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GONZALO ROJAS

Aprendiz inconcluso


por María Teresa Cárdenas

 


Pese a los premios y los honores cosechados en la última década; pese a los ochenta y seis años que cumple hoy; pese a los libros propios y a una buena cantidad de ensayos y estudios que reúnen y descifran su obra, el poeta de Lebu, el torrencial y andariego de la generación del 38, siente que todo en él se está haciendo, porque sabe, con Goethe, que no llegar nunca, "eso es lo que te hace grande".


Hace diez días que Gonzalo Rojas (1917) está bailando al son del Premio Cervantes y ya se le nota algo cansado. Él espera que el baile dure poco, pero en el intertanto, disciplinado, sigue el compás y trata de no perder el ritmo.

"No, si es excelente dueño de casa", aclara la señora Irma, mientras recoge los platos vacíos del exquisito almuerzo que nos ha preparado y Gonzalo Rojas se levanta para atender otra de las incesantes llamadas. Si hace un momento hablaba con Radio Francia Internacional, ahora le contesta a un periodista de Galicia. Sabe que es parte del juego, y con paciencia oriental - quizás aprendida en aquellos años en China, de los cuales también conserva su famosa cama de dos espejos- contesta una y otra vez las mismas preguntas. De todas partes lo llaman, lo visitan, le mandan fax y correos electrónicos. Sorprende que en todo ese torbellino, y viajero como es, pueda estar al tanto de cada detalle en esta casa llena de recovecos, escaleras, camas y espejos que hablan del poeta surrealista, romántico y expresionista que fue y que sigue siendo. Para disipar nuestra duda, la señora Irma, que no en vano trabaja con él hace quince años, aporta un contundente ejemplo: "él hace todas las compras, y nunca se le olvida nada".

El poeta goza la vida y la conversación, ofreciendo primero un tour por la casa - buscando ángulos para las fotos- y luego una copa de champaña... para celebrar. La Palabra con mayúscula es el aire que vive Gonzalo Rojas, un aire fresco y puro, como el que se respira apenas se pone un pie en Chillán.

- Se ha destacado en estos días la competencia entre usted y Nicanor Parra, pero la vida los viene juntando desde mucho antes del Premio Cervantes.
- Es muy curioso que este Parra y yo estemos en plena vigencia y hayamos sido los que más temeridad asumimos cuando pensamos que había que modular de otra manera el juego, respetando eso sí a los grandes. Nicanor tiene tres años más que yo, lo que, arriba de los ochenta, poco importa. Él hizo un librito muy menor, a la orden del "lorquismo", debe ser del 37, el Guitarrero del alma, pero cuando pasa la órbita de estudios más serios en su especialidad, y va a la universidad de Brown en el estado de Providence, en Estados Unidos, y también concurre después a Oxford, entonces no solamente estudia física sino que lee en inglés directamente. Y eso a él le afirma bien el espinazo. Y yo, a mi vez, había sido un disidente muy prolijo haciendo lo mío, en desacuerdo con ese grupito que era la Mandrágora.

- En parte su disidencia tuvo que ver con el antinerudismo de ese grupo, ¿no?
- La gente cree que es una falta de respeto mía, pero no me gustó la Mandrágora que ideaban el Braulio, Teófilo, y el otro niño, Gómez Correa, no porque fueran malas personas, sino porque eran literatosos, y a mí me aburría lo literario; yo creía en la poesía, me leí bien a mis románticos alemanes, a Novalis, a Hölderlin, en fin, tantos que son de oro, de esos días al cierre del dieciocho en Alemania, y a algunos ingleses de esos años también. Y entré en el ejercicio o en la praxis del surrealismo pero no como un subordinado. Claro, hay un rechazo que empezaba por la objeción incesante de estos jóvenes a Neruda. Era una mala cosa, una postura negativa. ¡Y no se saca nada contra Neruda! Yo leí el primer Manifiesto de monsieur Breton, y él dice "yo no soy el hombre de la adhesión total", y eso a mí me ha funcionado mi vida entera, y era lo que me hacía entenderme, por ejemplo, con un disidentón de allá de México que se llamó Octavio Paz. Y por eso me gustaba Vicente (Huidobro); no fui ni "vicentístico", ni creacionista, pero me encantaba que este pituco transgresor fuera tan desinhibido, se saltara todas las reglas, se divirtiera con un humor sano a costa de tanto esquema y de tanta norma.

