ÍNTIMO SECRETO
Tal vez no haya más que decir.
Cada cual dijo ya lo suyo.
Algunos amaron hasta perder
el último recurso.
Su íntimo secreto.
Las siluetas se deslizan ajenas a los sueños.
Se camina lento dentro de cuerpos deshabitados.
Una escribe
y las palabras las recoge el vuelo del colibrí
que aún no ha cruzado la frontera.
ORILLAS
Las almas que rondan la orilla,
esas que apenas tocan con los pies el agua fría,
las que no alcanzaron el cementerio
y deambulan
y tropiezan en las arenas oscuras
son lafkenche —dice la machi—.
Algunas veces llueve tanto que el viento en sus vueltas
roza con dedos húmedos la superficie del agua.
Desde su espacio salado
el Budi observa calmo.
LA MADRE
La noche se abrió para nosotros.
Todavía quedaba un hilo de luz al final del horizonte.
Recogimos nuestros sueños.
Los instalamos en armarios
que colgaban de los árboles.
El lucero de la noche alumbró para nosotros.
La luna
con su halo de hielo
prefirió la cumbre de los cerros.
Y las tremendas araucarias
que habitan los territorios
abanicaron los caminos
aprovechando la suave lluvia
que recorre los campos
cuando es invierno.
Nos espera una noche fría, dijo alguien.
Yo me envolví en mi manta gris.
—Hija, lleva esa manta, te acordarás de mí cuando el frío recorra tu cuerpo—.
Esa fue la última vez que escuché su tibia voz.
AFUERA
Nací al borde del río,
junto a los juncos,
entre los matorrales que crecen húmedos.
Fue en otoño cuando volví a la tierra.
Mis pies temblaban como alas de colibrí.
La hierba húmeda rozaba mi cuerpo.
La luna silenciaba a las nubes.
Ni rumor.
Ni susurro.
Solo el sonido de mis pies descalzos sobre la tierra.
Fue el día en que te amé con mis años frescos,
las mejillas rosas
y tus manos ocupando todo mi entorno en el abrazo.
Hoy mi sombra figura en el reflejo del espejo
junto a este poema que escribo a plena luz del día.
Si pudiera detenerme en tu cuerpo
y quedarme ahí sintiéndome bella.
Afuera hay una guerra que no acaba
y yo aún anhelo tus ojos.
CLANDESTINOS
Bailábamos.
Me tomaba de las caderas
y nos balanceábamos al ritmo de una música que no conocíamos.
Yo no olvido su rostro.
Guardo la noche completa en la memoria.
Y lo hicimos apretados aquella vez.
Y fue él el que buscó en mi boca un beso.
La muerte en la penumbra rondaba la casa
y se oían disparos y lamentos.
Y nuestros nombres no eran los mismos.
Importaba llamarnos como ahora.
Nos desplazábamos por la pista.
Íbamos de lado a lado.
No recuerdo qué susurraba.
Sí recuerdo nuestros miedos.
TROPIEZOS
Me tropecé con la muerte antes y después.
Pasé años en silencio.
El amor me trajo a la lluvia
y nada se comparó con el verde de sus ojos,
aunque siguieran mis pasos.
Después de la primera vez
fueron sus dedos pasando por mi cuerpo
y ninguna estrofa bastaba.
Así y todo
la muerte arremetió
esta vez contra mi cuerpo.
Y a la poesía la encontré
entre árboles que crecían fuera de mi ventana.
No siempre el verde alcanza.
En tardes nubladas se desvanece
y la muerte baila y me confunde.
Cuando vuelva la lluvia
y la nieve cubra los cerros,
el carro fúnebre atravesará los pasillos del cementerio
y pasará de largo.
El día que la muerte nos encuentre
huirá trémula.
AL COSTADO DEL VERSO
La poesía que escribo
lleva una cinta negra
al costado de cada verso.
La poesía que imagino
recorre el sendero de los asesinados
para escucharlos en el susurro del viento,
en el itinerario de las hojas cuando al caer en otoño
rozan apenas la tierra.
Es tiempo de versar con la verdad.
Y la verdad es que acá donde vivimos
hay hombres que lanzaron cuerpos de otros hombres al mar,
hay mujeres que ultrajaron a muchachas.
La poesía que escribo,
el poema que trazo,
se escribe en una lágrima.
Y lleva una línea roja que es sangre
al costado de cada uno de los versos.
NO TE MUERAS ESTA NOCHE
No te mueras esta noche
—susurró—
Hazlo luego.
Hazlo cuando no me importe tu mirada,
no me abrume tu poesía ni tu cuerpo suave con el que me recibes plena.
No te mueras esta noche
—rogó—
Toma mi mano.
Te sujetaré entre las sábanas.
Protegeré tus hombros del frío.
Arroparé tu cuerpo.
Doblaré las mantas sobre tu cuello
para que el frío no te toque
y ninguna sombra te señale.
Cantaré despacio hasta que amanezca.
Velaré tu sueño.
—No, no te mueras.
¡No lo hagas esta noche!
NO HAY PALABRAS
En el rincón donde el tiempo susurra
hay un sonido. Apenas un murmullo.
Una llama que asoma.
Es un susurro que danza como hilos invisibles bajo el manto de estrellas que el silencio protege.
Las sombras se mueven en la noche y en cada movimiento
y en cada giro se oye el secreto que guarda el roce de la luna.
No hay palabras que puedan encerrar al amor cuando se revela.
No hay refugio.
Solo el murmullo
en el silencio de la noche.
IMAGINA
Imagina que entras al tugurio donde se baila los sábados.
Entras cuando suena una canción de Lennon.
Justo cuando alguien te toma de la cintura
y una voz suave y grata te susurra —bailemos.
Y tú aceptas.
Y lo haces porque sí.
Porque estás irresistible hoy.
Porque te gusta esa música
y no recuerdas la última vez que hiciste un amago
de mover sin pudor las caderas.
Imagina que sigues el ritmo y le abrazas.
Se miran.
Se sueltan y aprietan.
Sueltan y aprietan.
Te dejas.
Es Lennon modulando en tu oído.
Imagina que sales de ahí aún con la melodía
y Lennon te sigue hasta la pieza que arriendas.
Entran en la habitación y no advierte tu pobreza.
Y te despiertas abrazada a un cuerpo ajeno
sabiendo que se irá en cuanto abra los ojos.
Y se vestirá incómodo o incómoda.
Y no sabrá decirte nada.
Ni siquiera tú sabes lo que se dice.
Porque hasta ahora nadie había pasado una noche completa
enredada contigo.
CONTRA EL ESPEJO
Ser la misma de todos los días,
la igual a otra,
la distinta.
La primera y la última.
La menos bella.
La más plena.
Ser la que no le teme nada a nada
y no debe un peso tampoco.
Y tiembla por ella
y las otras.
La misma a la que los años le han dado
la espalda.
Y la vida le ha dado en el pecho.
Y la muerte,
la muerte le ha sonreído en la cara.
La que habita a la vera del camino,
en algún recodo,
entre los matorrales,
sobre los tejados
y en la extrañeza de una casa
con puertas y ventanas.