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LA SONRISA DE DIOS
Ediciones Eón, México, 2007. 192 pgs.
(selección)


Hernán Lavín Cerda

 

La ceremonia incesante:
alumbramiento y deslumbramiento

 

"SER ES UNA CEREMONIA INCESANTE": me soplan al oído mientras uno se desliza, inmóvil, durante el sueño. ¿Quién habla? ¿Quién escribe a través de nosotros como en un rapto, día tras día, apareciendo y desapareciendo en una ceremonia incesante? Sospecho que la luz y la oscuridad de la vida no dejan de palpitar en esta escritura.

Vida en palabras, eso es todo: ni más ni menos. Un trabajo de buzo en las profundidades del yo: no sólo individual sino también colectivo. Aquel difuso y deslumbrante yo de nuestra especie. El Arte de la Palabra es una investigación o iluminación de algunas zonas oscuras que no están a la vista. El poeta Oswald de Andrade dice en su texto "3 de mayo": "Aprendí con mi hijo de diez años/ Que poesía es el descubrimiento/ De las cosas que no se ven". No solamente eso, sin duda. El personaje único de este libro, entonces, o casi único (porque no hay nada único en esta vida), no es más que la especie humana, como ocurre secular y ecuménicamente. El esquivo, paradojal y equívoco ser humano: esa criatura que puede llegar a ser múltiple en su grandeza y en su miseria.

Acaso no aparezca en la ceremonia incesante de cada día, aquel yo lírico, unívoco y doliente, con el que trabajaban y aún trabajan algunos colegas del oficio poético y, ¿por qué no decirlo?, también filosófico. El desafío es ir elaborando la tela de los alumbramientos y deslumbramientos alrededor de un yo individual y colectivo que se multiplica sin tregua, ese yo de varios niveles, con el propósito de profundizar, sin precipitaciones, y finalmente abrir la puerta del subterráneo. ¿Será posible?

El instrumento verbal se aproxima al cántico, pero a media voz. Lo que aquí se intenta es que el canto no perturbe la música del pensamiento. ¿Cómo conseguir el equilibrio? Pensamiento que canta, grave, paradójico, leve y burlón. Cántico que piensa cuando va deslizándose por la piel de las páginas donde se exhibe La sonrisa de Dios.

Poesía y filosofía se unen desde los tiempos más antiguos: umbilicales y consanguíneas, ellas son palpitantes criaturas del sentimiento y del pensamiento. Hay un ritmo de oleaje que canta mientras va pensando, de palabra en palabra. Sólo así pueden brotar las visiones más nuevas y más arcaicas. Juventud y antigüedad en el mismo soplo que parece venir del Génesis. No hay un instante que no sea Génesis, más acá y más allá del mundo, a pesar de todo. Sócrates no dejaría de pensar en ello, aunque fuese con el filo, la pesadumbre y el estupor del veneno en sus labios.

Aventura de vivir entre la luz y la sombra de las palabras. Ritmo que va de la piel hacia el espírititu, como en un viaje de exploración, y regresa del espíritu hacia la piel. Eso es todo: ni más ni menos.

Hernán Lavín Cerda
Ciudad de México, septiembre de 2006



 

Primera mirada:

Aparición del invisible
con una sonrisa más allá de los labios

 

 

Lento respira el mundo

LENTO RESPIRA EL MUNDO EN MI RESPIRACIÓN.
Durante la noche, respiro tal vez
....... ... . la noche de la noche.

Inspirar, espirar, respirar:
la fusión de contrarios, el círculo
....... ... . de absoluta conciencia.

Me he sentado, cerca de mí, en el centro
....... ... . del bosque a respirar.
Me he sentado, lejos de mí, en el centro
....... ... . del mundo a respirar.

Lento respira el mundo en el viaje de mi respiración.
....... ... . Lao Tse abre los ojos, abre y cierra
los ojos, pero no es el que habla.

Tampoco soy yo, con beatitud y asombro,
aunque también soy yo.

