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La consolation
(court essai en quatre parties)


Ismael Gavilán


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La vida es difícil
Y a mí me cuesta vivir
Gonzalo Millán.

I.

La música, el canto, la melodía, el ritmo son contrarios a la pérdida. Existen para evitar el olvido. Son un anhelo limpio que no está vinculado a la codicia. Es pura entrega nacida del impulso de aprehender la presencia que siempre huye, que siempre retorna al estado ajeno que es natural a sí mismo, pero que nunca podemos poseer. La música es como la palabra pronunciada en el aire: no importa tanto por el sentido posible de su existencia, sino que sólo marca de forma evanescente y pasajera, la evocación de lo amado que se ha vuelto hacia la lentitud informe sugerida por la noche. Así, la erosión del tiempo provoca la disolución de aquello que hasta un instante impensado era cuerpo, aliento, piel, sangre o sonrisa. Por ello la melodía es el testimonio sonoro de una estela que se desplaza hacia un horizonte indefenido, un horizonte que está más allá de la comprensión y de lo aceptado, un horizonte que hace de su propia renuncia la justificación del dolor y el lamento como reflejos de un quiebre jamás deseado y que se vuelve imperativo para dar pie a la necesidad. La música es la presencia de esa ausencia que se plasma en los recovecos silentes de la conciencia, pero que son herida abierta en la piel del que lamenta lo perdido. La música es el esfuerzo para dibujar el recuerdo como alternativa humana de lo que ha huido sin explicación. La música es el consuelo para dar algo de significado a la inexplicable demanda que implica la muerte, el despojo, la ausencia. La música es la restringida, pero necesaria conjetura que hace del sonido la aseveración suprema de que la vida no puede tener razón de sí misma si acaso sólo se trueca en  pérdida reiterada una y otra vez. La música es existir contra la muerte. Es oír contra la muerte. Es Orfeo que no sucumbe a las tinieblas como lo hace la mirada. Porque la Noche no le impide recoger la sonoridad del mundo que, durante el día, ha sido simple conjetura y que, arribada la cruel oscuridad, se vuelve motivo de consuelo y revelación.


II.

Ernst Zimmer sabe que su inquilino es una persona especial. No conoce a ciencia cierta los motivos de su dolor y menos se pregunta por qué ha llegado al estado en que se encuentra. Zimmer sabe que su inquilino ha tenido como pocos, una educación fina y erudita, que ha tenido amigos fieles y buenos, una familia cercana y dispuesta a acogerle. Su inquilino que habita arriba, en la pequeña buhardilla de su casa en forma de torre, tiene días sombríos donde la queja, el llanto y la violencia contra sí mismo lo agotan. El vaivén de su ánimo lo deja entre lágrimas y varias veces con el rostro desfigurado. Hay otras ocasiones en las que se entrega plácido a la contemplación del horizonte desde la pequñea ventana. En esos instantes Zimmer no sabe si acaso está bien o si le retorna alguna pizca de lucidez. En el cruel silencio que ha devenido la existencia de su inquilino, Zimmer advierte que siempre posee un estado de escucha, una amable e inocente disposición para oír: muchas veces está atento a los sonidos que se le acercan: las aves matutinas, el murmullo del río adyacente, el soplido del viento al atardecer. Quizás porque los dioses le han arrebatado la capacidad de poder decir, Zimmer cree que lo mejor que le puede pasar a su inquilino es escuchar: al no poder decir el mundo, éste le otorga en un lenguaje cifrado de sonidos, un consuelo que es incompresible para cualquiera de nosotros. Zimmer sabe que esa escucha es un consuelo que se extiende misterioso para aplacar el dolor físico de la tristeza. Por eso, aquella mañana, con no poca dificultad, lleva un piano a la buhardilla. Así, tal vez, el consuelo no estará sólo entregado al capricho del amanecer o a las lluvias estacionales que sacuden con su ritmo saltarín el techo endeble de la vetusta torre. Zimmer sabe que su inquilino, como poeta, ha dejado de escribir, pero no duda un instante que quizás la música que nazca del teclado del viejo piano, podrá apaciguar de alguna manera esa nueva forma de vivir que implica habitar en el silencio. Al pasar los días, las semanas, el inquilino repite una y otra vez una extraña melodía, garrapateando sobre el teclado los dedos llenos de arrugas y algo sucios, pero que calma sus estados de desolación permanente. Una nota, percutida de manera monótona, indica que, al parecer, está bien. Se encuentra entregado a oír ese sonido interior que nunca antes, probablemente, pudo conocer como hasta ahora. Cuando las escasas visitas se atreven a subir hasta donde está este príncipe de la tristeza, Zimmer sólo les hace una pequeña advertencia: pueden verlo, conversarle y preguntar lo que deseen, pero sin fatigarlo. Sin duda se les quedará mirando y responderá a su modo con sonrisas entrecortadas y palabras balbuceantes. Pero nunca llámenlo por su nombre. Nunca. Porque si escucha que le dicen Hölderlin, se vuelve violento y estalla en llanto. Y la música, fuente de consuelo, se transforma para él, en un dolor inaudito, grande, imposible.


