas son versiones ampliadas, con el objetivo de entregar un poquito más de información en cada una de ellas.
Gracias a la invitación de Carlos Hernández, autor de Hermosa ruralidad de un sueño, me motivé a superar el confinamiento mental que inducían subrepticiamente las normas sanitarias y así pude conectarme con esa época. Valoro sinceramente a todas esas personas, sobre todo a los talleristas que, semana a semana, no pedían nada y entregaban sus conocimientos y experiencia a quienes empezábamos recién a comprender en qué nos estábamos metiendo. Les retribuyo este humilde gesto de gratitud, pues sé muy bien que la literatura se crea en soledad, así como se valora y fortalece en comunidad.

UN MENSAJE OSCURO
de Ricardo Tapia Taborga
Ricardo Tapia Taborga publicó su primera obra, Un mensaje oscuro, en el año 1996, cuando vivía en Antofagasta en casa del poeta Eduardo Díaz Espinoza. El poemario, una plaquette impresa en los talleres de la Universidad Católica del Norte, marcó un hito en la poesía joven de la ciudad. Comienza con una reveladora introducción: «Escucho, en el reloj mural, el golpeteo del segundero, que es más bien un gatillar de revólver entre personas temerarias e irreverentes jugando ruleta rusa, y yo esperando una bala instigadora para esparcir mis ideas». En el poema que da título al libro, dice, «Las ideas son avalanchas que sepultan el libre / albedrío / no me di cuenta que manejan las vidas», una sentencia que refleja su desencanto visionario: «somos un mal sueño de guerra civil, / de revolución […]».
En varios de sus once poemas gravita un discurso que interpela desde lo satírico —y en clave— situaciones personales o noticias globales del contexto en que fueron escritos. En «Estereotipo de hombre», por ejemplo, alcanza un tono carnavalesco: «Apartheid: no fue mi culpa, / yo soy sudaca y sólo me altero / cuando “la morena pide más” / … / Oh, “parece que los ojos se le hubieran volado”». En cambio, en «Mar entendido», que abre el poemario, predomina un tono elegiaco: «No me des, mar, / el camino de las rémoras, / ¿soy yo tu descontento?». Tono que retoma en «Allá, lejos de todo lo conocido» dedicado a su terruño de origen: «Los puentes que volaban en los pómulos, / sobre los ojos hundidos de la tierra, / se debilitaron; enfermizos, amenazaban». El punto de inflexión lo entrega el poema «El ajeno aire que seca mis manos», dedicado a la memoria de Bárbara Délano, joven poeta fallecida trágicamente en el vuelo de AeroPerú ese mismo año: «Cama alada, / amiga, te botó el viento, / te tragó los huesos / el acueducto del mundo».
En su poemario, Tapia Taborga vuelca sin enfado su visión pesimista del momento político, del contexto estudiantil y de su propia situación personal, pues dicha publicación —la primera del grupo de jóvenes poetas activos en el panorama antofagastino— lo invitó a dejar la encrucijada y optar por un solo camino, sin vuelta atrás; la literatura es privativa, así lo entendimos desde el principio.
Cuenta la leyenda que poco después del lanzamiento de Un mensaje oscuro, y haciendo honor a lo que escribió en el epílogo, el poeta dejó Antofagasta y comenzó «una nueva etapa en su adiestramiento, sin rumbo conocido». Aunque, en la actualidad sabemos que reside en México, donde ha desarrollado una sólida carrera académica en el área de la Sociología y la Historia. Paralelamente, continúa profundizando en el oficio mayor.

FÁBULA NECESARIA
de Héctor Cordero Vitaglic
Cuenta la leyenda que el poeta Héctor Cordero Vitaglic publicó Fábula Necesaria en el año 1995. El poemario alza la voz contra la nueva sociedad de libre mercado que comenzaba a imponerse en Antofagasta. Poemas como «Arturo en la cornisa», «Lejos de Chile», «Película de guerra apta para todo espectador», «Ayer entraron a robar» y «Máquina de hacer ángeles», marcan la voz crítica del autor contra la realidad post dictadura, y reflejan a través de la ironía y el sarcasmo el doble discurso del poder, ejercido en ese entonces por la Concertación. Con un tono desenfadado, antipoético, Fábula necesaria se aleja de sus libros anteriores, escritos con un lirismo convencional, con títulos como El jardín de las sombras, Cigarra!, y La hoja retorcida.