Es Antonio Colinas en el amanecer
....... ... . de Brindisi, mientras Virgilio agoniza,
y alguien manda grabar en piedra

un verso suyo, largo, muy largo,
....... ... . aquella línea del horizonte donde sólo aparece
la eterna respiración, esperando el rumor de la muerte.

 

 

Sabiduría de los zapotecas

COMO LOS ZAPOTECAS, YO TAMBIÉN SOSPECHO
que incinerar a los que acaban de morir con el dibujo
de aquella sonrisa en los labios, no es una buena costumbre.
No solamente desaparecerá la visión del mundo
en los ojos de los muertos, sino además el jardín
o el precipicio donde aún habitan sus almas.

Entierren a los que acaban de morir, si aún les parece bien.
¿Por qué no los entierran bajo el poder y la gracia
de aquellos árboles cubiertos por el esplendor de las flores amarillas?
Si ya no hay otro camino, será mejor que los entierren, paso
a paso, en su visión del mundo, sin enterrarlos nunca.
No permitan que los muertos al fin se precipiten
a la fosa común dominada por los hijos del Dios del Fuego.

Como los zapotecas, yo también me deslizo
entre aquellas nubes que se abren y se cierran, como aves
que se deslizan entre la primera luz
del crepúsculo del amanecer, y aquel asombro
del crepúsculo del atardecer
durante la ausencia de su primera y última luz.

Como los zapotecas, yo también sospecho
que incinerar a los que acaban de morir con un soplo de vida
o con aquella espiral del vértigo en sus labios, no es una buena costumbre.

 

 

Decálogo de las apariciones

1. Aparición de Heráclito

CUANDO ESTORNUDO AL ESTILO DE HERÁCLITO
el Oscuro, con furia presocrática
y casi mística, se me caen
los dientes, todos, casi todos:
los de la bóveda de arriba, cerca
del Mar Egeo, y los de la bóveda
de abajo, allí, junto a la línea pendular del horizonte.

Lo último no se entiende, quién sabe
si no se entiende, aunque una voz misteriosa
dice que sí se entiende.
Al fin de todo, lo real y lo irreal se entienden
a pesar de Heráclito
el Oscuro, dientes adentro, dientes afuera
en la bóveda del Mar Egeo, arriba,
como en la bóveda de abajo,
allí donde el reflejo del horizonte
no es más que la palpitación obstinada de una línea,
y sólo se escucha, como en un rito, el rumor de las aguas.

2. Aparición de Pablo Neruda

-Sobrevivo en las vueltas de la cola del demonio -me dijo alguna vez Pablo Neruda, con lágrimas en sus anteojos de color caoba-. A pesar de todo, soy o creo ser duro de nariz e inoxidable de corazón, como tú, mi pobre amigo tan escaso de pelos en la cumbre, sí, en lo más profundo del cráneo que nunca deja de pensar en cosas inverosímiles. Como yo, tú también eres, por decreto celestial, un tonto de capirote.


3. Aparición del árbol

Arrimado a mí, a lo bestia y con mucha sombra, apareció un árbol muy mal vestido. Más que vagabundo, parece granuja, el pobre. Jamás vi un árbol así, como el espinazo de un buey, y aquí lo veo, me descubro en él arrimado a mí, con tal abandono y a lo bestia, y tanto alejamiento: su sombra me abandona, se abandona en el espacio de mi sombra. Probablemente, "Quiero escribir, pero me sale espuma", es también aquel árbol arrimado a mis huesos, muy mal vestido: "Quiero laurearme, pero me encebollo. Tartamudo de lo que pude ser, me vuelvo me, me, me, y una vez más me encebollo".

-¿Vamonos, por eso, a comer yerba? -sonríe la sombra y levanta los brazos, como pidiendo auxilio, aunque el árbol permanece inmóvil.

4. Aparición de la vergonzosa

Etelvina Borromeo siempre fue vergonzosa, como una cuajada en el fondo del plato. ¿Qué habrá sido de la bella Etelvina?