III.

El poeta Rubén Jacob era un melómano consumado. Su pasión por la música lo llevó a explorar, gozar y pensar la más variada gama de géneros, tendencias y manifestaciones. Junto a los tangos de Piazzola y Gardel, el jazz de Davis y Coltrane, la voz seductora de Billie Holliday o la marejada intensa de Kirten Flagstad, Jacob veneraba a Beethoven interpretado por Walter o Furtwangler, a Rossini interpretado por Tulio Serafín o la fantasmagórica música de la Suite Lírica de Alban Berg. Es más que probable que Jacob haya pasado más de la mitad de su vida escuchando música que leyendo y aún escribiendo. Y eso no sería raro. Su poesía es pregunta permanente por el transcurso del tiempo, interrogatorio por su sentido y reflexión azorada por su inmisericorde avasallamiento y sus misterios no resueltos. Pero, por otro lado, es también, en algunos poemas, testimonio imposible que pretende dar cuenta de esa experiencia que es el oír música. Si acaso el lenguaje apenas puede dar registro de la experiencia que se nos otorga fracturada en nuestra desazón vital, ¿cómo es posible transcribir de alguna manera el oír música para adivinar siquiera su sentido más allá de su tenue y doloroso gesto de manifestación sonora? Jacob intentó en su libro Llave de sol (1996) plasmar aquello con los frágiles rudimentos que nos otorga el lenguaje. En ese libro, el poema final me parece un punto superior de su tentativa como poeta, pero también como melómano y, a la postre, como ser humano: ¿qué hace que la música sea música? Ese poema se titula Quinteto y es una especie de reflexión ante la vivencia que significa oír el quinteto para clarinete y cuerdas op 115 de Johannes Brahms. Una música que, como bien dice el poema, es poseedor de una “dulcedumbre, su ansiedad, su aliento/ y su amalgama de instrumentación opaca/ que parece una luz medio apagada”. Si es así, ¿sería acaso una mera descripción de una música que evoca un temple sombrío? Por supuesto que no. Versos más adelante pasamos desde el intento de plasmar en las palabras esa escucha de la pieza de Brahms hacia una reflexión ensimismada respecto de los efectos evocatorios que esa música provoca en la subjetividad de quien habla en el poema. Y esos efectos, por llamarlos así, son ni más ni menos, la equiparación entre el transcurrir del tiempo con el transcurrir de la música y, por añadidura, la asunción analógica (y más que analógica, diría yo) con el fin de la vida. La música para quien habla en el poema, se ha vuelto “el viento en las vidrieras(…) que se ha llevado tantas partes de nosotros mismos”. La desaparición de la vida, del sentido es entregarse fiel al maremagnum del sonido que “ha caído exactamente sobre el centro del corazón”. Desde ahí, lo que yo llamaria la “consolación” de quien enuncia, no es oponerse a la disolución más que posible de la presencia, sino que es entregarse a ese “camimo a solas por donde vamos desapareciendo”. Es estremecedor apreciar cómo la finitud acá es aceptada no con desesperación, desconsuelo o amarga desazón. Como en una extraña epifanía se hace equiparable al fin de la música misma, al fin del sonido, a la conclusión de la pieza musical de Brahms. Así, la eventual pregunta de cómo puede darse la desaparición, acá no es sinónimo de oponerse a lo inevitable. Es más bien una especie de entrega consolatoria a eso que está allende del sonido y que sólo la música puede preparar como aceptación de algo que no se puede conocer. Ese “algo” se convierte en una especie de seña para retornar a ese sitio desde donde hemos venido sin saberlo: aquel espacio o condición primordial que existía antes que naciéramos y que se evidencia de forma más concreta y cercana en el silencio desde el cual emerge y hacia donde regresa toda música.


