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ENTREVISTA

Una clase de poesía al estilo Gonzalo Rojas

Por ANDRES HAX
Revista "Ñ", domingo 24 de septiembre de 2006


Una entrevista de "Ñ" con el Premio Cervantes 2003 se convirtió en un espectáculo poético privado, un chisporroteo de humor serio y afirmaciones imprecisas. Rojas propuso preguntas, respondió otras, reivindicó el surrealismo, el humor, la escritura automática y la poesía como una actividad fisiológica. Explicó luego su trabajo declamando y analizando ante el cronista uno de sus más recientes poemas.


Señor periodista: Estoy muy cansaaa-do. Estoy cansado de caminar todo el día por las calles de Buenos Aires y de caminar todos estos siglos por la vida. "Es la voz del poeta chileno Gonzalo Rojas hablando por teléfono desde su habitación del Hotel Boulevard, cerca del Obelisco. Parece que la entrevista no se va a dar. Son las diez y media de la noche. Es pleno invierno. Tiene noventa años. Está en todo su derecho de decir: "No, muchas gracias, buenas noches."

Pero sorpresivamente nos invita a desayunar la mañana siguiente, en el hotel. A las nueve en punto sale del ascensor acompañado por su asistente. Es menudo, formal, y bien derecho. Camina despacio pero firme. Está vestido de traje oscuro, impecable, con una corbata roja y su gorra negra de marinero. Su compañera es larga y flaca, vestida de falda y también con una corbata roja. Le lleva un maletín de cuero que guarda tesoros: el facsímil de un telegrama de André Breton; la copia de una carta de Gabriela Mistral; una lista de insólitas preguntas poéticas; poemas inéditos. Todo lo cual termina regalando a su entrevistador que —inexplicablemente— se convierte, una vez comenzada la charla, de "señor periodista" en "Andrés querido".

Para Rojas la palabra es todo, y más que la palabra, la sílaba. Hasta se podría decir que no habla en palabras. Habla en sílabas. Pausando, prolongando, enfatizando, suspirando.

—¿Si lee su primer libro "La miseria del hombre" ve el mismo poeta que es hoy?
— Andrés querido... Mira... Sin jugar con ningún vocablo, ni palabras, ni nada de eso. Soy el mismo. Y en mí se ha operado algo así como la metamorfosis de lo mismo. Lo que te quiero decir es que soy el mismo. Creo ser. Es tan difícil decir soy. Siempre será difícil decir soy. Pero creo ser el mismo lector, intra-lector de siempre desde niño. Y el mismo que está apostando a decir mundo, nada más.

¿Y cómo nace un poema? ¿Es una búsqueda de la iluminación?
— Ya la palabra búsqueda me parece un poco difícil —no intolerable, pero difícil— porque eso implicaría ser un buscador, y sucede que yo no busco nada. El rey de España —y lo vamos a traer a mencionar— dijo al celebrar ese premio que se me dio hace tres años (N. de R.: el Cervantes) que yo era un buscador. No le entendí nada. Porque yo no soy buscador de nada. Aunque lo diga el rey.

Entonces, tal vez la pregunta es: ¿Qué son las palabras?
— Ahhh, ahora sí. Ya te entiendo bien, hijo. El poeta sabe aunque dice que no, sabe que él es palabra. Uno es palabra. Uno es nada más que palabra. Es como el respiro... No hay que ser un Rilke para afirmar que la palabra existe con la urgencia fisiológica de lo necesario. Yo no sé vivir, ni ver mundo, sino desde ese juego silábico. A Rimbaud le gustaba la vocal, a mí me gusta la sílaba. Yo soy silábico, y entonces de allí se me da todo. Por la oreja, por el ojo, por el olfato, por el sentido que uno tenga. Porque no es cierto que uno tiene cinco sentidos. Virtualmente todo poeta y todo niño tiene ¿cuántos ojos? ¿Cuántas orejitas? ¿Cuánta nariz?

Eso de ser silábico, ¿qué más significa?
—Es un modo de hablar, hijo, entiéndeme más claro. No soy un poeta metafísico, ni trascendente, pienso yo. Soy un fisiológico poeta más bien. Entonces lo que yo he hecho —aunque lo haya dicho otra vez te lo digo a ti— lo único que he hecho es SI—LA—BEAR el mundo. ¿Qué tiene que ver eso? Tiene que ver con un déficit mío que se llama la tartamudez. Y el asma. Tengo dificultad para decir, sin duda, desde niño. Y ese asma y esa tartamudez guardan relación estrictísima con una cosa más divertida que se llama: ¡la neurosis! Los niños son tan neuróticos como los viejos.