No puedo olvidarme de sus ojos líquidos y de su voz de tórtola semidormida, bajo aquel sauce aún más antiguo que las estrellas en el atardecer de la Rinconada de la Luna. Pobre de mí. Pobres de ustedes que tal vez nunca puedan conocerla.

Jamás la he vuelto a ver. Ni en las alturas celestiales ni en las honduras subterráneas, para decirlo de un modo clásico. ¿Desapareció, como la sombra de un ángel, entre las aguas del océano Pacífico?


5. Aparición de Sócrates

Descubrir la sensatez en el laberinto de la insensatez. Me hago Sócrates cuando aparece la luna, sin saber cómo, y eso me gusta y me confunde, más bien me asombra. ¿Mayéuticamente? Nadie lo sabe: loco de tanta luz. Nadie podrá nunca saberlo: de la insensatez a la sensatez, o más bien de lo sensato a lo insensato. Nadie podrá nunca saberlo: sombrío de tanta luz. Nadie lo sabe. Nadie.

-¿Aún tienes miedo del hombre humano?


6. Aparición del pájaro carpintero

Aún vuela en círculos el pájaro carpintero, aun cuando la ornitología descubrió en el amanecer del mundo que los pájaros carpinteros jamás han volado en círculos. Vuela el pájaro carpintero en el interior de una línea que se convierte en círculo, se vuelve línea, y se convierte de nuevo en círculo, dentro de una atmósfera de precisión que se aleja cada vez más del pensamiento abstracto, aquel pensamiento que trata de mantener su dominio desde la segunda mitad del siglo XVIII.

El pájaro carpintero aún vuela en círculos sobre su cabeza de criatura carnívora, tal vez caníbal, y melancólica. Hablo de la cabeza de usted, sin duda, aunque usted mire hacia el pasado y no lo crea. El pájaro carpintero se ríe de todos y especialmente de usted, sujeto lírico de perfil vulnerable, mientras en su vuelo va dudando de la existencia del aire húmedo, como no debiera ocurrir con los pájaros carpinteros, aun cuando ocurre, a pesar de su sabiduría. Hablo de usted, por ahora, que posiblemente soy yo.

¿Hablemos de la cabeza de usted?


7. Aparición de Miguel de Unamuno

No estoy para alabar locuras ajenas: aún prefiero las mías, como dijo Miguel de Unamuno en aquel otoño de Salamanca. Únicamente me descubro en el aire: no hay espejo más fiel que la quietud y la profundidad del aire. Allí me observo, sin precipitación, entrado en ojos. Alcanzo a verme con mi barba de yerbazal sucio y no puedo creerlo, aunque al fin lo creo, estupefacto.

No estoy para alabar locuras ajenas: aún me sumerjo en las mías, sin perder el juicio, y empiezo a escribir, una vez más, La agonía del cristianismo.


8. Aparición de Stéphane Mallarmé

-No soy más que un tonto estéril, cuando me siento feliz- decía Stéphane Mallarmé desde la bruma de aquel espejo-. Más bien soy un cobarde que no merece vivir en la eternidad del Sueño, allí donde nadie se atreve a respirar, ni hoy ni mañana, pues nadie es algo más que nada o que nadie, más allá del espesor de la bruma. Nada existe cuando me siento feliz, tan feliz como un ángel inútil, más feliz que nunca.


9. Aparición de Scardanelli

Si me gritan sin piedad en los oídos, me iré de inmediato, sin el clavel rojo en el ojal. Si no dejan de gritarme por encima y por debajo de los oídos, me iré a la francesa con mucho rencor, al estilo de Heráclito el Oscuro.

No olviden que soy Scardanelli, humildemente, y jamás aceptaré que me griten así, como a un animal salvaje. Vuelvo a lo mismo: aún soy Scardanelli, nunca fui Hólderlin. ¿Quién es aquel Friedrich que solamente sueña y ni siquiera sabe lo que sueña? Mi sombra no son los gritos que todavía huyen de la sombra de Wolfgang, de Amadeus, o de Johann Sebastian.

