“¿Y dónde está tu pasaporte? ¿Qué dirás en la frontera?”
Ivonne Coñuecar
Constantino Cavafis perfila en su poema Ítaca, el viaje de la escritura en búsqueda de la palabra, lo que queda del viaje, es el viaje, si es cierto aquello de que las palabras vuelan lejos de las ataduras de la materia.
Trasandina nos abre sus puertas con la cita: “Escribir es el único gesto de amor. El gesto” de la poeta, teórica feminista, dramaturga, filósofa y pensadora francesa Héléne Cixous, y ya con esta cita nos sitúa en los territorios que pisaremos en este viaje poético que han emprendido varias veces los poetas desde la antigüedad. Pero este parece ser un viaje desde y hacia el cuerpo poético. Y tal vez por ello sea un gesto de amor.
El libro se divide en dos partes, dos mitades de un cuerpo que trata de organizarse o mejor, desorganizarse en “un verbo por cumplir”. Los separa un verso extranjero, otra vez Cixous quién esta vez inquiere sobre quién se es y renuncia. Entre escritura y renuncia, Coñuecar, establece un símil de la extranjería y la infancia como lugares de tránsito, batalla, exilio o regreso. Julia Kristeva dice al respecto del sujeto extranjero, que el extranjero está en nosotros. Y es en este punto donde Coñuecar escribe de la extranjera a la niña, de la hija a la amante, del exilio al desarraigo y el/los hablantes ponen en cuestión las identidades fijas y los órdenes de jerarquización, mientras el tejido poético lucha por horadar el silencio y vice/versa en una patria ajena, la infancia, propia pero ya ajena y a la que se visita desde un exilio externo e interno de la mirada, como se vuelve la vista al camino por la apetencia del viaje o para ser un cuerpo otro, en otras fronteras, un cuerpo que en sí mismo es una frontera aferrado al lugar imposible, un lugar que será degastado por la muerte.
El viaje y el abandono, el amor y el abuso, el paisaje inhóspito de la infancia y las vigiladas fronteras se trenzan poéticamente para arrancar la raíz de una palabra donde la madre es la falta y el excedente.
Trasandina es un firmamento intertextual que va por capas formándose como una piedra forjada pausadamente de magma y pulida por una serie de opuestos entre palabra y escritura, desde el estremecimiento de la partida a una hablante que muestra explícitamente aquellas raíces a las se aferra aún intentando ir hacia al hallazgo de esa palabra que se resiste a ser parte del tejido:
“antes de partir me cautivó la Bachmann
me aferré con fuerza a la inefable Pizarnik
al arrojo onanista de la Sexton
a la incompleta dulzura casera de la Plath
tomé las piedras de la Woolf
las ocuparía en caso de que los lobos vinieran en manada,
y todo lo perdí y ya no importó porque Bishop iba conmigo
y sentí las olas en los pechos Storni
el embrujo sensual de la Cixous desvistió la piel
y ese infarto de la Ajmátova
hizo temblar a la Coñuecar
a esa que no conozco”
Debajo de la autora, debajo del hablante poético hay un hablante en segunda persona que ficciona un diálogo, una auto referencia y al mismo tiempo un alejamiento de la mano que escribe, más abajo, está Ivón, que no es la autora, en una situación de inferioridad o alteridad rememorando a Pizarnik, y al mismo tiempo supeditada y desarraigada de un nombre que la nombró antes: La madre.
La madre y la niña como personajes donde se libra una guerra de amor y hambre y del odio, como saldo de la herida.
Me pregunto si Trasandina es un diálogo abierto y al mismo tiempo clausurado con Héléne Cixous, que en el libro “La Risa de la Medusa, Ensayos sobre la escritura” dice: “Ya conocemos la ironía contenida en la dialéctica del amo y el esclavo: no es necesario que el cuerpo del extranjero desaparezca, pero es necesario que su fuerza sea dominada, que vuelva al amo”.
¿Y si el amo es la escritura? ¿El cuerpo primero que moldeóotro fuera de sí, la palabra? Pienso en La Extranjera de Gabriela Mistral, o en Monique Wittig cuando establece que “El lenguaje proyecta haces de realidad sobre el cuerpo social, lo marca y le da forma violentamente”.
Trasandina de Ivonne Coñuecar es un cuerpo urdido lúcidamente con los hilos de viaje poético. Pienso en Yocasta, en la Patagonia, en los cuerpos en tránsito, en las fronteras geográficas, ideológicas, raciales, sexuales y corporales, cuando Coñuecar, versa: “Soy tu Siria, tu Palestina, tu Wallmapu”.
Santiago 25 de abril del 2017