Leí por primera vez los poemas de Humberto Díaz-Casanueva en lo que fue su segundo libro, Vigilia por dentro (pdf), en una edición de Nascimento; era un libro cuadrado, un formato que estaba de moda entonces y en que había un libro también de Neruda y otro de De Rokha. Me gustó en esa época un poema suyo que se llama “Trova de invierno” y encuentro que al largo de los años yo mismo he compuesto muchos poemas en esa misma forma.
Antes de conocerlo leí otro libro suyo que me impresionó mucho: El blasfemo coronado. Era una poesía muy libre, pero con una estructura de versículos parecidos a muchos textos bíblicos. Lo componían veinticinco largos fragmentos en que se exploraban ideas que yo entonces cavilaba, como la inmortalidad de los seres, o elementos de la vida misma, que hicieron que sintiera que los poemas hacían reajustar la visión de lo humano.
Sólo había visto poesía de este tipo en la biblia y en textos de los antiguos egipcios. Por ello me resultaba importante ver que en el mundo contemporáneo se pudieran reusar técnicas similares. Planteaba muchas interrogantes, como por ejemplo: qué sentido tiene la vida, o cuáles son las posibilidades de los seres humanos al enfrentarla. A la persona joven que era yo entonces estos elementos lo afectaban en forma especial. En mi vida propia me había tocado ver un mundo religioso distinto al habitual y me fue de particular interés leer estos textos.
En esa época de juventud lo vi alguna vez en la Sociedad de Escritores o en presentaciones de la Universidad. Me acerqué a él y fue inmediatamente amable conmigo e hicimos buen contacto. El contacto fue especial también, por un elemento que a él le interesó, y fue que en mis primeros años de relación con Wera Klose, hicimos y publicamos traducciones de Hölderlin y de otros románticos alemanes y Humberto Díaz-Casanueva había precisamente publicado una nota sobre Hölderlin con cinco poemas traducidas por él mismo. Fue un punto de contacto muy importante; él había vivido en Alemania y le interesaban las mismas figuras literarias que me habían atraído a mí. A Humberto Díaz Casanueva le había sido muy importante conocer los románticos alemanes que son los que tienen una visión nueva del mundo.
Fue en estas circunstancias, en esos años, que llegué a tener el máximo de interés, entre los poetas chilenos, en Humberto Díaz-Casanueva y en Rosamel del Valle. Eran amigos y muchas veces había una presentación de un libro de Rosamel con un texto de Humberto Díaz-Casanueva o a la inversa, Rosamel del Valle escribía sobre la poesía de Humberto.
Díaz-Casanueva siempre fue cuidadoso de su aspecto y muy cuidado de la forma de expresarse. Para mí y para el resto de los chilenos siempre fue típico de su personalidad que ayudó a Rosamel del Valle que había estado trabajando en la oficinas de Correos de Chile y que padecía de una extrema pobreza. Otro poeta amigo que recuerdo junto a Humberto es Gustavo Ossorio, con quien nos encontramos en una reunión. Creo que Humberto DíazCasanueva incluso escribió alguna vez un comentario sobre Ossorio.
Lo recuerdo de buen carácter, con un ánimo positivo; en su poética y ensayos (que son muchos y que sería importante que estuvieran publicados alguna vez), era también muy equilibrado. Tuvo también un ánimo muy abierto hacia la nueva generación de poetas. En eso conmigo fue siempre muy deferente al punto que incluso ha hecho un texto sobre mi obra que ya está publicado.
Otra cosa que a mí me impresionó mucho: Cuando Humberto Díaz-Casanueva estaba en Ottawa, en Canadá, murió su madre en Chile y en los próximos meses supe que había hecho un poema, “Requiem”, que al leerlo luego me tocó interiormente porque resulta muy fuerte en la expresión de sentimientos. Este texto se publicó años más tarde en otra edición al que se ha podido incorporar un espléndido texto de Gabriela Mistral quien hablaba de las impresiones que le producía el poema.
Los libros posteriores de Humberto y la relación con él me fueron siempre muy importantes. Estimo que es de los grandes poetas chilenos de la época, aunque no siempre fue reconocido como tal y sólo el año 1971 se le dio el Premio Nacional de Literatura, durante el gobierno de Salvador Allende. No hay que olvidar que después del golpe de los militares le tocaron largos años de exilio. Muchas veces me tocó hablar con él entonces por teléfono, incluso a veces en medio de la noche cuando me llamaba a mi casa de Toronto para hablar de poesía.
Lo estimo como un poeta extraordinario, como un hermano mayor.

Ilustración de Ludwig Zeller para "Sol de Lenguas" (1970)
Quizás la situación editorial de Chile me involucró en dos de sus publicaciones: hice la ilustración para la antología poética hecha por la Editorial Universitaria, y para su libro Sol de lenguas, publicado por Nascimento, diseñé la cubierta y realicé un collage para cada poema.
Posteriormente me tocó editar su libro El hierro y el hilo, ilustrado con mirages (obra mía en colaboración con Susana Wald), que apareció en Toronto, en Oasis Publications.