Vuelvo a lo mismo de siempre: me iré a la francesa si me gritan sin misericordia, como locos. Me iré con mucho rencor y sin despedirme.


10. Aparición de Saint-John Perse

¡Vayanse al Diablo!, aunque el pobre Diablo
ya no exista, según Juan Pablo II, el Santo Padre.
Hoy me duelen, pobrecitos, como yeguas los dientes
con sus raíces, sus coronas y todo, como caballos
y yeguas dolientes me duelen también las muelas.

Bestialmente: así es la vida, se dice, eso dicen
los que saben, mucho más que muchísimo,
bestial y brutalmente.

Ya no tengo valor para escuchar a nadie: lo siento.
Nadie en mí se atreve a escuchar a nadie.
Quisiera estar solo, más solitario que la última
muela del juicio: aquella mosca azul, sombría y verde,
cuyo zumbido es altitud y hondura en el espacio
no siempre amoroso del matamoscas.

Suplico a todos que me disculpen:
únicamente me siento feliz en el aire de los vientos,
como diría un mal discípulo de Saint-John Perse.
Confieso que yo soy ese discípulo a veces, a menudo, sólo a veces.

 

 

La sonrisa de Dios


A MÍ TAMBIÉN ME ENCANTA DIOS, aquel andrógino de la sonrisa perdurable, pero por otras razones. Antes que nada, sí, antes que todo y nada, me deslumhra Dios por ser un diminuto y gigantesco animal de naturaleza invisible.

Me gusta el juego visible de Dios, ¿cómo podría negarlo?, aunque mucho más me gusta esa vocación tan suya y tan ambigua que lo convierte en una espiral de humo, mientras va desapareciendo con lentitud, como a través de la bóveda del amanecer donde sólo son perceptibles, en su centelleo, la anfibia luz y el aire más antiguo y más puro, aquel aire luminoso de siempre.

Según los últimos descubrimientos de la biología, Dios no es una criatura muy joven o muy vieja, y puede ser un carnívoro simpático, una especie de roedor celestial, o un mamífero visiblemente antipático, a pesar de su transparencia. No, Dios no es un caníbal, por ahora, no es un vértigo ni una bestia indomable, aun cuando algunos piensen que cultiva la antropofagia de un modo clandestino.

Dicen que no es un demiurgo sino más bien un taumaturgo que tuvo la virtud de inventar algunas cosas muy importantes y más verosímiles que inverosímiles. Pensemos en el escarabajo de ojos aún más amarillos que los ojos de la madre de Dios, así como en la curva minúscula del microscopio y la curva mayúscula del telescopio. Pensemos en la pulga roja de Trivandrum, al sur de la India, cuya mirada es aún más intensa que la de las otras pulgas, más o menos felices, que todavía respiran a lo largo del mundo: brincan y respiran como si después de todo, la maldad no fuese más que el desliz involuntario de la bondad eterna.

Luego del deslizamiento simbólico a partir de aquella pulga roja, pensemos en las bacterias mutantes que se han convertido en el origen de la esquizofrenia dentro de la monarquía no muy audaz y torpemente absoluta de los antibióticos. Pensemos en las bacterias, sí, en aquellos insectos aún más peludos que los que acosaban durante el sueño a Rubén Darío y a José Lezama Lima, dos bestias de respiración armónica, más asmática que armoniosa, y con el brillo en sus ojos de ciempiés. Dos criaturas neurasténicamente juveniles y muy ambiguas mientras se alarga el sueño, como en la Edad de las Cavernas.

Me asombra Dios porque su locura, cuyo rumor no sólo es virtual, no lo obliga a sentirse más importante que la muerte. De pronto saca su lengua, la agita en el aire, y se van configurando las distintas lenguas del mundo. Lo mismo ocurre con las orejas que siempre serán hijas de una espiral de luz, así como del vértigo: la Divina Providencia en el soplo del origen, cuando se iniciaba el viaje sin fin, aquella rotación y traslación de una espiral interminable.

