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DESDE EL BALCÓN


Por José Baroja

 

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I heard a fly buzz—when I died—
The stillness in the room
Was like the stillness in the air
Between the heaves of storm.
Emily Dickinson


Yo ya no me arriesgo a sacar conclusiones precipitadas. Me he equivocado muy feo, en muchas y variadas ocasiones, por lo que hoy —en especial hoy—, prefiero centrarme en la “realidad”, es decir, antes de afirmar cualquier cosa, opto primero por verificar los hechos como toda una “empirista”, ya saben, como cualquiera de esas personas que necesitan comprobar todo antes de afirmar cualquier cosa, un Santo Tomás si si quiere, y que, si no pueden hacerlo, mejor optan por callarse. Sacando cuentas, quizás también sea una “racionalista”. De todas maneras, no puedo afirmarlo hasta que estudie un poco más el asunto, por lo que por ahora sólo diré que no conozco el término más apropiado para mi estatus existencial. No me juzgues, ya que, las razones para esta elección de vida son muchas, algunas incluso no me dejan dormir… Aunque… ciertamente, una fue la principal; una tontería de percepción si se quiere, aunque quién podría saber a ciencia cierta el cómo estas cosas afectan la psiquis humana de otras gentes. La cosa fue más o menos así.

Desde que tengo memoria, mi admiración por las personas que leen ha ido in crescendo. Confieso que no es un hábito tan arraigado en mí, más allá de que desde la escuela he intentado cumplir religiosamente con la lectura de al menos dos libros por año, sólo para estar sobre el promedio; esto, cabe mencionar, sin contar los numerosos textos que reviso desde el INCIDENTE para satisfacer mi insana necesidad de certeza. Ya sé que es un poco triste leer sólo dos libros al año, no obstante, estar por sobre la estadística de mi país me consuela. Pues bien, tal como decía, siempre he admirado a aquellas personas capaces de leer por gusto, en el tren, en el camión, en la parada, en definitiva en donde sea. Por eso, en principio, me alegró mucho el descubrir a la Sra. Clara leyendo en su balcón un lunes por la mañana; vecina que lucía muy imponente con lo que supongo era un ejemplar bastante caro, vecina que solía ser muy amable con los niños y que, pienso, debe haber tenido una paciencia casi de religiosa.

Ese día lunes, exactamente el 23 de abril según leo en mi libreta, salí temprano rumbo al almacén de la esquina, a las siete con treinta más o menos, en busca de algo para desayunar, almacén ubicado a una cuadra de donde vivo; no te diré la cantidad de pasos para no quedar de loca. Como otras mañanas, aún no comprendo qué factores influyen en si sí o en si no, el señor de la tienda me atendió con una actitud que bien asemejaba a la de un perro de “malas pulgas”, aunque me atendió al fin y al cabo. Alguna vez especulé que, tal vez, si fuera más bonita no me ladraría tan feo, pero aun maquillada y elegante me ha pasado, por lo que, sin encontrar un patrón evidente, he acabado por descartar esa idea. Sólo a modo de hipótesis, podría teorizar que lo ruidoso que suele ser esa esquina tenga algo que ver; en especial después de las nueve, comenzando con el paso del camión recolector de basura. Recuerdo muy bien haber comprado un birote, un par de huevos y unos pancitos dulces que, probablemente, sean la razón principal de que haya subido un poco de peso desde que vivo en esta colonia; algún día lo verificaré.

Ya cargada con las provisiones de ese lunes 23, me dirigí a casa, debo reconocer que un poco bobeando por la hora, hasta que, por que no había de otra, levanté la cabeza, observé primero el poste que estaba justo al otro de la calle y luego descubrí en el balcón de la casa más bonita de la cuadra, según muchos comentarios, a una persona con un libro frente a ella, recostada en una de esas sillas de playa que tan cómodas se me hacen: sí, no tardé en reconocer a la amable Sra. Clara. Si bien, no soy mucho de saludar, instintivamente grité: “¿Qué lee vecina?”. Sinceramente, no entendí lo que me respondió, pero aun así hice un ademán acompañado de una sonrisa y continué por mi camino, no sin antes pensar, qué suerte la de ella que puede levantarse temprano a leer, disfrutar de los días libres que se ha ganado después de tantos años de trabajo, gozar de su tranquilidad y, por cierto, de ese dinero que la ha permitido tener una casa tan hermosa. Evidentemente no pensé todo eso de una manera tan ordenada, aunque sí repasé algo así. Ya en casa, desayuné y me fui a trabajar.