Fábula Necesaria también concede espacio a la reflexión, como un coto entre la risa y la rabia. En el poema homónimo advierte: «Somos los personajes que existimos / en la FÁBULA contada por otros que, / tuvieron la original idea / de incorporarse a las primeras páginas». En «Conceptos estéticos» el poema remata: «La poesía, como todas las artes, / es un juicio posterior a nuestra rapiña». En «Ideario», una selección de aforismos, intercala el sarcasmo y la reflexión; destacan: «Manzanas, uvas y kiwis: he aquí a nuestros próximos premios Nobel» y «La realidad es sólo la primera piedra de la obra verdadera, que es el sueño».

Cuenta la leyenda que en algún momento a finales de los 90 el poeta abandonó Antofagasta para radicarse en Osorno, donde los inviernos feroces y la fogosidad de los bosques le entregaron nuevos materiales para su proyecto escritural. Retornó a la Perla del Norte a finales de 2011, donde vive hasta hoy. Casi treinta años después de Fábula Necesaria, volvió a las librerías con 8 libros (de los que en otro momento hablaré) en un breve lapso de tres años —entre 2023 y 2026—, dentro de los cuales destaco Las costuras del ser, quizá uno de sus libros más íntimos.
En uno de los poemas finales de Fábula necesaria, titulado «Carta Abierta» y firmado por el «sindicato de payasos sumamente enojados», increpa a las autoridades de turno: «¿Hasta cuándo nos quitan el pan de la boca? / Ustedes dedíquense a lograr leyes / que dignifiquen los oficios / Los chistes los hacemos nosotros». Este poema nos deja en claro que desde su publicación hace 31 años, las cosas no han cambiado mucho y el discurso de Fábula Necesaria se mantiene vigente.

ELEGÍA AL CHANGO LÓPEZ
de Eduardo Díaz Espinoza
Cuenta la leyenda que el poeta Eduardo Díaz Espinoza publicó Elegía al chango López en el año 1987. Con sarcasmo en sus versos mordaces, muy propio del autor, entabla un discurso irreverente en la Antofagasta de finales de la dictadura, lanzando palos a diestra y siniestra, desde poetas locales hasta el alcalde, incluyendo a celebridades históricas como el cura Le Paige, José Santos Ossa y «los giles que todavía piensan en la vuelta del oro blanco». Como él mismo aclara en el poema, «El P. Lado es un vulgar, grosero y sacrílego», refiriéndose a su estilo que, si bien no es un carnaval de coprolalia, posee el coraje de ser antipoético en un contexto donde la poesía telúrica y políticamente correcta era custodiada por Andrés Sabella, faro lírico del Norte Grande. El P. Lado Díaz, como le gustaba que le dijéramos, en su elegía alude al fundador de la ciudad como «mezcla de chango y / minero, el Juan, hijo de un / tal López, ahora / es chango y famoso […] / siempre se lo pasaron por la bragueta […] / Desde chico le gustaron / los mojoneros, siempre / anduvo a pata pelá […] / ¡Pobre Juan! ¡Qué gil! Ossa lo dejaba en / pelotas…».
Eduardo Díaz Espinosa, al titular su poemario como Elegía lleva al límite su sarcasmo, ya que mantiene un discurso desacralizador que involucra a varios personajes de la escena literaria del momento en la Perla del Norte y otros de la Historia de Chile. Por ejemplo, «…en Atacama la Chica / hicieron su gran casa de putas, / en unos toldos que levantaron / don Pedro y doña Inés, Sancho de Hoz, / que no tenía martillo, pero / que se le paraba, reclamó / y lo acusaron de extremista». Otro ejemplo, «dicen que: Ossa no usaba jabón, / más corredor que árbitro, / era muy económico, no aspiraba / neoprén, le bastaban los efluvios / de su bacinica».