Sospecho que Dios, a pesar de saberlo casi todo, no sabe todavía quién es Dios, y dicha certidumbre lo vuelve más vulnerable y menos antipático.

Quienes saben de estos asuntos, dicen que Dios mueve una mano desde lejos, con mucha ciencia, y hace el mar, sabiamente, aunque eso no es muy preciso. Más bien ocurre lo contrario: la bestia se estremece por dentro, como en una epilepsia celestial o submarina, y sólo entonces van apareciendo las manos de Dios, quien aún es hijo del desliz ondulante del mar.

Sí, el Dios que todos conocemos, tal vez sin conocerlo nunca, es hijo único del mar, y el mar es quien agita con furia todas sus manos y se hace a sí mismo, figurándose y desfigurándose, por dentro y por fuera de las aguas del mar. Si los espíritus del océano se convulsionan péndulamente, más allá de su piel, Dios se vuelve muy feliz y amenaza con morirse de risa, como dicen que ocurrió en los días anteriores al primer crepúsculo matutino, aquel alba del Génesis.

No hay algo más seductor y estimulante que el vaivén del péndulo, tanto para las aguas del mar como para las profundidades de Dios, allí donde todo, una vez más, está por verse, y hasta el mismo Dios podría saber quién es, con un poco de fortuna.

Transcurrirán los años y dirán que a mí me gusta, que a mí también me encanta Dios: más bien la sonrisa siempre nueva y siempre antigua de Dios.

Que aquella sonrisa nos haga dormir en paz cuando llegue el momento, y que se bendiga a sí misma, por último, si es tan fértil, astuta y prodigiosa como se viene repitiendo desde que el mundo es mundo, e incluso desde antes, cuando sólo existía el vuelo pendular de la primera fecundación sobre las aguas.

 

 

Amor del bueno

ADORO A MI MUJER CON SUS OJOS DE COATLICUE que todo lo alumbra, deslumbrándonos, enferma de amor imposible. No obstante, le doy patadas olímpicas hasta por debajo de la lengua. Ella me lo agradece al modo juvenil, con un entusiasmo que desconcierta, y a su vez me va pegando en la cabeza con un garrote de aspecto medieval, forrado con piel de vacuno.

-Qué bruta eres, como nadie en el esplendor del mundo, qué magnífica en los labios del cielo y de la tierra- le digo después de morder el ángulo menos visible de su cuello que siempre huele a Mentha Piperita-. No podría vivir sin esa lengua tuya donde te doy más y más patadas, a lo bestia, como a ti te gusta, olímpicamente.

-Yo no soy tan bruta como tú dices, aunque no puedo negar que tus patadas por debajo de mi lengua son el afrodisiaco más sublime. Me excitas mucho, César mío, y tus patadas me han vuelto aún más orgásmica que mi amiga Venus Moctezuma, a pesar de que ya no creas en la exactitud de mis palabras. Te adoro con un amor muy profundo y tú lo sabes, pero si te descuidas te seguiré pegando en la cabeza con este garrote que jamás me abandona. Me encanta darte garrotazos para que despiertes y no te duermas sin remedio, como si fueras el bruto mayor entre todos los brutos.

-Así nos vamos, vida de mi vida, de bruto a bruta nos vamos, sí, a lo bestia con un amor absoluto -le dije cerrando los ojos, sin abrir los dedos como en un abanico, y de pronto me puse a llorar hasta por debajo de la lengua, como lloran los portugueses cuando el derrumbe del sol vespertino los sorprende al fin, cada vez más lejos de las orillas de Lisboa.

 

 

Viaje alrededor de la señal

DICEN QUE AÚN ME LLAMO JORGE LUIS BORGES,
aunque más bien pertenezco a la estirpe
de Bernardo Soares, aquel antiguo alquimista
del pensamiento como nunca
ha sido, como todavía no es:

-¿Dónde está el hábito que nos ayuda a sentir
que somos inmortales?
¿Dónde están las dudas
que llamamos, no sin alguna vanidad, metafísica?

