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TRES GLOSAS ALREDEDOR DE GUSTAVO OSSORIO SANTIAGOS

Por Hatu G. K.

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Gustavo Ossorio Santiagos (1911 - 1949), poeta chileno, publicó dos libros: Presencia y memoria (1941) y El Sentido Sombrío (1948). Se suma epistolario e inéditos en su obra completa, publicada en 2009.



Cómo quedar ciego o andar a la sombra del éxtasis. Debe ser el asombro que todo buen poeta no pierde, ese pasmo extático, común origen de ambas en planteamiento de María Zambrano, Quizás si haya una sabiduría negra / Que exceda estas imágenes aparentes, / O si será posible hallar el fin de las cosas / Entre los cabellos que ocultan nuestras oscuras obras. Son tantos los cantos en libre caída en el silencio que sentencia Agamben, que la poesía de Gustavo le hubiese sido un aporte y quizá una extensión a sus ensayos. Sórdida, sin dialéctica ni depuración más que la mano del artesano, pequeño. Es testimonio de Ossorio su cercanía a Dios en la última carta enviada a su madre: ella acusa distanciamiento y él aclara que nunca antes había estado tan cerca del omnipresente: «La filosofía abre siempre rutas nuevas, el pensamiento es ágil y ávido de verdad, de infinito. Un día cualquiera puedo sentir la necesidad del apoyo católico, no dude que lo buscaré. Ahora no. Busco por otros lados; leo, medito, anoto, vivo, siento, pero siempre tengo a Dios conmigo y todos los días le doy las gracias por todos los beneficios que recibo de su mano». Es que cuando se nos plantea una filosofía como poesía es el oxímoron que no se asume ni se menta, parece la patología frente a una endogámica: la relación entre ambas es el fundamento. ¿Qué es un buen poema sino una filosofía en rocío de texto? El poeta muere en el sanatorio El Peral en 1949.


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Gustavo Ossorio, tan visionario y magullado, inicia un poema con estos versos blancos: «mientras somos felices / el nombre es nuestro enemigo». ¿Su sonido no es el rostro? El nominar es mano que amarra. ¿Y el nombre en Marcel Proust? También es llaga y señal, pero más pareciera, al contrastarlo a Ossorio, una sombra de paraíso, una viudez por el infante. Así, desde la lingüística y creación en la tradición hebrea, háyase dos conceptos en “Dabar”, donde se conjuga “palabra” y “cosa”, donde lo creado, lo fue a través del verbo. Nombrar como delinear. Cuanto ha sido, lo ha sido también como nombrado (acto del lenguaje, consecuencia de la lengua, no confundir con soluciones como buscar la lengua es buscar a su madre, aun cuando, guagua que no se comunica, muere). Buscar la lengua, perseguirla. Pues, con el imperio roto, ¿hacia dónde van las lenguas? Andrés Bello formó parte de alguna solución parcial al problema. Y sí, inútiles las traducciones de barrocos, pues ya están en español moderno. Hablamos la lengua de Cervantes. Es que en Camilo José Cela hay más poesía que en muchos poemas; ese párrafo innecesario en su reescritura del Lazarillo, o más radicalmente en Oficio de tinieblas 5; sí, pensarlo como punto de partida ya hecho el desastre fundacional: la ruina de la sintaxis, suicidio del sujeto gramatical. Para María Zambrano, el acto de nombrar tiene resonancias sagradas, ya que en El hombre y lo divino analiza cómo, en las tradiciones religiosas, el nombre se percibe como una manifestación del poder divino; un ejemplo claro es la tradición judeocristiana, donde el nombre de Dios es considerado inefable y nombrarlo implica un acercamiento a lo absoluto. En este sentido, el acto de nombrar adquiere una dimensión ética y espiritual, pues es un gesto que respeta y reconoce la profundidad de lo nombrado, el nominar vuelve a tomar y crea círculo. Como ella señala: «El nombre es a la vez herida y luz; es el medio por el que se revela el ser y, al mismo tiempo, lo que lo limita». Una idea que resuena en el pensamiento de Zambrano al concebir el lenguaje, no solo como una herramienta de comunicación, sino como un acto creador en sí mismo. Sí, la lengua es un problema. Porque el lenguaje, su ejecución, ya en Góngora no es solo molde sino modelo del poema, reconstruir del lenguaje. No sería tomarse la broma de Borges sobre recordar a Góngora cada cien años para olvidarle otros noventa y nueve años. Alguien recomendó alejarse de los manuales de estilo e ir directo a los autores. Sí, de Góngora hacer posibilidad de poética.


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Cierto canon oculto en la poesía chilena. Una explicación, ideal para relacionar a tanto poeta distante, es hablar de un canon oculto, como si su forma fuese sombra, escondidos de la crítica. Son muchos y pocos los nombres. Pasa el no querer encabezar con Díaz Casanueva y Rosamel del Valle: inevitable evidenciar auscultar. Hay un poeta chileno, trágico e inevitable: Omar Cáceres. ¿Es Defensa del ídolo, único libro que publicó, la búsqueda del centro de un círculo que está en todas partes, de radio infinito? Speculare cum Deo. No nos metamos con ese Dios. ¿Qué plantea Cáceres? ¿Es el yo, auténtico punto, un arquetipo del sujeto? Poeta vehemente de sí mismo. El ídolo como verdad bajo un sol que es lengua perimetral. ¿Y Gustavo Ossorio? Quien aparece y desaparece a voluntad en la lengua: «Que vengan esos primeros sueños; / Que vengan con su quemante copa de voces / No los recordaré / Porque mi cara es otra, y ya no hablo». El tratamiento no es cromático, es tensión. Es problematizar. Ya es muro, no cancionero. El enigma es el signo en cesura. Suspensión del significado. Gustavo Ossorio es la metafísica y Omar Cáceres la ontología. Cosmológica de la egofonía transcrita. Viejas o nuevas, las palabras son propias. Se asfixia el hablante en el discurso; consecuencia de ese espíritu del tiempo que arroya en el mundo. ¡Es el ídolo el que hará desaparecer toda humanización del poeta como tal! ¡¿Será ahogar la presencia en la memoria?! Omar Cáceres es uno de los poetas de la tensión máxima de la modernidad chilena, violenta y disgregada; Jaime Rayo, en un poema de Sombra y sujeto (1939), problematiza la misma escritura: «con qué silencio proceden al cambiar sus señales, / los primeros símbolos, la frase virtual, el lenguaje vedado, / tantas leyendas y tantos cuentos rescatados del azar, mientras sobre sus huesos un perezoso invierno repta». ¿Es su vida pilar de aquel catálogo escondido en su fragmentariedad, en su dispersión, tanto en vida como en sujeto lírico? Sí, es ello y en parte, del poetizar. El canon es un todo.




 

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