- ¿Qué fue, entonces, lo que lo distanció de Nicanor?
- Lo que pasó entre Parra y yo, allá por el 58, yo tenía 40 años, es que en una revista de la época le hicieron una entrevista después de algún éxito que ya había tenido, entonces le preguntan por mí y él dice "Yo también tengo en él a mi pequeño De Rokha". Él se puso por encima, a las alturas de Huidobro o de Neruda. Y agregó algo más cruel, que no recuerdo. Eso me molestó, y me dije a éste no le voy a contestar en su juego humorístico chilensis, baratija para mí; le voy a contestar a escala de Quevedo en las grandes guerras con Góngora, con Lope, en fin, y escribí un poema ¡terrible! que no es poema es una versaína y se llama "Gracias y desgracias del antipoeta". Yo no quise que se derramara eso, pero un joven, que trabajaba en "Punto Final", llevó el poema y lo mandaron a la revista "Marcha" en Montevideo, y salió al mundo. Duro mi poema, pero dentro de su severidad y de ese juego sombrío del humor negro, yo alcancé a decir algunas cosas vivas, que a Parra lo debieran haber llevado, pienso yo, a una reflexión más que a un encono. Ahí quedamos distanciados.

- Se ha dicho en estos días que ese poema fue escrito a fines de los sesenta y que el motivo fueron más bien los celos suyos por la resonancia que él había alcanzado.
- Ésa es una majadería. Eso déjeselo a los periodistas de otra especie. Yo en general he sido tan parco siempre, y tan remiso a todas esas querellas, que no me merecen ningún interés, incluso en los plazos en que mis amigos de la Mandrágora objetaban a Neruda, me parecía miserable. Yo estaba con los dos Pablos a la vez, mi corazón y mi seso estaba con ellos dos, con Rokha y con el Neruda, y estaba con Vicente y con mi Gabriela, que todo el mundo la apartaba como a una vieja novecentista, como una alcachofa vieja. Entonces cómo nos vamos a prestar a estas alturas en el año 2004, 2003 final. No vale la pena.

- ¿Por qué entonces publicó ese poema en su libro "Metamorfosis de lo mismo", del año 2000?
- Claro, cuando hubo el rescate de los papeles que yo he escrito, el editor que hizo ese libro, tampoco lo voy a culpar, espigó por aquí y por allá y publicó este texto. Es que el escritor es un animal libre; yo he vivido a la intemperie y sigo viviendo a la intemperie, y no le tengo miedo al miedo de ningún modo, pero no para encender de nuevo lo que parece una cosa tan equívoca. Parra no se merece una cosa así. Él es piedra fundamental; y yo también lo soy.

- Usted ha destacado el debate y la polémica que se daban en su juventud en el ambiente literario. ¿Eran de otro signo entonces?
- Santiago era vivo, y aunque teníamos pensamientos distintos, nos respetábamos. Yo me acuerdo de Jaime Eyzaguirre, por ejemplo, pituco, franquista, pero él vendió libros míos, ese libro que mereció las iras de Alone, ese libro que sin ser procaz, es un libro fuerte, él me vendió cincuenta ejemplares de La miseria del hombre en su librería, que estaba en Moneda y se llamaba El Árbol.

- ¿Influyó la mala crítica a ese libro en que se demorara en publicar otro?
- No. Me demoré, porque me demoraba. En mí se daba en esos días, como se siguió dando, pero en esos días muy intensamente, el hombre de acción, que en algunos poetas funciona a escala política, pero en mí no. Yo entré a un partido que se podría llamar de la "locura fundacional chilena", y me gustó mirar para atrás, yo supe mirar muy temprano hacia el siglo diecinueve, a los progenitores de 1840, me gustaba todo ese equipo: el Lastarria, el Sarmiento, el Bello joven, que llegó más temprano. Ese proyecto de autonomía cultural que se ha llamado "el movimiento del 42", operó mucho en mí, y sobre todo influyó un loco que fue maestro de Bolívar y que se llamó Simón Rodríguez. Era un genio, un progenitor de mundo, sabía todos los idiomas, hasta el ruso, pero lo que me fascinó de este tipo es que fue un fundador que le enseñó a leer, igual que Sarmiento, al soberano. En esos días el soberano era el pueblo que surgía.