Estoy llorando mucho, no sé si todo es Dios, no me caben
las lágrimas, sin relación de causa
¿a qué efecto?, con el puño en el pecho
o persignándome, a quienes lo saben yo les pregunto
y sobre el vientre me echo a sus pies sin pies que pisan sin pausa.

No sé si todo es invisible como el asombro de Dios,
quien levanta el pulgar de la mano derecha con júbilo
y dice desde muy cerca y muy lejos:

-Llevamos una señal en la frente, todo ocurre
por primera vez, y otra señal en la nuca.
A veces nos parece que adelante está el signo de la vida
y atrás el de la muerte.
Pero hay días en que el orden
se invierte, y hay todavía otros días
en que llevamos adelante y atrás la misma señal.

Estoy llorando mucho y nadie sabe
si todo es Dios, dicen, no sé si todo, dicen
que todavía estoy llorando mucho:
nadie sabe si por la señal de la frente
o por la milenaria señal de la nuca.

Estoy un poco triste por debajo de la conciencia.
La civilización consiste en ofrecer a algo un nombre
que no le compete, y después soñar sobre el resultado.
Lo cierto es que el nombre falso y el sueño verdadero
han dado origen a una nueva realidad:
el objeto se vuelve realmente otro.

Aún estoy en mi cuarto y soy menos despreciable.
No dejo de escribir palabras como la salvación del alma:
anillo de renuncia en mi dedo evangélico,
joya sin brillo de mi desdén extático.

Dicen que aún me llamo Alberto Caeiro, alias
Bernardo Soares, aunque más bien pertenezco a la estirpe
de Jorge Luis Borges, aquel antiguo alquimista
del pensamiento como nunca
ha sido, como todavía no es:

-¿Dónde están las dudas
que llamamos, no sin alguna vanidad, metafísica?
¿Dónde está el hábito que nos ayuda a sentir
que somos vanidosamente inmortales?

 

 

Segunda mirada:

Aparición del filósofo

 

Divagaciones del pequeño filósofo

 

1. El ruido del tranvía

POR AHÍ VIENE EL RUIDO DEL PRIMER TRANVÍA, como un fósforo que habrá de iluminarnos la oscuridad del alma.

2. No estás muy católico

Aunque pienses lo contrario, no estás muy católico. Tu salud, mi querido animal, mi pobre escarabajo con ojos de araña de los rincones, no es de muy buenas luces: más bien rebuzna como la salud de aquellos ángeles que aún se mueren de hambre.


26. Sucede

Sucede que me canso una vez más. Sucede que nada, ya se dijo, casi nada, pero a la vez casi todo. Nunca habrá de volver desde aquellas nubes tan oscuras, aquel viento salvaje que transcurre como la locura de Dios en los ojos de los caballos. Sucede que me canso, ya se dijo, James Joyce lo dijo en San Sabba como ninguno:

- Sucede que me canso de ser Dios, aquí donde ya nada sucede, tal vez, nadie abre los ojos, nada sucede. Ya me voy a dormir, aun cuando la noche es todavía más cruel que la memoria. Sucede que me canso como un idiota de ojos azules, un imbécil de nariz fina y venenosa, aunque los idiotas no se cansan cuando están locos. Aún estoy en Trieste durante la primavera de 1912, y desde aquí vislumbro el bombardeo de Bagdad a principios del siglo XXI. Sucede que me canso de ser Dios y de ser hombre, ya se dijo, la misma bestia transfigurándose, revolcada en la hondura de la sangre y del barro, el mismo yugo. Sucede que me canso una vez más.


27. Me gustas cuando callas

Me gustas cuando callas, mi ángel y mi bestia. Te lo digo una vez, dos veces, la trinidad en mi voz. Te lo repito una vez más, Angélica, nuestra Angélica sumergida en la humedad insoportable del trópico. Inevitablemente me gustas cuando callas no sólo en esa lengua tuya que al fin son todas las lenguas, las visibles e invisibles, para decirlo al estilo de Jorge Luis Borges.

