1.-
La lengua es una enfermedad. Saberla tal, llevarla en el músculo; hablarla, conocerla y reparar en la fractura, cesura de los signos; es llaga, va por sangre. No crea ésta realidad: se agarra de ella, parasita. Temerles, infectar de ellos. Fagocitar del significado como bestialidad del significante. La lengua es un cíclope; titán y padecimiento. Es Polifemo como receptor esperpéntico de la mirada por cuanto haga Galatea, emisora en sus gestos. Polifemismo: lengüosidad brutal. Una lengua de mil metros y brazos, multipolar sus acentos. Entrecruzar, enredar los términos: germinar la violentada en neologismo. Escribir: silenciar del lenguaje —hablando engaña, callando enseña—. Es imitar de oídas, plagiar pobremente a Valle-Inclán, malplantearlo y deformar ya no las imágenes —¿será Nova Express, de Burroughs, en donde la imagen es droga? Toda palabra desde ahora niega la reproducción en figura: ¿nos curará de ella?—, sino su alrededor, su intrínseco: golpearlas hasta que muestren lo que realmente son. No es ícono ni sonido: chocar las partículas en esperpento. Recordar que Giorgio Agamben ya decía de esa novela preciosista y deforme que es Hypnerotomachia Poliphili (Venecia, 1499): «una figura del amor por el latín: amor imposible o soñado, amor a una (lengua) muerta, que intenta revivir la flor disecada ». La estructura disruptiva. Fermentar la sinalefa. El poema es un espacio, no un lugar, no es el habitar sino el desahucio por el verbo. ¿¡Poesía como repliegue de lengua dicen algunos!? Sospechar del Breve diálogo filosófico entre el poeta y su dentista, de Miguel Vicuña Navarro, que cito: «y abra bien la boca. ¡Hórrida lengua! / Su bífido aspecto permite reconocer en ella / la lengua de un poeta». El poema es un problema que el espacio, su espacio, el verso, evidencia. ¡No ha lugar el desuso de los términos! El lenguaje, a la manera del tiempo, es acumulación.
2.-
Oponer la poesía a la imagen. La inmanencia del silencio frente a la holística de la semántica. Negar la imagen en el sentido y en el sonido. ¿Y qué es el poema? El verso tensionando la línea (la narrativa es un círculo; la poesía, una cruz) desde la cesura hacia mayores espacios como el final. No, no es a la manera de la filosofía en verso. El oficio del filósofo es con la idea; el poeta, que está entre el cantor, el bufón y el místico, es otra cosa. La imagen dislocó al ojo en su imposibilidad de dialogar con las nubes. Porque el nombre —¿nombrar como delimitar? ¿O el nominar es una ecúmene? El nombre es un tiempo (en diálogo con el espacio)—, como la imagen, no son falsedades ni intuiciones, son caudales de lo que distancia. El ícono subyuga al órgano ocular; la lengua, menesterosamente, debe oponerse al ojo. Suprimir al verbo —a la acción y conjugación— es el logro de la fotografía. Hacer del artista la culmine del actuar por parte de la gracia católica degenerada mediante la tercera persona de la trinidad, la cual siempre ha sido un problema definir, es el mayor logro del oficio de capturar la luz. No aplica verbalización y suplanta —la capitulación del ojo por el ojo—; todo párrafo en esa gota hecha multitud en lo contemporáneo, si el vocablo es imagen –ardid de la inauténtica creación– es un huevillo amputado, no es más que referencia, y su valor, la polisemántica que otorga la poesía –la que el filósofo, por oficio, opone–, es invalidada. La lengua es carne y el lenguaje mero aire acordado. La lengua pervive cuando el lenguaje se calla. El lenguaje es una metafísica y la lengua toda corporalidad; es suprafísica: un océano acuoso de forma –ni los pájaros traducen ni replican germinales–. La lengua se acumula, alarga y hereda de la madre al hijo. Los lenguajes caen y van como imperios. ¿Y el error? ¿Y su belleza? «No le toques ya más, / que así es la rosa», dice El poema, de Juan Ramón Jiménez –; sí, el de versos como nervaduras–. Rebatirle con idéntica autoría, las notas al texto que dejó, sobre de cuánto va la rosa al poema es tan evidente como su escribir todo con j no es más que un trío de picardía en teclado barroco. ¿Y qué hace el poeta, según tanta divagación? Sí: acordar que, a la manera del río, donde caudal siempre cambia, si es posible mojar las manos en ese río.
