Su libro "Arte de vaticinar", el primero en sus 29 años de vida, revela a un poeta que podría ser digno
sucesor de Parra y Lihn.
Escribe Hernán Miranda Casanova: “En mi pueblo natal, en el tiempo / de las carreras locas a campo traviesa / detrás de mariposas o locomotoras a vapor, / había además otras cosas que hacer. Había que abrir bien los ojos para confeccionar / un buen inventario de las cosas de ese mundo / había que preguntarlo todo sin dar ni pedir cuartel. / Había que pasar frente a las bodegas de granos y forrajes / y volver a pasar / hasta llenarse los pulmones del olor a heno seco / para toda la vida”.

Haciendo ése y otros inventarios, de todas las cosas de este mundo, Hernán Miranda (poeta, soltero, 29 años) se fue demorando en entregar su primer libro. “Arte de vaticinar” vale la pena esta espera. Además de haber en él —como declara su autor— una correspondencia entre lo que el libro es y lo que es quien lo escribió, nos revela la existencia de un poeta que puede llegar muy lejos porque tiene talento y responsabilidad. El no quería ser un escritor en busca de sus primeros libros para quemarlos. Quería publicar con responsabilidad.
“Arte de vaticinar” logró buena crítica. Hernán Lavín Cerda habló de “'una sensibilidad singular': esta sensibilidad surge en la confluencia del lenguaje con la experiencia en vías de aprehender. El punto de partida es una imagen primera, motriz, fecundante, que se convierte en una incitación, una provocación, una tentación ineludible que sólo se supera en el proceso de la escritura”.
Hernán Miranda (barba, bigote, pelo alborotado, ojos inquietos) habla atropelladamente. Lanza a borbotones lo que quiere decir:
—A los 20 años quería publicar un libro, me amargaba que otros lo hicieran y yo no, además en todas las biografías de escritores que leía figuraba: en tal fecha publicó tal libro. iy yo nada!. Pero tuve la buena fortuna de no tener plata. No estoy arrepentido, por el contrario. Si hubiese publicado, andaría como otros buscando los libros para quemarlos. Camus decía: “a los 22 años no se sabe escribir”. Además, adentrandome más en el mundo de esos escritores que yo admiraba descubrí que habían pasado muchas pellejerías. Me impactó mucho una biografía que leí de Cervantes, y me sirvió mucho. Recién ahora me decidí a hacer este libro porque era una unidad homogénea y ya me había desligado de posturas falsas, algo romanticas y snobs. Para mí “Arte de vaticinar” significa establecer una etapa, objetivarlo y leerlo como un lector más.
Recién publica pero escribe desde hace muchísimos años. A los 9 escribió una novela en una libreta de apuntes. Más bien decidió escribir una novela. Sería una novela policial. Pero llegó a la tercera hoja y le dolió la cabeza. No continuó. La frustración fue inmensa. A los 15 le pasó lo mismo con un escrito romántico.
El año 69 fue la etapa de los primeros premios: los obtuvo en concursos organizados por las Juventudes Comunistas, el Instituto Pedagógico, la Fech, los Juegos Literarios Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago.
¿Tiene Hernán Miranda alguna ligazón con los escritores chilenos de su generación? “Se ha dicho, y con razón, —responde— que se trata de una generación muy poco gregaria. Excepto el Trilce, que es un grupo provinciano que se ha unido en torno a una revista y por razones muy comprensibles de superar el aislamiento, no hay otros grupos o por lo menos no alrededor de un maestro”.
Entre los poetas hay una buena relación. En 1965, recuerda, estudiaban castellano un lote de poetas que entonces no eran amigos entre sí: Waldo Rojas, Gonzalo Millán, Jaime Gómez, Hernán Miranda.
No se reconoce influenciado por nadie determinado pero en alguna medida, agrega, siempre se está recibiendo influencia no sólo literaria sino del cine, un elemento importante que no tenían los escritores de otras épocas.
Dice: “esta generación está liberada de Neruda. Fue un estigma y nadie podía dejar de escribir como él.
Siempre se piensa que hay una montaña más alta, siempre alguien más alto. Siempre se trata de superar a otros, como una carrera de posta. Pasaba eso con Neruda. A mi no me pasó, menos mal. Creo que Neruda es un poeta extraordinario pero no me influyó ni siquiera en la adolescencia”.
Hubo incluso tres años en que no escribió nada y sintió náuseas por la literatura. Entonces fue cuando le entró el gusto por los libros técnicos. Leyó tratados sobre crianza de cerdos, relojería y otras materias por el estilo. “Nunca he trabajado en el campo, cuenta, pero sé mucho de agricultura, de lechugas, de plantar almácigos. Lo aprendí en los libros”.
Estos conocimientos técnicos se reflejan en su poesía. ¿Cómo puede alguien que no es relojero saber tanto, o interesarse tanto, en la relojería? “Es que una vez, dice, tenía una angustia espantosa y pesqué un manual de relojería y lo leí con fruición. Me pareció un best seller. Y más que la relojería, me fascina la tonelería, o como se hacen las botellas ¡es fabuloso!”.
Es pura boca. En el sentido de que lee pero no sabe hacer nada. Le repugnan los trabajos manuales y no sabría ni plantar una lechuga ni arreglar un reloj. Pero eso no quiere decir nada: sus mejores conversaciones las sostiene con carpinteros, herreros o maestros especializados. Le conversan porque se dan cuenta que él sabe.
La gente que circula en el ambiente cerrado de la literatura, piensa Hernán Miranda, tiene una vida puramente intelectual, que no es vida.
Solamente viviendo como el es posible escribir vitalmente. Cosas como ésta:
“yo me enamoré una vez de una muchacha maravillosa / y los dos preferíamos los vanos de las puertas, / los rincones más oscuros de los cines, / de las plazas públicas. / Huíamos de la luz como los fantasmas que éramos en realidad. / y esperábamos la noche / y apagábamos todas las luces para hacernos el amor. / Yo gustaba de recorrer todo su cuerpo / centímetro a centímetro / como un escarabajo por las habitaciones en tinieblas. / Y ella tenaz y laboriosa como ninguna / tejía y destejía en silencio su tela sobre mis labios. / Un día nos equivocaríamos de grieta / o la luz del día nos ahuyentó en opuestas direcciones / y nos perdimos de vista entre la multitud.
De ese tiempo, mi sensación de llevar antenas en la frente / y los ojos facetados. / De ese tiempo, / mis pestañas sensibles a la luz del sol / y mi forma de andar / de insecto extraviado entre los hombres”.


