“Criadas con frías heladas” fue escrito y tejido entre montañas, visitas familiares, mates, y un comprometido trabajo de investigación ante la urgencia, personal y colectiva, de visibilizar la memoria de las mujeres que nos antecedieron, y permanecen, en Aysén. Conocí estas voces que Marcela Cruces fue inscribiendo durante nuestros encuentros de taller. En esa aventura virtual surgían más preguntas que respuestas y fuimos también haciendo un ejercicio desde la oralidad para darle sentido a nuestra historia, mirando el Aysén al que llegaron nuestras bisabuelas y abuelas, y en el que crecimos con una historia que las invisibilizó.

Marcela Cruces
El poblamiento reciente de Aysén es un testimonio de una colonización tardía, mientras el país transitaba en un tiempo otro, con instituciones y modernidad, el territorio de Patagonia aún estaba delimitándose. Menciono esto como antecedente para ubicar temporalmente estos relatos hacia principios del siglo XX, momento en que la versión hegemónica de la historia nacional fue también invisibilizando la historia de los territorios australes. Por otra parte, la historiografía tradicional de la Patagonia fue construyendo una narrativa centrada en figuras masculinas, desde pioneros, exploradores, estancieros, empresarios, arrieros y funcionarios, con relatos donde se destaca el heroísmo del colono, su enfrentamiento con la naturaleza y su esfuerzo, creando un estereotipo fundacional masculino, representado como un hombre fuerte, explorador del territorio que habría abierto el camino a la civilización. Una instalación que ocultó las experiencias de las mujeres en la construcción cotidiana de la vida rural, y también las formas del poder femenino invisibilizadas.
En “Criadas con frías heladas”, las mujeres habitan un ritmo cotidiano, no se moraliza ni dramatiza la narración, que la autora deja que la crudeza de las historias abra un espacio su propio espacio a la interpretación, desde una apuesta no solo estética, sino que también permite observar el pasado a través del rescate oral, y construir una memoria rural que da voz a las mujeres que llegaron a poblar la Trapananda, como se denomina en el libro el espacio imaginario de estos relatos, que también es un eco con ese espacio mítico-mágico de la historia de exploración del territorio y abre un diálogo con la novela homónima de Enrique Valdés (Río Baker, 1943-2010), obra fundamental de la producción literaria de Aysén.
Estos relatos, divididos —a su vez— en dos capítulos, “Escarcha” y “Deshielos”, se van inscribiendo en los márgenes y enriquecen la historia del proceso de poblamiento reciente, sugiriendo, incluso, que en ese lugar inhóspito y aislado, existe un devenir hacia el calor humano, la solidaridad y la transformación, convirtiendo la Trapananda en un personaje estructural del libro que se establece como ambiente y fuerza narrativa, donde las mujeres aparecen como sujetos atravesados por múltiples formas de violencia y resistencia, complejizando la memoria como productora de sentido y de identidad.
Estas historias rescatan vidas no documentadas, se preservan historias locales y se da voz a sujetos marginados. La desigualdad de género se expone a través de la violencia doméstica, los abusos sexuales y la subordinación de las mujeres en el mundo rural, como matrimonios arreglados, la maternidad y un destino social irrenunciable, pero -al mismo tiempo- dan cuenta de la resiliencia y de una profunda capacidad de sobrevivencia y cuidado. Se revela, de esta manera, la administración patriarcal de los cuerpos femeninos, el abandono estatal de territorios rurales, el trabajo invisible de las mujeres y la resistencia cultural a través de saberes comunitarios. La violencia no aparece como un evento aislado, sino como una estructura social normalizada. Son retratos complejos de mujeres rurales que, a través de sus experiencias, permiten comprender el poblamiento reciente no solo como una empresa económica o territorial, sino también como una historia de trabajo cotidiano, cuidado y resistencia femenina.
Las protagonistas no pertenecen a élites ni a sectores urbanos, son campesinas y su opresión no proviene de un solo lugar, sino de la superposición de múltiples desigualdades. Habitan un mundo donde la autoridad masculina es incuestionable, el matrimonio funciona como intercambio económico y el aislamiento territorial dificulta cualquier forma de protección, donde también las mujeres cumplen roles fundamentales de trabajo rural, sino también ofician de parteras, curanderas, cuidadoras y transmiten conocimientos, cumpliendo un rol esencial en la vida comunitaria.
Las heladas, el aislamiento, los ríos y las largas distancias, y también el deshielo, determinan la forma de vida de los personajes, creando una estética narrativa donde la relación con la naturaleza es dura, pero también formativa. Son relatos que se construyen como archivo, su escritura recoge modismos, expresiones, ritmos narrativos y formas propias de la oralidad local. En ese sentido, no se trata solo de historias individuales, sino de una memoria colectiva, un mosaico de formas de vida invisibilizadas, donde la literatura se convierte en restitución simbólica, otra forma de encontrarnos, hablarnos e imaginarnos, y abre una ventana hacia la cultura aysenina de un tiempo remoto que interpela al presente. No habitan aquí figuras idealizadas, y leer estos relatos es también escuchar a nuestras bisabuelas, abuelas, madres, tías, primas, hermanas, amigas, vecinas que recuerdan, porque la memoria requiere de ese verbo y esfuerzo, reconstruir e imaginar juntas.
Agradezco a Marcela Cruces este libro que es también una hebra de mi memoria, y celebro a Ñire Negro por este nuevo título que se suma para leer la Patagonia.