Lo que sigue fueron pinches seis horas horribles. En efecto, un día lunes horrible, lleno de papeles, de carga administrativa, de ganas de comerme una hamburguesa y de otros pormenores que cualquier asalariado comprenderá. Sin embargo, ahí estaba, cumpliendo con un deber nacido de la conciencia plena en las cuentas bancarias, cuya obligación de pagar era incuestionable, carga reconocida, por cierto, por la voluntad absoluta de sostener una muy relativa independencia económica. Pica que pica piedra, pica que pica piedra, silencio ante las palabras de mi jefa, gritos más, gritos menos… Cuando por fin llegó la hora de salida. No había comido nada más desde el desayuno, así que en verdad “hacia hambre”. Transporte público, una hora más, ganas de cocinar casi nulas, poco dinero, mucho tiempo restante hasta la quincena, un “Maruchan” sería la solución, ya saben, una sopa de fideos instantánea. Así que, sin mediar algún obstáculo en el camino, un billete perdido o un mecenas, tal vez, me fui derechito a la tienda. Esta vez me atendió el hijo, un melolengo maximus, aunque, en beneficio de la humanidad, mucho más amable que el perro sin hueso de algunas mañanas. Compré un juguito, mis fideos, un par de limones y a casa. Francamente, camino a esta, no es que quisiera convertirme en una chismosa más, no obstante, mi curiosidad volvió a obligarme a levantar la cabeza: hay una explicación científica a esto, mas no te quiero aburrir con pormenores que descubrí hace poco. Ok, como decía, levanté la cabeza… Me sorprendió ver nuevamente a la vecina recostada en el mismo lugar en que la viera durante la mañana o, más bien asumí que el bulto que se veía allá arriba era ella: el que yo use lentes no es un dato menor. Para no pecar de mentirosa, esta vez no alcancé a ver el libro: las oscuras protecciones del balcón me lo impidieron. De todas formas, supuse que seguía allí leyendo, razón por la esta vez la envidia me corroyó. No sean tontos, en ningún momento imaginé que hubiera estado toda la mañana allí, pero sí me dio un “no sé qué” pensar que podía darse el lujo de volver a salir con su libro cuando quisiera, de presumírnoslo a nosotras miserables obreras; incluso con todo el ruido que se hacía notar a esa hora: carros, niños, vendedores. Incluso dos gatos la acompañaban ahora junto a unos cuantos zanates que remarcaban una escena que bien recordaba El libro de la Selva. Esta vez no dije nada, sólo seguí caminando y entré a mi refugio.

Ya de noche, se me antojó un pan para el café; sí, soy de esas personas que necesita un café antes de dormir; sí, solía dormir muy bien antes del INCIDENTE. Dicho lo dicho, volví a salir de casa rumbo a la tienda. En primera instancia no quise levantar la cabeza a modo de protegerme de las emociones negativas de la tarde, así que me fui directo al negocio y compré lo que necesitaba. Esta vez me atendió la señora del tendero, por lo que me quedé platicando de todo y de nada durante unos minutos más, no porque me importara hacerlo, sino más bien por la necesidad de interacción humana fuera del trabajo. Acabada la absurda cháchara, que obviamente incluyó a la Sra. Clarita, en especial su manía por comprar galletas y regar las plantas del jardín —¡perra! —, debo aceptar que el chisme es un muy buen lubricante social, salí con mi bolsita de vuelta a casa. Pese a mi negativa inicial, al final, la tentación me ganó y descubrí a la vecina aún en el balcón, con un par de animales más y supuse que ya casi terminando su hermosísimo libro. Anhelé una pronta jubilación, cómo no, si pese a todas las distracciones del mundo que le rodeaba, ese balcón parecía estar lejos de este mundo. Le grité acerca de lo bueno que debía estar ese libro, pero al no recibir respuesta, supuse que sí debía estar muy bueno y, de paso, que era una “mamona” de lo peor. Eso sí, me extrañó que no tuviera una luz encendida cerca, aunque muy rápido supuse que el foco del poste le brindaba más que suficiente. Seguí mi camino. Intenté leer algo antes de dormir: pronto mandé el libro a la chingada.

A la mañana siguiente, no pude ir por mi pancito: me quedé dormida, así que tuve que salir muy rápido de casa, porque acá en Guadalajara descuentan mucho si uno llega tarde y, pues yo no he sido la más puntual del mundo. Eso sí, me llamó la atención ver tanto gato y zanate cerca de casa. Pica y pica piedra, hambre y más hambre, pica y pica vida, hambre y más muerte, transporte público y ya cerca de mi casa, cerca, puesto que casi llegando me encontré con la calle acordonada por la policía, ambulancia incluida, así como cintas amarillas por todas partes, de esas que bastan para decir por aquí “no”. Sorprendida ante la imposibilidad de llegar a casa, me fui a la tienda en busca de más información y, por supuesto, de algo que comer. Entonces el horror y todo lo que le siguió en mi cabeza: la vecina del balcón llevaba muerta desde ayer. Supongo que abrí tan grandes los ojos que don Augusto se compadeció, porque me preguntó si me sentía bien. Desde entonces, no volví a sentirme bien. Desde entonces, no volví a sacar conclusiones anticipadas de nada. Desde entonces, debo verificarlo todo… De todas formas, sigo admirando mucho a la gente que gusta de leer.

 

 

 

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