- ¿Es en esa lógica que usted les enseñó a leer a los mineros del salitre en el norte?
- Ahora que me lo dices, se amarra por dentro, pero en esos días no lo pensé. Yo fui un activista. Entonces, ¿por qué dieciséis años de espera?, porque yo no era literario, no me interesaba la publicidad, para nada, ni el aplauso, aunque la Mistral me hubiera dicho esas cosas tan buenas; ni tampoco me dañaba el silencio, porque cómo no iba a haber silencio en torno mío si yo no publicaba nada. Pero, en cambio, como ingresé a la órbita del Professor, contribuí a fundar el Pedagógico y desde ahí, la Universidad de Chile de Valparaíso, año 47. Y luego, por el azar de un concurso donde gané el primer lugar, me vine a Concepción porque allá en Valparaíso estaba haciendo ¡setenta! horas de clases.

- Le quedaba poco tiempo entonces para escribir.
- Es que yo era un moroso por naturaleza. Yo soy un poeta larvario, y me demoro. Cada escritor tiene su bestiario, como decía Cortázar, tenemos devociones por ciertos animales; el mío no es un animal, es un lepidóptero, que se llama la mariposa, y es porque la mariposa es oruga y es larva y se demora y llega a la metamorfosis. Ése es el juego mío. Por eso no es tan raro que haya escrito un libro que se llame Metamorfosis de lo mismo, que parece un disparate, pero así se me da el mundo a mí. Y por eso, si entre el primer libro y el segundo hay dieciséis años, entre el segundo y el tercero hay trece años. Sin ni una prisa, por temperamento, porque yo era un poeta en dos cuerdas: el poeta que escribe y el poeta que hace. Y es lo que la Hilda (May) tiene muy bien puesto en este libro que se llama La poesía de Gonzalo Rojas donde ella habla de la "poesía activa". Esto viene de una frase de Sarmiento que seguramente yo leí bien: "hasta nueva orden, los escritores en América están exigidos por la contemplación y por la acción al mismo tiempo.

- Si usted se ha definido como poeta de la disidencia, ¿no es paradójico que al mismo tiempo respete la tradición y no busque la originalidad?
- Es que no hay originalidad. Ésa sería para mí la errata, no digo error, de un Nicanor y de un Huidobro, que creen en le nouveau. El nouveau era una categoría a la que aspiraron los poetas de la vanguardia incipiente al empezar el siglo veinte. Es un término que acuñó el mismísimo Baudelaire que para mí es un rey. En Las flores del mal, que es un libro de 1857, se encuentra una última línea que dice "para ir en busca de lo nuevo". Pero yo no creo en le nouveau; la eternidad se me da por el lado místico que funciona en mí también. Pero lo nuevo tiene cara de viejo desde la partida; a toda la gente que habla de lo nuevo yo le veo la arruga en la nariz; no hay originalidad en poesía.

- Llama la atención que usted se defina también como surrealista y expresionista o surrealista y romántico, términos aparentemente contradictorios, ¿se pueden juntar estas cosas?
- Bueno, todos estos ismos se juntan, se muerden la cola, se muerden la cabeza. Son todos, en el fondo, derivados del romanticismo alemán, por un lado, y fuertemente del simbolismo francés del siglo anterior. Todos estos ismos repercuten en dos artes: en las plásticas y en las letras y son todos medios parientes, en el fondo. Ahora, el expresionismo no acepta la idea de que lo onírico es lo fundamental, pero al mismo tiempo entiende que la conciencia vigilada o vigilante no es la madre del cordero. El expresionismo tiene una fiereza que a mí me encanta, y yo tengo que ver con esa fiereza. De Rokha es un expresionista, a su modo; yo soy un expresionista, a pesar mío a veces, pero soy surrealista también puesto que transo y acepto las grandes claves del surrealismo proyectadas por Breton el año 24 en el Manifiesto, que son l'amour, la liberté et l'imagination.

- ¿En cuál de esas claves estuvieron más débiles los surrealistas chilenos?
- ¿Sabes lo que le faltó al surrealismo chileno?, no te enojes conmigo porque voy a parecer un petulante más: le faltó genio poético, si eso es todo. Parra tiene genio poético, yo no digo que sea genialísimo, ni que yo lo sea; yo tengo genio poético. Lihn tiene parcialmente genio poético, pero lo manchó, lo fastidió leyendo mucha tontería de la semiótica y todas esas porquerías. Yo enseñé más de cincuenta años teoría literaria y conozco por dentro lo que son las trampas de los métodos para llegar a conocer o a descifrar el fenómeno poético.

