Todo lo que se ignora,
se desprecia.
Antonio Machado
La esquina de Calzada Independencia Sur con Avenida Juárez es un lugar curioso. Allí,
todos los días, casi sin excepción, encontrarás gente intentando cruzar de un lado a otro
como quien atraviesa una frontera imaginaria que divide a los que no tienen de los que
creen tener algo distinto a los demás. Allí, casi todos los días, hallarás seres nadando entre
oleadas furiosas, entre malas caras, entre noches de insomnio, negados, aun así, a rendirse
sobre el frío pavimento, porque esos seres son responsables, porque esos seres son
necesarios, porque esos seres deben convertirse forzosamente en el engranaje de esta gran
máquina llamada “ciudad”. Por eso, allí, cuando el caos parezca absoluto, las mismas
oleadas pondrán orden entre sus víctimas arrojando en la dirección correcta a quienes van
hacia el centro de Guadalajara, entre quienes abordan el macrobús o el tren en la Estación
San Juan de Dios, entre quienes cambian Avenida Juárez por Avenida Mina, entre quienes
no saben que la avenida cambia de nombre de un lado a otro, entre quienes van de Sur a
Norte, entre quienes se quedan por ahí para ser lentamente exterminados, entre quienes van
a la escuela pública, entre quienes tienen trabajo, entre quienes no lo tienen… No obstante,
y superada la prueba, nadie, absolutamente nadie, se percatará de un bulto que descansa en
un rinconcito de la conexión desde hace dos días.
Sí, en una de las esquinas de la Calzada, descansa un bulto desde hace dos días; un
“algo”, envuelto por una gruesa frazada de color rosa, la que, ciertamente, bien podría
parecerle a más de una de esas personas, siempre y cuando se detuvieran a observar tras ser
escupidas por la ola, la representación perfecta de un burrito de escandalosas dimensiones.
Por lo demás, “descansa” es un decir, un “algo así” como para evitar pensar de qué se trata
realmente y, en consecuencia, utilizar la palabra adecuada. No es difícil creerlo, pues el
mismo Gobierno suele usar estrategias idiomáticas similares optando, por ejemplo, por no
usar la palabra “secuestro” para referirse a “secuestros”. Menos aun cuando “descansa”
aplica tan bien para ese bulto que lleva al menos dos días en esa inalterable posición,
recostado, abandonado, tal vez perdido adrede justo en el espacio que nadie la verá; es
decir, delante de todos los que van por ese camino y más tarde por los que vuelven.
Lo dicho, nadie se ha percatado. Salir de esa esquina es de por sí un desafío y si la
historia de Guadalajara no resulta importante para la mayoría, qué podría esperarse de algo
tan mínimo e insignificante ante la necesidad de llegar puntuales a donde haya que llegar.
De hecho, no estorba a nadie. Es difícil saber cuántas bicicletas han pasado a su lado,
cuántos vagabundos han hecho caso omiso de este, aun cuando, bien podría ser uno de los
suyos, cuántas y cuántos oficinistas lo han visto de reojo y han concluido que detenerse
podría implicar un considerable descuento en sus ingresos quincenales, pues acá es práctica
común no perdonar los atrasos por la razón que sea. Aún recuerdo a una señora que lloraba
allá por Mariano Otero con Periférico, porque sin siquiera ser la siete, la habían asaltado.
La sorpresa vino después, pues el camión que gentilmente la llevó se enteraría que su llanto
no era por lo perdido, sino debido a que llegaría tarde y eso implicaba la posibilidad de un
despido.
Lo cierto es que nadie le quiso poner realmente atención, pues implicaba detenerse a
hacer algo fuera de la rutina que Guadalajara exigía como alimento, tanto de los que no
tenían nada como de aquellos que creían tener algo, pues los demás estaban resguardados
en otro lado de la ciudad. Alguien podría preguntarse qué había ocurrido con la policía;
pero la verdad es que ninguna cámara había avisado de nada y, por lo demás, nadie había
notificado algo que pudiera ser importante o que constituyera un caso que obligara a
acercarse a ese lugar y destapar lo que fuera que allí hubiera.
Llega la lluvia.