La masa necesita una dirección.
Elias Canetti
Vicente González Montaño está furioso. No entiende qué sucede en la calle. No comprende el ruido. No acepta el desorden. No entra en su cabeza la posibilidad de que le digan que no. Es cierto que la marcha estaba autorizada, pero una autorización no vuelve tolerable el ruido. Por eso manda llamar a su jefa de policía, quien acude con la prontitud de quien sabe obedecer.
—¡Orden!
Es la única palabra que necesita pronunciar para que la comisaria X salga rauda de las oficinas de Gobierno y dé, con la sequedad de quien está acostumbrada a ser obedecida, la instrucción precisa a quienes esperan en la calle.
Acto seguido, los antimotines avanzan sobre los de afuera, aquellos que se han atrevido a levantar una voz que, según los de adentro, debía esperar dos años más para pronunciarse. En las urnas, como corresponde a una democracia sana, repetirá alguno horas después, ya de regreso en su coto. Alguien más se rasgará las vestiduras por la violencia.
Vicente González Montaño está indignadísimo. Si lo observamos un momento, está tan enojado que parece extraviado frente al mapa de la ciudad que cubre casi una pared de su despacho.
—¡Vicente! ¡Vicente! —escucha.
Es el llamado dulce de su madre. La voz de aquella mujer elegante y de mirada triste al verlo tendido, con medio cuerpo sobre la pequeña mesa de madera que su abuelo le había regalado en su último cumpleaños.
Esa mesita le gustaba.
Desde allí podía dominar el jardín.
—¿Qué estás haciendo, Vicente?
La pregunta vuelve desde casi cincuenta y tres años atrás.
El niño observa el jardín. Vicente observa el jardín.
Las hormigas suben por el manzano que su padre sembró el primer día que se mudaron a aquella casona del centro, una casa que con los años terminaría albergando aves, gatos y toda clase de bichos. Una casa lo bastante grande para que ningún visitante dudara del éxito de la familia.
Vicente permanece frente al mapa, absorto, sin atender a los gritos, a los garrotes ni a los escudos que se mueven violentamente afuera, frente a la casa de Gobierno. Los manifestantes avanzan calle arriba, todavía ordenados por sus consignas, hasta que un piquete policial los obliga a retroceder como si un enorme pulgar hubiera descendido sobre sus cabezas.
Entonces reaparece una frase.
—Las hormigas dejan de trabajar cuando no las miro —dice el niño.
Su padre ríe.
Más temprano, doña Anita espera el transporte público sobre López Mateos.
Frente al mapa, Vicente recuerda también Madrid, los libros de Economía, los años en que su padre pagó sus estudios en el extranjero porque ni modo que estudiara como el resto. Entonces no le gustaba la palabra autoridad; le recordaba a su padre. Piensa en Tomás Ponce, un compañero de la universidad que se impacientaba cada vez que los profesores hablaban de consensos. Tenía la costumbre de golpear dos veces la mesa con los nudillos antes de decir que un país no podía pasarse la vida preguntándole a todo el mundo qué quería. Al final alguien tiene que decidir. Vicente no recuerda si entonces estaba de acuerdo con él. Ahora encuentra algo parecido, escrito con palabras más respetables, en los tomos apilados frente a él. Tiene otros en casa.
—Las hormigas siempre trabajan —le había contestado su padre aquella tarde, con una voz más severa que la de su madre—. Las hormigas son como los hombres. Trabajan, trabajan.
—¿Las mujeres no lo hacemos? —preguntó su madre.
Siguió un breve e incómodo silencio.
—Por supuesto. En la casa trabajan, y mucho.
Doña Anita mira el reloj. El camión no llega. Dos tipos se acercan. A su alrededor, nadie mueve un músculo.
En su recuerdo, Vicente González Montaño sigue tendido sobre la pequeña mesa, desconfiando de esas hormigas tan trabajadoras que se reflejaban en sus enormes ojos, abiertos como los lentes de una cámara. Vigilaba sobre todo a aquellas que desaparecían dentro de la masa. Nunca sabía qué hacían allí.
Los dos tipos asaltan a doña Anita. Ella llora. Cuando por fin llega el camión, el chofer la deja subir sin cobrarle.
Más de medio siglo después de aquella tarde en el jardín, Vicente González Montaño permanece de pie frente al mapa de la ciudad.
—Detengan a quien sea necesario.
La orden se da. El papeleo se llenará después.
Doña Anita cuenta lo que le queda en la bolsa. Piensa en regresar a casa. Piensa en el agua sucia que rebosa en las alcantarillas de su colonia y en los garrafones con los que ha tenido que bañarse durante los últimos días. Mira otra vez la hora. Sigue hacia el trabajo.
Peor es perderlo.
—Tal vez Tomás tuviera razón —dice Vicente en voz alta mientras pide informes.
Tras subrayar algunas líneas, sonríe porque, justo cuando el recuerdo de las hormigas volvía a tomar forma, descubre entre sus dedos el bolígrafo que su padre le regaló un año después de aquella tarde. Y con el bolígrafo llega, inevitablemente, la dispersión.
Doña Anita llega tarde. Pero llega. Se repite esas dos palabras mientras se cambia para comenzar sus labores de intendencia.
Pero llega.
Afuera, la protesta se dispersa también. Los escudos avanzan. El agua golpea los cuerpos. La calle comienza a vaciarse. Vicente recibe los primeros informes. Sus asesores de imagen entran deprisa con un discurso preparado.
Todo bien.
Control de daños.
Al final de la tarde, doña Anita es despedida.
El Gobierno sigue.