Elegía al chango López remata al mejor estilo del P. Lado: «son increíbles las cosas / mi buen chango que pasan / en tu ciudad / […] Antofagasta, antofagastita, / se va el siglo XX / ¡DESPIERTA MIERDA!».
En su etapa de funcionario en la biblioteca municipal de Antofagasta, el P. Lado fue clave para el movimiento literario en ciernes, ya que fomentaba lecturas que jamás se nos hubieran ocurrido a los jóvenes poetas, a causa de la ignorancia propia de los inicios y a la carencia de información mediática al respecto, de suerte que el gran conocimiento que el P. Lado tenía acerca de autores de culto y libros-misiles fue robusteciendo el estilo de cada uno de nosotros.
Cuenta la leyenda que el poeta detestaba la Coca-Cola, era una enciclopedia orgánica del tango, abominaba contra Dios, prefería la chicha de algarrobo y no le hacía asco a la leche, aunque tampoco le hizo asco al borgoña que compartimos generosamente en la Unión Chica alguna vez.
Eduardo Díaz Espinosa falleció el año 2009, dejándonos su impronta rebelde incluso en el ángulo con que se calaba la boina para bajar caminando desde su casa al centro.

ELEGÍA Y REGRESO
de Miguel Morales Fuentes
Cuenta la leyenda que en el Santiago de los años sesenta el poeta Miguel Morales Fuentes (el Tipógrafo Huraño, como se nombra a sí mismo) publicó su primer libro, Elegía y Regreso, breve poemario de juventud. Utilizando palabras sencillas profundiza en la precariedad de lo cotidiano, sin idealizar la pobreza. En el poema «Desde aquí» aborda su primer encuentro con la metrópoli: «Calles largas de humos y sonidos, / el sudor suburbano de parásitos, / el antimonio gris de las imprentas / y su salario denigrante y ácido». De «Mapocho»: «Rugidora corriente de sudores deshechos, / de pies atolondrados, del dolor del suburbio. / […] Mapocho que saliste de las / más suaves brisas, para bajar / después y vestirte de harapos».
En la capital fue contertulio de poetas como Rolando Cárdenas, Pablo Guíñez, Juan Florit, y fue muy amigo de Armando Rubio, entre otros. De su boca me enteré que junto a Alicia Galaz y Oliver Welden fundaron el grupo Tebaida en 1965, y que fue fundador y director de ediciones Tebaida, con siete publicaciones. Oriundo de la sureña Capitán Pastene, buscando su norte recaló en la ciudad de Antofagasta en 1971, donde reside hasta el día de hoy. En 1972 publicó El Herrero y su noche, con el auspicio de la Universidad Católica del Norte. La leyenda dice, además, que en el año 1996 publicó una segunda edición artesanal de Elegía y regreso, en el contexto de la Feria del Libro de Antofagasta, con gran aceptación del público lector, lo que dos años después se tradujo en una distinción por su trayectoria literaria de parte de la SEREMI de Educación. En el año 2000 publicó Los versos del tipógrafo huraño que resume un trabajo de varias décadas e incluye poemas asonantados y recreaciones de poesía alemana. En el poema «El don de la pobreza», dice: «El colchón de mi cuna / fue un pellón ovejero… / Mi primer beso me lo dio la lluvia; / … He sido pobre, pobre… / —Vallejo se impresionaría— / … pero soy rico, rico…: / me han llamado poeta desde niño». En el poema titulado «poemaria», afirma: «La poesía antes que nada es amar». A los 79 años de edad, el año 2018, publicó Las mil breverías del Tipógrafo Huraño, poemas epigramáticos entre el haikú y los artefactos parrianos. En la actualidad ya es una leyenda viva, tanto así que lo vemos retratado en su puesto de libros en la novela Ciudad Berraca del antofagastino Rodrigo Ramos Bañados. También es nombrado como poeta icónico de los noventa en la novela Pájaro Angustia, del que habla.
