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Y la muerte no tendrá señorío: en la muerte de Rubén Jacob 1939-2010

Ismael Gavilán

                                                                           Si nos interrogaran dónde lo conocimos
                                                                          Dónde lo oímos en qué oportunidad
                                                                         Deberíamos responder
                                                                        En medio del camino a solas
                                                                       Por donde vamos desapareciendo

           Quinteto: Llave de sol

En junio de este año 2010, el poeta Rubén Jacob cumplía 71 años. Los que sabíamos de su delicado estado de salud no presagiábamos un desenvolvimiento tan veloz y funesto de la misma. Incluso, la última vez que nos vimos y conversamos a fines de noviembre o inicios de diciembre de 2009, con motivo de una participación suya en una lectura organizada en la Universidad Viña del Mar, Rubén se permitió bromear con ese tono que le era tan característico, no exento de ironías y paradojas, sobre eventuales obras póstumas y los divertidos dolores de cabeza que le esperarían a los “filólogos” encargados de desentrañar las aristas de tan extraña tarea. Pero sin duda, creí –y quienes se hallaban en el mismo lugar que yo, pienso que coincidían conmigo - que sus bromas se dirigían menos a su salud que al eventual atraso en la aparición del que sería su último libo de poemas Granjerías infames. Sin embargo, este libro, al poco andar diciembre, ya se encontraba listo gracias a la diligencia del editor Patricio González y comenzaba su camino silencioso y subterráneo, pero sin duda esperado entre sus fieles lectores.

Por eso el mensaje enviado por el joven poeta y editor de la revista Antítesis, Gonzalo Gálvez, anunciando el fallecimiento de Rubén este martes 10 de agosto en la mañana, me causó una perplejidad difícil de apaciguar y haciéndome recordar la anécdota descrita líneas más arriba, como también otras vivencias, algunas más íntimas, otras más circunscritas al círculo de amistad que rodeó a Rubén durante toda su vida. Quien haya tratado con él  -y son varios quienes podrían corroborar este testimonio desde Juan Cameron, Patricio y Marcelo González, Carlos León, Marcelo Novoa, Jorge González Mancilla, Luis Mardones, Sergio Madrid, Virgilio Rodríguez, Antonio Pedrals, Marcelo Pellegrini o Luis Andrés Figueroa hasta, más recientemente, poetas jóvenes como Gonzalo Gálvez, Diego Alfaro Palma, Mariela Trujillo, Eduardo Jeria, Jorge Polanco, Cristian Cruz entre muchos otros- darán cuenta de lo difícil que es calibrar una pérdida como ésta. Sin embargo, es cierto: Rubén Jacob se nos ha ido...y cuánto con su partida: su actitud serena y disidente frente al establishment literario; su lucidez para calibrar lo oportuno o inoportuno de lecturas, vivencias o situaciones; su sentido del humor a toda prueba, salpicado de sabrosas paradojas y en absoluto ofensivo para con sus interlocutores; su sano escepticismo ante tanta barbarie cultural (“balcanización cultural” me dijo una vez medio en broma, medio en serio); su calidez para ofrecer su amistad y una conversación animada, inteligente y locuaz. Estas cualidades humanas –y otras más qué duda cabe- no bastan para dibujar o al menos bosquejar a ese otro Rubén Jacob, aquel cuya urdimbre escritural rehuía todo elemento biográfico y que hacía de la existencia un pasar silente sin aspavientos dramáticos o autorreferentes. En el prólogo al que sería su último libro, Jorge Polanco traza algunas líneas que nos intentan acercar a una poética que, con el correr de los años, se ha vuelto cada vez más imprescindible para comprender el desarrollo de la poesía escrita en Valparaíso y aún en el país. Jacob, refiere Polanco, es evidencia misma de una actitud de despojamiento e invisibilidad, actitud que permite caracterizar a su escritura como de “silencio biográfico”: ni adscrito a generación alguna, ni partícipe de la vida social en que se ve envuelto todo autor que pretenda encumbrarse en una más que virtual “escena”, Jacob también dio inicio a la publicación tardíamente –sólo en 1993 se atreve a publicar The Boston Evening Transcript su célebre primer libro- ¿Explicaciones para eso?

