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GRACIAS MÉXICO, PABLO
NERUDA SONRÍE, GRACIAS CHILE


Hernán Lavín Cerda

Cuando la canalla dorada, la estupidez, la intromisión, la intransigencia de toda índole y la crueldad se apoderaron de Chile, muchos que algún día nacimos en aquel país del asilo contra la opresión, tuvimos la fortuna de renacer en este lugar del mundo que aún se llama México, el siempre antiguo y nuevo México, aquel enigma perdurable, que para nosotros fue el auténtico asilo contra la opresión. La Historia es esquiva y paradójica: limita con el teatro del absurdo. Sí, la Historia con mayúscula, es a menudo el error y también el horror. Groucho Marx lo decía con una sonrisa de niño travieso: "La política es el arte de buscar problemas, hacer un diagnóstico falso y aplicar los remedios equivocados". Pareciera que existe una falla de origen en la insólita y equívoca criatura humana. Homo homini lupus?, para decirlo al modo de Plauto, el comediógrafo latino que siempre va a la vanguardia, desde aquel tiempo anterior a Jesucristo. Sus palabras constituyen el escarnio y la vergüenza de todos. ¿Qué se hizo la lucidez de la concordia y la compasión? ¿Dónde estuvo, si alguna vez estuvo en el aire que aún respiramos? Les ruego que no me hagan reír, pues corremos el peligro de morir y resucitar al menor descuido, de un instante a otro, en menos que canta o suspira un pájaro.

Tal vez Pablo Neruda sintió algo semejante, y en carne viva, cuando anduvo por México en 1940. Tal vez Pablo de Rokha y Luisa Anabalón Sanderson, es decir Winétt de Rokha, sintieron lo mismo cuando pasaron a través de los laberintos y las soledades de México, atendidos por José Vasconcelos y David Alfaro Siqueiros. Y antes que ellos, nuestra Gabriela Mistral, la olvidada y recobrada hoy como leche materna, quien recorrió aquel vasto México del maíz, del sol matutino y vespertino, y del maguey en los días de su poemario inaugural, Desolación, cuando estaba naciendo la segunda década del siglo XX. Sin embargo, la experiencia de aquellos poetas de Chile en tierras mexicanas, a distintos niveles de profundidad, fue temporalmente más breve. Ellos no vinieron ni vivieron aquí en calidad de exiliados. Sospecho que el exilio, como el pan nuestro de cada día, va provocando una transfiguración en los confines de la bioquímica cerebral y espiritual. Puede cambiarnos hasta la química sanguínea, esa fuente donde se nutre el alma. Así es el juego. Nos cambia hasta el modo de sonreír o de saludar a los fantasmas, para decirlo al modo del maestro Juan Rulfo; así como también nos cambia el estilo de estornudar o mordernos las uñas en privado y en público. Lo más probable es que nosotros, los de entonces, ya no seamos los mismos.

Al capítulo séptimo de sus memorias, Neruda lo titula "México florido y espinudo". Luis Cardoza y Aragón, otro maestro inolvidable que nos brindó su amistad, escribió algún día en su bella casa del callejón de San Francisco, allí en Coyoacán: "Estamos en la tierra de la belleza convulsiva, en la patria de los delirios comestibles. México surge y camina sobre el filo en que se funden Oriente y Occidente. Un loto de una parte; un teorema de la otra. México es, poéticamente, como un inmenso parque teológico. Lo mexicano: un tono íntimo y mesurado, sobrio y rico en matices, en pasión contenida. Y lo diametralmente opuesto: la violencia pura. México nos sobrepasa terriblemente, dolorosamente, infinitamente. Se experimenta, aun sin conocerlo, su turbadora presencia en el espacio. México es tan fuerte que los mexicanos no han podido acabar con él".

De acuerdo con la visión nerudiana, México es el último de los países mágicos. "Mágico de antigüedad y de historia, mágico de música y de geografía". Diríamos que sí, aunque tal vez todo pertenezca universalmente al reino de la magia y las maravillas. El arte milenario de respirar y de soñar como los dioses lo sugieren desde el primer soplo del origen, es un espectáculo inagotable de magia pura. De cualquier modo, hay una magia geográfica y otra magia que ocupa el aire del espíritu, esa región prodigiosa donde sólo habitan lo inefable y lo invisible, aquello que no puede acceder al territorio del lenguaje humano.

Vuelvo a Neruda, no sé por qué tanta nerudofília, pero vuelvo. Dice su escritura que Chile y México son los países antípodas de América. "Me complace la diversidad terrenal... No resto nada a México, el país amado, poniéndolo en lo más lejano a nuestro país oceánico y cereal, sino que elevo sus diferencias para que nuestra América ostente t odas sus capas, sus alturas y sus profundidades. Y no hay en América, ni tal vez en el planeta, país de mayor profundidad humana que México y sus hombres. A través de sus aciertos luminosos, como a través de sus errores gigantescos, se ve la misma cadena de grandiosa generosidad, de vitalidad profunda, de inagotable historia, de germinación inacabable".

Debo decir que sí, que tal vez algún día será la hora de nuestros ricos y pobres países. Dubitativamente lo digo. No sirvo para diplomático, aunque diplomáticamente me siento feliz, más feliz que nunca. Aún hablo de países. ¿Cuándo obtendremos la ciudadanía mundial, con igualdad, fraternidad y libertad? ¿Cómo es posible? Qué antiguo soy, para bien y para mal. ¿Cómo pudo ocurrir lo que nos ocurrió hace más de treinta años allá en el sur del mundo? No perdonamos ser como somos ¿Aún te sientes a la deriva? ¿Cuál deriva si tal vez nunca existió el centro en aquella tierra firme? Todo es espejismo, aun cuando la sangre nos desmienta. El mismo Pablo Neruda escribe un poco antes de su desaparición física en este planeta de locos sin consuelo: "¿A quién le puedo preguntar qué vine a hacer en este mundo?" Y luego, en el poema XXXII de su Libro de las preguntas, esa obra postuma: "Hay algo más tonto en la vida que llamarse Pablo Neruda?"

Gracias, México, por darnos la posibilidad de alimentar aún nuestros sueños. Gracias, Chile, por aquella infancia durante la primavera del Parque Forestal, y por oír a mi madre, todavía, interpretante con pulcritud, gozo y ternura a Wolfgang Amadeus Mozart en aquel piano de color caoba, allá por 1947. Sin duda que somos seres borgianamente imaginarios, aunque de carne, oxígeno y hueso. Y todo, al fin, no es más que el laberinto de una ficción. Si supiéramos qué ha sido de aquel sueño, ¿sabríamos todas las cosas? No hay más remedio, entonces, que cultivar el júbilo desde aquella luz sumergida en el alma. Nuestros nietos lo agradecerán con una sonrisa cómplice. Acta es fábula, sí, la comedia ha concluido, como dijo Augusto en la orilla del sueño eterno, el otro Augusto, aquel de la antigua Roma. ¿Aleluya?

 

 

 

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Por Hernán Lavín Cerda.