Las vanguardias, la experimentación, las rupturas y quiebres en la poesía hoy son corpus abiertos que interesan a lectores, investigadores, académicos, pero también a poetas y ensayistas que desean sondear en los modos en que otros autores resolvieron antes que ellos los mismos problemas en, con, desde y contra el lenguaje. Esa caja negra que son estas escrituras por fin tiene un estatuto que las singulariza, las devuelve a una historia, pero también a un porvenir que somos nosotros para ellas. Justamente, uno de sus grandes aciertos fue imaginar a sus lectores, sus interlocutores, en un futuro, en un tiempo distinto pero que no les sería desconocido porque las crisis y tensiones que devuelven al lenguaje, al idioma, le anteceden y apuntan a ese gran final de toda vanguardia en que origen y destino coinciden, creación y destrucción: el gesto vanguardista por excelencia.
Es lo que estas vanguardias mesoamericanas, caribeñas, andinas, atlánticas, han ido derivando de distintas formas, desde la fundación de países y ciudades que son, literalmente, desfundadas como Estridentópolis o el creacionismo de Huidobro que es más un postulado sobre el nacimiento de nuevas tecnologías que el fin de una poética. Asimismo, todos los límites empujados para que el poema no sea un poema sino un objeto, el libro no sea un libro sino una teoría sobre algo, la obra no sea una obra sino un dispositivo que se encienda y oscurezca más allá de los propios discursos que la sostienen. Cuerpos en negativo, desplazados, que en su inversión y contraste apelan a una “raza cósmica” que va desde la Atlántida como profecía de la civilización hasta sus futuras ruinas donde todo volverá a comenzar.

Uno de los poetas que visualizó, sistematizó y describió estas imaginaciones es, sin lugar a duda, el peruano Gamaliel Churata no solo en su magna obra El pez de oro (1957), sino también en el resto de sus libros póstumos como Anales de Puno (1922-1924) (Biblioteca Popular Transparencia, 1999), edición a cargo de Omar Aramayo, Resurrección de los muertos (Asamblea Nacional de Rectores, 2010), edición de Riccardo Badini, Ahayu-Watan. Suma poética de Gamaliel Churata (UNMSM/ Pakarina, 2013), edición de Mauro Mamani Macedo, Khirkhilas de la sirena (2017), edición de Paola Mancosu, o las compilaciones que realiza y comparte Wilmer Kutipa Luque bajo ediciones Perro Calato para ser viralizados gratuitamente en la red como Textos esenciales (2017), Textos de Gamaliel Churata en el diario La Nación de La Paz (1955/1958) (2020), investigación hemerográfica de Arturo Vilchis y Aldo Medinaceli, Cuentos (1923-1933) (2022) o Bocetos de una filosofía animal (2023), entre otros en nuevas ediciones o trabajos por venir.
En este contexto es que un poeta como Omar Aramayo (Puno, 1947) se erige como uno de los que trajeron de regreso a Gamaliel Churata apenas una década después de su muerte y que, en cierto punto, inaugura los estudios específicos en torno a su obra, pero sobre todo lo lee como un autor vivo, vivaz, urgente, desde su pionera tesis El pez de oro, la Biblia del indigenismo (1979) hasta el monumental ensayo de mil páginas Churata, un diablo baila feliz en los ovarios de la Pachamama (Summa, 2024) que se convierte actualmente en la Biblia de la Biblia del indigenismo.
Es cierto que en estos cerca de cincuenta años la atención a Arturo Peralta, y al grupo Orkopata, ha ido en aumento, ya sea en ediciones como las mencionadas anteriormente, estudios valiosos e incluso las pugnas por el destino y uso de archivos, manuscritos, derechos de obra. No obstante, la mirada de Omar Aramayo se ha mantenido fiel a las propias fidelidades de Churata y es uno de los más honestos y desinteresados especialistas en su producción.