Quizás, en lo inmediato, un desinterés matizado con ironía por la “relevancia” del mundanal ruido, quizás escepticismo ante las pretendidas y efímeras glorias literarias alcanzadas en los dispositivos culturales al uso. Probablemente modestia, no de la falsa, sino de la auténtica: aquella que nos hace sentir más cómodos y plenos como lectores que como autores y que para Jacob era el sumun de la felicidad- su cándido orgullo infantil respecto a su biblioteca daría mucho que hablar: orgullo que no egoísmo, de ahí que su legendaria existencia sedujera a lo más granado de la juventud poética que de modo libre y sin ataduras, se sentía introducida al mágico mundo de las primeras ediciones o de aquellos autores “raros” que todo aprendiz de poeta va descubriendo paulatinamente: Montale, Trakl, Milosz, Joseph Roth-. Pero también y en lo fundamental, en Jacob era dable un distante desencanto para con la posibilidad de ver en la poesía un arma de cualquier radicalismo, incluso aquel que tiene que ver con la misma poesía. Nada más alejado de Jacob que una actitud iconoclasta a lo Shelley, Rimbaud o algún surrealista. Para nuestro poeta, quizás le vendría bien ser comparado con alguno de sus amados poetas italianos (Montale, Ungaretti) o con algún personaje de alguna novela o relato Mittelliteratur (Roth, Broch, Walser, Schulz, Canetti) del que era asiduo lector. Pero sería erróneo ver en aquel distante desencanto, una actitud pusilánime o reaccionaria: para nada, el inteligente sentido del humor que habitaba en Jacob lo desmentiría.  Asimismo, basta leer sus poemas, sobre todo varios de The Boston… y de Granjerías infames que hacen referencia a los detenidos desaparecidos, a algunos amigos y conocidos del pasado, muertos y torturados, a la alusión más que explícita a esos personajes “malditos” (W. Benjamin, Celine, Celan) que encontraron en la autodestrucción, ya no su expiación, sino su desembozado destino, para percatarnos de la lúcida comprensión y aún, asunción de los pesares e incertidumbre provocados por los descalabros políticos de nuestro país en los últimos cuarenta años. En Jacob, no hay una poesía política propiamente tal, más bien hay una reflexión en torno a la herida con que la memoria se ve abierta y profundizada, legitimando de aquel modo a la violencia para que ésta lleve acabo su accionar que se traduce en la desaparición de cuerpos, destitución de nombres, olvido de situaciones y perplejidad ante cualquier posibilidad de redención. Hay creo yo, como también apunta Polanco y asimismo Gálvez o Pellegrini en los textos que le han dedicado a la poesía de Jacob, una especie de temple melancólico trasuntado en la experiencia de ver en la poesía la rotura de esa misma experiencia y que hace de la comprensión de la temporalidad uno de los abismos vivenciales más certeros, lúcidos y dolorosos de lo humano. Porque esa comprensión de la temporalidad, implica intentar entender la pérdida y la ausencia y cuando éstas se ven reflejadas en el espejo de lo histórico, pues se vuelve inevitable verlas como puntadas de un quiebre social y político.

De Rubén Jacob quedan sus poemas: un puñado de palabras entretejidas con sapiencia, sin apuro, sin necesidad de llamar la atención de nada y nadie, enmarcadas bajo ese ropaje culterano de las preguntas siempre fundamentales acerca de lo finito, la desesperación y aquel sentir que los alemanes -tan caros a él- rotulan como sehnsucht

Para nosotros, convertidos ahora sólo en lectores, eso es tal vez lo que nos queda: una fidelidad en la restitución que la lectura efectúa de la efigie de un poeta que no temió volverse invisible.

 

 

 

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