IV.

Regreso después de un día agotador en un autobús hacia la vieja ciudad donde he vuelto a intentar vivir. El viaje es tedioso, largo. Por la ventana se suceden monótonas, las mismas imágenes de la semana pasada: carteles, campos devastados, pequeños cerros indistintos que son paulatinamente ensombrecidos por el atardecer. Sobre mi regazo un libro que sólo he hojeado intermitente, sin interés y sólo por costumbre. No leo o apenas lo hago. La soledad puede más con mi devaneo mental que las ganas de saber qué palabras se hilvanan en ese libro. A mi lado, alguien dormita con un rostro de extraña felicidad que se me vuelve envidiable. La cruel redundancia del ruido del motor hace que mi mente se esfuerce en alejar de sí la indisposición cada vez más grande que atosiga mi pecho y de vez en cuando, mi garganta y ojos. Quiero acordarme de ti, saber dónde estás, qué estás haciendo, qué conversas y con quién. Quiero volver a saber si acaso sólo existe la ausencia. Una vez me dijiste, hace años, que los Pink Floyd eran una de las bandas que más te gustaban. Yo apenas los conocía. Y por ti, escuché y descubrí esos sonidos que hacían divagar mis ensoñaciones hacia estados extraños, distantes, ridículos, opacos o en contraste, curiosamente luminosos cuando creíamos que era posible la felicidad. Era en una playa lejana, donde ese enero, nos comimos una cantidad impresionante de helados mientras reíamos por las manchas involuntarias que dejaban en tu blusa o en mi polera vieja. Y me señalaste, a lo lejos, mientras la gente del balneario se desplazaba con su denso aburrimiento veraniego, un pequeño quiosco desde donde emergía una melodía reconocible. “Escucha, ahí, ahí...mira, escucha”...me decías mientras tomabas mi brazo entre risas. Cansado, pero contagiado por tu entusiasmo, me dejé llevar de buena gana. Esa canción te hizo estremecer. Me abrazaste. Eso creo. Y al rato, tarareabas en mi oído la letra de esa música como un zumbido dulce en tu inglés sencillo que imaginaba, quizás, tres de cada cuatro palabras de aquella canción. Pero, ¿me importaba? Claro que no. Sentir tus labios pegados a mi oreja era delicioso y sentía tu cariño. La canción a modo de una balada hacía que el ritmo melancólico de mi sangre se calmara. No había ansiedad. Ojalá nunca hubiera existido esa ansiedad. Y tras oir esa música, sé que volvimos a la rutina veraniega que nos asaltaba con sus ruidos, olores y presencias. En un momento, mientras esas imágenes volvian a mí, en medio de ese viaje indistinto y cruel, la melodía de aquella canción retornaba a esa oscura soledad en que había terminado de convertirse el autobús. Cerré los ojos para buscarte. Y el sonido de tus palabras me hicieron evocar esos instantes que habían hecho de la vida una posibilidad. Mientras las luces antipáticas de la carretera asaltaban mi rostro, empecé a tararear, casi en silencio, esa antigua letra..wish you were here. Sólo quisiera que estuvieras aquí.


 

 

Imagen superior: The Triumph of Music: 'Orpheus, by the Power of his Art, Redeems his Wife from Hades' (c.1855-56)
Frederic Leighton (1830 - 1896)


 



 

 

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