3.-
Erotismo para hablar de Dios; mística no es mera ironía, mas sería la izquierda aurisecular. Alguien la camufló como el anhelar —desde el alma, amor— el rostro de Dios en el exceso de plurales en estrofas. Terrenal eyección; hermenéutica para confundir, evitar sospecha con abono para un futuro psicoanálisis. ¿Dios es algo sin el hombre? Resolver distancias, eso plantea San Juan. Teología como surrealismo, claridad de programa; evidente imperativo ¿Religión o literatura? ¿La última, ficcional, es tumba del Olimpo? Ficción, no metafísica, menos mistagogia. Capas de racionalismo frente al inquisidor. La literatura explica, puede; desde la religión, es imposible. La mística es experiencia, ronda unitiva. Providencial –oponiendo al invidiar–, no privativa. Por eso puede ser sensual —la ascética es previa, purgativa e iluminativa, ¿interviene lo irracional? —. Sí, todo teólogo teme a la ninfa como contrario sentir en el poeta. Así despide un soneto en 12 + 2 de Góngora, poeta sin sentimiento entre el manierismo y talante cortesano en despedir, en el matar, en la dureza –¿después del desengaño del poeta, solo la muerte, la destrucción?– : «Adiós, ninfa cruel; quedaos con ella, / dura roca, red de oro, alegre prado»; ¿Si todo ángel es terrible, la ninfa sería aquella encarnación de próxima devastación a quien la observe; precio de mirar y adamar a ese eterno femenino como una nada depredadora – Si el sátiro de Amado Nervo hubiese despertado antes que «ni le quieren las ninfas… ya no existe / el placer, y la atrofia se avecina», habría terminado de la misma manera que lo dejó su autor en el tercero final: «entrecierra los ojos ver umbrío, / y pasa por su rostro de cabrío / el tedio de una vida sin espasmo»–? Pérfida desviación del cielo a las sirenas. Hacer de las pieles una objeción de consciencia. Cuando Luna Miguel habla de Hilda Doolittle da una definición clara, precisa: La mística no es más que la somatización de la fe. ¿Podría, afirmarse muy ligeramente que en Gustavo Ossorio choca la necesidad de fe con la ausencia de ésta misma –una decisión personal frente al hecho, o a lo no realizado–? Dios, ese carroñero metafísico que, después del barroco –camino de piedras irregulares– nos lleva al ateísmo. Chesterton, cuando aborda la figura de Santo Tomás, que, si la escolástica es el fin o el comienzo, término o cumbre: «el fin de una cosa no significa su destrucción sino su realización plena» –pensar el cierre categorial de Gustavo Bueno, esa «totalidad individual compleja» (y no, no me atrevería a decir si la mariología es una ciencia o andar midiendo la historia con la termodinámica; ¡ni de tala!)–: ¡que Dios siendo hombre es inmanencia de la carne!
4.-
La mística es atingente. Entendida como un ejercicio sobre el cuerpo y la escritura, se convierte en una forma de abordar lo inefable a través de las palabras. Luna Miguel ofrece una definición esclarecedora al concebir la mística como una somatización de la fe;: una experiencia que no solo se piensa, sino que también se vive y se inscribe en la carne. En este sentido, tanto Dios como el vacío —conceptos que trasnochan entre la claridad y la penumbra del alba, sobre todo en Simone Weil o toda somatización del ateísmo— son nodos que conectan lo humano con lo inalcanzable. San Juan de la Cruz, con su Cántico espiritual, y Rainer Maria Rilke, con sus Elegías de Duino, exponentes claros de esta tradición poética que funda su fuerza en el carácter interrogativo. San Juan, a través de un gemido que brota desde las profundidades del alma, busca la unión con lo divino en un lenguaje cargado de pasión y entrega. Su poesía no afirma, sino que pregunta: ¿cómo se encuentra lo absoluto? Rilke, por su parte, transforma el gemido en un grito; un grito que, paradójicamente, no es escuchado. En sus Elegías, se enfrenta al misterio de la existencia y lo divino, formulando preguntas que no buscan respuestas definitivas, sino que abren puertas a la contemplación. A este canon puede sumarse la voz singular de Gustavo Ossorio, cuya obra póstuma Contacto terrestre (1964) amplía esta tradición interrogativa. Ossorio inicia preguntando: «¿Qué es lo cierto?». Su verso se abre abismal; sigue: «La voz es un temor que devora. / La voz existe sin signos, sin fuego, como un / desfiladero natural en el seno del abismo». Dual –como el tiempo en Proust, bestia bicéfala según Beckett—, la voz es expresión y amenaza. Le dota de una cualidad devoradora, una fuerza que no solo comunica, sino que consume al sujeto que la porta. En la mística como en la poesía, el lenguaje es tensado. Ampliar los límites de la lengua. Este diálogo entre mística y poesía, las ideas de cuerpo, escritura e incluso la voz se convierten en escenarios donde el ser humano se enfrenta a lo inefable. Ya sea a través del gemido de San Juan, el grito de Rilke o el abismo de Ossorio, iniciando un poema con una pregunta es saltar al vacío.