Cómo me gustas, me gustas mucho cuando desnuda te duermes sin abrir los labios, muda en los ojos, el alma y la piel, junto a la transparencia que viene de aquellas aguas donde aún se multiplica el archipiélago de las Antillas.

Me gustas cuando callas y me oyes desde lejos y mi voz no te alcanza, mi ángel y mi bestia de labios tan peligrosos como esa lengua tuya, menos angelical que viperina, esa lengua que al fin son todas las lenguas. Eres como la noche que tal vez nunca dejará de ser noche, callada y constelada en la humedad insoportable, mi Angélica bestial, tan sumergida y tan húmeda.

A pesar de todo, cómo me gustas cuando callas, aunque no quiero que al fin te parezcas a la palabra melancolía. Ten compasión de mí, no me abandones. Sí, así es: mi ángel y mi bestia.


43. La verdad es otra

Yo, siempre yo, que trabajo y me desvelo por parecer que tengo de poeta y demiurgo la gracia, toda la gracia, aquella gracia que no quiso concederme el cielo. Pero no, cuidado, porque la verdad es otra. Soy aún más gracioso que los graciosos juntos. Con la ayuda de Dios, voy mucho más lejos que todos los agraciados y los desgraciados. El cielo sabe lo que digo, pues lo he dicho con médula en el ayer donde el futuro se alimenta y va fraguándose sin descanso. Y yo me muero y resucito, al fin, cuando tal vez nadie lo esperaba, con una sonrisa descomunal.


67. Como en la televisión

A mí me encanta matar niños, como en la televisión. Tengo casi 10 años, me llamo Christian Gutiérrez y vivo con mis padres en el sur de Oklahoma City. Cuando llegue mi edad, como dice la abuela Pancha, me inscribirán en el ejército de Estados Unidos. Será un honor para toda la familia: incluso para mis pobres tíos que sobreviven en Zacatecas, como dice mi papá Segismundo.

Pero si aquellos niños quedan mutilados de por vida, la Cruz Roja los aliviará con absoluto amor, como dice la buela Pancha, doña Panchita del Olmo, que ya tiene bigotes, aunque ella lo niegue: "Yo nunca tendré bigotes. Una vieja con bigotes es un fenómeno mucho más grave que el atentado contra las Torres Gemelas de Manhattan. Es como el estallido de la Tercera Guerra Mundial".


93. El sexo y la muerte

Me gusta más el sexo que la muerte, aunque debo confesar que no lo cultivo con mucha frecuencia: la eficacia no es la misma de ayer, ni será la misma de mañana. No sé, nadie sabe, no sé, ni la cantante calva sabe por qué. Cuándo, cómo, cuánto. José Emilio Pacheco diría con lágrimas en los anteojos: "No me preguntes cómo pasa el tiempo".

Ya lo dije con una sonrisa de araña panteonera: Me gusta más el sexo que la muerte, aun cuando sólo a veces cultivo el sexo más o menos fúnebre. La muerte a secas, me aburre aún más que el aburrimiento químicamente puro.


141. Cangrejos

El único poema prodigioso es el que no se escribirá nunca. El único pensamiento prodigioso es el que no se pensará nunca. Nadie lo piensa, nadie lo escribe. Nadie eres tú, soy yo, nadie es nadie todavía. No obstante, tú sólo piensas y escribes pensando en la inmortalidad: sentido pésame, ad gloriam, adiós para siempre.

Me gustaría ser muy claro: no hay inmortalidad más deslumbrante que la de los cangrejos, aquellos fantasmas que son inmortales porque no saben escribir y pensar como los poetas o los filósofos, gracias a Dios, ese Dios que nunca piensa y nunca escribe, aquella criatura que sólo a veces puede ser inmortal, aun cuando sobrevive deslumbrándose a sí mismo.


 

 

 

 

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(selección).
Poesía de Hernán Lavín Cerda.