- ¿Cuál ha sido para usted el mayor genio poético del siglo veinte, Neruda?
- Neruda es fragmentariamente genial. En Residencias es un tipo genial, porque propone una visión sombría de la existencia de un tipo tremendo que no había estudiado a Heidegger y se metía con el tiempo, con la materia... Además con un lenguaje... el lenguaje balbuceante de Residencias sólo tiene par con el otro tremendo poeta que siempre lo ven más abajo de Pablo y no es así, que se llama Vallejo. Ese cholo mestizo cuyas abuelas son indias y cuyos abuelos son curas y que muere sin gloria, sin fama, sin nada, sin plata, casi muerto de hambre. Vallejo y Rulfo, ésas son mis estrellas. A la "Mistrala" me la dejaron afuera siempre y ésa fue la única criatura que tuvo la gallardía, la gracia, de dejar que pasaran, vertiginosas o no, todas las corrientes de lo que se llamaban las vanguardias, y ella siguió hablando como sus paisanos del Valle del Elqui. Lo mismo que Juan Rulfo, otro genio que arranca de la oralidad, se quedó oyendo a sus paisanos de Jalisco y no le pidió prestado nada a nadie.

- Usted ha sido un disidente de los movimientos literarios y también de la política, ¿cuándo sintió más en peligro su independencia, en Cuba o en Alemania?
- No, de cabro. Incluso yo quise escribir a la orden de esta línea sociológica, y no me funcionó, debe haber sido a los veinte. Me di cuenta de que eso no era lo mío, que no le creía tanto a la cosa. No me gusta ofender a la gente buena que anda por ahí, pero esas ortodoxias partidarias lo instigaban o querían llevarlo a uno a la escritura más que comprometida. Esos himnos. Es imperdonable que Neruda le haya escrito a Stalin cosas de ésas.

- Y a propósito de su experiencia en La Habana, ¿coincide con Jorge Edwards respecto de su libro "Persona non grata"?
- No, no. Yo, claro, entendí a Jorge, más habiendo vivido esta experiencia, pero también me pareció demasiado rápida esa versión, y no tan profunda. Es que es difícil. La realidad era la que él señaló, pero yo he encontrado como inconsistente hasta la escritura, es que yo soy bastante odioso en ese sentido, a mí me gusta que el escritor escriba bien, eso es lo primero, que tenga dominio de lo suyo, que tenga oficio.

- A propósito del poeta en acción, usted pasará a la historia por la organización de los talleres y encuentros de escritores en Concepción.
- Yo creo que de todas las reuniones literarias que se organizaban, no hay nada comparable a esos encuentros de Concepción de Chile en esos cinco años que corren del 58 al 62 en cuanto a mirarse por dentro y a dialogar por dentro los iberoamericanos. Fue un desafío, el diálogo pasó a ser el instrumento, no como ahora, que todo se funda en la máquina que te permite trasladar la imagen de acá para allá. No, era un diálogo en el que tenía que arder el pensamiento y la polémica, que es tan sana.

- ¿No existe eso hoy?
- Ahora no hay debate y la gente está llena de prejuicios y de rencores y de tonterías, cuidando cada cual su parcelita chica.

- ¿Se siente un poco solo, entonces?
- Mucho; por eso lo que yo quisiera es cerrar mis viajes que deben ser pocos ya, pronostiqué que el año 5 chao pescado- con unos cuantos muchachos, mujeres, jóvenes y niños y recorrer este país a lo largo y anclar en algunos rincones, quedarme una semana con los grupos de allí mismo, dialogar con ellos. Yo creo en el diálogo. Eso se podría hacer. Y aprovechar las máquinas de hoy; ir con las películas, filmar a la gente, oírlos hablar, a los paisanos chilenos. Yo pensé que este Lagos iba a hacer cosas así, como un comando de viejos, un consejo de ancianos y de jóvenes, para dialogar. Los muchachos necesitan a sus paisanos mayores, a los que anduvimos navegando sin protección.

- Me imagino también a Parra ahí teniendo algo que decir.
- ¡Parra podría perfectamente!; yo habría sido feliz de haber hecho estas expediciones a lo largo del país, o en avión o sin avión, en carro, con un Nicanor, con Volodia, aunque no se entienden, con el niño loco y maravilloso que es Miguel Serrano, que yo lo adoro. Esos son mis compañeros.

 

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Gonzalo Rojas: "Aprendiz inconcluso", por María Teresa Cárdenas.
Fuente: Revista de Libros de El Mercurio,
Sábado 20 de diciembre de 2003.