¿El cuerpo es el origen de la poesía?
— Ahhhhh... ¡Por supuesto! Habrá cuerpo y habrá alma, pero eso no es un dúo. Es una unidad, una sola amarra, una sola urdimbre. No hay que andar definiendo por separado esta armazón preciosa que es la criatura humana, alma-cuerpo. Seguramente habrá explicaciones a escala metafísica, filosófica y teológica de aquello como una dualidad. A mí no se me da.

¿Usted goza de la vida, no?
—¡Eso sí! ¡La adoro! La adoro a ella, la hermosa.

¿Le sigue apasionando la lectura?
— Sí, la lectura. Y, por lo visto, la relectura. Lo que pensaba por su lado Borges que era un relector sin fin. Y no sólo los libros. Uno lee todo. Hasta esos carros que van andando allí en la calle fea. Todo. Todo se lee, se relee y se reelige. Yo creo, no sé bien, me da la impresión que legiere en latín, ese vocablo, guarda mucha relación con elegir. Cuando uno lee es como que uno elige.

¿Qué libros relee?
— Los buenos. No sólo los viejos, no sólo a mis romanos que los adoro tanto. Yo fui de afición latina. Y no por el respeto a las cláusulas silábicas, dactílicas, anapésticas, trocaicas, jámbicas, etcétera. No. Es por cómo respiraban los tipos. Sacaban sus versos tan bellos. Un tesoro.

Ahí Rojas levanta las manos en un gesto amable y declara: "Voy a comer, compañero. Le voy a dejar un rato para pensar." Sin prisa comemos juntos huevos revueltos con tostadas que nos sirvió la compañera del poeta, y tomamos café con leche, sin hablar. Un breve silencio, después de terminar el plato, y el poeta vuelve y entona: "Qué bueno, Andrés. ¿Y entonces, qué vamos a hacer? Dialoguemos, pensemos, intentemos..."

¿Qué le diría a un chico que quiere ser poeta?
— Que se demore. Que no vaya con ninguna prisa en el juego. La apuesta es difícil ya se sabe. Como todas las apuestas. La apuesta de decir mundo desde la sílaba, desde la palabra, es difícil. Entonces que no tenga apremio, que se demore, que lea y que relea y que se equivoque. Que no aspire a nada y que jamás huela, o intente oler, olfatear desde lejos, la palabra fi-gu-ra-ción, éxito. Esa es la trampa. Eso hay que decirle al muchachito.

Y sin embargo el éxito es importante. ¿Qué significó, por ejemplo, que Gabriela Mistral reconociera su primer libro?
— Divertido no más. Coincido con una objeción de un señor más maniático que yo que había escrito como quince días antes una nota detractora en El Mercurio. Era entre ofensiva y torpe no más. Sobre el librito mío que recién había aparecido. Entonces quince días después, como los dioses existen, apareció un tarjetón en la casilla de correo del liceo donde yo enseñaba. Y ese tarjetón que lo llevo allí, en copia —si lo quieres te lo regalo— con su letra así distendida, divertida, la Mistral que dice exactamente lo contrario, pero no alude al Señor Alone, que en realidad no era ningún alone, porque, la verdad, iba bien acompañado de todos los tontos del mundo. Y no era necio. El tipo era despierto, un afrancesado, un prousteano.

El surrealismo fue importante para usted...
— Lo fue y lo sigue siendo porque el surrealismo no ha desaparecido. Como el romanticismo, no ha desaparecido. Además a escala de parentesco, de afiliación, ya se sabe que el surrealismo rescata en gran medida las ideas vertebrales y los fundamentos de los RO-MAN-TI-COS. Para leer a los surrealistas hay que haber leído a los románticos. Es como para leer poesía de amor, hay que leer poesía mística. Si no, no se entiende. Se entienden porquerías, se entiende la parte externa.

¿Concretamente, cómo funciona el surrealismo en su escritura?
— Yo no sé responder entrevistas, hijo, si no desde la poesía. Pásame esa poesía —le dice a su asistente—compañera (ella le alcanza unas hojas del maletín de cuero). Lo demás no me interesa nada. ¡Nada! Nada, nada, nada, nada. Aquí hay un poema, es un texto inédito: Empréstame a tu hermana. Aquí se ve cómo en un poeta viejo, de mayoría de edad, más que ya al cierre de todo, sigue funcionando este mecanismo de lo que no se mide ni se piensa mayormente y sin embargo se escribe. O sea, ese procedimiento que se llamó la escritura automática. Esto fue escrito por mí frente al mar y ni pensando en el mar y ni pensando en nadie. Pero mira el modo con que se abre. Y a partir de esto hazme las preguntas que quieras."