Volviendo a El pez de oro, según la información con que se cuenta, Churata comienza a escribirlo siendo un adolescente hasta que a mediados de la década del veinte concluye un primer boceto que se verá prefigurado en 1930. La primera edición como tal es de 1957, pero al no estar bajo su cuidado, presenta erratas y variantes que pretendió corregir en una nueva versión que nunca presentó en vida. Es en 1987 que se lanza esta segunda edición, ya póstuma, en dos tomos. El 2011 aparece una edición crítica a cargo de José Luis Ayala anunciada como el tomo inicial de seis; al año siguiente, en Ediciones Cátedra de Madrid se publica una edición bajo el cuidado de Helena Usandizaga que hasta ahora es la más internacional con más de mil páginas.
Finalmente, en septiembre del 2024 estuve en Puno en casa de la familia Peralta invitado por José Luis Velásquez Garambel quien, por cierto, fue el que me mostró por primera vez todas estas maravillas de la vanguardia andina y puneña hace ya veinte años. Allí, gentil y generosamente, Pedro Pineda Aragón, sobrino nieto de Churata, me regaló la edición facsimilar, de la de 1957, que sacó la Universidad Nacional del Altiplano el 2021.
La más cercana galaxia de El pez de oro está en Bolivia y es un colosal volumen de más de mil páginas: El Loco de Arturo Borda, cuya primera edición en tres tomos data de 1966 aunque su redacción haya comenzado alrededor de 1910 de forma más sistemática y tenga una desaparecida primera versión en 1925 hasta que en 2021 la Municipalidad de La Paz, a cargo de Miguel Pecho, publica una edición íntegra, revisada y actualizada.
Paralelamente, si tuviéramos que asir otro vértice de estas potencias fundacionales de la literatura latinoamericana en el siglo XX, la tercera sería, sin duda, Los gemidos del chileno Pablo de Rokha, de 1922, que siempre hemos entendido como una obra solitaria, ignorada, desplazada, pero desde estas nuevas coordenadas hay que, en efecto, releer al poeta chileno en pleno diálogo con el poeta boliviano y a ambos con el poeta peruano. Este país del futuro que es la triple frontera de una escritura inconmensurable tuvo que inventar una guerra solo para que estas poéticas puedan ser hoy las épicas de esta época escritas por estos homeros mestizos, marginados, visionarios.
Ante estas consideraciones podemos regresar a Churata, un diablo baila feliz en los ovarios de la Pachamama de Omar Aramayo. El colosal estudio se divide en cuatro capítulos. El primero de ellos es “Filiación, concepto y recursos de El pez de oro” donde entre otros muchos puntos se reivindica el concepto de “indio”, en desmedro de “andino”, ya que aquel no tiene que ver con un geno o fenotipo sino con una conciencia: “se es indio culturalmente” (21) lo que amplía la lucha por la tierra al culto a la Pachamama, es decir, “hace extensivo el concepto de lo agrario a lo holístico” (22). Aquí, la primera persona es un yo colectivo donde encarna el “ahayu”: “las partes no visibles del cuerpo, la energía que hace evidente a la humanidad” (26) desde sus orígenes en la distopía que es el gen atlante donde coincide lo previo a lo americano, pero hacia donde también se dirige en un mestizaje civilizatorio y cósmico centrado en una nueva voluntad (naya) donde la subversión barroca y la vanguardia “se acolmatan en estas páginas, se hibridan, se transponen, se reconocen en sus oscuridades, se hacen complementarias” (38).
Churata apunta hacia un origen prelingüístico al que le sigue el aymara como la lengua de Adán y hacia un encuentro con lo Incognoscible que es su gran preocupación de la muerte como un estado vivo del lenguaje, de una memoria desde otro lugar, de un pensamiento activo que se continúa a sí mismo. Una escatología de una divinidad que es un diablo que baila, un dios loco y oscuro que no quiere nada, que es parte de ciclos de renovación y muerte infinitas y que en el propio lenguaje se hace un Orfeo altiplánico en medio del universo: “la gran poesía y el cosmos siempre hicieron buen matrimonio, desde la desmesura mágica y explorativa de los poemas védicos hasta los de Huarochirí” (178) señala Aramayo entendiendo el contexto más allá del más allá de la poética de Churata y agrega: “La escritura de Churata compromete a cuanto lo rodea, escribe no como individuo sino en tanto masa-energía. Materia. Captación y desgaste. Concentración multidimensional” (414).
