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PEQUEÑOS PASOS

Por José Baroja


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“La infancia es a veces un paraíso perdido,
pero otras, es un infierno de mierda.”

Mario Benedetti

“Mamita, duele mucho”, se quejó la pequeña Anita. Desdichadamente, se quejó con una voz tan “pequeñita” como ella misma y no de una manera en la que a uno le gustaría comenzar un cuento o cualquier otra historia ambientada en una gran ciudad. Por lo menos, no a mí; y quiero creer que a nadie. Sin embargo, eso es lo que pasó: Anita se quejó lastimosamente, porque el que no te escuchen por tu voz “pequeñita”, no significa que no te duela. Y le dolía; a Anita le dolía lo suficiente como para, a los pocos segundos, verse sobrepasada por tantas lágrimas que, aun cuando me cueste admitirlo, se escurrirán hasta el último párrafo de este cuento. Aunque todavía es muy pronto para que lo sepas; razón por la que, por ahora, solo insistiré en que Anita se quejó; en que sencillamente se quejó, pues en su situación cualquiera lo hubiera hecho; incluso tú. Esto no implica que la niña pudiera dejar sobre el suelo aquella horrible bolsa oscura que, a duras penas, trasladaba sobre un ya lastimado hombro y que, en ese momento, debió asemejársele al color del mundo mismo: una bolsa de basura sobre su hombro; un plástico repleto con los muchos tiliches que su mamá, su hermana y ella misma habían intentado vender sin éxito durante el tianguis de la mañana y que, ahora, irremediablemente, debían llevar de regreso hasta esos cuatro pedazos de madera que hace mucho procuraban “llamar hogar”. Ya sabes, cosas de Latinoamérica.

“Mamá, duele”, repitió Anita a su madre, una mujer tan menuda que desafiaba la lógica el comprender cómo, con tan diminuto y maltratado cuerpo, lograba cargar un peso absurdo sobre su espalda; peso que, bien visto, recordaba a la cruz enorme de madera que cierto nazareno arrastró al Gólgota hace mucho. Ya sé que es otra historia, pero ella avanzaba a paso lento como él, el paso posible diré, delante de Anita, junto a la hermana mayor de la pequeña, una adolescente que, a su manera, ambicionaba cuidar a la niña de las horribles cosas que, dolorosamente, ya había vivido. Ambas caminaban pesadamente delante de Anita, con el objetivo de que esta no las perdiera de vista; ambas marchaban, de frente al sol, con un ceño tan fruncido que sus ojos corrían el riesgo de desaparecer debajo de sus cejas gruesas y mal cuidadas; rasgos que denunciaban, sin escrúpulos, algo que todos sabemos: la vanidad, y cualquier otra cosa que se le parezca, solo aplica para unas pocas. No obstante, ahí estaban: la piel les ardía debido a las muchas horas que viajaron hasta Zapopan y por las muchas más que aguardaron a un costado de la acera con la esperanza de que apareciera “alguien de arriba” que comprara alguna de sus cosas, malamente repartidas sobre una sábana que más temprano habían arrancado de apuro desde la cama de Anita. Ya sabes, cosas de México.

“Mamita, por favor, duele ‘ucho”, se volvió a quejar la niñita. Sinceramente, la pequeña no podía más. “Ya casi llegamos” le gritó mamá sin voltearse, porque cualquier movimiento brusco involucraría entrever sus propias lágrimas y la pequeña debía aprender pronto que para su gente no había descanso, no había feriado, no había aguinaldo, ni nada que para otros pudiera significar normalidad. Anita la escucha y calla. Anita calla y llora: sus enormes lágrimas ya no la dejan ver el camino que sabe que en algún momento acabará. Quizás esa sea su única chance para siquiera imaginar que existe algo llamado “felicidad”. “Ya casi, ya casi”, confirma su hermana con una voz entre tierna y dura ante las quejas de su hermanita; bastante para que Anita se sostenga otra vez, continúe su paso y comprenda que ambas mujeres la aman. Bastante, aun cuando las rodillas le tiemblan, el hombro le duele y su espalda parece que repentinamente se quebrará como una ramita de guaje. Sin embargo, mamá y Juanita llevan más peso que ella; mamá y Juanita se levantaron cuando el sol aún no salía y ambas suelen llorar más que ella, aunque siempre escondidas como si les diera vergüenza, piensa.

Han llegado a la esquina: un descanso. Anita respira entre lágrimas, aunque esto no significa que pueda soltar su carga, puesto que si lo hace no será capaz de levantarla de nuevo. Ella sabe que es cosa de minutos para que esos carros brillantes, que parecen naves de otro mundo, así como extraterrestres sus pasajeros, pasen frente a ella; lo adivina, pues con la bolsa apenas logra verlos. “Nada a la derecha, nada a la izquierda”, grita Juanita, seguido de un seco “Apúrate, Anita”, que se deja escuchar como una condena. En Guadalajara, el peatón debe esperar su turno; ellas deben esperar al peatón: ley de esta ciudad. Empero, Anita solo sigue la voz de mamá o de su hermana. “Adelante, adelante”, suelen repetir y así las escucha hasta que súbito sus diminutas rodillas ya no le duelen; súbito el hombro ya no le duele; súbito su espaldita ya no parece que se va a quebrar como un guaje. Anita aún no se ha dado cuenta, pero el peso de la bolsa ya no existe. Ella sigue caminando por inercia, sigue viendo a su madre y a su hermana delante de ella. Anita no ha escuchado ningún grito; la niña no ha escuchado los frenos del carro; el angelito no ha escuchado nada. Anita solo siente unas “locas ganas” de sonreír tras cada pequeño paso que da, pues de un momento a otro ha sentido que ya nada malo le puede ocurrir. Mamá y Javiera se detienen, se voltean y también le sonríen con un halo de tanta felicidad que da la idea de que en sus sonrisas solo cupiera la paz.

Anita finalmente interrumpe sus pequeños pasos: aún no se ha percatado de que la horrible bolsa-mundo ya no está sobre su hombro. Instintivamente, la niña corre a abrazar a mamá y a Juanita sin saber que no son mamá ni Juanita; sin comprender qué ha pasado, pues como a todo pequeño no le importa. ¡Qué bellas se ven! Anita vuelve a sonreír de una manera que no conocía posible y que en México parece ser privilegio de unos pocos; demasiado pocos. Anita sonríe otra vez, tranquila, como si “lo otro” hubiera sido un mal sueño. Anita ahora está feliz y tras un vistazo se da cuenta de que la luz comienza a redibujar su alrededor como en un cuento de hadas. Paradójicamente, en Zapopan, una madre llora a su hija en medio de la calle: nadie se detiene a observar, nadie se detiene a ayudar; y las lágrimas, las lágrimas, de todas formas, se escurren hasta este punto y final. Ya sabes, cosas de Latinoamérica.



 



 

 

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