Miguel Morales Fuentes ha sido un poeta, según sus propias palabras, «Convenientemente sumiso, pero sí, conservando en mi ser una flor roja de rebeldía. Yazgo entre déspotas capitalistas. Alegando en las puertas de las notarías y perdiéndome en la mañana de las calles. Compartiendo el dolor de rebeldes que sonríen, como un medio de llegar al pan; entre escritores que no escriben, o entre ignorantes de corazón limpio. Me trago la colación donde se habla de fútbol, mujeres y caballos. Se derrama mi vino y pienso: ¿Hasta cuándo durará esta oscura vida?». Y le respondemos con sus propios versos citados del poema «Conciencia»: «Difícil es morir / cuando la vida puja por ser libre».
TRES ANTOLOGÍAS DE LOS 90
Cuenta la leyenda que en los años noventa se publicaron en Antofagasta tres antologías literarias de poetas y narradores de distintas generaciones. La primera se publicó en 1993, titulada Aquelarre (alquelagarre), una muestra del trabajo literario de un grupo de jóvenes integrantes del Círculo de Artes Manuel Durán Díaz, dirigido por el poeta Eduardo Díaz Espinosa. Desde el título marca un estilo transgresor, entre jovial y desafiante. De los diecinueve antologados, destacamos al narrador Patricio Jara, al poeta y crítico literario Eduardo Farías y al poeta visual Rogelio Cerda. Los autores de Aquelarre (alquelagarre) hicieron lecturas públicas, performance, obras teatrales, recitales poéticos, y mantuvieron al mundillo cultural de la ciudad en constante ebullición, sobre todo al enfrentar sus discursos con autores de generaciones anteriores, que no comprendían la búsqueda ni la actitud de estos jóvenes apabullantes. «habrá que echarle la culpa a Condorito, Nietzsche, la pequeña Lulú, Mafalda, Drácula, Los Simpson, o el Heavy Metal», dice el P. Lado Díaz en el prólogo. Un párrafo antes, como calibrando el momento literario de Antofagasta, cita a George Brassens, poeta y músico de la llamada trova anarquista, gran premio de poesía de la academia francesa en 1967, con un fragmento de su canción El tiempo no tiene nada que ver con el asunto (el P. Lado no entrega fuentes del traductor, por lo que intuyo que es de su cosecha): «La edad no tiene nada que ver / cuando uno es huevón es huevón / basta de pelear entre ustedes / huevones jóvenes, viejos huevones / huevoncitos principiantes / viejos huevones temblequeantes».

Dos años después, en 1995, la Asociación de Escritores del Norte, ASEN, publica la antología Poesía y Prosa, que reúne a 20 escritores y poetas de la ciudad, además de seis invitados de otras latitudes. En esta antología se destacan autores como Miguel Morales Fuentes, Héctor Cordero Vitaglic, José Manuel Gaete Iglesias, Luisa Cárdenas y Liliana López. Aunque el antologador incurre en la tentación de publicar loas a su persona de parte de algunos poetas invitados —además de sumar erróneamente a Borges con el sufrido y apócrifo «Instantes», que cierra el libro—, esta antología es una muestra válida de lo que en ese momento escribían los miembros de dicha asociación, quienes mantenían un perfil más sosegado que las agrupaciones juveniles, realizando lecturas y lanzamientos en la Biblioteca Regional y en la Feria del Libro de Antofagasta. En el prólogo, Jim Olmos Adriazola, escritor y controvertido columnista de El Mercurio de Antofagasta en la década del 80 —quien terminó en la indigencia, según cuenta la leyenda, luego de que un incendio arrasara con su casa—, señala: «Una pequeña muestra del acervo literario acumulado en los archivos poéticos de la ASEN es el presente libro de verso y prosa de algunos de sus integrantes, y de otros poetas invitados, como aporte creativo nuestro a la “Segunda Feria Regional del Libro”, amén de los textos autoeditados por sus vates».