El segundo capítulo es “La estructura de El pez de oro” que entra y sale de cada uno de los once capítulos de la obra y que hace oír sus formas y tropos en estado de caos, pero a la vez el orden sagrado de sus hierofanías con Wirakhocha y la poesía en el estado superior y Pachamama con el tiempo abajo entre los que se encuentra la propia lengua, es decir, todos nosotros. Es imposible aquí referir incluso las ideas centrales de la lectura de Aramayo sin tener que acotar, apuntar, referir, cientos de anotaciones que cruzan mitología y política, colonialismo y fenomenología, utopías y vanguardia la que, señala Aramayo: “desacraliza la gramática, el vocabulario, trae una nueva manera de pensar, una lógica… y la idea de que todo puede ser intervenido” (697).
“La cronología de un bárbaro en su contienda”, tercera parte del libro, es la reconstitución de la historia de la familia Peralta a través de archivos, testimonios, documentos, que permiten no solo llegar al autor de El pez de oro sino volver a imaginar las condiciones que hicieron posible grupos indigenistas como Bohemia Andina y luego vanguardistas como Orkopata, revistas como La Tea o más tarde el glorioso Boletín Titikaka (1926-1930) o libros como Ande de su hermano Alejandro o el arte visual de su otro hermano, Demetrio. Una genealogía que comienza con los sueños de migrantes que llegaron a las tierras de Puno o héroes como el Coronel Miranda que luchó en la Guerra del Pacífico contra Chile hasta las vigilias de críticos y estudiosos de estas obras como los mencionados al comienzo de este texto.
La obra termina con un cuarto capítulo llamado “Fotografías & documentos de la familia Peralta Miranda” recopilados por el ya mencionado Pedro Pineda Aragón y que funciona como una suerte de documental en donde vivos y muertos, partidas de matrimonio y defunción, crónicas de tumbas itinerantes como la de Churata desde Lima a Puno o testimonios de otros poetas, hablan a la vez como sucede en El pez de oro.
Obra que sigue abierta, interpelándonos, llamándonos a pasar por sus visiones y llegar a las nuestras, como el momento de su propia creación y que nos hace mover conceptos y principios que teníamos de lo que es la literatura latinoamericana, la poesía peruana y el lugar de Puno que como la ciudad distópica y poética de los estridentistas mexicanos imaginamos ya como Punópolis y el lago Titicaca como la metáfora donde mundo y universo se unen tal como escritura y cosmogonía en la obra churatiana.
Es por estas razones que solo un polímata como Omar Aramayo, periodista, poeta, narrador, editor, pudo llegar a este nudo ciego y regresar. Iniciador de los estudios de Carlos Oquendo de Amat y Gamaliel Churata como también de la música experimental en Perú. Es uno de los renovadores de la poesía peruana contemporánea. Ciudad Sagrada y otros libros recopila algunos sus últimos trabajos poéticos en cerca de 700 páginas. Además, es uno de los narradores más fecundos y versátiles de la literatura peruana. Su novela Los Túpac Amaru 1572-1527 ha sido considerada como el Libro del Bicentenario. Autor también del libro de pintura Humareda, varias antologías, estudios, entre otros muchos más. Ha dedicado su vida a la defensa del Lago Titicaca y a la denuncia de su contaminación y vulneración. Así como a la defensa de la originalidad de las danzas puneñas.
Omar Aramayo es hoy uno de los patrimonios culturales vivos del Perú contemporáneo y está aquí con nosotros.

(Publicado en Lima en la Revista de Escrituras Iberoamericanas, año 1, n°2, abril de 2026, monográfico sobre Omar Aramayo, y presentado en “Gamaliel Churata: La vanguardia desde los Andes”, conversación con Omar Aramayo en la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires el lunes 27 de abril, 2026).