Lee el poema, tomándose su tiempo —entonando las sílabas largamente—, interrumpiéndose para hacer aclaraciones, para describir el contenido, para reírse seriamente de lo absurdo.

Sobre el título, dice: "Empréstame a tu hermana es un vocablo, te sugiero desde luego, divertido, ¿no? Irónico, humorístico. Que parece más bien como procaz. Porque yo le pido a alguien préstame a tu hermana para la cama. Ya. Empréstame a tu hermana. Empréstame. Esto es un modo de hablar bien popular. Empréstame a tu hermana. Entonces mira cómo se abre el poema."

Después de leer la primera estrofa vuelve al comienzo: "Hay que releer. Siempre ocurre con una poesía de cualquier plazo. Hay que releer para entrar en la oreja y en el ojo".

Termina la relectura y declara, como si fuera el poema de otro: "Entonces, para empezar uno se hace una conjetura. ¿Y quién cresta es este? ¿Quién es la hermana? ¿De dónde vino esa idea de la hermana? Lo digo porque a mí mismo se me dio, cuando lo cerré el poema, que salió de un solo vuelo, de un solo envión, de un solo viaje. Y por eso digo que se trata de un texto casi de dictado automático. Porque no lo pensé, no lo pensé, no lo medí, no saqué ninguna cuenta antes de escribir esto"

"Tú dices: este tipo es tan imbécil, que es capaz de decir cosas por disparatar. No es cierto. El árbol existe, el pueblito Lebu existe, el ventarrón existe, todo existe. Y el árbol está parado en el aire y no se sabe dónde están las raíces. ¿Es cierto o no? —le pregunta a la compañera, y ella asiente—. Eso es así. ¿Y no es así un poco la poesía?

"Claro, es hermético. Es semicríptico este poema. Pero es clarísimo. Aquí funciona y no funciona esa semicategoría de la cual hablábamos antes, el dictado automático. ¿Entonces cómo —¿no se dice mierda, no?— pero cómo cresta, entonces, cómo se explica qué es la poesía? ¿Cómo se hace la poesía?"

¿Qué más se puede decir? Parece concluida la entrevista. ¿Qué pregunta más cabe? Pero Rojas, tras un largo pero cómodo silencio, dice: "Andrés querido, una entrevista a un poeta es algo muy endemoniado. Muy difícil. ¿Cómo te lo voy a decir yo a ti? Algunas cosas te puedo decir, sin embargo. Te traje yo una lista de posibles preguntas por si te sirve. Unas ideas reiteradas. Nunca es para tanto, una de las cosas que yo digo: uno escribe en el viento".

Son tres páginas de fabulosas preguntas, poema en sí, titulado: "La belleza de pensar" o "Del gran juego". Entre ellas: ¿Por qué hay tanta Nariz en su ejercicio y hasta la escribe con mayúscula? ¿Buenos Aires, epicentro de la creación poética? ¿Todavía lee Ovidio al amanecer?

¿Qué son estas cosas?
—¡Preguntas que me hago a mí mismo para ti! Así que aprovecha, si quieres.

¿Qué es el ocio para usted?
— Ah, es todo. ¡El otium! El encantamiento mismo. Yo te revierto la pregunta: ¿Cuándo aprendiste a leer? ¿Temprano? ¿Rápido? ¿Con urgencia de niñito precoz? ¿O con el apoyo de mamá que te dijo: ya niño, estas son las letras del mundo, los símbolos? ¿Así fue?

Me costó mucho, aprendí a leer muy tarde.
—¡Allí está! Oye, qué bueno. Este es amigo mío. Yo me demoré un mundo. Todos mis hermanos me pasaban por delante, eran precoces. El silabario mío fue muy moroso. Mucho. Habían unos libritos donde venían ejercicios con las sílabas separadas. Entonces cuando pasé al burro me regalaron cinco pesos. Cinco pesos. ¡Oro! Una monedita bonita. Pero los apurones, los apresurados no son los míos. Hay algunos que lo hacen bien. Neruda se apuraba y tenía gracia.

La última y le dejo en paz: ¿No sería mejor no haber escrito nada? ¿O por lo menos no haber publicado nada?
—Claro. Esa es una conjetura que me hago yo. Hay tantos amigos míos tan queridos, figuras humanas que van con uno en la calle, o gente como un hombre que atiende mi casa, me ayuda a vigilar las cosas en casa. Es prácticamente analfabeto. No tiene ningún apuro y se ríe de mí. No sé. Escúchame: no puedo responder esa pregunta.


 

 

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