A finales de 1996, el Tipógrafo Huraño, director del Taller Literario Rodrigo Lira de la Universidad de Antofagasta, publica una antología homónima, que incluye a ocho estudiantes de esa casa de estudios y dos poetas jóvenes invitados. Es importante destacar que en esta antología participan jóvenes que también eran miembros del Círculo de Artes Manuel Durán Díaz en su etapa de Avenida Brasil. En el Taller Rodrigo Lira participó como tallerista en algunas sesiones el poeta Rogelio Cerda, alias Eskupe, que trabajaba en la biblioteca de esa casa de estudios, lo que permitió un acercamiento entre diversas corrientes literarias presentes en el acontecer cultural de la ciudad. En la antología destacan Pablo Hrepich, Pablo Valdivia, Ricardo Tapia Taborga, Marietta Morales Rodríguez, Carolina Olavarría y el que habla. Miguel Morales Fuentes, en el prólogo de la antología, conjetura: «La selección de estos trabajos tiene el valor de un testimonio llevado a la letra impresa, para que en un tiempo futuro, aquellos poetas que fueron principiantes en el oficio y que hayan logrado el éxito merecido, puedan recordar con cariño que el esfuerzo y la pasión juvenil son elementos imprescindibles, para la creación poética y literaria».
Vale agregar que el movimiento literario juvenil generado en torno a maestros como el P. Lado Díaz y el Tipógrafo Huraño, a través de estos talleres, mantenía la independencia necesaria para crear desde la experimentación no solo escrita, sino que además performática y colaborativa con otras disciplinas como el teatro y la danza.
Las tres antologías señaladas permiten hacerse una idea más o menos general del acontecer literario de esos años, aunque dice la leyenda que no dan señales de la fuerte discusión ético-estética que bullía en el ambiente ultraliberal en gestación, donde los más jóvenes ansiaban reventar el nuevo sistema económico-político, intuyendo la desigualdad que se forjaría en las próximas décadas, mientras otros preferían dejarse arrastrar por los acontecimientos, temerosos, quizás, de un regreso al pasado.
De estas tres antologías, más allá de las minucias circunstanciales de edición o convivencia, rescato la pasión con que se vivía la literatura en las calles de Antofagasta a mediados de los 90, un momento feroz que robusteció la producción poética y narrativa del norte de Chile, entre tomas universitarias, protestas callejeras y compras compulsivas.
Con esta cápsula finaliza la etapa de leyendas literarias de Antofagasta. Muchas gracias, amigas y amigos, será hasta la próxima.
La Calera, agosto 2026.-

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Bibliografía citada:
Un mensaje oscuro, Ricardo Tapia Taborga (UCN, 1996, 18 pp.)
Fábula Necesaria, Héctor Cordero Vitaglic (Ediciones Selkirk, 1995, 66 pp.), proyectada por Sergio Gaytán Marambio.
Las costuras del ser, Héctor Cordero Vitaglic (El claroscuro del corazón, 2023, 144 pp.)
Elegía al chango López, Eduardo Díaz Espinoza (Ediciones Guerra 33, Segunda Época, 1987, 20 pp.)
Elegía y regreso, Miguel Morales Fuentes (2º edición artesanal de 20 ejemplares, 1996, 22 pp.)
Los versos del Tipógrafo Huraño (Impresoras Atlántida Ltda, 2000, 140 pp.)
Aquelarre (alquelagarre), Eduardo Díaz Espinoza, compilador / Varios autores (NORprint, 1993, 122 pp.)
Poesía y Prosa, Jim Olmos Adriazola, compilador / Varios autores (Alfonso Olave & Asociados, 1995, 51 pp.)
Taller Literario Rodrigo Lira, Miguel Morales Fuentes, compilador / Varios autores (No señala imprenta ni cantidad de ejemplares, 1996, )